Para los celtas, el Lughnashad que celebraban, más o menos, la noche del 31 julio, era el final de la etapa de fertilidad, el momento de agradecer las cosechas que les sostendrían durante el invierno. Una festividad para honrar a los dioses que les habían otorgado, una vez más, la posibilidad de sobrevivir a la época más dura del año.

Y yo me tengo que añadir a esa celebración, pues la cosecha de la inspiración está recogida, al menos en lo que a esta primera novela respecta.

Llega pues el momento del hasta luego y, especialmente, de los agradecimientos. Ahora mismo en la cabeza me bullen las vigas maestras que componen la segunda parte de esta aventura, pero eso no quita para que también me invada una sensación de vacío y, por qué no decirlo, de culpabilidad.

Una vez escuché al irrepetible Gabo que, cuando terminó de escribir “Cien años de soledad”, se sintió desamparado, huérfano, roto; porque los Buendía fueron sus amigos y compañeros durante todo el tiempo que tardó en dar forma a la novela. Y ahora, salvando las distancias, le comprendo.

A lo largo de esta aventura he sufrido ( y hecho sufrir) con mis personajes toda suerte de aventuras, dichas y desdichas. Todavía temo que la policía o los CSI vengan a pedirme cuentas por los cadáveres que he ido dejando por el camino, aunque prefiero centrarme en la vida que pude imprimirles y en lo que todavía les queda por vivir.

Quizá lo mejor de todo este proceso haya sido el aprendizaje. Este humilde proyecto me ha “obligado” a sumergirme en un mundo políglota (en castellano, inglés y gaélico) lleno de piedras que, a pesar de mágicas, me han hecho tropezar en más de una ocasión y convirtieron la rutina de investigación en algo gratificante y, ante todo, adictivo. Caí en un vicio que continúa aún hoy, rebuscando entre la arqueología para intentar comprender un poco mejor la historia no escrita que rodea esa Éire indómita y pagana que puebla mis sueños desde hace mucho tiempo.

Pero lo importante, puede que lo más importante, a esta alturas del periplo, sea saber agradecer los apoyos, los alientos que he recibido desde que un montón de notas sueltas me abordaron suplicando que osara convertirlas en historia.

Agradecida, en primer lugar, a mis abuelos y a mi tía por haberme inculcado esa pasión por la lectura, con la presencia perpetua de un libro en la mesita de noche y librerías plagadas de aventuras para llenar las tardes de vacaciones.

A mis padres por creer en mi, y recordarme que, para conseguir algo, el único límite era mi propia voluntad, y por demostrar ilusión en cada proyecto en que me embarco.

A mi hermana, por traerme Irlanda a casa, por enamorarse de mi isla y caminar por ella cuando yo no puedo. Tenemos cuenta pendiente al respecto, empezaremos por la música y, en cuanto los Tuatha Dé me dejen, caminaremos juntas por los escenarios de esta novela.

A mi compañero de ojos verdes, que me ha levantado en cada tropiezo y ha tenido más paciencia que el Santo Job mientras yo me sumía en los pozos del escritor; por creer en mi precisamente cuando yo no era capaz de hacerlo.

A mis chicas, que leyeron pacientemente cada capítulo antes de que salieran a la luz y se enamoraron de personajes y lugares.

A los betalectores que me ayudaron a mejorar la historia, a crecer como escritora y a enmendar errores para la segunda parte.

Y por último a ti, sí, a ti, que estas leyendo esto, que te has acercado a estas colinas rozadas por el viento para compartir el destino de mis personajes haciéndoles un hueco en tu imaginación.

Ahora, esta historia, ya es un poco tuya también.

Capítulo 27 y FÍN

el viento sobre las colinas de éire 27

Nada tenía que ver aquella ceremonia con la que recordaba del día en que su madre se había convertido en bandrui. Cierto que la esencia era la misma y los pasos a seguir se repitieron milimétricamente, incluso la capa que Ceara vestiría desde ese momento era la misma con la que invistieron a Treasa en Tara, pero sus sentimientos no tenían nada que ver; ahora era una madre viuda en vez de una joven que acababa de comprometerse, y era consciente de las responsabilidades que implicaba su nombramiento como bandrui.

—A partir de ahora, tú tomarás las decisiones— le había dicho su madre antes de encaminarse al bosque seguidas por los habitantes de Deilg Inis y de la aldea de los druidas.

Su consuelo estribaba en el apoyo de Fiall y la inestimable ayuda de Etaine y Orna; lejos habían quedado los días en que las dos hermanas eran su peor pesadilla y no dudaba que ambas estaban deseando continuar a su lado como habían hecho con Treasa.

El viento gélido se le metía por la nariz y la boca, imposible de respirar; cada pelo de su cuerpo se erizaba, pero ella se mantenía firme intentando no tiritar, concentrándose en cada paso del ritual e interiorizando el significado de cada símbolo que se escribía sobre sus brazos desnudos.

Agradeció el calor proporcionado por la capa de investidura y más aún el de la pelliza de lobo que Fiall le devolvió en cuanto todo hubo terminado y que sintió como un abrazo de su difunto marido.

De regreso a la aldea se paró un segundo a contemplar la silueta del círculo de piedra, ese que había sido testigo de uno de los días más felices de su vida: cuando dejó de ser simplemente Ceara, la hija de Treasa, para convertirse en Ceara, la esposa de Conall. En breve la recibiría como Ceara, la bandrui, y estaba deseando sentarse en su gran losa central para conectar con su reducto, con el alma de su infancia y con la sabiduría de las bandruid que la habían precedido.

—Resulta curioso ¿verdad?— la sonrisa de Fiall asomó, siempre cálida.

—No sé a qué te refieres.

—Tu madre sacrificó su amor por Breccan para quedarse en Deilg Inis y ahora puede volver con él a Dubh Linn porque tú has perdido a mi hermano. El destino tiene estas ironías.

Puede que unos meses antes hubiera dirigido una mirada asesina a cualquiera que se atreviera a hacer un comentario como ese, pero Fiall jugaba con ventaja debido a la proximidad entre ambos y a su conocimiento sobre los estados de ánimo de su cuñada.

Recogió a Leary de los brazos de Orna y lo acunó con suavidad, era sorprendente lo parecido que era a su tío; Feenat se había equivocado sobre el color del pelo del niño, no había ni rastro de la oscuridad de Conall, por el contrario, el tímido sol se reflejaba en los pequeños mechones rubios y rojizos. En lo que sí había acertado era en el color de los ojos ya que, a pesar de que apenas tenía cuatro meses, ya delataban el brillo verde de los de sus padres.

—Fuerte como una manada de terneros— Breccan acarició a un tiempo a su hija y a su nieto—. Digno hijo del lobo.

A Ceara le encantaba ver a su padre contemplando a Leary, había algo de cómico en la forma en que un hombre tan corpulento mecía suavemente un bulto tan pequeño.

— ¿Os soportaréis?

—No habrá más remedio— su barba casi blanca tembló con la risa—. Ya somos viejos para gastar las pocas energías que nos quedan en disputas tontas.

—Pero no tan viejos como para no querer estar juntos de una vez por todas— suspiró con tristeza.

—Hubiera cambiado este momento y cada uno de los que me queden con tu madre por que tú hubieras podido seguir teniendo a Conall a tu lado— un gañido del niño interrumpió la conversación por un instante—. Sé que la echarás de menos y que, en algunos momentos, sentirás que no sabes qué hacer o que tu madre tendría una solución mejor, pero no dudes de tus decisiones; ya no eres una niña que se esconde tras un arco. Has vivido mucho, más de lo que a mi me habría gustado— la sombra de la muerte de Conall trasmutada en nube ocultó un instante la luz del sol—. Has aprendido de todo ello y sabrás hacerlo, una hija de Treasa tiene que saberlo.

*****

Por petición de la nueva bandrui no hubo fiesta con la que celebrar su posición; no era justo cuando lo que celebraban era consecuencia directa de su viudedad; en cierto modo sería festejar que Conall estaba muerto. Aunque, como le había prometido Branwen, el dolor ya no era tan intenso, no faltaban los momentos en que el corazón se le hacía pedazos; especialmente cuando el pequeño Leary avanzaba en su crecimiento recordándole que “el lobo” ya no estaba allí para verle; era entonces cuando se hacía la promesa de mantenerlo siempre presente para su hijo y comenzó a componer la historia de Conall, Rí Tuaithe de Bré, que mató un lobo el día de su transición y ayudó a ganar la batalla de Dún Ailinne pagando con su vida.

Acarició la pelliza del animal inconscientemente y envolvió con ella a Leary, esperando que parte de la fuerza del lobo pasara a su hijo.

 *****

Al mismo tiempo, en el sitio real de Tara, una joven llamada Rignac(1) daba a luz a su primogénito: un hijo del Ard Rí y el primero de las veintisiete generaciones para las que el hada había prometido el trono de Éire; porque Niall se había asegurado, tras consultar con sus druidas cuando aún no había nacido, que el destino de aquel niño le deparaba un lugar preeminente en la historia de la isla.

(1) Segunda esposa de Niall.

Capítulo 26

el viento sobre las colinas de éire 26

Fue Fiall quien la acompañó aquella mañana hasta el riachuelo y quien la ayudó a lavarse el pelo, deshaciendo con delicadeza las trenzas que lo habían adornado durante su matrimonio; sólo le pidió que dejara una, escondida bajo la manta espesa de rizos interminables.

—A tu hermano le gustaba jugar con ella— se justificó.

El druida la observaba embelesado, el agua congelada erizaba la piel de la joven, pero ella no se quejaba. Advirtió que sus senos eran más grandes ahora que cuando se internaron el bosque para el ritual de adivinación unos meses atrás.

Desde hacía un par de semanas, Treasa insistía en que nunca se alejara de la aldea sola. «El parto es inminente» argüía, y el temor a que el momento la pillara en medio del bosque sin nadie que la asistiera la aterraba. En un invierno crudo, el olor de la sangre y la placenta podían atraer a compañeros no deseados y no estaba dispuesta a correr ese riesgo.

—Me pidió que le llamara Leary— suspiró—. Estaba convencido de que será un niño fuerte como él.

Ahogó el llanto en su garganta, todavía le costaba hablar de Conall sin ponerse a temblar como una niña.

Fiall la abrazó al tiempo que la envolvía en la capa de lana.

—Mi hermano no tenía grandes dotes para druida, pero estoy seguro de que, esta vez, no falló. Yo mismo lo he visto, será como dices— una mueca de alivio asomó en la cara de la muchacha—. Todo va a salir bien, no te preocupes.

A pesar de que las actitudes protectoras de todos para con ella solían irritarla, se contuvo; Fiall siempre conseguía que, sentirse frágil, no fuera algo negativo en absoluto.

 *****

Echna paseaba por la playa desierta contemplando ensimismada cómo las olas de más de seis metros se alzaban mar adentro; el viento azotaba las copas de los árboles cercanos a la desembocadura del río desprendiendo las últimas hojas secas.

Cerró la capa a la altura del vientre para darse cuenta de que no llegaba a cubrirla por entero. A diferencia de su primer embarazo, el segundo crecía rápido, y su barriga, a pesar de sus escasos cinco meses, avanzaba delante de ella como si tuviera prisa por llegar allí adonde fuesen.

Iobhar la esperaba en el salón enseñando a Mellan a coger un arco.

—No deberíais practicar con eso dentro— les riñó.

—Decídete: si fuera porque hace frío, si dentro porque no es lugar.

—Sólo digo que podríais esperar a la primavera y poner una flecha en él.

—Sí, papá, una flecha— se emocionó el niño.

— ¿Ves? Ahora quiere una flecha— recogió el arma de manos de su hijo.

—Iobhar, no me culpes a mí, un arco sin flechas no sirve para nada. ¿Cómo si no matará su primer conejo? ¿Dándole en la cabeza con el madero?— se mofó.

—Segunda lección de hoy— se volvió hacia el niño—. Nunca intentes llevar la razón si discutes con una mujer.

Echna le golpeó con suavidad en la nuca a modo de castigo por el comentario.

Los hermanos de la mujer entraron formando un alboroto.

—El Ard Rí reclama hombres— dijo el más alto de los dos con la emoción temblándole en la voz.

—Para ir a Alba— terminó el otro—. , nosotros iremos, ¿vendrás?— ignoró el gesto de su hermana. Iobhar dudó unos instantes antes de responder.

—Si Niall me llama, acudiré.

Un profundo suspiro de resignación brotó del pecho de la joven.

—Pero ¿qué hay de nuestros hijos?

Echó su espalda hacia atrás para hacer más notable su preñez.

—Serán hijos de un guerrero que trajo tesoros a Éire y que estará aquí para el nacimiento de lo que llevas en tu vientre.

Echna guardó silencio, no sería ella quien obligara a quedarse a un guerrero, aunque le diera pavor la posibilidad de que regresara muerto, o que no regresara, simplemente.

 *****

Encogía los párpados, tratando de distinguir la silueta de Deilg Inis. La densa niebla apenas la dejaba ver la punta de sus propios pies. Creyó reconocer el pico oscurecido de la zona por la que entraban las barcas, aunque también podía ser algún animal cruzando a pocos pasos de él.

Era como si el cielo se estuviera tragando todo lo que conocía poco a poco para dejar tras de sí la nada, si es que eso era posible.

Ni tan siquiera lograba escuchar el ruido del agua por más que se concentraba, y resultaba inquietante y desalentador no poder encontrar su antiguo hogar cuando acababa de perder el lugar que lo había sido durante los últimos cinco años.

Mirando en la dirección opuesta, la referencia del bosque comenzaba a diluirse en medio de la misma niebla. Unas líneas verticales atestiguaban que había árboles, tornándolo todo demasiado irreal, intangible; hasta la tierra que estaba pisando comenzaba a desaparecer bajo ella y sintió un enorme vacío, aún mayor que el que le provocó la muerte de Conall. Era la sensación de no tener a dónde ir, el desconcierto, y pensó que debió ser así como se sintieron los dioses hasta que encontraron los sidhe.

—Imposible cruzar hoy— sentenció Treasa tratando de ignorar la cara de decepción de su hija.

—El tiempo se agota— insistió ésta—, no creo que aguante hasta la luna nueva.

Estaba molesta, incómoda, le pesaba el cuerpo y, a pesar del frío, tenía los tobillos tan hinchados que cruzaba descalza la aldea, incapaz de meterse las botas. Fiall le había prestado una suyas, pero ya ni aquellas lograban contener sus pies abotargados.

—Mañana probaremos de nuevo— intentó tranquilizarla su madre.

Feenat se sentó junto a ella y la miró con sus ojos redondos y brillantes.

—Para entretenerte nos puedes contar una historia.

—Fee, no seas caprichosa— la riñó Niamh.

—No, está bien, algo habrá que hacer mientras el temporal pasa.

—La muerte de Balor— rogó Anle.

— Ni hablar, será Conla y el hada— protestó su hermana comenzando una riña que latía en los oídos de su tía.

— ¡Basta!— gritó cuando ya no pudo más— Será la que yo elija, par de mocosos— Niamh sonrió divertida ante la determinación que mostraba—. Deirdre(1), vais a escuchar la historia de Deirdre.

(1) Antigua leyenda de amor imposible, origen de la leyenda de Tristán e Isolda; en la que la joven Deirdre escapa con su amado Naoise lejos de su viejo marido Conchobar Mac Nessa, lo que provoca la persecución de éstos por toda Éire y Escocia, y que termina con la muerte de su amante y el suicidio de ella.

—No— protestó el niño—. Es una historia para niños.

— ¿Para niños?— Treasa levantó una ceja— Olvidas que hay traición…

—Y viajes allende el mar— siguió Torcan, que se había aficionado a los relatos de su cuñada en las frías tardes de aquel invierno de aspecto inacabable.

