Capítulo 22

el viento sobre las colinas de éire 22

El alboroto inundaba cada mañana en la casa y, aunque Branwen solía quejarse de no poder encontrar un segundo de tranquilidad, en el fondo estaba encantada de que Echna, Iobhar y Mellan formaran ahora parte de lo cotidiano. Sabía lo mucho que Ultan había deseado que su hija ocupara un lugar importante en el rath.

Quizá Aoifa fuera la que más había acusado la llegada de la sobrina del curtidor; los primeros días habían sido extraños entre ellas, de pronto tenía una prima que no conocía apenas y que, además, era la compañera del tánaiste de Conall y la mejor amiga de Ceara. Pero el carácter de la chica no permitió que se abrieran brechas; ahora las tres compartían tareas y cuitas, y Aoifa vio su reducido mundo ampliado con su presencia.

También estaba el pequeño Mellan, que hacía las delicias de todos y pasaba de unos brazos a otros en las reuniones diarias.

No escapaba a nadie la forma en que Conall le miraba, con una mezcla de ternura y tristeza; después de casi cuatro años desde su boda todavía no habían tenido hijos, y empezaba a pensar que no los tendrían nunca.

Alguien con más maldad que sentido común le había llegado a insinuar que Ceara estaba usando su conocimientos de medicina para evitar un embarazo; Conall decidió ignorarlo, sólo había que ver cómo cogía y acunaba a Mellan para darse cuenta de que no había nada más lejos de una mujer que no quería tener un hijo.

Iobhar, que tanto había echado de menos a Ceara, aprovechaba cualquier momento para estar con ella. Le costaba hacerse a la idea de que aquella joven de pelo rojo ya no fuera la niña traviesa que le seguía a todas partes arrastrando su arco; de hecho, no había nada más lejos de aquello, su carácter se había serenado y ahora, cuando se sentaba para recibir las demandas de sus vecinos, un halo de calma y sabiduría la rodeaba haciendo difícil no acatar sus decisiones.

Si había algo que no se podía negar era que Conall y ella formaban una pareja hermosa y equilibrada, hasta practicaban con sus armas juntos cuando tenían tiempo, e Iobhar tenía que admitir que su hermana las manejaba bien, poniendo en más de un aprieto a su corpulento amigo. Entonces, el hacha que Breccan le regaló colgaba de su cinturón, brillante y pequeña, aunque efectiva.

Ceara miraba con recelo el enorme telar que se apoyaba en el lado opuesto a la entrada, había pertenecido a Iona y le daba miedo usarlo como si se estuviera apropiando de sus cosas; pero lo necesitaba y tardaría demasiado tiempo en construir otro. Llamó a Aoifa, si era ella la que empezaba el tejido le daría menos apuro continuarlo.

—Ahora tú eres la reina— se quejó la joven—, no puedo ir delante de ti usando todo lo que mi tía dejó.

—Lo sé y, como soy la reina, te pido que lo hagas y lo haces.

El gesto de Ceara provocó la risa de Aoifa.

—Si lo hago es por tus poderes y no por tu posición, hechicera.

Cuando la joven la llamaba así, la palabra tomaba otro matiz lleno de cariño.

La llegada de Echna había reforzado los lazos entre las tres, no era raro verlas con Branwen preparando medicinas y a veces Aoifa salía con ellas para atender a los enfermos; la prima de Conall intentaba agradar y sorprender a Echna y Ceara con lo que iba aprendiendo de ellas. Si alguien la buscaba, era seguro que la encontraría en el secadero observando los manojos de hierbas, tratando de recordar cada una de sus aplicaciones. O con Mellan, mientras las otras dos llevaban a cabo sus ceremonias.

Todas las mañanas, al despertar el sol, las dos cuñadas se dirigían a la playa, buscaban un rincón apartado justo en la falda de la colina que limitaba por el sur y hacían su ofrenda a los dioses; la una para que su hijo creciera sano, la otra por concebir un hijo por el que pedir.

