Capítulo 23

el viento sobre las colinas de éire 23

Fiall terminó de pintar el cuerpo de su hermano; como druida de Bré era su cometido tejer los encantamientos que les llevarían a la victoria en cada trazo morado y ocre con que cubría sus brazos, piernas y pecho. Bromeó con él sobre la incipiente barriga que estaba echando desde que se casara y Conall fingió mostrarse ofendido; hasta Torcan, siempre tan callado, se añadió a la chanza.

Habría resultado difícil adivinar que se disponían a librar una batalla, pues sus carcajadas se oían desde muy lejos. Solamente Iobhar se mantenía en un rincón en completo silencio.

—Los dioses estarán con nosotros, tenemos un poderoso druida de nuestro lado— Conall se había acercado a él.

—Lo sé, sólo descansaba, como te prometí hace años, por si hoy tu vida depende de mí.

El sonido del karnix(1) ensordeció cualquier palabra que se quisieran decir. Iobhar se levantó y siguió a su amigo; subieron al mismo caballo, así Conall dirigiría al animal mientras él le guardaba las espaldas.

(1) Trompeta estrecha y alargada con forma de “f” que solía estar coronada por un adorno con forma de cabeza de jabalí.

Cuando se asomaron al valle pudieron ver con claridad al enemigo; estaban muy igualados en número, pero la ferocidad de los del Laigin estaba desbordada; nadie que intentara hacerse con Dún Ailinne saldría ileso.

No habría arengas por parte de generales ambiciosos, tampoco una estrategia desarrollada con astucia, ni una formación estudiada que salvaguardara flancos; simplemente sonarían las trompetas y todo sucumbiría a la fuerza y la destreza sin más ventaja que la que les proporcionaran sus propios cuerpos.

Los insultos comenzaron tan pronto como el Rí Ruirech hizo aparición en sus filas. Era un modo de amedrentar al oponente mientras los druidas comenzaban a lanzar aquellas maldiciones que quebrantarían el valor del contrario.

El humo negro de varias hogueras hechas con las pocas ramas verdes que quedaban, empezaba a entorpecer la vista abandonando el destino al simple eco de las espadas chocando contra los escudos con aquel sonido infernal que, sin embargo, exaltaba aún más las ansias de combate. En la zona baja, el humo era tan denso que había conseguido eclipsar el sol; cualquier cosa que estuviera a más de veinte pasos dejaba de formar parte del mismo mundo en el que ellos se encontraban.

Al segundo sonido de aquella trompeta inmanejable que superaba la altura de un hombre, se inició la primera carga. Conall clavó los talones en los costados del caballo y rompieron a galope; Iobhar, fuertemente sujeto tras él, blandía la enorme espada sobre sus cabezas.

—Con lo que recojamos hoy cubriré la puerta de mi casa(2)— gritó por encima del ruido, al tiempo que descargaba el primer golpe vertical sobre un enemigo, abriéndole la testa en dos.

—Esa ha quedado inservible— se burló su compañero repitiendo el movimiento ligeramente ladeado, haciéndose con la cabeza de su víctima y mostrándola orgulloso.

(2) Una costumbre de los guerreros era cubrir la puerta de sus hogares con las cabezas de los que habían vencido en combate.

Rotas las primeras filas, volvieron grupas y se prepararon para un segundo ataque; Conall aprovechó para atar el pelo de su trofeo a la montura. Torcan se reunió con ellos; su compañero se había caído y ahora bajaría solo, tendría que tener más cuidado si quería evitar que le sorprendieran por la espalda.

A una seña del volvieron a bajar chocando con los combatientes que habían conseguido escapar de la primera oleada y corrían hacia ellos con las lanzas avanzadas para evitar que los caballos lograran traspasar sus líneas. Detrás, algunos arqueros apuntaban a los animales.

De golpe, el caballo perdió pie dando con los dos en el suelo; sin tiempo para lamentaciones, recuperaron los escudos y se dispusieron a pelea, de reojo se dio cuenta de que había sido alcanzado por una flecha

—Malditos bastardos, era mi mejor bestia— escupió blandiendo su larga espada, atravesando a todo el que se le ponía delante.