Anle agachó la cabeza, fingiéndose resignado, igual que cuando Fiall le reñía mientras trataba de inculcarle cierta disciplina.

«Para ser un buen hombre, tienes que ser trabajador; para ser un buen tánaiste, tienes que ser útil y, para ser un buen guerrero, tienes que saber cuidar de ti», le repetía; pero esta situación era distinta y, en vez de entornar los ojos deseando que aquello acabara pronto, se sentó tan cerca de su tía que casi respiraba sobre sus rizos deshechos por la humedad.

 *****

Sus gritos se escucharon con claridad desde el otro lado de la manga de mar asustando a Anle, que permanecía sentado junto con Eoghan y Breccan alrededor del fuego.

Los dos hombres continuaban trenzando mimbre para reparar las nasas rotas. El invierno tenía un ritmo frenético, aunque todas aquellas tareas quedaran ocultas bajo los techos de bálago, dando la sensación de que la actividad se limitaba a la mera subsistencia hasta la llegada de la primavera.

Los rebaños se amontonaban en sus cercados buscando el calor de sus congéneres, y los habitantes de las aldeas procuraban mantener encendidos sus hogares durante todo el día. La humedad se colaba por cada rincón convirtiéndose en cristales de hielo contra la mañana y las nieblas se internaban entre los troncos desnudos de los bosques acechando a las praderas desde su escondrijo.

El movimiento en los caminos se limitaba a lo más necesario y muy pocos se aventuraban a cruzar el reino con sus carretas o a pie. Los Fomoré tenían más poder en aquella época del año y cualquiera podía ser víctima de sus intentos por recuperara la isla. Esto era lo que más inquietaba a Breccan: si alguno de aquellos oscuros dioses decidía hacerse con su nieto, Ceara sería incapaz de soportarlo; desde la pérdida de Conall todas sus esperanzas se habían depositado en el nacimiento de un hijo sano.

La pequeña Feenat entró abrazada a una muñeca de paja, representación de Macha, a la que llevaba días rogando que el parto de Ceara fuera bien; el gesto enterneció a los hombres y su abuelo recordó a una Niamh niña con el mismo propósito muchos años atrás. Cada día se parecía más a su madre y no sólo físicamente.

—La abuela está con ella, hará más por la tía que esa diosa de paja que traes.

Anle se burló de su hermana.

—La diosa la ayudará, y la abuela también, y tú no entiendes nada de esto.

Se sentó junto a Breccan con un aire de suficiencia.

*****

Al otro lado del agua Treasa también se encomendaba a Macha y Brigit(2) en silencio, mientras frotaba la espalda de su hija, que se encorvaba con las contracciones más fuertes sin emitir ya sonido alguno más allá de un leve gemido, cansada y con la voz rota después de una hora de dolor insoportable.

Se había negado a tomar medicinas que la ayudaran a mitigarlo.

—Es lo que tiene parir al hijo de un lobo.

(2) Ambas eran consideradas de gran ayuda en el momento del parto y a ellas se consagraban las parturientas.

Aunque aquello fuera cierto, Niamh había logrado endosarle un poco con las raíces que masticaba para descargar la presión.

El olor era desagradable en la pequeña choza, concentrando el sudor con las heces, la sangre y el líquido amniótico. Unas pequeña hojas ardían en un extremo tratando de purificar el aire, volviéndolo más irrespirable aún. Pero la puerta permanecía cerrada protegiéndolas del gélido viento de Yule(3). Fuera, la escarcha se amontonaba por todas partes y la cercella cortaba como un cuchillo.

(3) Festividad de Pleno Invierno, celebrada un par de días después del Solsticio, cuando la fuerza del cambio había decrecido. Coincide con la celebración de la Navidad cristiana.

—He oído que los romanos les cortan el vientre a las mujeres y sacan al niño cuando los partos se complican— susurró Orna a su hermana.

—No creo que Treasa quiera oír hablar de ello ahora.

Etaine no apartaba la mirada de la bandrui. Habían asistido partos peores, pero este era distinto, el empeño de la mujer por que todo saliera bien iba más allá de los desvelos lógicos de una madre.

Los últimos esfuerzos de Ceara dieron su fruto, y el pequeño resbaló a manos de su tía.

— ¡Niño!— le limpió suavemente antes de dárselo a la.

—Leary— susurró Ceara besando su cabecita todavía pringosa y, como si fuera consciente del significado, emitió un llanto cuyo inicio recordó al mugido de un ternero.

—Seas bienvenido, Leary MacConeill.

La abuela le dibujó, con el dedo manchado del líquido que lo acompañó al nacer, unos símbolos en el pecho y luego salió, dispuesta a cruzar a la aldea para darle la buena nueva al resto de su familia.

Capítulo 25

el viento sobre las colinas de éire 25

Miró hacia lo alto del acantilado y vio la figura de su cuñada; sola allí arriba, recordaba a Brigit vigilando el mundo con su vientre hinchado.

—Es hora de volver, Ceara— la sujetó por los hombros y la obligó a retirar la mirada de la balsa ardiendo que llevaba el cadáver de su hermano—. Encontrará el camino— la tapó con su capa y se la llevó colina abajo.

—Ceara, hija mía.

Levantó los ojos hasta su madre, pero no la miraba, de hecho no era capaz de reconocer el lugar donde estaba; a pesar de que había sido su hogar durante los últimos cinco años no lograba encontrar un rincón en el que no apareciera la sombra de un momento feliz al lado de Conall.

—Tu padre y yo hemos estado hablando y lo mejor será que vuelvas a Deilg Inis — la joven sólo acertó a asentir—. Allí podremos cuidar de los dos.

— ¿Cómo está?— preguntó Niamh desde la puerta.

—No reacciona, su alma no está aquí.

— ¡Claro que no! Mi alma arde junto a Conall, allí lejos, en medio del mar— comenzó a llorar y a destrozar todo lo que tenía delante.

—Corre, Niamh, trae la infusión— la joven salió corriendo mientras su madre intentaba calmar a su hermana.

—Tú lo sabías— la miró directamente a los ojos, invadidos por unas lágrimas que no terminaban de brotar volviéndolos de un verde aún más transparente, como si no perteneciera al mundo real—. Sabías que esto iba a pasar y me dejaste en sus brazos, dejaste que concibiéramos un hijo que jamás verá la cara de su padre— en ese instante perdió el conocimiento.

*****

Fiall pretendía que Iobhar sucediera a su hermano; así lo habían determinado también, en asamblea, el resto de ancianos de Bré. Nunca pensó que entre sus atribuciones como druida estuviera reunir a los notables para decidir quién gobernaría su casa si su hermano no sobrevivía a sus heridas, pero, a pesar de sus intentos por mostrarse optimista ante Ceara, él también conocía la medicina y sabía que la supervivencia de Conall hubiera sido casi imposible y, desde luego, no podía garantizar que hubiera quedado en las mejores condiciones.

El rostro sombrío de Echna, mientras les comunicaba la decisión tomada, acaparó su atención: Desde que su padre la reconociera abiertamente como hija, su relación era de profunda complicidad, en ella había encontrado la parte mística de la que Conall carecía.

— ¿En qué piensas?

—No quiero ser señora de Bré mientras Ceara está aquí, ya ha perdido un marido. ¿Tiene que perder también su posición?

—Eso no será así. Ceara regresará a su lugar, a Deilg Inis, es más seguro para ella y para el niño.

—Creí que mi madre perseguía precisamente lo contrario— por fin Iobhar intervino.

—Los dioses son cautos y sus decisiones no son absolutas desde el principio. Tú mejor que nadie deberías saberlo, teniendo en cuenta tu cuna.

—La cuestión parece que tiene más que ver con que alguien de mi linaje y del tuyo se asiente aquí y lo mismo da quién o el precio a pagar.

Se sorprendió diciendo aquello; como guerrero no tenía por qué lamentar la muerte de su cuñado, sin embargo el dolor de su hermana le había hecho trizas las entrañas.

—No discutirás la decisión de Eriu, ella sabe quién tiene que gobernar su vientre.

— ¿Cómo puedes obligarme a esto siendo mi amigo? ¿No sería mejor que gobernaras tú?

—Ahora no soy tu amigo, ni el hermano de Conall— se estiró todo lo que pudo e intentó solemnizar su tono de voz—. Soy tu druida, el druida de Bré y sólo su futuro ha de preocuparme, aunque mi humanidad me pueda inclinar a otra cosa.

Echna se levantó y se puso entre ellos.

–Sea pues, Iobhar, nunca debes llevar la contraria a un druida— pero, la mueca de burla que su marido no pudo ver, redujo la confianza de su hermano—. Voy a ver cómo está Ceara.

Los dos hombres cruzaron la mirada, resultaba difícil olvidarse del momento en que todas sus preocupaciones consistían en cumplir las órdenes de Eoghan y esquivar los ojos siempre vigilantes de los maestros más ancianos para cometer travesuras; de aquello parecía hacer un siglo y allí estaban los dos, buscando respuesta a sus miedos adultos, asumiendo los papeles para los que los prepararon entonces, sin Conall.

—Siempre creí que sería su sombra— admitió Iobhar—, de veras me habría gustado que fuera así.

—Por algo te nombró su tánaiste. Ahora le toca a su espíritu ser la tuya— se detuvo en el quicio de la puerta—. La asamblea volverá a reunirse en siete días y serás convocado.

Esperó un gesto de aceptación en su amigo y desapareció.

*****

Cuando despertó, se encontró rodeada por Iobhar, Fiall y Niamh; se asustó al percibir las ojeras en torno a los ojos de su hermana, debía llevar sin dormir desde que Torcan fue a buscarla para comunicarle la muerte de Conall.

Fiall le aseguró que había insistido en ser la que cuidara de su descanso y no había consentido salir de aquella habitación durante los dos días que llevaba allí encerrada, delirando las más de las veces, y gimoteando cuando salía del estado de catalepsia en el que se vio envuelta.

Estuvo tentada de preguntar por Treasa; había usado palabras terribles contra ella y todavía quedaban unos rescoldos en su corazón que le impedían ser condescendiente con el dolor de su madre.

Sabía, ahora de verdad sabía, que nadie podía escapar de su destino y comprendió que, seguramente de haber podido, la bandrui habría trocado el de su hija, pero eso no evitaba el dolor por la pérdida de su marido.

Se levantó de la cama y mandó a su hermana a descansar.

—Yo me encargaré de Anle y Feenat, me vendrá bien— y Niamh, agotada como estaba, no protestó.

Encontró a sus sobrinos en el patio corriendo con otros niños como si nada hubiera sucedido, exactamente igual que el día en que Torcan e Iobhar habían traído a Conall malherido. Se dio cuenta de que tenía hambre, un hambre brutal; era la primera sensación real que tenía en días y se dirigió a la cocina; le apetecía pan de nueces, de hecho se moría por un buen pedazo.

La cocinera le acercó un pan entero

—Pero cómelo despacio, niña.

—Tú siempre tan maternal, Branwen— y sonrió por primera vez desde que Conall muriera.

— ¿Qué le voy a hacer? No he tenido hijos propios, pero he criado a todos los de los demás— la dejó comer un trozo más—. El dolor se irá, te lo aseguro.

—Lo sé, pero ¿cuándo?

—Puede que antes de lo que imaginas. Es cierto que volverá de vez en cuando, pero ya no será tan terrible y, además, debes cuidar de vuestro pequeño y asegurarte de que crezca sano— le tendió un cuenco con frutos secos—. Come, anda— y la dejó sola.

Feenat entró corriendo y quedó paralizada al verla; se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y se escondió detrás de unos sacos. A Ceara le resultó extraña, sólo podía recordar el momento en que la había sostenido entre sus brazos cuando la ayudó a venir al mundo; de aquella masa caliente y llorona no quedaba ni rastro, ahora la niña contaba con seis años escasos y era tan rubia y espigada como su madre. Anle tardó poco en aparecer por el mismo sitio; a pesar de haber nacido a un tiempo, él recordaba más a Torcan con el pelo más oscuro y la cara mucho más redonda que la de su hermana. Echó un vistazo rápido, dudó entre permanecer allí o seguir buscando fuera, dio un beso a Ceara y volvió a salir.

—Ya se ha ido, Fee.

La cabeza de la niña emergió de su escondite, entonces su tía rescató de su mente los días anteriores: la feliz llegada de Niamh a casa con los dos niños y los cuentos que escuchaban de su boca embelesados, era el mejor recuerdo reciente que tenía y se aferró a él como a un clavo ardiendo.

— ¿Quieres un poco?

Ceara empujó el plato hacia su sobrina. Feenat se sentó enfrente y cogió un puñado de avellanas.

— ¿Estás mejor, tía?—la mujer asintió — ¿Y mi primo?

—También— se acarició la barriga con un movimiento circular.

—Tengo ganas de que nazca. Anle dice que será pelirrojo pero yo creo que será moreno, como el tío Conall. La abuela me contó que las almas siempre vuelven y que conservan algo que las hace reconocibles. Yo creo que es el color del pelo y de los ojos, pero a lo mejor son los dedos de los pies como dice el hijo del cabrero— la idea provocó la risa de Ceara.

—Sería divertido ¿no crees? Tener que ir mirando los pies de la gente para reconocer sus almas— la niña asintió, besó a su tía y se marchó a buscar a su hermano.

Ceara volvió a quedarse sola y decidió que ya era hora de hablar con su madre.

*****

Treasa estaba recogiendo hierbas junto a los alisos del borde del río; el inicio del invierno estaba cerca y, por lo menos, aprovecharía para proveerse de lo que no podía conseguir directamente en Deilg Inis.

Aquellas aguas oscuras y frías habían ablandado la piel de sus manos, pero seguía empeñada en obtener las raíces más profundas, las que más poderes tenían.

Se puso alerta cuando escuchó pasos tras ella y se sorprendió al ver que se trataba de su hija menor; aunque ya no tenía tan buena vista de lejos habría reconocido su silueta en cualquier parte, sobre todo teniendo en cuenta la abultada barriga que la delató finalmente. La recién llegada se arrodilló junto a ella y comenzó a recoger las flores con sumo cuidado depositándolas en un cuenco que su madre aún tenía vacío.

— ¿Niamh está descansando?

—Sí, la obligué a dormir, estuve a punto de cantarle una nana.

—Tienes una voz bonita, podrías haberlo hecho.

—Lo siento— enterró las manos en el lodo intentando ocultar cómo le temblaban—, no debí decir esas cosas.

Estaba a punto de llorar, empezaba a cansarse de la revolución emocional provocada por el embarazo.

—Es lo que sentías. Si hubiera sido tú, no me habría portado mejor— se incorporó—. Lávate las manos— usó el mismo tono que cuando era niña y obedeció, Treasa la ayudó a levantarse—. Me quedaré aquí el tiempo que necesites.

Ceara rompió a llorar, la mujer la acogió en sus brazos y se mantuvo así hasta que su hija recuperó una respiración tranquila.

—Sé que duele, mi pequeña, sé cuánto duele, pero se pasará.

—Eres la segunda persona que me lo dice hoy. Branwen insistió en lo mismo.

—Branwen es una mujer sabia. Mucha vida a sus espaldas como para no haber aprendido unas cuantas lecciones.

Recogieron los cuencos y llenaron un odre de agua antes de volver hacia la ciudad.

—Aún faltan dos o tres lunas para que des a luz, pero deberías cuidarte mucho y comer más, obligarte si es necesario— Ceara dio un respingo, la patada de su hijo parecía decir «escucha a la abuela, tiene razón»—. Será digno hijo de su padre y fuerte, muy fuerte.

Fiall las vio venir por el camino, lentas, al paso que Ceara se podía permitir; estaba demasiado delgada para el final de un embarazo, era notorio incluso debajo de la capa de piel que la cubría: la capa de piel de lobo que había pertenecido a Conall y que no se quitaría en todo el invierno.

