Capítulo 27 y FÍN

el viento sobre las colinas de éire 27

Nada tenía que ver aquella ceremonia con la que recordaba del día en que su madre se había convertido en bandrui. Cierto que la esencia era la misma y los pasos a seguir se repitieron milimétricamente, incluso la capa que Ceara vestiría desde ese momento era la misma con la que invistieron a Treasa en Tara, pero sus sentimientos no tenían nada que ver; ahora era una madre viuda en vez de una joven que acababa de comprometerse, y era consciente de las responsabilidades que implicaba su nombramiento como bandrui.

—A partir de ahora, tú tomarás las decisiones— le había dicho su madre antes de encaminarse al bosque seguidas por los habitantes de Deilg Inis y de la aldea de los druidas.

Su consuelo estribaba en el apoyo de Fiall y la inestimable ayuda de Etaine y Orna; lejos habían quedado los días en que las dos hermanas eran su peor pesadilla y no dudaba que ambas estaban deseando continuar a su lado como habían hecho con Treasa.

El viento gélido se le metía por la nariz y la boca, imposible de respirar; cada pelo de su cuerpo se erizaba, pero ella se mantenía firme intentando no tiritar, concentrándose en cada paso del ritual e interiorizando el significado de cada símbolo que se escribía sobre sus brazos desnudos.

Agradeció el calor proporcionado por la capa de investidura y más aún el de la pelliza de lobo que Fiall le devolvió en cuanto todo hubo terminado y que sintió como un abrazo de su difunto marido.

De regreso a la aldea se paró un segundo a contemplar la silueta del círculo de piedra, ese que había sido testigo de uno de los días más felices de su vida: cuando dejó de ser simplemente Ceara, la hija de Treasa, para convertirse en Ceara, la esposa de Conall. En breve la recibiría como Ceara, la bandrui, y estaba deseando sentarse en su gran losa central para conectar con su reducto, con el alma de su infancia y con la sabiduría de las bandruid que la habían precedido.

—Resulta curioso ¿verdad?— la sonrisa de Fiall asomó, siempre cálida.

—No sé a qué te refieres.

—Tu madre sacrificó su amor por Breccan para quedarse en Deilg Inis y ahora puede volver con él a Dubh Linn porque tú has perdido a mi hermano. El destino tiene estas ironías.

Puede que unos meses antes hubiera dirigido una mirada asesina a cualquiera que se atreviera a hacer un comentario como ese, pero Fiall jugaba con ventaja debido a la proximidad entre ambos y a su conocimiento sobre los estados de ánimo de su cuñada.

Recogió a Leary de los brazos de Orna y lo acunó con suavidad, era sorprendente lo parecido que era a su tío; Feenat se había equivocado sobre el color del pelo del niño, no había ni rastro de la oscuridad de Conall, por el contrario, el tímido sol se reflejaba en los pequeños mechones rubios y rojizos. En lo que sí había acertado era en el color de los ojos ya que, a pesar de que apenas tenía cuatro meses, ya delataban el brillo verde de los de sus padres.

—Fuerte como una manada de terneros— Breccan acarició a un tiempo a su hija y a su nieto—. Digno hijo del lobo.

A Ceara le encantaba ver a su padre contemplando a Leary, había algo de cómico en la forma en que un hombre tan corpulento mecía suavemente un bulto tan pequeño.

— ¿Os soportaréis?

—No habrá más remedio— su barba casi blanca tembló con la risa—. Ya somos viejos para gastar las pocas energías que nos quedan en disputas tontas.

—Pero no tan viejos como para no querer estar juntos de una vez por todas— suspiró con tristeza.

—Hubiera cambiado este momento y cada uno de los que me queden con tu madre por que tú hubieras podido seguir teniendo a Conall a tu lado— un gañido del niño interrumpió la conversación por un instante—. Sé que la echarás de menos y que, en algunos momentos, sentirás que no sabes qué hacer o que tu madre tendría una solución mejor, pero no dudes de tus decisiones; ya no eres una niña que se esconde tras un arco. Has vivido mucho, más de lo que a mi me habría gustado— la sombra de la muerte de Conall trasmutada en nube ocultó un instante la luz del sol—. Has aprendido de todo ello y sabrás hacerlo, una hija de Treasa tiene que saberlo.

*****

Por petición de la nueva bandrui no hubo fiesta con la que celebrar su posición; no era justo cuando lo que celebraban era consecuencia directa de su viudedad; en cierto modo sería festejar que Conall estaba muerto. Aunque, como le había prometido Branwen, el dolor ya no era tan intenso, no faltaban los momentos en que el corazón se le hacía pedazos; especialmente cuando el pequeño Leary avanzaba en su crecimiento recordándole que “el lobo” ya no estaba allí para verle; era entonces cuando se hacía la promesa de mantenerlo siempre presente para su hijo y comenzó a componer la historia de Conall, Rí Tuaithe de Bré, que mató un lobo el día de su transición y ayudó a ganar la batalla de Dún Ailinne pagando con su vida.

Acarició la pelliza del animal inconscientemente y envolvió con ella a Leary, esperando que parte de la fuerza del lobo pasara a su hijo.

 *****

Al mismo tiempo, en el sitio real de Tara, una joven llamada Rignac(1) daba a luz a su primogénito: un hijo del Ard Rí y el primero de las veintisiete generaciones para las que el hada había prometido el trono de Éire; porque Niall se había asegurado, tras consultar con sus druidas cuando aún no había nacido, que el destino de aquel niño le deparaba un lugar preeminente en la historia de la isla.

(1) Segunda esposa de Niall.

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