Capítulo 25

el viento sobre las colinas de éire 25

Miró hacia lo alto del acantilado y vio la figura de su cuñada; sola allí arriba, recordaba a Brigit vigilando el mundo con su vientre hinchado.

—Es hora de volver, Ceara— la sujetó por los hombros y la obligó a retirar la mirada de la balsa ardiendo que llevaba el cadáver de su hermano—. Encontrará el camino— la tapó con su capa y se la llevó colina abajo.

—Ceara, hija mía.

Levantó los ojos hasta su madre, pero no la miraba, de hecho no era capaz de reconocer el lugar donde estaba; a pesar de que había sido su hogar durante los últimos cinco años no lograba encontrar un rincón en el que no apareciera la sombra de un momento feliz al lado de Conall.

—Tu padre y yo hemos estado hablando y lo mejor será que vuelvas a Deilg Inis — la joven sólo acertó a asentir—. Allí podremos cuidar de los dos.

— ¿Cómo está?— preguntó Niamh desde la puerta.

—No reacciona, su alma no está aquí.

— ¡Claro que no! Mi alma arde junto a Conall, allí lejos, en medio del mar— comenzó a llorar y a destrozar todo lo que tenía delante.

—Corre, Niamh, trae la infusión— la joven salió corriendo mientras su madre intentaba calmar a su hermana.

—Tú lo sabías— la miró directamente a los ojos, invadidos por unas lágrimas que no terminaban de brotar volviéndolos de un verde aún más transparente, como si no perteneciera al mundo real—. Sabías que esto iba a pasar y me dejaste en sus brazos, dejaste que concibiéramos un hijo que jamás verá la cara de su padre— en ese instante perdió el conocimiento.

*****

Fiall pretendía que Iobhar sucediera a su hermano; así lo habían determinado también, en asamblea, el resto de ancianos de Bré. Nunca pensó que entre sus atribuciones como druida estuviera reunir a los notables para decidir quién gobernaría su casa si su hermano no sobrevivía a sus heridas, pero, a pesar de sus intentos por mostrarse optimista ante Ceara, él también conocía la medicina y sabía que la supervivencia de Conall hubiera sido casi imposible y, desde luego, no podía garantizar que hubiera quedado en las mejores condiciones.

El rostro sombrío de Echna, mientras les comunicaba la decisión tomada, acaparó su atención: Desde que su padre la reconociera abiertamente como hija, su relación era de profunda complicidad, en ella había encontrado la parte mística de la que Conall carecía.

— ¿En qué piensas?

—No quiero ser señora de Bré mientras Ceara está aquí, ya ha perdido un marido. ¿Tiene que perder también su posición?

—Eso no será así. Ceara regresará a su lugar, a Deilg Inis, es más seguro para ella y para el niño.

—Creí que mi madre perseguía precisamente lo contrario— por fin Iobhar intervino.

—Los dioses son cautos y sus decisiones no son absolutas desde el principio. Tú mejor que nadie deberías saberlo, teniendo en cuenta tu cuna.

—La cuestión parece que tiene más que ver con que alguien de mi linaje y del tuyo se asiente aquí y lo mismo da quién o el precio a pagar.

Se sorprendió diciendo aquello; como guerrero no tenía por qué lamentar la muerte de su cuñado, sin embargo el dolor de su hermana le había hecho trizas las entrañas.

—No discutirás la decisión de Eriu, ella sabe quién tiene que gobernar su vientre.

— ¿Cómo puedes obligarme a esto siendo mi amigo? ¿No sería mejor que gobernaras tú?

—Ahora no soy tu amigo, ni el hermano de Conall— se estiró todo lo que pudo e intentó solemnizar su tono de voz—. Soy tu druida, el druida de Bré y sólo su futuro ha de preocuparme, aunque mi humanidad me pueda inclinar a otra cosa.

Echna se levantó y se puso entre ellos.

–Sea pues, Iobhar, nunca debes llevar la contraria a un druida— pero, la mueca de burla que su marido no pudo ver, redujo la confianza de su hermano—. Voy a ver cómo está Ceara.

Los dos hombres cruzaron la mirada, resultaba difícil olvidarse del momento en que todas sus preocupaciones consistían en cumplir las órdenes de Eoghan y esquivar los ojos siempre vigilantes de los maestros más ancianos para cometer travesuras; de aquello parecía hacer un siglo y allí estaban los dos, buscando respuesta a sus miedos adultos, asumiendo los papeles para los que los prepararon entonces, sin Conall.

—Siempre creí que sería su sombra— admitió Iobhar—, de veras me habría gustado que fuera así.

—Por algo te nombró su tánaiste. Ahora le toca a su espíritu ser la tuya— se detuvo en el quicio de la puerta—. La asamblea volverá a reunirse en siete días y serás convocado.