Decidió esperarlas en las puertas de la fortaleza, tenía que avisarlas de una visita que las pondría muy contentas y eso era lo que más necesitaba su cuñada en ese momento; Eoghan había llegado hacía un rato y las estaba buscando.

 *****

Iobhar estaba nervioso y ni siquiera Mellan lograba sacarle una sonrisa. Fiall había insistido hasta tal punto en su deber como tánaiste y lo que Bré necesitaba de él, que le resultaba imposible conciliar el sueño y unas profundas ojeras circundaban sus ojos, ahora grises y apagados.

La llegada de Eoghan desde la aldea tampoco había supuesto ningún alivio, el herrero había dejado claro que su visita se dirigía a Treasa y Ceara con una urgencia que le hizo sentirse excluido.

Entendía que su hermana pequeña recibiera tanta atención, pero él también estaba en un proceso de cambio, no solo había perdido un amigo, además se vería obligado a convertirse en Rí Tuaithe, a sentarse en la silla de Conall.

Sus reparos a la hora de ejercer este cargo chocaba con la actitud de Echna; ella ya había asumido su nueva posición, aunque todavía no se hubiera formalizado nada.

—Ceara no está en condiciones— le había dicho esa misma mañana, mientras preparaba el salón para las demandas de los vecinos.

Iobhar miraba con recelo el asiento coronado por las astas del ciervo que antes adornaban el lecho del Rí Tuaithe; era la única decisión que se había permitido tomar, un modo de mantener a Conall presente.

— ¿Cómo se lo diré? ¿Cuándo?

Las preguntas se aglutinaban en su mente, creando una nueva incógnita por cada paso dado.

—Ya has hecho esto antes, no hay nada raro en ello; ya encontraremos la forma y el momento adecuados — le consoló Echna dirigiéndole una mirada dulce y compasiva.

La entereza de la joven contrastaba con el gesto preocupado del tánaiste; a ella también le había afectado la pérdida de su hermano, pero tenía una mente práctica: no había tiempo para lamentarse cuando Bré necesitaba ser gobernado y, puesto que a Ceara no se le podía exigir que apartara su dolor, menos en su estado, ella estaba obligada a hacerse cargo de todo, siempre con la ayuda de Aoifa y Niamh.

Torcan entró con una nasa llena de peces seguido de Anle. El niño se mostraba más cohibido y serio que de costumbre; la muerte de Conall le había dejado huella, especialmente después de su última conversación. Todavía algunas noches se despertaba sobresaltado por unas pesadillas que siempre terminaban con el graznido profundo de la corneja que le había arrebatado el último suspiro a su tío.

*****

Las dos mujeres buscaron un lugar tranquilo en el que reunirse con el recién llegado; Eoghan dirigió una reverencia respetuosa a Ceara, aunque a ella le pareció que hubiera sido más apropiado un abrazo reconfortante, era lo que más necesitaba; ya estaba cansada de los gestos de deferencia de sus conciudadanos, siempre envueltos en un nimbo de lástima.

—Siento la muerte de Conall— admitió el herrero—, era un valiente y un buen .

—Déjate de alabanzas— se molestó la joven—, todos sabemos lo que era— le indicó un lugar donde sentarse.

—Fue uno de mis mejores alumnos, Ceara, yo también he sufrido con su muerte— la mirada encendida por la ira le hizo frenar su discurso.

—No eres la única que ha perdido algo con esto— le recriminó Treasa.

—No, pero soy la que más ha perdido. Eso no me lo vas a negar— mantuvo sus ojos fijos en los de su madre mientras se acariciaba el vientre.

—Lo que no te da derecho a comportarte así— la riñó con dulzura—. Eoghan ha venido a presentarte sus respetos y…

—Ojalá fuera sólo eso— intervino de nuevo el hombre—, vengo con noticias desde el Gwynedd nada alentadoras— tomó aire—. Los druidas se están viendo obligados a huir o convertirse en bardos para preservar nuestras tradiciones.

—Los romanos no cruzarán a “Hibernia”.

—Pero los galeses sí— sentenció su madre.

*****

La reunión de aquella noche se vio envuelta en un ambiente extraño; tan sólo Niamh, Torcan y sus hijos parecían tener la cabeza libre de remordimientos o preocupaciones. Hasta Mellan, contagiado por el talante pensativo de su padre, había despreciado un dulce que su abuela le había traído aquella tarde.

—Marcharemos tan pronto como sea posible— informó Treasa—, aprovechando que Eoghan también ha de regresar a la aldea.

La información no pilló de sorpresa a nadie, tras la muerte del Rí, había quedado claro que Ceara daría a luz en Deilg Inis y faltaba poco para que esto sucediera.

Echna acercó otra capa a su cuñada, últimamente tenía frío a todas horas y la proximidad del invierno y su falta de apetito la tenían preocupada. Ceara agradeció el gesto con una sonrisa, pero su mente vagaba en un torbellino de ideas sobre qué hacer una vez hubiera dado a luz. Las palabras de Eoghan no habían caído en saco roto, no quería que su hijo viviera en un mundo cambiante, menos si los cambios se pronunciaban en su contra.

— ¿Tendremos tiempo para ver la coronación de Iobhar?— preguntó con calma, ignorando el gesto sobresaltado de su hermano.

—No haremos ceremonia de esto— respondió Echna rápidamente—. Ninguno de los dos desea esa silla— señaló con la cabeza hacia el trono vacío.

—Es lo que los dioses quieren, lo que la gente de Bré pide, y lo que Conall hubiera elegido— intervino Fiall, más rogando que imponiendo.

La todavía reina se levantó con trabajo y se acercó al tánaiste, arrodillándose delante de él.

—Yo no regresaré— tragó saliva—, nadie puede ocupar su lugar mejor que tú, hijo de las hadas, no puedes fallarnos ahora. Renunciar a tu destino sería un acto de cobardía, Dana no te recibirá si lo haces.

Treasa y Eoghan asintieron emocionados, nadie habría esperado que fuera la viuda quien hiciera entrar en razón al heredero.

—No quiero sentarme ahí, Ce, es “su” sitio. Yo no le protegí como debía— se quejó Iobhar.

— ¡Tonterías!— se levantó con un destello de ira en la mirada—. Badbh le reclamó, no podíais hacer nada— la rabia comenzaba a invadirla—. Tu lugar es ese— señaló de nuevo la silla—, no te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando. Y todavía has de obedecerme, pues soy tu reina. Si no queréis ceremonia, lo respeto, pero aquí nadie eludirá sus obligaciones. Empezando por mí misma.

Niamh corrió a abrazarla consciente de que su hermana, a pesar del discurso vehemente, se estaba derrumbando por dentro.

«Mi destino es ser bandrui.» Susurró entre el cabello rubio que la envolvía. «Y Conall no podía seguirme.»

Capítulo 24

el viento sobre las colinas de éire 24

Un Anle ansioso corrió al interior de la empalizada buscando a su madre para decirle que el carro estaba llegando. Niamh le había dado claras instrucciones para que los primeros en conocer el estado de Conall fueran Fiall, Treasa y ella.

El guiño cómplice entre Echna y su cuñada bastó para que la primera lograra llevarse a Ceara a otro lado con la excusa de un ataque de gases de Mellan, reforzada por el llanto desesperado del niño que, realmente, tenía un dolor de barriga provocado por su glotonería.

Tras recibir cumplido detalle de los pormenores del viaje, Treasa se concentró en echar un vistazo a la herida de su yerno. Se alegró de comprobar que su hijo y Torcan habían cumplido su misión con eficacia y que, afortunadamente, tenía el aspecto que esperaba.

—Si tenemos alguna oportunidad lo sabremos en breve, pero necesitaremos toda la inspiración de Airmed.

Comenzó a rebuscar entre los haces que colgaban sobre sus cabezas. Bendijo en silencio a Ceara por abastecer aquella botica con todo lo necesario.

— ¿Avisamos ya a mi hermana?

—Espera un rato, yo te diré cuándo puede venir; lo suyo es que, al menos, Conall esté limpio, así tiene una pinta horrible.

—Oh, ¿en serio?— logró quejarse el herido—. Les dije que me dejaran bañarme en el Brí, pero al parecer teníamos prisa.

—Por lo menos conservas ese sentido del humor tan tuyo.

—Poco más me queda— se encogió por el dolor.

—De momento te lavaremos y te vas a tomar una infusión dedicada sólo a los héroes.

A pesar de las reticencias heredadas, el respeto por su suegra había ido creciendo día a día, haciendo que contara con ella como si se tratara de una verdadera madre.

Mellan había dejado de llorar gracias a los movimiento que le habían obligado a hacer y a la tisana de anís que se había bebido sin rechistar. Ahora dormía plácidamente en brazos de su madre que intentaba encontrar la forma de decirle a Ceara que Conall había llegado ya.

Fiall y Niamh aparecieron sonrientes, deseosos de llevar a Ceara con su marido.

El estado del Rí Tuaithe era bastante bueno, pero no podían cantar victoria; el jugo del tejo era un veneno potente y luchar contra él una tarea ardua e ingrata, pues se acompañaba de episodios de mejoría seguidos de momentos en los que la vida del enfermo llegaba a pender de un hilo.

El acuerdo de no exponerle a Ceara el problema con claridad implicaba más dificultad de la que cabía imaginar; ella conocía la medicina y no se dejaría engañar por mucho que lo intentaran disfrazar; pero, en su estado, todos habían convenido en evitarle disgustos. Esperaban que el saber hacer de Treasa consiguiera devolverles a Conall pronto y que todo retornara a la normalidad.

—Amor mío.

Se le echó encima nada más entrar; él acarició primero su pelo y luego posó la mano sobre su vientre.

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti, he tenido que intervenir en tres disputas por las mismas cabras, ¿te lo puedes creer? Las mismas. Ganas me dieron de sacrificarlas y que se repartieran las pieles y la carne.

—Pero no lo has hecho.

—Claro que no. De momento podrán ordeñarlas y compartir la leche hasta que el rebaño crezca lo suficiente como para dividirlo justamente.

—Volverán.

—Lo sé, pero entonces ya será tu problema.

A Conall le encantaba aquel lado travieso de Ceara, y asintió divertido.

 *****

Anle entró temeroso, quería que el propio Conall le contara cómo había sucedido, su padre le había contado lo valientes que habían sido y había escuchado a Fiall hablar con su abuela de la aparición de Badbh. Esté punto era el que más le interesaba, su tío era el primer hombre, que él conociera, que había visto a las diosas de la guerra y vivía para contarlo.

Pero le inquietaba la presencia de su tía, por lo visto nadie quería mencionar a la tríada delante de ella.

—Buenos días— Ceara se levantó, dejándole su sitio—. No le des mucha guerra, yo salgo un momento. Si pasa algo, grita.

—Es una exagerada— Conall esbozó una sonrisa—. Ponte de pie, que yo vea cuánto has crecido— el niño obedeció, estirándose al máximo y adoptando la pose de un guerrero—. Si Mellan se hace druida, tú serás mi tánaiste en lo que mi hijo crece ¿qué me dices?

—Que sería un honor para mí y para mis padres, .

En ese mismo instante, una corneja graznó en el exterior posada sobre lo más alto del techo, desplegó sus alas oscuras y las tres diosas mostraron sus feroces sonrisas, sus ojos inyectados en sangre, sus manos delgadas y retorcidas extendiéndose hacia la casa; Anle la oyó, Conall la oyó y nadie más se dio cuenta.

 *****

La fiebre provocada por el veneno no remitía, y la herida continuaba supurando con un hedor que revolvía el estómago de Ceara que, sin embargo, no se separaba de Conall.

En los pocos momentos en que las drogas proporcionadas por Treasa le dejaban regresar al mundo real, encontraba la sonrisa de su esposa, a la que correspondía con una ligera mueca.

—Leary, le llamarás Leary ¿verdad? Sé que será un chico, sé que será fuerte como una manada de terneros, sé que será el digno hijo de un lobo.

Apretó la piel gris contra él buscando en ella la fuerza del animal.

—Se llamará Leary— prometió—, y el lobo vivirá para verle.

Pero aquella petición fue la última de Conall, que sucumbió de nuevo a los calmantes y ya nunca despertó.

Ceara se quedó junto a él durante horas hasta que su madre, extrañada porque no le hubiera pedido ninguna medicina nueva, se atrevió a entrar preparada para lo peor.

Apenas se asomó, supo que el Rí Tuaithe les había abandonado y, aunque su mayor deseo era abrazar a su hija y consolarla, cumplió primero con su obligación avisando a Iobhar y Fiall.

*****

La primera en entrar fue Echna, más entera que Niamh, que sollozaba en el salón principal.

—Prepararé las pinturas— musitó.

—De acuerdo— la mirada de su amiga no se separaba del bello rostro del Conall, acariciando la cicatriz de su mejilla, ahora fría—, pero yo le vestiré para su viaje.

—Fiall es su druida, él debería…

—Al cuerno con Fiall, él no fue capaz de salvarle, que no venga pidiendo honores ¡Yo soy su mujer, una futura bandrui!

Echna se quedó en silencio, sabía que era la rabia la que hablaba, sabía que Ceara y su otro hermano se adoraban y que sólo el dolor la permitía ser tan cruel con él.

—Tráeme un cubo con agua y las pinturas, Conall, Rí Tuaithe de Bré, va a ser acogido por Dana, y será el guerrero más hermoso que haya visto jamás.

Obedeció, pero esperó para salir de la estancia buscando la forma de decirle a Fiall que no sería él quien cumpliera con el ritual funerario.

*****

La playa se llenó con los habitantes de Bré, que acallaron sus murmullos al paso del cuerpo de su , precedido por Fiall. Iobhar y Torcan sostenían a duras penas la barcaza en la orilla, batida por las olas de un mar que parecía ansioso por recibir al héroe.

Anle removía la arena con el pie, nervioso, dos pasos por delante de su madre y su hermana. Como Mellan aún era muy pequeño, él sería quien recibiera las joyas y las armas de su tío. Por ello Niamh le había trenzado el pelo y su tío Iobhar le había regalado una fíbula propia. Todo para que fuera patente el honor que suponía recibir tal herencia, su último gesto de respeto a su tío Conall, al que tanto quería, al que ansiaba parecerse algún día.

En el preciso instante en que el cuerpo de Conall era depositado en la barca, el ensordecedor ruido de veinte cuernos invadió la playa espantando a las gaviotas, que se alejaron con sus gritos mar adentro.

El zumbido producido por los cuernos hacía vibrar cada palmo de su cuerpo, acelerando el latido de su corazón y apretando el nudo de su garganta que evitaba que el llanto acudiera definitivamente a sus ojos. Su pequeño también se movía inquieto dentro de su vientre; hasta el suelo que pisaba parecía temblar.

Iobhar se plantó ante ella con la antorcha que Fiall acababa de entregarle, la llama bailaba al son de las vibraciones; ella asintió intentando imprimir más ternura que dignidad a su gesto, y siguió hipnotizada por el crepitante naranja de la tea, camino de la barca.

Su madre la acompañó en las fórmulas que correspondían a cada punto donde la llama prendía el altar de su marido y, por último, entre Torcan, Iobhar y Fiall, empujaron la embarcación al mar donde Dana recogería el alma de Conall, “el lobo”, Rí Tuaithe de Bré.

Capítulo 23

el viento sobre las colinas de éire 23

Fiall terminó de pintar el cuerpo de su hermano; como druida de Bré era su cometido tejer los encantamientos que les llevarían a la victoria en cada trazo morado y ocre con que cubría sus brazos, piernas y pecho. Bromeó con él sobre la incipiente barriga que estaba echando desde que se casara y Conall fingió mostrarse ofendido; hasta Torcan, siempre tan callado, se añadió a la chanza.