*****

La madre de Echna entró en la casa, traía un odre y unas botas que Iobhar había encargado al curtidor. Conall siempre la recibía con cariño, aunque a ella le surgía la duda de si se debía a que fuera la madre de su hermana o al hecho de que hubiera sido la compañera en la sombra de su padre durante los últimos días.

Ceara fue la primera en encontrarse con ella y la abrazó con familiaridad antes de llevarla hasta el patio trasero donde Echna y Mellan aprovechaban el sol para jugar.

—Primero debería darle esto al tánaiste— levantó el encargo.

—Bobadas, primero vas a ver a tu hija y a tu nieto, el tánaiste que se espere. Si tiene algún problema que lo hable conmigo.

A la mujer le gustaba Ceara porque, a pesar de su carácter impulsivo, nunca se atrevía a nada que no tuviera bajo control; cierto que muy pocas cosas quedaban fuera de este requisito, pero le constaba que a Iobhar, aunque fuera su hermano mayor, le costaba trabajo llevarle la contraria.

Mellan extendió los brazos hacia su abuela materna ignorando por completo a su tía.

—¡Serás zalamero!— le riñó Echna con una sonrisa en los labios.

—Igualito que su padre, sabe de sobra quién le interesa en cada momento.

El niño esperaba impaciente alguna chuchería y su abuela no le defraudó sacando un trozo de pan de nueces y pasas que hizo las delicias del pequeño.

—También quería pedirte un favor, hija— esperó a ver la reacción de Echna antes de seguir—. Tus hermanos ya tienen edad para aprender un oficio, y ninguno parece inclinado a heredar el curtidero. Tu tío ya se ha buscado un aprendiz y yo había pensado que, si Iobhar pudiera, a lo mejor la herrería era un buen lugar para ellos.

—No sé yo si darles armas a esos dos es una buena idea— bromeó.

—Ya no son niños, y estoy convencida de que, la admiración que sienten por el tánaiste, sería una base para que se conviertan en hombres de provecho.

No le faltaba razón, desde el regreso de Echna a Bré, los dos se habían escapado más de una vez a verla, aunque su verdadera intención fuera estar con su cuñado.

—Veré lo que puedo hacer— prometió sin seguridad—. Estoy convencida de que Iobhar sabrá manejarles.

Conall llegó en ese momento, después de dejar los tres conejos que había cazado en manos de Branwen.

—Buenos días, Rí Tuaithe— se levantó para inclinarse pero Ceara la frenó.

—No merece tanta cortesía, olvidó despedirse de mi esta mañana— se fingió molesta.

—Dormías y tenía que salir de caza.

—Lo mismo haré yo cuando llegue el momento. Sólo espero que haya merecido la pena— y corrió en busca de la cocinera para ayudarla a despellejar las piezas.

—A tu madre le habría acabado gustando, puede que al principio no, pero es imposible no cogerle cariño.

*****

Cada día, Iobhar regresaba de la fragua al anochecer y, cada día, Echna le preguntaba por sus hermanos con Mellan en los brazos. Su compañero se quejaba poco de sus cuñados, realmente estaban aprendiendo rápido y no le daban grandes problemas, aunque todavía tenían arrebatos a los que Iobhar se veía obligado a poner fin; si se descuidaba, uno de aquellos adolescentes descerebrados echaba mano de una de las espadas y retaba al otro, que se tomaba la afrenta como algo serio; pero el tánaiste había encontrado la manera de controlarles: la simple amenaza de tenerles una luna haciendo herraduras era más que suficiente para abortar aquellas bravuconerías.

Quizá lo más sorprendente de todo fuera que Conall, consciente de lo que había supuesto la marcha de sus sobrinos para el curtidor, acudiera a ayudarle cuando el trabajo requería unos brazos fuertes; era su forma de devolverle el favor por cuidar de Ceara los días previos al viaje a Tara, pero también por haber criado a Echna, con la que cada día se sentía más unido.

Había hecho suya la obligación de contarle anécdotas sobre Ultan, cosas que no habían traspasado los muros de su casa, y Echna lo agradecía.

—Sólo lo haces porque luego Ceara te recompensa— se burló la joven.