El tono pálido de sus pinturas estaba ahora manchado de la sangre que les resbalaba por las piernas, haciendo difícil distinguir los colores de los clanes amigos y enemigos.

La adrenalina les ayudaba a mantenerse en movimiento; esquivar los golpes era, si cabía, más agotador que propinarlos, los pesados escudos de madera sólo podían proteger un costado lo que obligaba a mantener la guardia sobre el otro lado.

Los gritos arrancados de las gargantas de los heridos se confundían con los que impulsaban a los guerreros antes de la acometida; costaba mucho trabajo esquivar los cuerpos que poblaban el suelo, aun no siendo muy numerosos, pero localizados en el centro mismo del combate.

Torcan se arrastraba con su escudo sobre el cuerpo protegiéndose de los espadazos de un contrario antes de que Conall lograra matarlo y ayudar a su cuñado a levantarse. Ambos se reían de su suerte envalentonados por la adrenalina que aceleraba el ritmo de su corazón y parecía ser lo único que corriera por sus venas.

Volvieron a retroceder, buscando la forma de hacer una última carga que pusiera en fuga definitivamente al enemigo.

Conforme se alejaban del centro de la liza, oían con más nitidez el murmullo de los druidas infundiéndoles valor y tratando de mermar la potencia de sus contrincantes.

Por última vez se lanzaron entre los hombres del Muma, tenían que conseguirlo ahora o estarían perdidos.

La corneja, negra como la noche, extendió sus alas planeando sobre el campo en el que yacían algunos cadáveres; no prestó atención a aquellos cuerpos, su objetivo era otro. Sólo cuando estuvo cerca de él, emitió un graznido horrendo que le encogió el corazón.

Conall la vio llegar entre el humo cada vez más oscuro, más irrespirable, y le pareció que el pájaro ya no era un pájaro sino una mujer oscura y terrible que iba pintada como él bajo el enorme manto negro, con una fiereza en la cara digna de la diosa de la guerra. Cuando abrió del todo la tela, de los lados bajo sus brazos, aparecieron otras dos mujeres, a cual más temible que la otra, pronunciando su nombre de un modo imposible de ignorar, aunque él fuera el único que lo oía.

La del medio torció la boca en una suerte de sonrisa deforme que, sin embargo, le llenó de calma; al mismo tiempo sintió un dolor ardiente en la pierna y, al girarse para ver de dónde provenía, descubrió una lanza clavada un palmo por debajo de su cadera. Siguió con la mirada el recorrido del arma hasta la empuñadura y vio la cabeza de su atacante en el suelo; detrás, Iobhar y Torcan con las espadas en alto, las hojas teñidas del color granate de la sangre; de la de su cuñado todavía goteaba el líquido vital del hombre que le había herido.

Con un sonido igual que el que la anunció, la corneja se recompuso y regresó volando a la arboleda, desde donde esperaría al término de la batalla para cobrarse sus víctimas.

Todo transcurría despacio, muy despacio, y no podía olvidar la sonrisa de las mujeres delgadas y pálidas como la propia muerte; Torcan se apresuró a cogerle antes de que cayera al suelo y, entre los dos amigos, le arrastraron hacia lo alto de la loma desde la que Fiall y otros druidas libraban su batalla mágica.

 *****

Aunque el calor del fuego encendido combatía la tormenta que arreciaba fuera, alejarse un poco de él hacía que un pequeño escalofrío las recorriera. Quizá por eso Ceara no le dio importancia a la sensación extraña que tenía en el estómago; además estaba su embarazo, desde el último cambio de luna tenía la impresión de que lo que crecía en su vientre invertía todo su tiempo en robarle el calor.

Treasa había rellenado la paja de sus botas y no se atrevía a salir sin cubrirse con, al menos, dos capas. Niamh le calentaba las manos entre las suyas, exactamente igual que hacía con sus hijos, y Aoifa se empeñaba en hacer todas las tareas que implicaran pasar tiempo a la intemperie.

Al principio Ceara había protestado, pero tenía que admitir que su vida era mucho más fácil desde que se dedicaba en exclusiva a gestar al hijo del Rí Tuaithe.