Habría resultado difícil adivinar que se disponían a librar una batalla, pues sus carcajadas se oían desde muy lejos. Solamente Iobhar se mantenía en un rincón en completo silencio.

—Los dioses estarán con nosotros, tenemos un poderoso druida de nuestro lado— Conall se había acercado a él.

—Lo sé, sólo descansaba, como te prometí hace años, por si hoy tu vida depende de mí.

El sonido del karnix(1) ensordeció cualquier palabra que se quisieran decir. Iobhar se levantó y siguió a su amigo; subieron al mismo caballo, así Conall dirigiría al animal mientras él le guardaba las espaldas.

(1) Trompeta estrecha y alargada con forma de “f” que solía estar coronada por un adorno con forma de cabeza de jabalí.

Cuando se asomaron al valle pudieron ver con claridad al enemigo; estaban muy igualados en número, pero la ferocidad de los del Laigin estaba desbordada; nadie que intentara hacerse con Dún Ailinne saldría ileso.

No habría arengas por parte de generales ambiciosos, tampoco una estrategia desarrollada con astucia, ni una formación estudiada que salvaguardara flancos; simplemente sonarían las trompetas y todo sucumbiría a la fuerza y la destreza sin más ventaja que la que les proporcionaran sus propios cuerpos.

Los insultos comenzaron tan pronto como el Rí Ruirech hizo aparición en sus filas. Era un modo de amedrentar al oponente mientras los druidas comenzaban a lanzar aquellas maldiciones que quebrantarían el valor del contrario.

El humo negro de varias hogueras hechas con las pocas ramas verdes que quedaban, empezaba a entorpecer la vista abandonando el destino al simple eco de las espadas chocando contra los escudos con aquel sonido infernal que, sin embargo, exaltaba aún más las ansias de combate. En la zona baja, el humo era tan denso que había conseguido eclipsar el sol; cualquier cosa que estuviera a más de veinte pasos dejaba de formar parte del mismo mundo en el que ellos se encontraban.

Al segundo sonido de aquella trompeta inmanejable que superaba la altura de un hombre, se inició la primera carga. Conall clavó los talones en los costados del caballo y rompieron a galope; Iobhar, fuertemente sujeto tras él, blandía la enorme espada sobre sus cabezas.

—Con lo que recojamos hoy cubriré la puerta de mi casa(2)— gritó por encima del ruido, al tiempo que descargaba el primer golpe vertical sobre un enemigo, abriéndole la testa en dos.

—Esa ha quedado inservible— se burló su compañero repitiendo el movimiento ligeramente ladeado, haciéndose con la cabeza de su víctima y mostrándola orgulloso.

(2) Una costumbre de los guerreros era cubrir la puerta de sus hogares con las cabezas de los que habían vencido en combate.

Rotas las primeras filas, volvieron grupas y se prepararon para un segundo ataque; Conall aprovechó para atar el pelo de su trofeo a la montura. Torcan se reunió con ellos; su compañero se había caído y ahora bajaría solo, tendría que tener más cuidado si quería evitar que le sorprendieran por la espalda.

A una seña del volvieron a bajar chocando con los combatientes que habían conseguido escapar de la primera oleada y corrían hacia ellos con las lanzas avanzadas para evitar que los caballos lograran traspasar sus líneas. Detrás, algunos arqueros apuntaban a los animales.

De golpe, el caballo perdió pie dando con los dos en el suelo; sin tiempo para lamentaciones, recuperaron los escudos y se dispusieron a pelea, de reojo se dio cuenta de que había sido alcanzado por una flecha

—Malditos bastardos, era mi mejor bestia— escupió blandiendo su larga espada, atravesando a todo el que se le ponía delante.

El tono pálido de sus pinturas estaba ahora manchado de la sangre que les resbalaba por las piernas, haciendo difícil distinguir los colores de los clanes amigos y enemigos.

La adrenalina les ayudaba a mantenerse en movimiento; esquivar los golpes era, si cabía, más agotador que propinarlos, los pesados escudos de madera sólo podían proteger un costado lo que obligaba a mantener la guardia sobre el otro lado.

Los gritos arrancados de las gargantas de los heridos se confundían con los que impulsaban a los guerreros antes de la acometida; costaba mucho trabajo esquivar los cuerpos que poblaban el suelo, aun no siendo muy numerosos, pero localizados en el centro mismo del combate.

Torcan se arrastraba con su escudo sobre el cuerpo protegiéndose de los espadazos de un contrario antes de que Conall lograra matarlo y ayudar a su cuñado a levantarse. Ambos se reían de su suerte envalentonados por la adrenalina que aceleraba el ritmo de su corazón y parecía ser lo único que corriera por sus venas.

Volvieron a retroceder, buscando la forma de hacer una última carga que pusiera en fuga definitivamente al enemigo.

Conforme se alejaban del centro de la liza, oían con más nitidez el murmullo de los druidas infundiéndoles valor y tratando de mermar la potencia de sus contrincantes.

Por última vez se lanzaron entre los hombres del Muma, tenían que conseguirlo ahora o estarían perdidos.

La corneja, negra como la noche, extendió sus alas planeando sobre el campo en el que yacían algunos cadáveres; no prestó atención a aquellos cuerpos, su objetivo era otro. Sólo cuando estuvo cerca de él, emitió un graznido horrendo que le encogió el corazón.

Conall la vio llegar entre el humo cada vez más oscuro, más irrespirable, y le pareció que el pájaro ya no era un pájaro sino una mujer oscura y terrible que iba pintada como él bajo el enorme manto negro, con una fiereza en la cara digna de la diosa de la guerra. Cuando abrió del todo la tela, de los lados bajo sus brazos, aparecieron otras dos mujeres, a cual más temible que la otra, pronunciando su nombre de un modo imposible de ignorar, aunque él fuera el único que lo oía.

La del medio torció la boca en una suerte de sonrisa deforme que, sin embargo, le llenó de calma; al mismo tiempo sintió un dolor ardiente en la pierna y, al girarse para ver de dónde provenía, descubrió una lanza clavada un palmo por debajo de su cadera. Siguió con la mirada el recorrido del arma hasta la empuñadura y vio la cabeza de su atacante en el suelo; detrás, Iobhar y Torcan con las espadas en alto, las hojas teñidas del color granate de la sangre; de la de su cuñado todavía goteaba el líquido vital del hombre que le había herido.

Con un sonido igual que el que la anunció, la corneja se recompuso y regresó volando a la arboleda, desde donde esperaría al término de la batalla para cobrarse sus víctimas.

Todo transcurría despacio, muy despacio, y no podía olvidar la sonrisa de las mujeres delgadas y pálidas como la propia muerte; Torcan se apresuró a cogerle antes de que cayera al suelo y, entre los dos amigos, le arrastraron hacia lo alto de la loma desde la que Fiall y otros druidas libraban su batalla mágica.

 *****

Aunque el calor del fuego encendido combatía la tormenta que arreciaba fuera, alejarse un poco de él hacía que un pequeño escalofrío las recorriera. Quizá por eso Ceara no le dio importancia a la sensación extraña que tenía en el estómago; además estaba su embarazo, desde el último cambio de luna tenía la impresión de que lo que crecía en su vientre invertía todo su tiempo en robarle el calor.

Treasa había rellenado la paja de sus botas y no se atrevía a salir sin cubrirse con, al menos, dos capas. Niamh le calentaba las manos entre las suyas, exactamente igual que hacía con sus hijos, y Aoifa se empeñaba en hacer todas las tareas que implicaran pasar tiempo a la intemperie.

Al principio Ceara había protestado, pero tenía que admitir que su vida era mucho más fácil desde que se dedicaba en exclusiva a gestar al hijo del Rí Tuaithe.

Su obligado reposo le daba la oportunidad de pasar más tiempo con sus sobrinos, que todos los días le reclamaban una historia antes de irse a dormir.

Echna le acercó un cesto de lino para hilar y se sentó junto al fuego con ella.

—Hace un día de perros ahí fuera— dijo Treasa al entrar, cargada con un nuevo canasto—. Traigo las manos heladas— las frotó con fuerza hasta que unas punzadas en la punta de los dedos le indicaron que la sangre volvía a circular.

— ¿Dónde están los niños?

—Fuera, jugando. Bendita juventud, parece que no notan el frío metiéndose en los huesos.

—Ya se darán cuenta cuando se resfríen. Voy a buscarles.

Echna se levantó, dejando solas a madre e hija.

El chasquido de las ramas más frágiles al quebrarse con el fuego formaba un ritmo casi constante. Las manos de Ceara giraban rápido con la habilidad que dan los años, enrollando la fina hebra en el huso de mano, casi como si bailaran al son de las llamas.

Sus ojos se perdieron en el hilo grisáceo, en el modo en que se acercaba al palo de forma interminable.

Una especie de humo negro y denso comenzó a nublarle la visión, tosió un par de veces como si pudiera respirarlo realmente; tras la cortina oscura, un niño se agachaba junto a un guerrero. La joven se dio cuenta del brillo de las lágrimas surcándole las mejillas y el grito ahogado que no terminaba de salir de su garganta. La miró fijamente hasta que el humo lo envolvió todo de nuevo dejando sólo el brillo violeta de aquellos ojos mágicos.

—Tía Ce— Feenat estaba ante ella sosteniendo dos flores malvas—, mira lo que he encontrado para ti.

—No mientas— Anle la empujó—. Yo las cogí, a ti te daba miedo bajar por las rocas.

Recogió el regalo y aspiró su aroma, leve, sutil; era una característica de las flores de invierno, pequeños tesoros entre la nieve, unicamente su color las convertía en algo hermoso.

—En primavera te traeré margaritas y lirios— prometió Feenat echando mano de una madeja.

—Resérvalas para tu primo— se acarició el vientre—, le gustarán.

 *****

Los vencidos huyeron dejando el lugar sembrado de cadáveres envueltos por la neblina oscura que se iba disipando con cada ráfaga de viento. El graznido de los cuervos se escuchaba desde lejos y algunas rapaces comenzaban a sobrevolar el campo de batalla en círculos, atraídas por el olor a sangre y muerte.

Durante dos días los vencedores celebrarían un ritual tan antiguo como importante; lo más inmediato era recobrar los cuerpos de sus compañeros caídos separándolos de sus adversarios.

Acompañados de los druidas, recorrieron el valle, recogiendo las cabezas de los perdedores y preparando sus cuerpos para un tratamiento digno de los nobles guerreros que habían demostrado ser. Las carroñeras se mantenían expectantes, aguardando a que el último de los cadáveres fuera empalado para poder comenzar con el macabro festín.

Fiall recorría la loma de un lado a otro atendiendo a los heridos. Había dejado a su hermano descansando tras limpiar la herida, con una fuerte dosis de sedante; con suerte, al día siguiente podría cerrar el lanzazo, aunque desconocía si Conall se recuperaría del todo o, como su padre, quedaría cojo. Parecía que el hierro no había llegado al hueso, lo que no significaba que el músculo no estuviera seriamente dañado.

Observó la mano destrozada de uno de los guerreros; al caer del caballo, éste le había pisado y se temía que la única solución sería amputar(3).

—Soy cestero ¿qué haré sin mi mano?— preguntó el joven, más asustado por su futuro que por lo que sucedería de inmediato.

—Piensa en Nuada(4), el de la mano de plata; puede que un buen herrero te fabrique una a ti también— el hombre sonrió forzado, dudaba mucho que en toda Éire hubiera alguien capaz de emular la proeza de Diancecht.

Desde lo alto se veía con claridad la forma que los druidas componían con los cuerpos de sus compañeros. Construirían un altar en homenaje a su valor, un lugar desde el que sus almas serían reconocidas por los siglos como las de unos héroes formidables que dieron su vida por el Laigin.

(3) Existe constancia de que ya se practicaban amputaciones, cerrando las heridas por cauterización con hierros al rojo vivo.

(4) Nuada, Rí de los Tuatha de Danann, perdió la mano en una batalla. Esto provocó que perdiera también el trono, pues el Rí debía ser perfecto físicamente, y no lo recuperó hasta que Diancecht le construyó una nueva mano de plata, utilizando sus artes en la medicina y la herrería.

La cerveza corría en ríos entre los hombres que celebraban su victoria. Iobhar festejaba sin apartarse un segundo de su cuñado; tenía mejor cara y hasta se permitía alguna que otra broma, pero no habría podido llamarse su tánaiste si no fuera capaz de percibir una ligera inquietud en su amigo.

La llegada de Fiall le dio pie a expresar sus sensaciones, a las que el druida intentó quitar importancia.

— ¿Cómo vamos, hermano?— se sentó junto a Conall.

—Hay por ahí un druida empeñado en drogarme hasta las cejas por un rasguño en la pierna.

—Druidas— rió Fiall—, no saben qué hacer con tal de sentirse útiles.

—Y que lo digas.

Se encogió sacudido por un dolor que le atravesaba el muslo, como si la lanza siguiera allí, penetrando cada vez más hondo, retorciéndose dentro de su carne. Fiall no cambió de actitud y descubrió la cura con cuidado.

No le gustó lo que vio; a pesar del tratamiento dispensado no tenía pinta de haber mejorado un ápice y comenzó a preguntarse qué podía estar fallando.

Torcan apareció con dos cuernos llenos para los hermanos y Conall cambió de cara, compartiendo la alegría de la victoria.

 *****

—Cuéntanosla otra vez, tía Ceara, por favor.

Por lo general, los ruegos de Feenat siempre surtían efecto; Niamh bromeaba sobre lo blanda que se estaba volviendo con el embarazo, nada que ver con la terca niña que no daba su brazo a torcer.

—Sí, venga— Mellan se unió a su prima en la petición.

Durante las noches de otoño, cada vez más frías y aburridas, los niños trataban de persuadirla para que les contara historias mientras tejían o arreglaban cestos. Sin duda, la favorita de los tres era la llegada de Lugh a casa de los Tuatha Dé, y a menudo la corregían si cambiaba el orden de las palabras o se olvidaba de algún trozo.

—Está bien, pero es la última vez; no puedo pasarme la vida con el mismo cuento, mi hijo va a pensar que no me sé más— esperó a que los niños se sentaran a su alrededor y comenzó.

«Un día, Nuada, celebró una gran fiesta en Tara, a la que invitó a los sabios y especialistas en todas las artes. Después de que la reunión estuvo completa, se presentó ante el guardián de la fortaleza un desconocido pidiendo entrar en la ciudad. Era un joven apuesto y cubría su cabeza con una diadema de .

El guardián preguntó: — ¿Quién eres?

A lo que el visitante respondió: —Soy Lugh del Brazo Largo, hijo de Cían y de Ethne.

Entonces el guardián, siguiendo las instrucciones recibidas por Nuada, le preguntó:

— ¿Qué artes practicas? Puesto que nadie entra hoy en Tara sin conocer un arte.

—Soy un albañil.

—No te necesitamos. Tenemos un albañil.

—Guardián. Soy un herrero.

—Ya tenemos un herrero, el mejor de todo Éire

—Entonces— le dijo—, soy un arpista.

—Ya tenemos un arpista, capaz de ganar batallas con su música (5).

Él dijo: —Soy un guerrero.

El guardián respondió: —Ya tenemos un guerrero, y héroes sin rival que los derrote.

(5) Entre los celtas insulares, los poderes mágicos de la música eran tales, que se consideraba que el sonido de un arpa podía provocar la derrota, así como dominar la voluntad de los hombres; de ahí que los bardos arpistas fueran respetados y temidos por igual

Y el visitante afirmó: —Soy un poeta y un historiador.

—Bardos no nos faltan; vete por donde has venido si no tienes oficio mejor.

