Capítulo 24

el viento sobre las colinas de éire 24

Un Anle ansioso corrió al interior de la empalizada buscando a su madre para decirle que el carro estaba llegando. Niamh le había dado claras instrucciones para que los primeros en conocer el estado de Conall fueran Fiall, Treasa y ella.

El guiño cómplice entre Echna y su cuñada bastó para que la primera lograra llevarse a Ceara a otro lado con la excusa de un ataque de gases de Mellan, reforzada por el llanto desesperado del niño que, realmente, tenía un dolor de barriga provocado por su glotonería.

Tras recibir cumplido detalle de los pormenores del viaje, Treasa se concentró en echar un vistazo a la herida de su yerno. Se alegró de comprobar que su hijo y Torcan habían cumplido su misión con eficacia y que, afortunadamente, tenía el aspecto que esperaba.

—Si tenemos alguna oportunidad lo sabremos en breve, pero necesitaremos toda la inspiración de Airmed.

Comenzó a rebuscar entre los haces que colgaban sobre sus cabezas. Bendijo en silencio a Ceara por abastecer aquella botica con todo lo necesario.

— ¿Avisamos ya a mi hermana?

—Espera un rato, yo te diré cuándo puede venir; lo suyo es que, al menos, Conall esté limpio, así tiene una pinta horrible.

—Oh, ¿en serio?— logró quejarse el herido—. Les dije que me dejaran bañarme en el Brí, pero al parecer teníamos prisa.

—Por lo menos conservas ese sentido del humor tan tuyo.

—Poco más me queda— se encogió por el dolor.

—De momento te lavaremos y te vas a tomar una infusión dedicada sólo a los héroes.

A pesar de las reticencias heredadas, el respeto por su suegra había ido creciendo día a día, haciendo que contara con ella como si se tratara de una verdadera madre.

Mellan había dejado de llorar gracias a los movimiento que le habían obligado a hacer y a la tisana de anís que se había bebido sin rechistar. Ahora dormía plácidamente en brazos de su madre que intentaba encontrar la forma de decirle a Ceara que Conall había llegado ya.

Fiall y Niamh aparecieron sonrientes, deseosos de llevar a Ceara con su marido.

El estado del Rí Tuaithe era bastante bueno, pero no podían cantar victoria; el jugo del tejo era un veneno potente y luchar contra él una tarea ardua e ingrata, pues se acompañaba de episodios de mejoría seguidos de momentos en los que la vida del enfermo llegaba a pender de un hilo.

El acuerdo de no exponerle a Ceara el problema con claridad implicaba más dificultad de la que cabía imaginar; ella conocía la medicina y no se dejaría engañar por mucho que lo intentaran disfrazar; pero, en su estado, todos habían convenido en evitarle disgustos. Esperaban que el saber hacer de Treasa consiguiera devolverles a Conall pronto y que todo retornara a la normalidad.

—Amor mío.

Se le echó encima nada más entrar; él acarició primero su pelo y luego posó la mano sobre su vientre.

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti, he tenido que intervenir en tres disputas por las mismas cabras, ¿te lo puedes creer? Las mismas. Ganas me dieron de sacrificarlas y que se repartieran las pieles y la carne.

—Pero no lo has hecho.

—Claro que no. De momento podrán ordeñarlas y compartir la leche hasta que el rebaño crezca lo suficiente como para dividirlo justamente.

—Volverán.

—Lo sé, pero entonces ya será tu problema.

A Conall le encantaba aquel lado travieso de Ceara, y asintió divertido.

 *****

Anle entró temeroso, quería que el propio Conall le contara cómo había sucedido, su padre le había contado lo valientes que habían sido y había escuchado a Fiall hablar con su abuela de la aparición de Badbh. Esté punto era el que más le interesaba, su tío era el primer hombre, que él conociera, que había visto a las diosas de la guerra y vivía para contarlo.

Pero le inquietaba la presencia de su tía, por lo visto nadie quería mencionar a la tríada delante de ella.

—Buenos días— Ceara se levantó, dejándole su sitio—. No le des mucha guerra, yo salgo un momento. Si pasa algo, grita.

—Es una exagerada— Conall esbozó una sonrisa—. Ponte de pie, que yo vea cuánto has crecido— el niño obedeció, estirándose al máximo y adoptando la pose de un guerrero—. Si Mellan se hace druida, tú serás mi tánaiste en lo que mi hijo crece ¿qué me dices?