Su obligado reposo le daba la oportunidad de pasar más tiempo con sus sobrinos, que todos los días le reclamaban una historia antes de irse a dormir.

Echna le acercó un cesto de lino para hilar y se sentó junto al fuego con ella.

—Hace un día de perros ahí fuera— dijo Treasa al entrar, cargada con un nuevo canasto—. Traigo las manos heladas— las frotó con fuerza hasta que unas punzadas en la punta de los dedos le indicaron que la sangre volvía a circular.

— ¿Dónde están los niños?

—Fuera, jugando. Bendita juventud, parece que no notan el frío metiéndose en los huesos.

—Ya se darán cuenta cuando se resfríen. Voy a buscarles.

Echna se levantó, dejando solas a madre e hija.

El chasquido de las ramas más frágiles al quebrarse con el fuego formaba un ritmo casi constante. Las manos de Ceara giraban rápido con la habilidad que dan los años, enrollando la fina hebra en el huso de mano, casi como si bailaran al son de las llamas.

Sus ojos se perdieron en el hilo grisáceo, en el modo en que se acercaba al palo de forma interminable.

Una especie de humo negro y denso comenzó a nublarle la visión, tosió un par de veces como si pudiera respirarlo realmente; tras la cortina oscura, un niño se agachaba junto a un guerrero. La joven se dio cuenta del brillo de las lágrimas surcándole las mejillas y el grito ahogado que no terminaba de salir de su garganta. La miró fijamente hasta que el humo lo envolvió todo de nuevo dejando sólo el brillo violeta de aquellos ojos mágicos.

—Tía Ce— Feenat estaba ante ella sosteniendo dos flores malvas—, mira lo que he encontrado para ti.

—No mientas— Anle la empujó—. Yo las cogí, a ti te daba miedo bajar por las rocas.

Recogió el regalo y aspiró su aroma, leve, sutil; era una característica de las flores de invierno, pequeños tesoros entre la nieve, unicamente su color las convertía en algo hermoso.

—En primavera te traeré margaritas y lirios— prometió Feenat echando mano de una madeja.

—Resérvalas para tu primo— se acarició el vientre—, le gustarán.

 *****

Los vencidos huyeron dejando el lugar sembrado de cadáveres envueltos por la neblina oscura que se iba disipando con cada ráfaga de viento. El graznido de los cuervos se escuchaba desde lejos y algunas rapaces comenzaban a sobrevolar el campo de batalla en círculos, atraídas por el olor a sangre y muerte.

Durante dos días los vencedores celebrarían un ritual tan antiguo como importante; lo más inmediato era recobrar los cuerpos de sus compañeros caídos separándolos de sus adversarios.

Acompañados de los druidas, recorrieron el valle, recogiendo las cabezas de los perdedores y preparando sus cuerpos para un tratamiento digno de los nobles guerreros que habían demostrado ser. Las carroñeras se mantenían expectantes, aguardando a que el último de los cadáveres fuera empalado para poder comenzar con el macabro festín.

Fiall recorría la loma de un lado a otro atendiendo a los heridos. Había dejado a su hermano descansando tras limpiar la herida, con una fuerte dosis de sedante; con suerte, al día siguiente podría cerrar el lanzazo, aunque desconocía si Conall se recuperaría del todo o, como su padre, quedaría cojo. Parecía que el hierro no había llegado al hueso, lo que no significaba que el músculo no estuviera seriamente dañado.

Observó la mano destrozada de uno de los guerreros; al caer del caballo, éste le había pisado y se temía que la única solución sería amputar(3).

—Soy cestero ¿qué haré sin mi mano?— preguntó el joven, más asustado por su futuro que por lo que sucedería de inmediato.

—Piensa en Nuada(4), el de la mano de plata; puede que un buen herrero te fabrique una a ti también— el hombre sonrió forzado, dudaba mucho que en toda Éire hubiera alguien capaz de emular la proeza de Diancecht.

Desde lo alto se veía con claridad la forma que los druidas componían con los cuerpos de sus compañeros. Construirían un altar en homenaje a su valor, un lugar desde el que sus almas serían reconocidas por los siglos como las de unos héroes formidables que dieron su vida por el Laigin.