Él dijo: —Soy un hechicero.

—No te necesitamos. Nuestros druidas y nuestra gente con poderes son numerosos.

—Soy un médico.

—No te necesitamos. Tenemos a Diancecht como médico, capaz de reconstruir la mano de nuestro rey a partir de una pieza de plata.

Entonces, viendo que todas sus habilidades estaban siendo rechazadas, Lugh le hizo la última petición: —Pregúntale al rey si tenéis a un hombre que posea conocimientos de todas esas artes. Y si lo tiene, me iré sin entrar en Tara.

El guardián marchó al salón real a contarle al rey que en la puerta había un joven que decía ser maestro en todos los oficios. Nuada, intrigado, pidió al guardián que dejara pasar al muchacho, para que se presentara ante él.

—Mi guardián dice que dominas todas las artes conocidas. Pero deberás pasar una serie de pruebas para demostrarlo.

Entonces una gran losa de piedra, que requería de cuatro yugos de bueyes para moverla, fue lanzada por Ogma(6) hasta el centro del salón real.

(6) Dios de la elocuencia, su nombre da origen al alfabeto ogham

—Si quieres que te creamos, volverás a dejarla en su sitio sin ayuda alguna— le dijo el dios al joven; y Lugh, rápidamente, cogió la piedra y la lanzó hasta el lugar en el que se encontraba anteriormente.

—Que toque el arpa para nosotros— se oyó en el gran salón.

Y el guerrero tocó una música tan dulce que hizo dormir a todos los presentes durante todo un día. Después, tocó la música más triste y todos se pusieron a llorar y lamentarse; tocó la música más alegre y todos se sintieron contentos y felices.

Nuada, después de ver esto, se dio cuenta de que aquel joven poseía todas las habilidades de que había hecho gala, y le permitió un sitio entre los Tuatha Dé

—Y luego mató a Balor ¿verdad que sí, tía?

—Sí, Anle, luego mató a Balor, y liberó a los Tuatha Dé del dominio de los Fomoré. ¿Por qué te gustará tanto la parte más sangrienta de la historia?

—Porque yo voy a ser un guerrero— se estiró—, uno terrible, como el abuelo; y quiero aprenderlo todo de los héroes para no caer en las trampas que ellos cayeron.

—Donde vas a caer ahora mismo es en la cama— Niamh recogió a Mellan, que se había quedado dormido—, y no protestes, tu tía tiene que descansar, mañana te contará la batalla.

—Con mucha sangre.

—Sí, todo un mar de sangre y cabezas cortadas, no te preocupes— sonrió.

*****

El empeoramiento del estado de Conall se hizo más notable al amanecer; los escalofríos le recorrían de forma continua y su hermano consultó con sus compañeros, buscando una explicación a los delirios del guerrero.

«Las vi» le había confesado esa misma mañana «a Badbh, a Morrigan y a Macha(7), se me aparecieron justo antes de que me hirieran» y, aunque a Fiall le habría encantado no dar crédito al comentario, en su fuero interno sabía que las tres diosas no aparecían por casualidad, y que su presencia sólo significaba que habían reclamado la vida de su hermano.

Aún así mantenía la esperanza de poder combatirlas y se consolaba con que, por el momento, ninguna de ellas había vuelto para llevarse su alma.

(7) Tríada vinculada a la guerra. Badbh es el origen de la palabra “corneja” en irlandés. Esta diosa se presentaba convertida en el pájaro para anunciar la muerte al guerrero. Morrigan es la responsable de instigar a los guerreros en la batalla. Macha, además de ser asociada a los partos, también impulsaba la sabiduría del guerrero.

Torcan seguía junto a sus amigos preguntándose cuánto tiempo necesitarían para salvar a Conall y pensando en la suerte que habían tenido; buenos compañeros habían caído en la batalla y agradecía no ser uno de ellos, recordando a su preciosa Niamh y sus revoltosos Anle y Feenat que, a buen seguro, estarían trasteando por el rath de su tío ajenos a todo lo que sucedía en el trono sagrado del Laigin.

Cuando los cuatro druidas terminaron de observar la herida, el más experto de ellos sacudió la cabeza.

—Jugo de tejo, le han envenenado— el rostro de Fiall palideció; no eran buenas noticias.

—Habrá que llevarle a Bré y rápido— informó a Iobhar intentando parecer más sereno de lo que manifestaba su pulso acelerado—. Treasa sabrá qué hacer mejor que cualquiera de nosotros. Yo me adelantaré con un caballo.

Conall no sentía dolor alguno, pero tampoco era consciente de lo que le rodeaba; absolutamente todo le resultaba irreal, como envuelto todavía en el humo negro de las hogueras, aunque ya quedaran lejos.

 *****

Las hojas secas crujían bajo el peso de las ruedas del carro. Torcan guiaba el caballo mientras Iobhar se preocupaba por mantener inmóvil a su cuñado; las varas de avellano que Fiall había atado a lo largo de la pierna cumplían gran parte del encargo; pero cada piedra oculta por la hojarasca suponía un temblor que provocaba un leve gemido de queja en Conall.

Cruzaron varias aldeas en las que los niños observaron curiosos las cabezas conservadas con resina de cedro que colgaban del carro. Algunos las tocaban con un palo, como si temieran que sus dueños todavía estuvieran vivos y pudieran morderles o algo peor, si se acercaban demasiado.

Torcan e Iobhar rechazaron cada oferta de alojamiento y descanso, no tenían tiempo que perder; Fiall se había adelantado para avisar a la bandrui, pero lo más importante era que Conall llegara enseguida; el tiempo jugaba en su contra, así que se limitaron a aceptar la comida que les daban, por poca que fuera.

Lo que más les preocupaba era el propio caballo, no soportaría un viaje de dos días sin descanso, tendrían que cambiarlo o moriría por el agotamiento; pararon junto a un arroyo donde poder descansar unas horas antes de reiniciar el camino.

Entre los dos improvisaron un par de remedios que habían aprendido y sabían que mantener la temperatura de Conall baja era primordial; cada poco, Iobhar bajaba al agua para empapar telas con las que cubrirle; no se atrevió a destapar la herida que Fiall había curado con tanto esmero por miedo a lo que pudieran encontrarse.

En medio de las partes más sombrías, las ramas desnudas acechaban como enormes brazos de huesudas manos que quisieran atrapar la vida, era entonces cuando Iobhar redoblaba sus plegarias a los dioses e instigaba a Torcan para salir de allí lo antes posible.

Al cruzar por primera vez las aguas del Brí(8) respiraron con alivio; en apenas medio día estarían en casa y allí les esperaban Treasa, Niamh y Ceara; si había alguien en el mundo capaz de curar a su amigo eran ellas. Pero le inquietaba pensar que tendría que decirle a su hermana lo que había sucedido, incluso él se preguntaba una y otra vez por qué Conall no se había defendido, cómo no se había dado cuenta de que su atacante se acercaba por la espalda gritando a pleno pulmón. Claro que esto no le eximia de la culpa, le había prometido a Ceara que devolvería a Conall sano y salvo y no había cumplido como debía, por más que Fiall insistiera en que una batalla siempre es impredecible e incontrolable.

(8) Nombre del río Dargle, que desemboca en Bray (Bré)

Capítulo 22

el viento sobre las colinas de éire 22

El alboroto inundaba cada mañana en la casa y, aunque Branwen solía quejarse de no poder encontrar un segundo de tranquilidad, en el fondo estaba encantada de que Echna, Iobhar y Mellan formaran ahora parte de lo cotidiano. Sabía lo mucho que Ultan había deseado que su hija ocupara un lugar importante en el rath.

Quizá Aoifa fuera la que más había acusado la llegada de la sobrina del curtidor; los primeros días habían sido extraños entre ellas, de pronto tenía una prima que no conocía apenas y que, además, era la compañera del tánaiste de Conall y la mejor amiga de Ceara. Pero el carácter de la chica no permitió que se abrieran brechas; ahora las tres compartían tareas y cuitas, y Aoifa vio su reducido mundo ampliado con su presencia.

También estaba el pequeño Mellan, que hacía las delicias de todos y pasaba de unos brazos a otros en las reuniones diarias.

No escapaba a nadie la forma en que Conall le miraba, con una mezcla de ternura y tristeza; después de casi cuatro años desde su boda todavía no habían tenido hijos, y empezaba a pensar que no los tendrían nunca.

Alguien con más maldad que sentido común le había llegado a insinuar que Ceara estaba usando su conocimientos de medicina para evitar un embarazo; Conall decidió ignorarlo, sólo había que ver cómo cogía y acunaba a Mellan para darse cuenta de que no había nada más lejos de una mujer que no quería tener un hijo.

Iobhar, que tanto había echado de menos a Ceara, aprovechaba cualquier momento para estar con ella. Le costaba hacerse a la idea de que aquella joven de pelo rojo ya no fuera la niña traviesa que le seguía a todas partes arrastrando su arco; de hecho, no había nada más lejos de aquello, su carácter se había serenado y ahora, cuando se sentaba para recibir las demandas de sus vecinos, un halo de calma y sabiduría la rodeaba haciendo difícil no acatar sus decisiones.

Si había algo que no se podía negar era que Conall y ella formaban una pareja hermosa y equilibrada, hasta practicaban con sus armas juntos cuando tenían tiempo, e Iobhar tenía que admitir que su hermana las manejaba bien, poniendo en más de un aprieto a su corpulento amigo. Entonces, el hacha que Breccan le regaló colgaba de su cinturón, brillante y pequeña, aunque efectiva.

Ceara miraba con recelo el enorme telar que se apoyaba en el lado opuesto a la entrada, había pertenecido a Iona y le daba miedo usarlo como si se estuviera apropiando de sus cosas; pero lo necesitaba y tardaría demasiado tiempo en construir otro. Llamó a Aoifa, si era ella la que empezaba el tejido le daría menos apuro continuarlo.

—Ahora tú eres la reina— se quejó la joven—, no puedo ir delante de ti usando todo lo que mi tía dejó.

—Lo sé y, como soy la reina, te pido que lo hagas y lo haces.

El gesto de Ceara provocó la risa de Aoifa.

—Si lo hago es por tus poderes y no por tu posición, hechicera.

Cuando la joven la llamaba así, la palabra tomaba otro matiz lleno de cariño.

La llegada de Echna había reforzado los lazos entre las tres, no era raro verlas con Branwen preparando medicinas y a veces Aoifa salía con ellas para atender a los enfermos; la prima de Conall intentaba agradar y sorprender a Echna y Ceara con lo que iba aprendiendo de ellas. Si alguien la buscaba, era seguro que la encontraría en el secadero observando los manojos de hierbas, tratando de recordar cada una de sus aplicaciones. O con Mellan, mientras las otras dos llevaban a cabo sus ceremonias.

Todas las mañanas, al despertar el sol, las dos cuñadas se dirigían a la playa, buscaban un rincón apartado justo en la falda de la colina que limitaba por el sur y hacían su ofrenda a los dioses; la una para que su hijo creciera sano, la otra por concebir un hijo por el que pedir.

*****

La madre de Echna entró en la casa, traía un odre y unas botas que Iobhar había encargado al curtidor. Conall siempre la recibía con cariño, aunque a ella le surgía la duda de si se debía a que fuera la madre de su hermana o al hecho de que hubiera sido la compañera en la sombra de su padre durante los últimos días.

Ceara fue la primera en encontrarse con ella y la abrazó con familiaridad antes de llevarla hasta el patio trasero donde Echna y Mellan aprovechaban el sol para jugar.

—Primero debería darle esto al tánaiste— levantó el encargo.

—Bobadas, primero vas a ver a tu hija y a tu nieto, el tánaiste que se espere. Si tiene algún problema que lo hable conmigo.

A la mujer le gustaba Ceara porque, a pesar de su carácter impulsivo, nunca se atrevía a nada que no tuviera bajo control; cierto que muy pocas cosas quedaban fuera de este requisito, pero le constaba que a Iobhar, aunque fuera su hermano mayor, le costaba trabajo llevarle la contraria.

Mellan extendió los brazos hacia su abuela materna ignorando por completo a su tía.

—¡Serás zalamero!— le riñó Echna con una sonrisa en los labios.

—Igualito que su padre, sabe de sobra quién le interesa en cada momento.

El niño esperaba impaciente alguna chuchería y su abuela no le defraudó sacando un trozo de pan de nueces y pasas que hizo las delicias del pequeño.

—También quería pedirte un favor, hija— esperó a ver la reacción de Echna antes de seguir—. Tus hermanos ya tienen edad para aprender un oficio, y ninguno parece inclinado a heredar el curtidero. Tu tío ya se ha buscado un aprendiz y yo había pensado que, si Iobhar pudiera, a lo mejor la herrería era un buen lugar para ellos.

—No sé yo si darles armas a esos dos es una buena idea— bromeó.

—Ya no son niños, y estoy convencida de que, la admiración que sienten por el tánaiste, sería una base para que se conviertan en hombres de provecho.

No le faltaba razón, desde el regreso de Echna a Bré, los dos se habían escapado más de una vez a verla, aunque su verdadera intención fuera estar con su cuñado.

—Veré lo que puedo hacer— prometió sin seguridad—. Estoy convencida de que Iobhar sabrá manejarles.

Conall llegó en ese momento, después de dejar los tres conejos que había cazado en manos de Branwen.

—Buenos días, Rí Tuaithe— se levantó para inclinarse pero Ceara la frenó.

—No merece tanta cortesía, olvidó despedirse de mi esta mañana— se fingió molesta.

—Dormías y tenía que salir de caza.

—Lo mismo haré yo cuando llegue el momento. Sólo espero que haya merecido la pena— y corrió en busca de la cocinera para ayudarla a despellejar las piezas.

—A tu madre le habría acabado gustando, puede que al principio no, pero es imposible no cogerle cariño.

*****

Cada día, Iobhar regresaba de la fragua al anochecer y, cada día, Echna le preguntaba por sus hermanos con Mellan en los brazos. Su compañero se quejaba poco de sus cuñados, realmente estaban aprendiendo rápido y no le daban grandes problemas, aunque todavía tenían arrebatos a los que Iobhar se veía obligado a poner fin; si se descuidaba, uno de aquellos adolescentes descerebrados echaba mano de una de las espadas y retaba al otro, que se tomaba la afrenta como algo serio; pero el tánaiste había encontrado la manera de controlarles: la simple amenaza de tenerles una luna haciendo herraduras era más que suficiente para abortar aquellas bravuconerías.

Quizá lo más sorprendente de todo fuera que Conall, consciente de lo que había supuesto la marcha de sus sobrinos para el curtidor, acudiera a ayudarle cuando el trabajo requería unos brazos fuertes; era su forma de devolverle el favor por cuidar de Ceara los días previos al viaje a Tara, pero también por haber criado a Echna, con la que cada día se sentía más unido.

Había hecho suya la obligación de contarle anécdotas sobre Ultan, cosas que no habían traspasado los muros de su casa, y Echna lo agradecía.

—Sólo lo haces porque luego Ceara te recompensa— se burló la joven.

Disfrutaba con la atención de su hermano y le hacía rabiar con la forma en que el miraba a su esposa, que en aquellos momentos se mantenía siempre un poco apartada con Mellan o jugando al fidchell con Aoifa.

*****

—Yo no puedo enseñarles mucho más, y creo que les vendría bien alejarse de Bré por un tiempo, les ayudaría a madurar— Iobhar se refería a los hermanos de su mujer—. Mi padre podría enseñarles mejor que yo y le gustaría tener nuevos aprendices. Son un poco revoltosos, pero espabilan rápido.

Conall escuchaba distraído; el enorme jabalí se había puesto a tiro. Se mantuvieron en silencio al tiempo que cargaban las flechas en el arco.