Disfrutaba con la atención de su hermano y le hacía rabiar con la forma en que el miraba a su esposa, que en aquellos momentos se mantenía siempre un poco apartada con Mellan o jugando al fidchell con Aoifa.

*****

—Yo no puedo enseñarles mucho más, y creo que les vendría bien alejarse de Bré por un tiempo, les ayudaría a madurar— Iobhar se refería a los hermanos de su mujer—. Mi padre podría enseñarles mejor que yo y le gustaría tener nuevos aprendices. Son un poco revoltosos, pero espabilan rápido.

Conall escuchaba distraído; el enorme jabalí se había puesto a tiro. Se mantuvieron en silencio al tiempo que cargaban las flechas en el arco.

El primer disparo no sirvió de mucho, apenas se clavó en la piel del animal y, aunque Iobhar tenía la burla en la punta de la lengua, se abstuvo de pronunciar palabra para no espantar a su presa.

El jabalí se volvió hacia ellos pero no logró detectarles; estaban en contra del viento, su olor no les delataría y, cubiertos de tierra como estaban tras la maleza, distinguirlos habría resultado imposible con su percepción miope del mundo que le rodeaba.

Iobhar aprovechó que el animal intentó retomar su camino para lanzar su flecha, esta vez en el blanco, y el jabalí se derrumbó en un segundo.

—De nada.

—No seas fanfarrón, yo le di primero.

—Y por poco se escapa. Reconoce que, de no ser por mí, esta noche cenaríamos de nuevo salmón, y eso si eres capaz de pescar alguno.

Toda la rivalidad entre ambos se limitaba a aquellos momentos. Conall le hizo un gesto de cansancio y practicó un tajo en el cuello, la sangre del animal señaló el camino seguido por los cazadores hacia las puertas de Bré.

— ¿Qué piensas hacer con esos dos?

Conall intentó retomar la conversación donde la habían dejado.

—Hablaré con Echna y, si le parece bien, mandaré a ese par a Dubh Linn con mi padre, o puede que con Eoghan a la aldea.

—Estoy seguro de que cualquiera podrá sujetarlos mejor que tú, al menos ellos pudieron hacer un tánaiste de ti.

*****

El frío todavía se notaba a primeras horas de la mañana y Echna y Ceara se afanaban en preparar los compuestos medicinales. En cuanto el sol ganase altura, el bullir de la ciudad haría imposible entretenerse. Se respiraba el ambiente que siempre precedía a Beltane, y ambas tenían que supervisar la construcción de los gigantes que arderían en una noche tan mágica.

A Echna no le pasó desapercibido que su amiga evitaba disimuladamente algunas de las plantas, pero se abstuvo de preguntar o hacer comentarios, limitándose a recoger ella misma aquellas raíces.

— ¿Renovarás compromiso?

—Depende de si tu hermano también está dispuesto, ¿imaginas que, llegado el momento, yo empiezo a caminar hacia él y se queda en el sitio?

—Le matarías.

Echna e Iobhar habían optado por una unión muy frecuente: serían matrimonio durante un año y, transcurrido ese tiempo, podían reafirmarse en su compromiso o seguir cada uno por su lado. La ventaja era la ausencia de dotes, y este era el principal motivo para que ellos lo hubieran querido así.

Ultan había reconocido a Echna como hija, pero no le había proporcionado bienes propios, y el curtidor no estaba obligado a responder por ella.

Conall entró con Mellan en brazos; el niño disfrutaba como nadie tironeando de los mechones oscuros de la melena de su tío, y el joven satisfacía así los deseos de un hijo propio.

—Si sigue así, un día descubriré que me ha dejado calvo— bromeó devolviendo el niño a su madre.

—Es un pequeño fuerte que empieza a disputarte el trono— lo recogió con dulzura—. ¿No te importaría acompañar a Ceara al río por mí?

Se divirtió con el respingo de su cuñada, que había adivinado la intención de dejarles tiempo a solas para que ella le contara lo que fuera que estaba escondiendo.