(3) Existe constancia de que ya se practicaban amputaciones, cerrando las heridas por cauterización con hierros al rojo vivo.

(4) Nuada, Rí de los Tuatha de Danann, perdió la mano en una batalla. Esto provocó que perdiera también el trono, pues el Rí debía ser perfecto físicamente, y no lo recuperó hasta que Diancecht le construyó una nueva mano de plata, utilizando sus artes en la medicina y la herrería.

La cerveza corría en ríos entre los hombres que celebraban su victoria. Iobhar festejaba sin apartarse un segundo de su cuñado; tenía mejor cara y hasta se permitía alguna que otra broma, pero no habría podido llamarse su tánaiste si no fuera capaz de percibir una ligera inquietud en su amigo.

La llegada de Fiall le dio pie a expresar sus sensaciones, a las que el druida intentó quitar importancia.

— ¿Cómo vamos, hermano?— se sentó junto a Conall.

—Hay por ahí un druida empeñado en drogarme hasta las cejas por un rasguño en la pierna.

—Druidas— rió Fiall—, no saben qué hacer con tal de sentirse útiles.

—Y que lo digas.

Se encogió sacudido por un dolor que le atravesaba el muslo, como si la lanza siguiera allí, penetrando cada vez más hondo, retorciéndose dentro de su carne. Fiall no cambió de actitud y descubrió la cura con cuidado.

No le gustó lo que vio; a pesar del tratamiento dispensado no tenía pinta de haber mejorado un ápice y comenzó a preguntarse qué podía estar fallando.

Torcan apareció con dos cuernos llenos para los hermanos y Conall cambió de cara, compartiendo la alegría de la victoria.

 *****

—Cuéntanosla otra vez, tía Ceara, por favor.

Por lo general, los ruegos de Feenat siempre surtían efecto; Niamh bromeaba sobre lo blanda que se estaba volviendo con el embarazo, nada que ver con la terca niña que no daba su brazo a torcer.

—Sí, venga— Mellan se unió a su prima en la petición.

Durante las noches de otoño, cada vez más frías y aburridas, los niños trataban de persuadirla para que les contara historias mientras tejían o arreglaban cestos. Sin duda, la favorita de los tres era la llegada de Lugh a casa de los Tuatha Dé, y a menudo la corregían si cambiaba el orden de las palabras o se olvidaba de algún trozo.

—Está bien, pero es la última vez; no puedo pasarme la vida con el mismo cuento, mi hijo va a pensar que no me sé más— esperó a que los niños se sentaran a su alrededor y comenzó.

«Un día, Nuada, celebró una gran fiesta en Tara, a la que invitó a los sabios y especialistas en todas las artes. Después de que la reunión estuvo completa, se presentó ante el guardián de la fortaleza un desconocido pidiendo entrar en la ciudad. Era un joven apuesto y cubría su cabeza con una diadema de .

El guardián preguntó: — ¿Quién eres?

A lo que el visitante respondió: —Soy Lugh del Brazo Largo, hijo de Cían y de Ethne.

Entonces el guardián, siguiendo las instrucciones recibidas por Nuada, le preguntó:

— ¿Qué artes practicas? Puesto que nadie entra hoy en Tara sin conocer un arte.

—Soy un albañil.

—No te necesitamos. Tenemos un albañil.

—Guardián. Soy un herrero.

—Ya tenemos un herrero, el mejor de todo Éire

—Entonces— le dijo—, soy un arpista.

—Ya tenemos un arpista, capaz de ganar batallas con su música (5).

Él dijo: —Soy un guerrero.

El guardián respondió: —Ya tenemos un guerrero, y héroes sin rival que los derrote.

(5) Entre los celtas insulares, los poderes mágicos de la música eran tales, que se consideraba que el sonido de un arpa podía provocar la derrota, así como dominar la voluntad de los hombres; de ahí que los bardos arpistas fueran respetados y temidos por igual

Y el visitante afirmó: —Soy un poeta y un historiador.

—Bardos no nos faltan; vete por donde has venido si no tienes oficio mejor.

Él dijo: —Soy un hechicero.