El primer disparo no sirvió de mucho, apenas se clavó en la piel del animal y, aunque Iobhar tenía la burla en la punta de la lengua, se abstuvo de pronunciar palabra para no espantar a su presa.

El jabalí se volvió hacia ellos pero no logró detectarles; estaban en contra del viento, su olor no les delataría y, cubiertos de tierra como estaban tras la maleza, distinguirlos habría resultado imposible con su percepción miope del mundo que le rodeaba.

Iobhar aprovechó que el animal intentó retomar su camino para lanzar su flecha, esta vez en el blanco, y el jabalí se derrumbó en un segundo.

—De nada.

—No seas fanfarrón, yo le di primero.

—Y por poco se escapa. Reconoce que, de no ser por mí, esta noche cenaríamos de nuevo salmón, y eso si eres capaz de pescar alguno.

Toda la rivalidad entre ambos se limitaba a aquellos momentos. Conall le hizo un gesto de cansancio y practicó un tajo en el cuello, la sangre del animal señaló el camino seguido por los cazadores hacia las puertas de Bré.

— ¿Qué piensas hacer con esos dos?

Conall intentó retomar la conversación donde la habían dejado.

—Hablaré con Echna y, si le parece bien, mandaré a ese par a Dubh Linn con mi padre, o puede que con Eoghan a la aldea.

—Estoy seguro de que cualquiera podrá sujetarlos mejor que tú, al menos ellos pudieron hacer un tánaiste de ti.

*****

El frío todavía se notaba a primeras horas de la mañana y Echna y Ceara se afanaban en preparar los compuestos medicinales. En cuanto el sol ganase altura, el bullir de la ciudad haría imposible entretenerse. Se respiraba el ambiente que siempre precedía a Beltane, y ambas tenían que supervisar la construcción de los gigantes que arderían en una noche tan mágica.

A Echna no le pasó desapercibido que su amiga evitaba disimuladamente algunas de las plantas, pero se abstuvo de preguntar o hacer comentarios, limitándose a recoger ella misma aquellas raíces.

— ¿Renovarás compromiso?

—Depende de si tu hermano también está dispuesto, ¿imaginas que, llegado el momento, yo empiezo a caminar hacia él y se queda en el sitio?

—Le matarías.

Echna e Iobhar habían optado por una unión muy frecuente: serían matrimonio durante un año y, transcurrido ese tiempo, podían reafirmarse en su compromiso o seguir cada uno por su lado. La ventaja era la ausencia de dotes, y este era el principal motivo para que ellos lo hubieran querido así.

Ultan había reconocido a Echna como hija, pero no le había proporcionado bienes propios, y el curtidor no estaba obligado a responder por ella.

Conall entró con Mellan en brazos; el niño disfrutaba como nadie tironeando de los mechones oscuros de la melena de su tío, y el joven satisfacía así los deseos de un hijo propio.

—Si sigue así, un día descubriré que me ha dejado calvo— bromeó devolviendo el niño a su madre.

—Es un pequeño fuerte que empieza a disputarte el trono— lo recogió con dulzura—. ¿No te importaría acompañar a Ceara al río por mí?

Se divirtió con el respingo de su cuñada, que había adivinado la intención de dejarles tiempo a solas para que ella le contara lo que fuera que estaba escondiendo.

Los árboles tendían sus ramas sobre el agua oscura como si quisieran abrazarse de una orilla a otra, formando un arco por el que dejar pasar al río con gran ceremonia. Los bordes se inclinaban traicioneros, llenos de barro, y las piedras asomaban entre el agua formando remolinos que los cisnes blancos esquivaban luchando contra la corriente.

No era muy profundo, apenas cubría por encima de la rodilla en aquel recoveco, pero el peligro estribaba en el fango que se acumulaba debajo, resbaladizo y pegajoso, que podía atrapar a los incautos.

Estaba siendo una primavera extraña, con días inusualmente calurosos seguidos de pequeñas heladas que amenazaban con echar a perder algunas cosechas.

Una nube de mosquitos formaba una cortina antes de llegar al agua, la humedad y el calor los habían despertado antes de tiempo y sus picaduras eran muy molestas, sobre todo para los niños, por los que parecían sentir predilección.

Las huellas de un jabalí marcaban el sendero seguido por el animal desde el frondoso bosque hasta el lugar donde se había revolcado buscando la protección del barro contra los parásitos.

—Mellan sería un buen sucesor ¿no crees?

Normalmente, Conall no hacía comentarios de ese tipo, aún albergaba la esperanza de tener sus propios hijos, y tampoco quería que su esposa se viera presionada; hasta donde sabía, podía ser él quien fuera incapaz de engendrarlos.

—Me temo que tendrá que esperar— se sonrojó, e intentó evitar la mirada verde de su marido; llevaba tanto tiempo esperando poder darle aquella noticia que ahora no encontraba las palabras—. Estoy embarazada— casi fue un suspiro—, tres lunas.

Conall se quedó mirándola, tratando de asegurarse de lo que había oído y haciendo cuentas mentalmente, antes de levantarla en un abrazo.

—En Yule— casi bailaba, Ceara nunca le había visto así—, en Yule seremos padres de un hermoso niño

—O niña— le corrigió.

—Lo mismo da, hará temblar el rath entero. Los Tuatha saldrán de sus escondites para dar la bienvenida al hijo del lobo— la volvió a dejar en el suelo, y corrió a por unas flores que crecían en la orilla—. Para una reina hermosa— se las ofreció.

—Te pareces a tu sobrino cuando te pones tan zalamero ¿sabes?

*****

—Te dirigirás a Ceara y a Conall con respeto, nada de enseñar la espada que te ha hecho el abuelo hasta que el Rí Tuaithe te lo pida, ¿entendido?

—Sí, mamá.

Anle se estaba hartando de recibir instrucciones, no entendía a qué venía tanto protocolo, eran sus tíos.

—No le des la razón a tu madre como a una loca— le riñó Torcan, y Feenat le sacó la lengua.

A ella nadie tenía que decirle cómo comportarse, era una niña tranquila y obediente, excepto cuando se trataba de hacer rabiar a su hermano. A Niamh le costaba reprenderla con seriedad, le recordaba demasiado a Ceara.

—La tía Ce nos contará historias ¿verdad?

—Sabe las mejores historias de Éire

— ¿Mejores que las de Treasa?

—Mucho mejores. Se las contó la vieja bandrui, y ella las aprendió todas.

—Espero que se sepa la de Conla y el hada, es mi favorita.

El carro salió del bosque y el rath se hizo visible.

Comparado con Dubh Linn, no tenía nada de extraordinario, apenas ocupaba una tercera parte y, para Anle, resultó decepcionante. Su madre estaba insistiendo tanto en el trato respetuoso hacia Conall que, en su mente, la ciudad que gobernaba su tío se había convertido en algo enorme y espectacular, cualquier cosa menos aquella empalizada de madera que rodeaba una superficie poco más grande que la aldea de los druidas.

A Niamh se le aceleraba el corazón, Fiall había acudido para decirle que Ceara estaba embarazada y había vuelto a tener aquellos sueños inquietantes. Su visión nunca había sido nada extraordinario y, desde que se mudó a Dubh Linn, parecía que los dioses se habían cuidado mucho de enviarle mensajes durante sus horas de sueño; casi había olvidado que aquellos mensajes eran crípticos y la obligaban a ahondar en cada escena para comprender lo que escondían en realidad. La proximidad de Bré no ayudaba, el desasosiego crecía a medida que la ciudad se agrandaba ante sus ojos.

—Mira, mamá: tres cisnes, como los hijos de Llyr (1)— la llamó Feenat —. Ya sé. Le voy a pedir a la tía que nos cuente esa historia en cuanto lleguemos. ¿Puedo, mamá, puedo?

—No depende de mí— se esforzó por mostrar una sonrisa—, pero podremos preguntárselo enseguida— señaló la figura que se dirigía hacia ellos.

(1) Los hijos de Llyr es, quizá, uno de los cuentos más queridos en Irlanda, aunque también tiene su versión en Gales. Se trata de la historia de los hijos de Llyr y Aebh, tres niños y una niña; al morir su madre, Llyr se casó de nuevo con la hermana de ésta, Aiffe, que odiaba a sus sobrinos por el amor que el Rí les profesaba; celosa, los transformó en cisnes por novecientos años, obligándoles a moverse cada trescientos años de lugar.

Ceara llevaba todo la mañana en los alrededores del muro exterior, haciendo que buscaba plantas útiles para su botica, con un ojo puesto en el camino del norte, esperando la aparición de su hermana. Tenía tantas ganas de estar con ella, incluso le apetecía ver a Torcan ahora que entendía mejor por qué se había llevado a Niamh de Deilg Inis.

*****

La reunión se vio interrumpida por la entrada en el salón de un joven jadeando; ninguno de ellos le conocía, pero se notaba la urgencia en su rostro.

Dún Ailinne(2) pide vuestra ayuda, Rí Tuaithe— logró decir casi sin aire.

Conall se levantó y le ofreció cerveza, dejándole un sitio donde sentarse.

—El Muma pretende tomar la colina del trono.

— ¿Y el Ard Rí?

—Está en Alba, por eso su hermano ha decidido atacar ahora. Vengo desde Dún Ailinne pidiendo ayuda; Aillil(3) no se conformará con la colina, querrá todo el Laigin— el gesto incrédulo de Conall le indicó que no estaba logrando su objetivo—. No lucharéis por el Rí Ruirech, lo haréis por vuestro tuath, señor.

Decidieron terminar la cena, Aoifa acostó a los niños y preparó un lugar para que el mensajero descansara.

—Habrá que reunir al consejo, no es una decisión que dependa únicamente de mí.

(2) Colina en la que se asentaba el trono del Laigin.

(3) Hermano de Niall, que reinó el Muma.

Ceara y Echna intentaban ocultar su preocupación, una incursión del Muma a espaldas de Niall suponía un peligro para cualquier tuath del Laigin. Pero Iobhar confiaba en que el Ard Rí pudiera regresar pronto y poner fin a las ansias territoriales de su hermano; mientras tanto, Dún Ailinne debería defenderse solo, y eso implicaba ir a la batalla.

Un brillo peligroso comenzaba a invadir sus ojos grises, su espíritu guerrero empezaba a abrirse paso ante la posibilidad de entrar en combate y ansiaba que el consejo diera el visto bueno a su apoyo en la guerra contra el reino vecino.

Torcan se mantenía apartado, valorando las consecuencias de la decisión que tomaran en última instancia Conall y su tánaiste; se maldecía por haber viajado a Bré en aquel preciso momento. Él era un hombre sencillo. Claro que sabía pelear, todos sin excepción eran educados para hacerlo; hasta Niamh estaba preparada para empuñar una espada si fuera necesario, pero prefería la quietud y seguridad de su herrería a la gloria que pudiera esperarle en combate.

También sopesó los pros y los contras de pelear por Dún Ailinne: si marchaban al trono del Laigin para evitar que cayera en manos del del Muma, evitarían también que la guerra pudiera acercarse más a su familia, eso sólo si ganaban y, aunque el espíritu vencedor se le había inculcado desde la cuna, ahora dudaba de sus posibilidades. En una batalla unos ganan y otros pierden, pero ninguno acude a ella esperando ser de los segundos.

El mensajero concedió esperar al día siguiente para recibir una respuesta que llevar al Rí Ruirech.

—Así podrás descansar— intervino Ceara— y emprenderás el regreso con mejor disposición. Agradeció el ofrecimiento de la reina y se retiró.

El silencio se impuso con la salida del joven y cada uno trató de ordenar sus pensamientos. Así que la irrupción del druida en la reunión pilló desprevenidos a todos.

Fiall lucía ahora una poblada barba que, sin embargo, sólo le daba aspecto de niño grande, nada más.

— ¿Qué opinas, hermano?— Conall ignoró los saludos.

—Que deberías darme de comer y luego hablaremos.

Ceara le acercó una bandeja con pescado. La mirada de Conall no se apartaba de las manos de su hermano desmenuzando la pieza de salmón con parsimonia, como si no tuviera prisa por terminarlo, y eso le resultaba irritante.

— ¿Qué ha dicho el consejo?— se sacudió las manos.

—No lo sé, aún no he tenido tiempo de reunirlos. Dime tú ¿qué debemos hacer?

—Hay motivos para acudir, pero también para mantenernos al margen— siguió con calma.

—Entonces consúltalo con tus dioses, druida, y dame una respuesta antes de que amanezca— Conall dio así por terminada la conversación y se marchó murmurando.

—La paciencia nunca fue su fuerte ¿verdad?— sonrió a su cuñada, la mirada reprobatoria de Iobhar se cruzó en su camino—. Está bien, veré lo que puedo hacer— se levantó—. Os necesitaré a las dos— señaló a su hermana y a Ceara—. En marcha, o saldrá el sol.

*****

Una humedad cálida envolvía el ambiente, el cielo estaba despejado, y una enorme luna llena se reflejaba en el mar lanzando sus destellos plateados por doquier. Los tres se internaron en el bosque que bordeaba el río en busca de un pequeño claro. Fiall portaba un carcaj sin flechas ni arco; dentro, unas varas de hierro tintineaban con cada paso. Detrás de él, Echna y Ceara se ajustaban las capas para protegerse de la ligera brisa que se colaba entre los árboles.

—Aquí valdrá.

Se paró entre cuatro troncos gruesos y secos desde hacía años, colonizados por las enredaderas. Soltó el carcaj y su capa invitando a las dos mujeres a hacer lo mismo. Luego se quitó la ropa, y ambas le imitaron; la sombra de Ceara proyectaba una ligera curvatura a la altura de su vientre y Fiall se detuvo un momento a observarla; si siempre le había parecido hermosa, ahora lo era aún más.

Con ayuda de unas ramas trazaron sendos círculos concéntricos en el suelo, cada una en un sentido empezando por el norte. Que nunca hubieran asistido en aquel ritual no significaba que no supieran cómo hacerlo. Se apartaron un par de pasos, dejando que Fiall entrara, antes de cerrar el dibujo.

Las varas de metal emitieron un ruido agudo al caer unas sobre otras en el centro del espacio sacralizado y, aunque la tentación por ver la posición en que habían caído era insoportable, las dos lograron mantenerse lejos dejando que fuera Fiall quien interpretara las señales.

Esperaron durante varios minutos a que el druida les indicara que el ritual había finalizado y, entonces, fueron borrando los trazos sobre el suelo en sentido inverso al que usaron para escribirlos.

Ceara observaba el rostro de su cuñado, intentado descubrir qué tipo de mensaje había recibido, algo de lo que fue incapaz; ni siquiera de camino al rath pronunció una palabra.

*****

Iobhar encontró a Fiall sentado en el salón del trono, en la misma posición en que Echna y Ceara le dejaron la noche anterior. No se atrevió a decirle nada, su mirada perdida en el infinito le inspiraba un respeto enorme y le hacía sentirse ante un extraño, un hombre que nada que tenía que ver con el muchacho parlanchín que le había recibido en la aldea tantos años atrás.

Fiall sólo despertó de su estado de meditación cuando el Rí Tuaithe apareció.

—Dime, druida, ¿qué mensaje tienes para mí?

A Fiall le molestaba cuando su hermano tomaba aquella actitud distante y un tanto socarrona; igual que cuando eran niños y él traía un mandando de sus padres.

Conall era un hombre orgulloso y detestaba aceptar que su hermano menor pudiera decirle lo que tenía que hacer; pero de sobra sabía que, debajo de aquella piel de lobo, se escondía un cordero tímido buscando la protección de un rebaño que había ido creciendo con el tiempo.

El joven se incorporó intentando parecer más poderoso y más respetable sin conseguirlo; su estatura no llegaba más allá del hombro del guerrero que tenía delante, aunque le consolaba que Iobhar fuera más menudo aún.