Los árboles tendían sus ramas sobre el agua oscura como si quisieran abrazarse de una orilla a otra, formando un arco por el que dejar pasar al río con gran ceremonia. Los bordes se inclinaban traicioneros, llenos de barro, y las piedras asomaban entre el agua formando remolinos que los cisnes blancos esquivaban luchando contra la corriente.

No era muy profundo, apenas cubría por encima de la rodilla en aquel recoveco, pero el peligro estribaba en el fango que se acumulaba debajo, resbaladizo y pegajoso, que podía atrapar a los incautos.

Estaba siendo una primavera extraña, con días inusualmente calurosos seguidos de pequeñas heladas que amenazaban con echar a perder algunas cosechas.

Una nube de mosquitos formaba una cortina antes de llegar al agua, la humedad y el calor los habían despertado antes de tiempo y sus picaduras eran muy molestas, sobre todo para los niños, por los que parecían sentir predilección.

Las huellas de un jabalí marcaban el sendero seguido por el animal desde el frondoso bosque hasta el lugar donde se había revolcado buscando la protección del barro contra los parásitos.

—Mellan sería un buen sucesor ¿no crees?

Normalmente, Conall no hacía comentarios de ese tipo, aún albergaba la esperanza de tener sus propios hijos, y tampoco quería que su esposa se viera presionada; hasta donde sabía, podía ser él quien fuera incapaz de engendrarlos.

—Me temo que tendrá que esperar— se sonrojó, e intentó evitar la mirada verde de su marido; llevaba tanto tiempo esperando poder darle aquella noticia que ahora no encontraba las palabras—. Estoy embarazada— casi fue un suspiro—, tres lunas.

Conall se quedó mirándola, tratando de asegurarse de lo que había oído y haciendo cuentas mentalmente, antes de levantarla en un abrazo.

—En Yule— casi bailaba, Ceara nunca le había visto así—, en Yule seremos padres de un hermoso niño

—O niña— le corrigió.

—Lo mismo da, hará temblar el rath entero. Los Tuatha saldrán de sus escondites para dar la bienvenida al hijo del lobo— la volvió a dejar en el suelo, y corrió a por unas flores que crecían en la orilla—. Para una reina hermosa— se las ofreció.

—Te pareces a tu sobrino cuando te pones tan zalamero ¿sabes?

*****

—Te dirigirás a Ceara y a Conall con respeto, nada de enseñar la espada que te ha hecho el abuelo hasta que el Rí Tuaithe te lo pida, ¿entendido?

—Sí, mamá.

Anle se estaba hartando de recibir instrucciones, no entendía a qué venía tanto protocolo, eran sus tíos.

—No le des la razón a tu madre como a una loca— le riñó Torcan, y Feenat le sacó la lengua.

A ella nadie tenía que decirle cómo comportarse, era una niña tranquila y obediente, excepto cuando se trataba de hacer rabiar a su hermano. A Niamh le costaba reprenderla con seriedad, le recordaba demasiado a Ceara.

—La tía Ce nos contará historias ¿verdad?

—Sabe las mejores historias de Éire

— ¿Mejores que las de Treasa?

—Mucho mejores. Se las contó la vieja bandrui, y ella las aprendió todas.

—Espero que se sepa la de Conla y el hada, es mi favorita.

El carro salió del bosque y el rath se hizo visible.

Comparado con Dubh Linn, no tenía nada de extraordinario, apenas ocupaba una tercera parte y, para Anle, resultó decepcionante. Su madre estaba insistiendo tanto en el trato respetuoso hacia Conall que, en su mente, la ciudad que gobernaba su tío se había convertido en algo enorme y espectacular, cualquier cosa menos aquella empalizada de madera que rodeaba una superficie poco más grande que la aldea de los druidas.

A Niamh se le aceleraba el corazón, Fiall había acudido para decirle que Ceara estaba embarazada y había vuelto a tener aquellos sueños inquietantes. Su visión nunca había sido nada extraordinario y, desde que se mudó a Dubh Linn, parecía que los dioses se habían cuidado mucho de enviarle mensajes durante sus horas de sueño; casi había olvidado que aquellos mensajes eran crípticos y la obligaban a ahondar en cada escena para comprender lo que escondían en realidad. La proximidad de Bré no ayudaba, el desasosiego crecía a medida que la ciudad se agrandaba ante sus ojos.