—No te necesitamos. Nuestros druidas y nuestra gente con poderes son numerosos.

—Soy un médico.

—No te necesitamos. Tenemos a Diancecht como médico, capaz de reconstruir la mano de nuestro rey a partir de una pieza de plata.

Entonces, viendo que todas sus habilidades estaban siendo rechazadas, Lugh le hizo la última petición: —Pregúntale al rey si tenéis a un hombre que posea conocimientos de todas esas artes. Y si lo tiene, me iré sin entrar en Tara.

El guardián marchó al salón real a contarle al rey que en la puerta había un joven que decía ser maestro en todos los oficios. Nuada, intrigado, pidió al guardián que dejara pasar al muchacho, para que se presentara ante él.

—Mi guardián dice que dominas todas las artes conocidas. Pero deberás pasar una serie de pruebas para demostrarlo.

Entonces una gran losa de piedra, que requería de cuatro yugos de bueyes para moverla, fue lanzada por Ogma(6) hasta el centro del salón real.

(6) Dios de la elocuencia, su nombre da origen al alfabeto ogham

—Si quieres que te creamos, volverás a dejarla en su sitio sin ayuda alguna— le dijo el dios al joven; y Lugh, rápidamente, cogió la piedra y la lanzó hasta el lugar en el que se encontraba anteriormente.

—Que toque el arpa para nosotros— se oyó en el gran salón.

Y el guerrero tocó una música tan dulce que hizo dormir a todos los presentes durante todo un día. Después, tocó la música más triste y todos se pusieron a llorar y lamentarse; tocó la música más alegre y todos se sintieron contentos y felices.

Nuada, después de ver esto, se dio cuenta de que aquel joven poseía todas las habilidades de que había hecho gala, y le permitió un sitio entre los Tuatha Dé

—Y luego mató a Balor ¿verdad que sí, tía?

—Sí, Anle, luego mató a Balor, y liberó a los Tuatha Dé del dominio de los Fomoré. ¿Por qué te gustará tanto la parte más sangrienta de la historia?

—Porque yo voy a ser un guerrero— se estiró—, uno terrible, como el abuelo; y quiero aprenderlo todo de los héroes para no caer en las trampas que ellos cayeron.

—Donde vas a caer ahora mismo es en la cama— Niamh recogió a Mellan, que se había quedado dormido—, y no protestes, tu tía tiene que descansar, mañana te contará la batalla.

—Con mucha sangre.

—Sí, todo un mar de sangre y cabezas cortadas, no te preocupes— sonrió.

*****

El empeoramiento del estado de Conall se hizo más notable al amanecer; los escalofríos le recorrían de forma continua y su hermano consultó con sus compañeros, buscando una explicación a los delirios del guerrero.

«Las vi» le había confesado esa misma mañana «a Badbh, a Morrigan y a Macha(7), se me aparecieron justo antes de que me hirieran» y, aunque a Fiall le habría encantado no dar crédito al comentario, en su fuero interno sabía que las tres diosas no aparecían por casualidad, y que su presencia sólo significaba que habían reclamado la vida de su hermano.

Aún así mantenía la esperanza de poder combatirlas y se consolaba con que, por el momento, ninguna de ellas había vuelto para llevarse su alma.

(7) Tríada vinculada a la guerra. Badbh es el origen de la palabra “corneja” en irlandés. Esta diosa se presentaba convertida en el pájaro para anunciar la muerte al guerrero. Morrigan es la responsable de instigar a los guerreros en la batalla. Macha, además de ser asociada a los partos, también impulsaba la sabiduría del guerrero.

Torcan seguía junto a sus amigos preguntándose cuánto tiempo necesitarían para salvar a Conall y pensando en la suerte que habían tenido; buenos compañeros habían caído en la batalla y agradecía no ser uno de ellos, recordando a su preciosa Niamh y sus revoltosos Anle y Feenat que, a buen seguro, estarían trasteando por el rath de su tío ajenos a todo lo que sucedía en el trono sagrado del Laigin.

Cuando los cuatro druidas terminaron de observar la herida, el más experto de ellos sacudió la cabeza.