—Iremos a la batalla, y venceremos— dijo con cierto orgullo.

— ¿Has oído, hijo de las hadas? Podrás probar tu valor— la sonrisa de Conall se había serenado mostrando una confianza ausente minutos antes—. Me pregunto si las agallas te llegarán para decírselo a mi hermana.

—La temo a ella más que al más aguerrido valiente del Muma.

—Y razones no te faltan— se mofó—, es la hermana del lobo, puede morder sin que te enteres.

—No pienso morder a nadie— interrumpió Echna—, pero más te vale devolvérmelo entero o esta loba se hará con tu reino.

Fiall disfrutó de aquel momento de normalidad, y prefirió callarse la segunda parte del mensaje recibido. Sabía que tres guerreros saldrían de aquella casa hacia Dún Ailinne y la guerra, lo que no estaba tan claro era cuántos regresarían.

*****

Antes de salir el sol, las sombras encapuchadas de cuatro hombres y un niño atravesaron las puertas de la empalizada en dirección al río.

El silencio les precedía rompiendo el aire frío que parecía dar cuerpo a cada partícula que les rodeaba; los cisnes se hacían notar por la claridad de sus cuerpos encogidos contra la orilla oscura, ajenos a la solemnidad del acto del que serían testigos involuntarios.

A Anle le costaba seguir el ritmo de su padre y sus tíos, sus cortas piernas no le permitían ir más rápido, más aún cargado con su espada, que arañaba el suelo dejando un surco en la tierra húmeda de rocío.

Conall, Iobhar y Torcan se detuvieron a unos metros de la ribera, callados, dejando que el vaho cálido emergiera de sus bocas como único testimonio de su presencia, mientras Fiall se adentraba solo un poco más allá, entre las siluetas yermas de los árboles que conformaban la primera frontera hasta el agua.

Lugh(4), el de los mil oficios— inició su saludo solemne—, hoy tres guerreros te ofrecen sus armas, buscando ayuda en la batalla.

Se agachó hasta tocar con sus manos la tierra congelada cercana al agua que fluía espesa como la sangre, como si una película de hielo empezara a crearse sobre ella.

—Tú, que venciste a Balor(5), el del único ojo, inspírales con tu inteligencia y devuélvelos sanos a su hogar para que puedan honrarte tras la victoria.

El druida permaneció allí quieto un rato más, mirando al fondo de las aguas negras, esperando que el destello del primer rayo de sol brillara en su corriente.

Un salmón despistado cruzó frente a él asomando su joroba por la superficie del río. Luego Fiall se separó de sus visiones para ir a buscar a sus compañeros y les condujo hasta el lugar elegido.

(4) Uno de los dioses más conocidos y versátiles del panteón celta, medio Tuatha Dé y medio Fomore. La vía láctea recibió su nombre. También se le dedicaban los llamados “santuarios de Lugh” donde los guerreros sacrificaban armas ceremoniales.

(5) Rí de los Fomore, era el abuelo de Lugh por parte de madre, poseía un único ojo con el que fulminaba a quien miraba. Lugh se enfrentó a él en batalla; la historia cuenta que logró derrotarle sacándole el ojo con un golpe de su honda. Así los Tuatha lograron el control de Éire

Torcan miraba con orgullo las cuatro espadas, forjadas en menos de una semana; en sus hojas, inscritos a fuego, los ruegos por los valientes.

Anle había insistido tanto durante los días previos, que tuvieron que hacerle una, después de que Fiall hubiera aceptado que formara parte del ritual. Algún día sería tánaiste de Bré, Lugh debía protegerle también, aunque todavía fuera demasiado joven para ir a la batalla.

Se metieron en el agua hasta las rodillas; un par de metros más allá, el río ahondaba su lecho haciendo imposible saber qué había en el fondo. Era un punto mágico en el que estaba prohibido pescar bajo pena de muerte.

Las almas de los guerreros que posaron allí sus espadas contaban con la ayuda de las hadas del agua para protegerlas, seres implacables capaces de matar con tal de conservar intacto su santuario en honor a Lugh y sus valientes.

Tras unas palabras, Fiall les reclamó las armas y cada uno de ellos ató en su empuñadura un mechón de su pelo.

Las espadas fueron arrojadas al centro del río y se hundieron en apenas un segundo, su propio peso las arrastró al fondo creando unas ondas que crecían hacia ellos, luchando contra la corriente que bajaba embravecida camino del mar.

El frío del agua empezaba a dificultarles los movimientos, Anle tiritaba, aunque no emitió un sonido de protesta; tenía que ser fuerte, demostrarles a sus tíos y a su padre que era un valiente y que merecía el honor de haber participado.

Y se mantuvieron allí hasta que el último de aquellos círculos acarició la orilla.

Capítulo 21

el viento sobre las colinas de éire 21

El jinete cruzó la empalizada en silencio, la gruesa pieza de lana ocultaba un rostro taciturno, traía noticias y una petición. Nadie se atrevió a interponerse en su camino, el color verde de la capa denotaba su rango, y el señor del rath fue avisado de su presencia.

Conall recibió a su hermano en un abrazo fuerte que le fue devuelto con timidez.

—No la avises todavía— le pidió, intuyendo las intenciones del .

—Estará encantada de verte.

—En parte lo dudo, vengo a decirle que el maestro ha muerto.

A Conall le costó encajar el golpe; a pesar de la distancia, tras la muerte de Ultan dos años atrás, el viejo druida había sido lo más parecido a un padre para él y, aunque sabía que ningún hombre era eterno, debido a la edad y su calidad de druida supremo, muchos habían pensado que él sí podría escapar de las manos de la muerte.

—Treasa está destrozada y ha llamado a Ceara en su delirio, tendrá que volver conmigo a Deilg Inis; desconozco qué pasará después.

Este revés era demasiado fuerte, lo notaba en el estómago, temiendo por que su preciosa esposa se viera obligada a quedarse allí, lejos de él, como Treasa lo estaba de Breccan. ¿Era ese su maldito destino?

—Aoifa me ha dicho que estabas aquí— Ceara entró con una sonrisa radiante, un poco más gorda que antaño, con la felicidad desbordándole por cada poro—. Druida— le hizo una reverencia burlona, antes de colgarse de su cuello.

—Amor mío— Conall intentaba hallar una forma suave de decírselo—, Fiall viene a decirnos que tu abuelo ha muerto.

Para sorpresa de ambos, ella ni se inmutó.

—Lo sé, la banshee vino anoche— recompuso su vestido con calma—. Y los dioses le acogerán con gozo en su isla más allá del mar.

La joven siempre era una caja de sorpresas, y a su marido a veces se le olvidaba que, tras la fragilidad aparente de su rostro claro, salpicado de diminutas pecas, y el brillo mágico de sus ojos verdes, se escondía una mujer fuerte y una hija de la isla.

—Tu madre quiere que vayáis— informó su cuñado, visiblemente aliviado ante su actitud.

—Enseguida. Aoifa se quedará aquí con Branwen hasta que volvamos. Debemos partir pronto si queremos llegar a tiempo. Y, Conall, dale de comer a tu hermano; no es justo que deshaga el camino con el estómago vacío.

— ¿Cómo no la iba a hacer mi esposa?

Sonrió a Fiall cuando Ceara desapareció de nuevo.

—Si no lo hubieras hecho tú, yo me habría ofrecido voluntario.

—No habrías podido con ella, a veces ni yo mismo puedo.

*****

Echna les esperaba en la aldea de los druidas; ocultó su preocupación con la mejor de sus sonrisas. Ceara recordó una ceremonia parecida tanto tiempo atrás que le pareció que había pasado toda una vida.

—Esta vez será distinto— le susurró en medio de un abrazo—. Hermano— se acercó a Conall.

El Rí Tuaithe había dejado de sentirse incómodo cuando ella le llamaba así; las reticencias de los primeros días después de que su padre reconociera a la sobrina del curtidor como hija habían quedado atrás, influenciadas más por el vínculo entre su esposa y la joven que por la promesa hecha a su padre en su lecho de muerte. «Cuida de tu hermana» le había pedido entre sus últimos suspiros, que llegaron poco después de la coronación de Conall y Ceara, a decir de ésta porque echaba terriblemente de menos a Iona y se había abandonado al dolor.

— ¿Y mi madre?

—En la isla. Niamh llegará pronto con Iobhar. Pero Etaine y Orna están con ella, la han sedado tanto que no parece la misma. No te asustes cuando la veas.

Esto sólo agravó la ansiedad de Ceara por ver a la bandrui; le costaba hacerse a la idea de una Treasa tan destrozada que necesitara tales cuidados.

—Llévame a ver a mi abuelo— pidió con miedo. Fiall la acompañó a una de las cabañas.

Alrededor de un cuerpo tendido se sentaban tres hombres, Eoghan era uno de ellos y se levantó en cuanto la vio entrar.

Por entre el abrazo en que la mecía el que fuera mano derecha de su bisabuelo, pudo ver la mortaja; era extraño pensar que aquel bulto fuera el hombre que se dedicaba a sonreír con sus arrugas enmarcándole lo ojos, ausente de su categoría cuando jugaba con ella y sus hermanos de pequeños.

En cuanto se vio libre del herrero, se arrodilló ante el cadáver durante unos minutos, rogándole a Dana que le acogiera con cariño pues les había servido bien.

—Es hora de cruzar— le dijo Echna, ayudándola a levantarse.

A punto estaban de subir al curragh cuando aparecieron Niamh e Iobhar por el camino del norte. Los niños llegarían más tarde, con Torcan y Breccan.

Los saludos entre los hermanos y viejos amigos fueron el único momento de verdadera alegría; en cuanto pisaron la isla de su infancia, el dolor de Treasa se hizo palpable, erizando el vello del más valiente.

Etaine y Orna dejaron que las hijas de la bandrui entraran primero. A Niamh se le encogió el alma al ver a su madre, hecha un ovillo en un rincón, con el pelo enmarañado delante de la cara ocultando los surcos que las lágrimas habían hecho en su rostro durante dos días.

Parecía más pequeña e insignificante que nunca y el instinto maternal de Niamh la llevó a abrazarla y acunarla como si se tratara de uno de sus hijos.

Ceara permanecía petrificada en la puerta, no había imaginado que las advertencias de Echna fueran menos exageradas de lo que había supuesto.

—Mamá— la voz de Niamh era un susurro dulce—, Iobhar y Ceara también están aquí.

Treasa reaccionó levemente, levantando sus ojos grises hacia la puerta donde la silueta de su hija estaba ahora acompañada de la de su primogénito.

*****

—Lleváis ya tres años casados, y no tenéis hijos aún— Fiall intentó que no sonara a reproche, sabía que era el único punto que empañaba la felicidad de Conall y Ceara—. Deberías nombrar un tánaiste(1) de una vez.

(1) Se trata de la mano derecha de un gobernante. A día de hoy todavía se utiliza este título para el viceprimer ministro irlandés.

— ¿Y a quién han elegido los dioses para ese honor?

Eran demasiados años junto a su hermano para no saber cuándo callaba.

—Será de tu agrado, y del de Ceara— sonrió—. Iobhar es el elegido.

El alivio asomó en la cara de Conall, habría mentido si hubiera dicho que no se le había pasado por la cabeza en más de una ocasión.

—Él ya sabe cuál es su destino y Breccan, aunque un tanto apenado, acata la decisión.

Conall sólo podía pensar en lo contenta que se pondría Ceara cuando lo supiera, quizá aquella noticia fuera el mejor modo de que olvidara, al menos por un rato, la situación que estaban viviendo.

Torcan se esmeró en cuidar de Anle y Feenat en lo que Niamh se encargaba de su madre. No eran muy revoltosos, pero Deilg Inis tenía demasiados estímulos para dos niños que empezaban a moverse libremente, cada día un poquito más lejos de la sombra de sus padres.

Echna se prestó a ayudarle enseguida y se los llevó a ver las focas, contándoles que a su madre le había encantado verlas, lo que provocó en Feenat una impaciencia incontrolable.

Ceara dio gracias por que Breccan hubiera conseguido que Treasa se mostrara alegre. Seguía siendo extraño para ella el vínculo que unía a sus padres, a pesar de la distancia, y le reconfortaba pensar que había alguien en el mundo capaz de humanizar hasta ese punto a la bandrui.

*****

No celebraron una ceremonia, al menos nada que mereciera la pena denominar como tal. Se limitaron a despedirse del patriarca de su familia, e Iobhar se dio cuenta de que Anle y él eran los únicos hombres que quedaban de aquella estirpe. Nunca había sido tan consciente de lo que suponía el poder de su madre y hermanas hasta ese momento.

Él era un herrero, Anle no mostraba gran interés por las cuestiones mágicas y Mellan, su propio hijo, era demasiado pequeño para saber si algún día se convertiría en druida.

Puede que animado por estas reflexiones, su actitud fuera aún más solemne de lo que cabía esperar; no decían sólo adiós a su bisabuelo, decían adiós al último druida de su familia y eso le daba un poco de pena.

Al atardecer Eoghan y Fiall, con el resto de druidas de la aldea, se alejaron por la costa con el cadáver; ellos serían quienes ayudaran al anciano a encontrar el camino al lugar donde las almas esperan su reencarnación. Y el resto se quedó en la isla celebrando la vida de aquel hombre, contando las historias que le recordaban con cariño e inculcando, en la medida de lo posible, su sabiduría a sus más pequeños descendientes, que cayeron en un profundo sueño apenas se reunieron en torno a la hoguera.

—Iobhar será mi tánaiste— declaró Conall cuando se quedó a solas con Ceara—. Volverá con nosotros a Bré, y supongo que Echna querrá venir también, si sus tareas aquí se lo permiten.

—Sería una gran noticia, nada me haría más feliz que tener a mi hermano, mi mejor amiga y mi sobrino en casa.

Iobhar y Echna habían comenzado una relación que, aún sin tratarse de un matrimonio, se le parecía bastante. Fruto de esto había nacido Mellan, un pequeño que ahora sumaba un año y que era el vivo retrato de su padre salvo por la nariz.

—Yo también quiero tener a mis hermanos cerca, aunque dudo que Fiall pueda pasar tanto tiempo con nosotros ahora que tu abuelo ya no está.

Ambos sabían que el anciano había puesto todo su empeño en que el hijo menor de Ultan adquiriera los conocimientos necesarios para sucederle; era el único con capacidad suficiente y contaba con la aprobación del resto de ancianos.

Ceara se durmió aquella noche pensando en la forma de convencer a su madre para que dejara marchar a Echna; quizá tuviera que tirar de sus mejores dotes de persuasión y que necesitara la ayuda de sus hermanos; si los tres se unían, tenían más probabilidades de salirse con la suya. Sólo esperaba que, a cambio, no la hiciera quedarse a ella.

Capítulo 20

el viento sobre las colinas de éire 20

Volver a entrar en el rath se le hizo extraño, todo lo que podía recordar del día que se marchó de allí era la mirada de Iona cargada de inquietud y un mensaje claro: «Cuídate de lo que haces con mis hijos.»

La reina no estaría para reprocharle haberse casado con Conall y, en cierto modo, lo lamentó; a pesar de todo estaba convencida de que ambas hubieran llegado a entenderse.

Unas niñas les esperaban en la entrada de la casa con coronas de acebo para ella. El gesto la conmovió, era la primera muestra de cariño en su nuevo hogar.

La casa le pareció más extraña que la primera vez; que estuviera construida con varias estancias no dejaba de llamarle la atención, ni sus paredes de barro.

Ultan insistió tanto en que ocuparan su antiguo lecho que Ceara se sintió incómoda, lo último que quería era usurpar su sitio al buen amigo de su padre.

—Bobadas, necesitáis esto más que yo— y añadió un brillo pícaro a sus palabras—.Tenéis que darme nietos.