Esperó un gesto de aceptación en su amigo y desapareció.

*****

Cuando despertó, se encontró rodeada por Iobhar, Fiall y Niamh; se asustó al percibir las ojeras en torno a los ojos de su hermana, debía llevar sin dormir desde que Torcan fue a buscarla para comunicarle la muerte de Conall.

Fiall le aseguró que había insistido en ser la que cuidara de su descanso y no había consentido salir de aquella habitación durante los dos días que llevaba allí encerrada, delirando las más de las veces, y gimoteando cuando salía del estado de catalepsia en el que se vio envuelta.

Estuvo tentada de preguntar por Treasa; había usado palabras terribles contra ella y todavía quedaban unos rescoldos en su corazón que le impedían ser condescendiente con el dolor de su madre.

Sabía, ahora de verdad sabía, que nadie podía escapar de su destino y comprendió que, seguramente de haber podido, la bandrui habría trocado el de su hija, pero eso no evitaba el dolor por la pérdida de su marido.

Se levantó de la cama y mandó a su hermana a descansar.

—Yo me encargaré de Anle y Feenat, me vendrá bien— y Niamh, agotada como estaba, no protestó.

Encontró a sus sobrinos en el patio corriendo con otros niños como si nada hubiera sucedido, exactamente igual que el día en que Torcan e Iobhar habían traído a Conall malherido. Se dio cuenta de que tenía hambre, un hambre brutal; era la primera sensación real que tenía en días y se dirigió a la cocina; le apetecía pan de nueces, de hecho se moría por un buen pedazo.

La cocinera le acercó un pan entero

—Pero cómelo despacio, niña.

—Tú siempre tan maternal, Branwen— y sonrió por primera vez desde que Conall muriera.

— ¿Qué le voy a hacer? No he tenido hijos propios, pero he criado a todos los de los demás— la dejó comer un trozo más—. El dolor se irá, te lo aseguro.

—Lo sé, pero ¿cuándo?

—Puede que antes de lo que imaginas. Es cierto que volverá de vez en cuando, pero ya no será tan terrible y, además, debes cuidar de vuestro pequeño y asegurarte de que crezca sano— le tendió un cuenco con frutos secos—. Come, anda— y la dejó sola.

Feenat entró corriendo y quedó paralizada al verla; se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y se escondió detrás de unos sacos. A Ceara le resultó extraña, sólo podía recordar el momento en que la había sostenido entre sus brazos cuando la ayudó a venir al mundo; de aquella masa caliente y llorona no quedaba ni rastro, ahora la niña contaba con seis años escasos y era tan rubia y espigada como su madre. Anle tardó poco en aparecer por el mismo sitio; a pesar de haber nacido a un tiempo, él recordaba más a Torcan con el pelo más oscuro y la cara mucho más redonda que la de su hermana. Echó un vistazo rápido, dudó entre permanecer allí o seguir buscando fuera, dio un beso a Ceara y volvió a salir.

—Ya se ha ido, Fee.

La cabeza de la niña emergió de su escondite, entonces su tía rescató de su mente los días anteriores: la feliz llegada de Niamh a casa con los dos niños y los cuentos que escuchaban de su boca embelesados, era el mejor recuerdo reciente que tenía y se aferró a él como a un clavo ardiendo.

— ¿Quieres un poco?

Ceara empujó el plato hacia su sobrina. Feenat se sentó enfrente y cogió un puñado de avellanas.

— ¿Estás mejor, tía?—la mujer asintió — ¿Y mi primo?

—También— se acarició la barriga con un movimiento circular.

—Tengo ganas de que nazca. Anle dice que será pelirrojo pero yo creo que será moreno, como el tío Conall. La abuela me contó que las almas siempre vuelven y que conservan algo que las hace reconocibles. Yo creo que es el color del pelo y de los ojos, pero a lo mejor son los dedos de los pies como dice el hijo del cabrero— la idea provocó la risa de Ceara.

—Sería divertido ¿no crees? Tener que ir mirando los pies de la gente para reconocer sus almas— la niña asintió, besó a su tía y se marchó a buscar a su hermano.

Ceara volvió a quedarse sola y decidió que ya era hora de hablar con su madre.

*****

Treasa estaba recogiendo hierbas junto a los alisos del borde del río; el inicio del invierno estaba cerca y, por lo menos, aprovecharía para proveerse de lo que no podía conseguir directamente en Deilg Inis.

Aquellas aguas oscuras y frías habían ablandado la piel de sus manos, pero seguía empeñada en obtener las raíces más profundas, las que más poderes tenían.