—Jugo de tejo, le han envenenado— el rostro de Fiall palideció; no eran buenas noticias.

—Habrá que llevarle a Bré y rápido— informó a Iobhar intentando parecer más sereno de lo que manifestaba su pulso acelerado—. Treasa sabrá qué hacer mejor que cualquiera de nosotros. Yo me adelantaré con un caballo.

Conall no sentía dolor alguno, pero tampoco era consciente de lo que le rodeaba; absolutamente todo le resultaba irreal, como envuelto todavía en el humo negro de las hogueras, aunque ya quedaran lejos.

 *****

Las hojas secas crujían bajo el peso de las ruedas del carro. Torcan guiaba el caballo mientras Iobhar se preocupaba por mantener inmóvil a su cuñado; las varas de avellano que Fiall había atado a lo largo de la pierna cumplían gran parte del encargo; pero cada piedra oculta por la hojarasca suponía un temblor que provocaba un leve gemido de queja en Conall.

Cruzaron varias aldeas en las que los niños observaron curiosos las cabezas conservadas con resina de cedro que colgaban del carro. Algunos las tocaban con un palo, como si temieran que sus dueños todavía estuvieran vivos y pudieran morderles o algo peor, si se acercaban demasiado.

Torcan e Iobhar rechazaron cada oferta de alojamiento y descanso, no tenían tiempo que perder; Fiall se había adelantado para avisar a la bandrui, pero lo más importante era que Conall llegara enseguida; el tiempo jugaba en su contra, así que se limitaron a aceptar la comida que les daban, por poca que fuera.

Lo que más les preocupaba era el propio caballo, no soportaría un viaje de dos días sin descanso, tendrían que cambiarlo o moriría por el agotamiento; pararon junto a un arroyo donde poder descansar unas horas antes de reiniciar el camino.

Entre los dos improvisaron un par de remedios que habían aprendido y sabían que mantener la temperatura de Conall baja era primordial; cada poco, Iobhar bajaba al agua para empapar telas con las que cubrirle; no se atrevió a destapar la herida que Fiall había curado con tanto esmero por miedo a lo que pudieran encontrarse.

En medio de las partes más sombrías, las ramas desnudas acechaban como enormes brazos de huesudas manos que quisieran atrapar la vida, era entonces cuando Iobhar redoblaba sus plegarias a los dioses e instigaba a Torcan para salir de allí lo antes posible.

Al cruzar por primera vez las aguas del Brí(8) respiraron con alivio; en apenas medio día estarían en casa y allí les esperaban Treasa, Niamh y Ceara; si había alguien en el mundo capaz de curar a su amigo eran ellas. Pero le inquietaba pensar que tendría que decirle a su hermana lo que había sucedido, incluso él se preguntaba una y otra vez por qué Conall no se había defendido, cómo no se había dado cuenta de que su atacante se acercaba por la espalda gritando a pleno pulmón. Claro que esto no le eximia de la culpa, le había prometido a Ceara que devolvería a Conall sano y salvo y no había cumplido como debía, por más que Fiall insistiera en que una batalla siempre es impredecible e incontrolable.

(8) Nombre del río Dargle, que desemboca en Bray (Bré)

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2 comentarios en “Capítulo 23

  1. Como fan de las escenas de acción me he llevado una grata sorpresa al leer la batalla en el Laigin. Pee a ser breve (hay que recordar que Los vientos sobre las colinas de Eire, no es un relato de acción) has captado muy bien la esencia del momento, me ha gustado como has introducido en ella la figura de la corneja y el desenlace a partir de ahí. En un mes, este viaje habrá terminado pero tengo el consuelo de que nos llevarás de vuelta a Eire para el goze de todos tus lectores. Un abrazo Auro.

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    • Me alegro de que la batalla te haya gustado, es una de las escenas que más miedo me daban y de las que más he necesitado saber que había quedado como debía.
      Confieso que estoy muy orgullosa de cómo quedó.
      Sabes que las escenas de mucha acción no son lo mío, pero además tenía que jugar con la parte “mágica” de la historia, y me encanta saber que conseguí transmitir todo lo necesario para que vierais una batalla real.

      Le gusta a 1 persona

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