—No sufras padre, nos pondremos a ello enseguida— Conall arrastró a su esposa con él.

Observó que la cama había sido cambiada y que la cornamenta del ciervo que Conall mató en su transición coronaba el cabecero. Hasta el baúl, su carcaj y su arco estaban en un rincón. Aquel detalle le agradó, no creía que fuera a sentirse tan querida en Bré y una sonrisa le iluminó el rostro.

A su mente acudieron las palabras de Iobhar el día de la boda de Niamh; podía ser que tuviera razón, pero jamás se lo haría saber.

Aoifa asomó la cabeza deseando saludar a la recién llegada. Por lo que la joven recordaba, no habían existido tiranteces entre ellas y seguro que le gustaría tener a otra chica más o menos de su edad cerca; Conall se había cuidado mucho de no comentarle nada sobre los días posteriores a la muerte de Iona, y Aoifa se mostraba ahora encantada con la idea de tener a la joven entre ellos; como había dicho Ultan, sólo hablaba su dolor y éste iba desapareciendo con el tiempo.

Ceara se dio cuenta enseguida de que el Rí Tuaithe había orquestado todo aquello para que se sintiera cómoda, por lo menos al principio, y se lo agradecía de corazón.

—Te la robo, primo, tengo algo para ella.

No dio tiempo a respuestas y la llevó tras de sí hasta la casa detrás de la cocina donde una mujer rolliza y ya mayor la recibió con calidez.

—Bienvenida a casa, princesa— aquel “princesa” sonó más a una madre que a alguien que se pone al servicio de otro—. Tenemos una sorpresa para ti. Una idea de Aoifa.

La chica se mostró nerviosa, deseando desvelar lo que, con tanto cariño, le habían preparado.

Cruzaron el patio, pasaron ante el corral donde las gallinas cacareaban, y entraron en una pequeña cabaña. Cuando sus ojos se acostumbraron a la poca luz que había dentro, se fijó en la mesa que ocupaba el centro y en los manojos de plantas que colgaban sobre ella, tan parecido al secadero de su isla natal.

— ¿Te gusta, verdad?

— ¿Bromeas? Es el mejor recibimiento que podía esperar.

Los ojos le brillaban, mezcla de emoción y agradecimiento. Los días previos a su boda se había dedicado a recorrer Deilg Inis, cada rincón guardaba un pequeño secreto y quería despedirse de todos, recuperarlos, guardarlos muy dentro, para que nunca pudieran escapar; y ahora se encontraba con una pequeña parte de su mundo en Bré.

Abrazó a la chica con fuerza, dejando que alguna lágrima brotara de sus ojos verdes volviéndolos aún más brillantes.

*****

Los días de Conall se repartían entre ayudar a su padre y resolver los conflictos entre los vecinos una vez por semana; los de Ceara se centraban en recoger medicinas y visitar a los enfermos que requerían sus conocimientos.

Aoifa la ayudaba muchas de las veces intentando absorber todo lo que podía de ella, añadiéndolo a lo que Branwen le había enseñado durante los años.

Ultan no podía evitar un gesto de satisfacción cuando veía a las tres mujeres; al principio había tenido miedo de que el espíritu de Iona le complicara las cosas a su nuera, pero la habían acogido bien y ella se hacía querer, siempre dispuesta a echar una mano donde hiciera falta.

Las noches eran el único momento en que la pareja encontraba tiempo para estar a solas.

—Mañana Aoifa y yo tendremos que ir un poco más lejos. Unos pastores han tenido un accidente, la hija del porquero llegó hoy con la noticia.

— ¿Necesitas escolta?

—De ninguna manera. Lo último que quiero es ir anunciando que soy tu esposa. Déjame ser una mujer de Deilg Inis. Mi madre y la bandrui nunca llevaron a nadie.

—Eso es porque dais miedo.

—Nosotras preferimos llamarlo respeto— se acercó a él con la mirada brillante—, y tú, Conall, ¿me temes o me respetas?— se sentó a horcajadas sobre él.

*****

Aprovechando que su sobrina estaba fuera con su nuera Ultan se reunió con su hijo. Se había pasado los últimos días consultando con el consejo; se sentía anciano y cansado, iba siendo hora de que Conall tomara las riendas del tuath, si los ancianos estaban de acuerdo.

—Para todo hombre hay un tiempo y para cada tarea una edad. Yo ya he sobrepasado con creces la que me permite ser un buen . Cada vez me cuesta más ser justo y no dejarme convencer por sensiblerías. El consejo ha dado su aprobación, pronto serás coronado Rí Tuaithe.

—Padre, no eres tan viejo,

Después de toda una vida esperando aquel momento sintió miedo por la responsabilidad y lástima por el hombre que tenía delante, de aspecto derrotado.

—No es que lo sea, es cómo me siento. Tú has demostrado capacidad para cumplir con esta tarea y luego está Ceara; esa niña ha logrado calar hondo en el rath, creo que ella ha tenido mucho que ver con el visto bueno a tu… vuestra coronación.

—Sé que ella ha mejorado la imagen que tenían de mí.

—Y tu carácter.

—Puede que eso también— rió.

Ciertamente, la capacidad para mantener la calma de Ceara había contribuido a que él se mostrara menos orgulloso y más cercano; había descubierto que el respeto no necesitaba de grandes muestras de fortaleza, sino de inspirar confianza.

*****

Una copiosa nevada había cubierto todo con su blancura, delatando el camino que cada habitante había hecho fuera de su casa, testigo mudo del ritmo que inundaba el rath.

La casa del Tuaithe estaba abierta a los vecinos y visitantes, y todos esperaban ansiosos que llegara el mediodía.

Aoifa se afanaba en lavar el pelo de Ceara; había insistido tanto que ni la propia Treasa logró disuadirla. Era su contribución a la ceremonia de coronación de su primo, quería que la nueva reina estuviera perfecta cuando el aro de bronce se posara en su cabeza, que resultara difícil distinguir el brillo del metal entre el cabello cobrizo; tal era la imagen que tenía en mente.

En otro lado, Conall se reunía con Iobhar, Fiall, Breccan y su padre; habían llegado desde Deilg Inis y Dubh Linn invitados por Ultan, ansiosos por compartir con ellos aquel momento y rendirles honores como nuevos reyes de Bré. También el bisabuelo de Ceara había venido con ellos a pesar de su avanzada edad, y ahora estaba en el río hablando con los dioses, necesitaban saber que la ceremonia contaba con su bendición.

Los únicos ausentes, y no por falta de ganas, eran Niamh y su esposo; la herrería del padre no podía quedarse vacía, menos en invierno, cuando los labradores aprovechaban para reparar sus útiles. El trabajo se duplicaba en aquella época del año y habría sido imposible que un aprendiz cumpliera con los encargos a tiempo, incluso Breccan había dudado sobre si asistir o no, pero Treasa no le había dejado alternativa.

*****

Los tambores comenzaron a sonar con un ritmo asincopado anunciando la entrada de Conall. Su cabello negro brillaba a la luz de las antorchas y los adornos metálicos de su boda refulgían en tonos anaranjados reflejando el fuego.

Según el joven avanzaba entre la multitud que se aglutinaba deseosa de verle coronar, fijaba su mirada en el viejo druida que le esperaba frente al asiento que ocuparía a partir de entonces siempre que tuviera que resolver disputas o impartir justicia.

Las flautas rellenaron los huecos que el golpeteo dejaba en silencio y él no podía dejar de pensar que aquella música sólo podía presagiar buenas cosas, arrastrando los temores que le habían invadido desde que Ultan le comunicó la voluntad del consejo.

Se colocó frente al anciano y esperó; un sonido más agudo y dulce anunció la entrada de Ceara, más hermosa aún que el día en que se casaron, más sonriente y serena, y más solemne. Recorría con sus ojos cada rostro que la rodeaba intentando reconocer a sus vecinos.

Una palabra dulce brotó de sus labios cuando llegó junto a él y el silencio se hizo, indicando el inicio de la ceremonia.

—Conall, hijo de Ultan— se dirigió en primer lugar al hombre—, el consejo de Bré ha decidido que seas su Rí Tuaithe. Como tal deberás administrar justicia, siempre teniendo en cuenta las necesidades de los que la demanden. Habrás de ser ecuánime y no dar nunca por sentando que lo más evidente sea lo más correcto. Los dioses te han dado su bendición y me han pedido que te recuerde el origen de tu nombre. Tú eres Conall, fuerte como un lobo, y así lo demostraste el día de tu transición trayendo contigo esta piel.

El anciano sacó de la nada el pellejo blanco de la alimaña y se la colocó sobre los hombros.

—Déjate guiar siempre por su espíritu. Un jefe de manada debe ser fuerte, pero también albergar un corazón capaz de ayudar a los que le necesiten, y ser hábil encontrando el equilibrio entre su fiereza y el bien común. Sé que en tu interior están el coraje y la inteligencia de tu nombre, hoy eres coronado Rí Tuaithe de Bré— elevó el aro sobre su cabeza, sin apoyarlo en ella aún—. Los dioses te guarden y guíen, Conall, el lobo— finalmente colocó la corona.

—Ceara, hija de Treasa— se giró entonces hacia ella—. Brigit te escogió como esposa del lobo no sólo por tu belleza. La diosa sabe de tu astucia y habilidades, desciendes de una larga estirpe de bandruid y su sabiduría habita en tu corazón. Ayudarás a Conall a ser justo y cumplirás con su labor sola cuando él no esté.

La corona, tal como Aoifa pretendía, se confundió con el color de su cabello.

Una mirada decidida inundó a Treasa, conmovida por la complicidad que emanaba de la pareja; serían buenos Righ, el equilibrio perfecto, y eso sólo podía hacerles felices.

—Pueblo de Bré— siguió el druida—, estos son Conall y Ceara, vuestros reyes. Acudid a ellos para pedirles consejo y recordadles, si fuera necesario, que en el día de hoy juraron serviros como iguales, como amigos, como familia. Los dioses les ayuden en su camino.

La sala se llenó de ruido, palmadas y gritos que anunciaban que el rath tenía un nuevo ; a su salida por el mismo pasillo por el que habían entrado, los niños tiraban ramas de helechos a sus pies.

Capítulo 19

el viento sobre las colinas de éire 19

Indudablemente aquel era el momento y, contra todo pronóstico, Ceara se sentía como si fuera a saltar al vacío desde lo más alto de un enorme precipicio; el estómago no había dejado de darle vueltas durante el día y apenas había conseguido tragar un par de infusiones que le habían llevado.

No estuvo sola ni un momento, Echna había invertido cada segundo libre para ayudarla a preparar su equipaje y su hermana, después de dar de comer a sus sobrinos, estaba allí tratando de relajarla.

—Nada va a cambiar, ya lo verás— le decía Niamh, mientras terminaba de colocarle el pelo—. Se le nota en la forma en que te mira, él te quiere; no todo el mundo tiene esa suerte.

Ató la última de las largas trenzas con la tira de cuero, igual que había hecho ella cuando la novia era Niamh.

Desde ese día tendría que llevar el pelo trenzado como señal de su matrimonio; le encantaba, pero la simple idea de verse obligada a rehacerlo de cuando en cuando le suponía un atisbo de ansiedad, como si tan pequeño detalle implicara una renuncia a su libertad de por vida.

—Debes ser la novia más hermosa que jamás pisó esta isla— Treasa apareció con los ojos iluminados ante su hija, que ya llevaba el vestido que con tanto esmero había tejido durante el verano—. Todo Bré debería celebrar tener una reina como tú, en todos los sentidos.

—Claro— se levantó del escaño—, y yo ¿debería celebrar convertirme en esa reina?

—Tienes miedo y es lógico, pero se te pasará en un rato. Conall hará lo imposible por verte feliz

La cortina se entreabrió y asomó la cabeza de Breccan, el padre se acercó lentamente como si temiera romper algún rito prenupcial entre mujeres.

—Gracias por venir.

Le notaba muy anciano, más de lo que recordaba.

—No me iba a perder la boda de mi hija y el de mi amigo por nada del mundo. Estás preciosa, mi niña.

Su ternura hizo aparecer la sombra de una lágrima en los ojos de la joven, pero logró retenerla hasta que se consumió sola.

—Está bien. Vámonos, Niamh— Breccan la besó en la frente y siguió a su esposa.

—No tardes— dijo cerrando la cortina tras de sí.

Ceara se quedó un segundo mirando todas sus cosas dentro de la bolsa; resultaba minúscula en comparación con lo que suponía toda una vida en Deilg Inis. Metió su carcaj en el saco, el carcaj que Iobhar había decorado con metal para ella como regalo de bodas, un pequeño guiño a su niñez que terminaba en ese momento de forma definitiva.

Estiró el lino azulado de su vestido intentando que las arrugas desaparecieran sin mancharlo, le sudaban las manos a pesar de que el gemido del viento se colaba por la puerta.

Dejó caer un par de rizos sueltos sobre sus hombros y salió dispuesta a comenzar su nueva vida junto al hombre que ella había elegido.

*****

Iobhar y Fiall la esperaban cubiertos con pieles y armados, las leves sonrisas que le dirigieron no consiguieron calmar el nudo que se le estaba formando en la garganta. Caminaron a su lado hacia el círculo de piedra, Ceara notó cómo su pulso se aceleraba mientras los pétalos caían delante de ella.

Apenas distinguía las caras sonrientes de sus compañeras a los lados, sólo miraba al frente viendo cómo se acercaba a aquel lugar sagrado entre cuyas piedras había jugado tantas veces; estaban todos esperándola preparados: su madre en el centro con su padre y el padre de Conall junto a ella; su bisabuelo detrás, sentado en un tronco que habían llevado especialmente, era muy viejo y a sus vetustas piernas les costaba sostenerlo en pie durante mucho tiempo.

Al pasar entre las piedras exteriores del círculo no pudo evitarlo y extendió sus dedos para rozarlas, necesitaba algo de su fuerza para dar los últimos pasos. Levantó la vista y encontró la sonrisa de Niamh; la luz de sus ojos azules, como siempre, la tranquilizó.

Por fin llegó al centro, Iobhar y Fiall se colocaron junto a Conall. ¿Eran imaginaciones suyas o parecía más corpulento?

El cuero de su coraza brillaba a la escasa luz del fuego; sin duda lo habían engrasado, también apreció el breve destello de los adornos metálicos que llevaba en el pelo, pequeñas piezas cuidadosamente entretejidas.

Por un segundo notó que él estaba casi tan nervioso como ella, pero la sonrisa que le acababa de dedicar disipó todas sus dudas y miedos. A partir de ese momento sólo ellos serían dueños de su destino y, aunque la idea de regresar a Bré para convertirlo en su nuevo hogar le atenazaba el pecho, supo sin dudarlo que, mientras Conall estuviera con ella, cualquier lugar de la tierra sería perfecto.

*****

Le costó concentrarse en la ceremonia; tiempo después aseguraría recordar únicamente el rostro emocionado de su padre, la serenidad en los ojos de su madre y el brillo eterno en la mirada de Conall mientras giraban alrededor del mayo dispuesto con cintas para la celebración. En aquel momento poco le importaba dejar Deilg Inis para siempre o lo que los dioses le depararan en su camino.

Encontraron un momento de intimidad para sentarse juntos, a solas, cerca del pozo. Todo el mundo estaba bailando y comiendo, lo suficiente como para olvidarse de los protagonistas.

— ¿Recuerdas el camino a Tara?— la sentó sobre sus rodillas, ella asintió mientras jugaba con el pliegue de su falda—. Fiall intentó asustarme con que fueras un hada salida del sidh para arrastrarme a tu mundo mágico y no dejarme volver nunca— Ceara sonrió divertida con la idea—. Hoy me lo habría creído— confesó antes de besarla.