Se puso alerta cuando escuchó pasos tras ella y se sorprendió al ver que se trataba de su hija menor; aunque ya no tenía tan buena vista de lejos habría reconocido su silueta en cualquier parte, sobre todo teniendo en cuenta la abultada barriga que la delató finalmente. La recién llegada se arrodilló junto a ella y comenzó a recoger las flores con sumo cuidado depositándolas en un cuenco que su madre aún tenía vacío.

— ¿Niamh está descansando?

—Sí, la obligué a dormir, estuve a punto de cantarle una nana.

—Tienes una voz bonita, podrías haberlo hecho.

—Lo siento— enterró las manos en el lodo intentando ocultar cómo le temblaban—, no debí decir esas cosas.

Estaba a punto de llorar, empezaba a cansarse de la revolución emocional provocada por el embarazo.

—Es lo que sentías. Si hubiera sido tú, no me habría portado mejor— se incorporó—. Lávate las manos— usó el mismo tono que cuando era niña y obedeció, Treasa la ayudó a levantarse—. Me quedaré aquí el tiempo que necesites.

Ceara rompió a llorar, la mujer la acogió en sus brazos y se mantuvo así hasta que su hija recuperó una respiración tranquila.

—Sé que duele, mi pequeña, sé cuánto duele, pero se pasará.

—Eres la segunda persona que me lo dice hoy. Branwen insistió en lo mismo.

—Branwen es una mujer sabia. Mucha vida a sus espaldas como para no haber aprendido unas cuantas lecciones.

Recogieron los cuencos y llenaron un odre de agua antes de volver hacia la ciudad.

—Aún faltan dos o tres lunas para que des a luz, pero deberías cuidarte mucho y comer más, obligarte si es necesario— Ceara dio un respingo, la patada de su hijo parecía decir «escucha a la abuela, tiene razón»—. Será digno hijo de su padre y fuerte, muy fuerte.

Fiall las vio venir por el camino, lentas, al paso que Ceara se podía permitir; estaba demasiado delgada para el final de un embarazo, era notorio incluso debajo de la capa de piel que la cubría: la capa de piel de lobo que había pertenecido a Conall y que no se quitaría en todo el invierno.

Decidió esperarlas en las puertas de la fortaleza, tenía que avisarlas de una visita que las pondría muy contentas y eso era lo que más necesitaba su cuñada en ese momento; Eoghan había llegado hacía un rato y las estaba buscando.

 *****

Iobhar estaba nervioso y ni siquiera Mellan lograba sacarle una sonrisa. Fiall había insistido hasta tal punto en su deber como tánaiste y lo que Bré necesitaba de él, que le resultaba imposible conciliar el sueño y unas profundas ojeras circundaban sus ojos, ahora grises y apagados.

La llegada de Eoghan desde la aldea tampoco había supuesto ningún alivio, el herrero había dejado claro que su visita se dirigía a Treasa y Ceara con una urgencia que le hizo sentirse excluido.

Entendía que su hermana pequeña recibiera tanta atención, pero él también estaba en un proceso de cambio, no solo había perdido un amigo, además se vería obligado a convertirse en Rí Tuaithe, a sentarse en la silla de Conall.

Sus reparos a la hora de ejercer este cargo chocaba con la actitud de Echna; ella ya había asumido su nueva posición, aunque todavía no se hubiera formalizado nada.

—Ceara no está en condiciones— le había dicho esa misma mañana, mientras preparaba el salón para las demandas de los vecinos.

Iobhar miraba con recelo el asiento coronado por las astas del ciervo que antes adornaban el lecho del Rí Tuaithe; era la única decisión que se había permitido tomar, un modo de mantener a Conall presente.

— ¿Cómo se lo diré? ¿Cuándo?

Las preguntas se aglutinaban en su mente, creando una nueva incógnita por cada paso dado.

—Ya has hecho esto antes, no hay nada raro en ello; ya encontraremos la forma y el momento adecuados — le consoló Echna dirigiéndole una mirada dulce y compasiva.

La entereza de la joven contrastaba con el gesto preocupado del tánaiste; a ella también le había afectado la pérdida de su hermano, pero tenía una mente práctica: no había tiempo para lamentarse cuando Bré necesitaba ser gobernado y, puesto que a Ceara no se le podía exigir que apartara su dolor, menos en su estado, ella estaba obligada a hacerse cargo de todo, siempre con la ayuda de Aoifa y Niamh.

Torcan entró con una nasa llena de peces seguido de Anle. El niño se mostraba más cohibido y serio que de costumbre; la muerte de Conall le había dejado huella, especialmente después de su última conversación. Todavía algunas noches se despertaba sobresaltado por unas pesadillas que siempre terminaban con el graznido profundo de la corneja que le había arrebatado el último suspiro a su tío.