—Que sería un honor para mí y para mis padres, .

En ese mismo instante, una corneja graznó en el exterior posada sobre lo más alto del techo, desplegó sus alas oscuras y las tres diosas mostraron sus feroces sonrisas, sus ojos inyectados en sangre, sus manos delgadas y retorcidas extendiéndose hacia la casa; Anle la oyó, Conall la oyó y nadie más se dio cuenta.

 *****

La fiebre provocada por el veneno no remitía, y la herida continuaba supurando con un hedor que revolvía el estómago de Ceara que, sin embargo, no se separaba de Conall.

En los pocos momentos en que las drogas proporcionadas por Treasa le dejaban regresar al mundo real, encontraba la sonrisa de su esposa, a la que correspondía con una ligera mueca.

—Leary, le llamarás Leary ¿verdad? Sé que será un chico, sé que será fuerte como una manada de terneros, sé que será el digno hijo de un lobo.

Apretó la piel gris contra él buscando en ella la fuerza del animal.

—Se llamará Leary— prometió—, y el lobo vivirá para verle.

Pero aquella petición fue la última de Conall, que sucumbió de nuevo a los calmantes y ya nunca despertó.

Ceara se quedó junto a él durante horas hasta que su madre, extrañada porque no le hubiera pedido ninguna medicina nueva, se atrevió a entrar preparada para lo peor.

Apenas se asomó, supo que el Rí Tuaithe les había abandonado y, aunque su mayor deseo era abrazar a su hija y consolarla, cumplió primero con su obligación avisando a Iobhar y Fiall.

*****

La primera en entrar fue Echna, más entera que Niamh, que sollozaba en el salón principal.

—Prepararé las pinturas— musitó.

—De acuerdo— la mirada de su amiga no se separaba del bello rostro del Conall, acariciando la cicatriz de su mejilla, ahora fría—, pero yo le vestiré para su viaje.

—Fiall es su druida, él debería…

—Al cuerno con Fiall, él no fue capaz de salvarle, que no venga pidiendo honores ¡Yo soy su mujer, una futura bandrui!

Echna se quedó en silencio, sabía que era la rabia la que hablaba, sabía que Ceara y su otro hermano se adoraban y que sólo el dolor la permitía ser tan cruel con él.

—Tráeme un cubo con agua y las pinturas, Conall, Rí Tuaithe de Bré, va a ser acogido por Dana, y será el guerrero más hermoso que haya visto jamás.

Obedeció, pero esperó para salir de la estancia buscando la forma de decirle a Fiall que no sería él quien cumpliera con el ritual funerario.

*****

La playa se llenó con los habitantes de Bré, que acallaron sus murmullos al paso del cuerpo de su , precedido por Fiall. Iobhar y Torcan sostenían a duras penas la barcaza en la orilla, batida por las olas de un mar que parecía ansioso por recibir al héroe.

Anle removía la arena con el pie, nervioso, dos pasos por delante de su madre y su hermana. Como Mellan aún era muy pequeño, él sería quien recibiera las joyas y las armas de su tío. Por ello Niamh le había trenzado el pelo y su tío Iobhar le había regalado una fíbula propia. Todo para que fuera patente el honor que suponía recibir tal herencia, su último gesto de respeto a su tío Conall, al que tanto quería, al que ansiaba parecerse algún día.

En el preciso instante en que el cuerpo de Conall era depositado en la barca, el ensordecedor ruido de veinte cuernos invadió la playa espantando a las gaviotas, que se alejaron con sus gritos mar adentro.

El zumbido producido por los cuernos hacía vibrar cada palmo de su cuerpo, acelerando el latido de su corazón y apretando el nudo de su garganta que evitaba que el llanto acudiera definitivamente a sus ojos. Su pequeño también se movía inquieto dentro de su vientre; hasta el suelo que pisaba parecía temblar.

Iobhar se plantó ante ella con la antorcha que Fiall acababa de entregarle, la llama bailaba al son de las vibraciones; ella asintió intentando imprimir más ternura que dignidad a su gesto, y siguió hipnotizada por el crepitante naranja de la tea, camino de la barca.

Su madre la acompañó en las fórmulas que correspondían a cada punto donde la llama prendía el altar de su marido y, por último, entre Torcan, Iobhar y Fiall, empujaron la embarcación al mar donde Dana recogería el alma de Conall, “el lobo”, Rí Tuaithe de Bré.

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