*****

Las dos mujeres buscaron un lugar tranquilo en el que reunirse con el recién llegado; Eoghan dirigió una reverencia respetuosa a Ceara, aunque a ella le pareció que hubiera sido más apropiado un abrazo reconfortante, era lo que más necesitaba; ya estaba cansada de los gestos de deferencia de sus conciudadanos, siempre envueltos en un nimbo de lástima.

—Siento la muerte de Conall— admitió el herrero—, era un valiente y un buen .

—Déjate de alabanzas— se molestó la joven—, todos sabemos lo que era— le indicó un lugar donde sentarse.

—Fue uno de mis mejores alumnos, Ceara, yo también he sufrido con su muerte— la mirada encendida por la ira le hizo frenar su discurso.

—No eres la única que ha perdido algo con esto— le recriminó Treasa.

—No, pero soy la que más ha perdido. Eso no me lo vas a negar— mantuvo sus ojos fijos en los de su madre mientras se acariciaba el vientre.

—Lo que no te da derecho a comportarte así— la riñó con dulzura—. Eoghan ha venido a presentarte sus respetos y…

—Ojalá fuera sólo eso— intervino de nuevo el hombre—, vengo con noticias desde el Gwynedd nada alentadoras— tomó aire—. Los druidas se están viendo obligados a huir o convertirse en bardos para preservar nuestras tradiciones.

—Los romanos no cruzarán a “Hibernia”.

—Pero los galeses sí— sentenció su madre.

*****

La reunión de aquella noche se vio envuelta en un ambiente extraño; tan sólo Niamh, Torcan y sus hijos parecían tener la cabeza libre de remordimientos o preocupaciones. Hasta Mellan, contagiado por el talante pensativo de su padre, había despreciado un dulce que su abuela le había traído aquella tarde.

—Marcharemos tan pronto como sea posible— informó Treasa—, aprovechando que Eoghan también ha de regresar a la aldea.

La información no pilló de sorpresa a nadie, tras la muerte del Rí, había quedado claro que Ceara daría a luz en Deilg Inis y faltaba poco para que esto sucediera.

Echna acercó otra capa a su cuñada, últimamente tenía frío a todas horas y la proximidad del invierno y su falta de apetito la tenían preocupada. Ceara agradeció el gesto con una sonrisa, pero su mente vagaba en un torbellino de ideas sobre qué hacer una vez hubiera dado a luz. Las palabras de Eoghan no habían caído en saco roto, no quería que su hijo viviera en un mundo cambiante, menos si los cambios se pronunciaban en su contra.

— ¿Tendremos tiempo para ver la coronación de Iobhar?— preguntó con calma, ignorando el gesto sobresaltado de su hermano.

—No haremos ceremonia de esto— respondió Echna rápidamente—. Ninguno de los dos desea esa silla— señaló con la cabeza hacia el trono vacío.

—Es lo que los dioses quieren, lo que la gente de Bré pide, y lo que Conall hubiera elegido— intervino Fiall, más rogando que imponiendo.

La todavía reina se levantó con trabajo y se acercó al tánaiste, arrodillándose delante de él.

—Yo no regresaré— tragó saliva—, nadie puede ocupar su lugar mejor que tú, hijo de las hadas, no puedes fallarnos ahora. Renunciar a tu destino sería un acto de cobardía, Dana no te recibirá si lo haces.

Treasa y Eoghan asintieron emocionados, nadie habría esperado que fuera la viuda quien hiciera entrar en razón al heredero.

—No quiero sentarme ahí, Ce, es “su” sitio. Yo no le protegí como debía— se quejó Iobhar.

— ¡Tonterías!— se levantó con un destello de ira en la mirada—. Badbh le reclamó, no podíais hacer nada— la rabia comenzaba a invadirla—. Tu lugar es ese— señaló de nuevo la silla—, no te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando. Y todavía has de obedecerme, pues soy tu reina. Si no queréis ceremonia, lo respeto, pero aquí nadie eludirá sus obligaciones. Empezando por mí misma.

Niamh corrió a abrazarla consciente de que su hermana, a pesar del discurso vehemente, se estaba derrumbando por dentro.

«Mi destino es ser bandrui.» Susurró entre el cabello rubio que la envolvía. «Y Conall no podía seguirme.»

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4 comentarios en “Capítulo 25

      • ¡Terminado!
        Me hubiera gustado leerla del tirón pero por circunstancias tuve todo aparcado durante el verano. Al retomarla en septiembre no necesité hacer memoria, la trama es compleja pero no enrevesada, deberían aprender en Juego de tronos 😉
        Muy visual, eso me encanta, me llegan las narraciones “pictóricas”. Descripciones precisas y nada sobrecargadas.
        Te felicito. Ah, y me ha gustado el detalle de dividirla precisamente en 27 capítulos 🙂

        Le gusta a 1 persona

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