—Mira, mamá: tres cisnes, como los hijos de Llyr (1)— la llamó Feenat —. Ya sé. Le voy a pedir a la tía que nos cuente esa historia en cuanto lleguemos. ¿Puedo, mamá, puedo?

—No depende de mí— se esforzó por mostrar una sonrisa—, pero podremos preguntárselo enseguida— señaló la figura que se dirigía hacia ellos.

(1) Los hijos de Llyr es, quizá, uno de los cuentos más queridos en Irlanda, aunque también tiene su versión en Gales. Se trata de la historia de los hijos de Llyr y Aebh, tres niños y una niña; al morir su madre, Llyr se casó de nuevo con la hermana de ésta, Aiffe, que odiaba a sus sobrinos por el amor que el Rí les profesaba; celosa, los transformó en cisnes por novecientos años, obligándoles a moverse cada trescientos años de lugar.

Ceara llevaba todo la mañana en los alrededores del muro exterior, haciendo que buscaba plantas útiles para su botica, con un ojo puesto en el camino del norte, esperando la aparición de su hermana. Tenía tantas ganas de estar con ella, incluso le apetecía ver a Torcan ahora que entendía mejor por qué se había llevado a Niamh de Deilg Inis.

*****

La reunión se vio interrumpida por la entrada en el salón de un joven jadeando; ninguno de ellos le conocía, pero se notaba la urgencia en su rostro.

Dún Ailinne(2) pide vuestra ayuda, Rí Tuaithe— logró decir casi sin aire.

Conall se levantó y le ofreció cerveza, dejándole un sitio donde sentarse.

—El Muma pretende tomar la colina del trono.

— ¿Y el Ard Rí?

—Está en Alba, por eso su hermano ha decidido atacar ahora. Vengo desde Dún Ailinne pidiendo ayuda; Aillil(3) no se conformará con la colina, querrá todo el Laigin— el gesto incrédulo de Conall le indicó que no estaba logrando su objetivo—. No lucharéis por el Rí Ruirech, lo haréis por vuestro tuath, señor.

Decidieron terminar la cena, Aoifa acostó a los niños y preparó un lugar para que el mensajero descansara.

—Habrá que reunir al consejo, no es una decisión que dependa únicamente de mí.

(2) Colina en la que se asentaba el trono del Laigin.

(3) Hermano de Niall, que reinó el Muma.

Ceara y Echna intentaban ocultar su preocupación, una incursión del Muma a espaldas de Niall suponía un peligro para cualquier tuath del Laigin. Pero Iobhar confiaba en que el Ard Rí pudiera regresar pronto y poner fin a las ansias territoriales de su hermano; mientras tanto, Dún Ailinne debería defenderse solo, y eso implicaba ir a la batalla.

Un brillo peligroso comenzaba a invadir sus ojos grises, su espíritu guerrero empezaba a abrirse paso ante la posibilidad de entrar en combate y ansiaba que el consejo diera el visto bueno a su apoyo en la guerra contra el reino vecino.

Torcan se mantenía apartado, valorando las consecuencias de la decisión que tomaran en última instancia Conall y su tánaiste; se maldecía por haber viajado a Bré en aquel preciso momento. Él era un hombre sencillo. Claro que sabía pelear, todos sin excepción eran educados para hacerlo; hasta Niamh estaba preparada para empuñar una espada si fuera necesario, pero prefería la quietud y seguridad de su herrería a la gloria que pudiera esperarle en combate.

También sopesó los pros y los contras de pelear por Dún Ailinne: si marchaban al trono del Laigin para evitar que cayera en manos del del Muma, evitarían también que la guerra pudiera acercarse más a su familia, eso sólo si ganaban y, aunque el espíritu vencedor se le había inculcado desde la cuna, ahora dudaba de sus posibilidades. En una batalla unos ganan y otros pierden, pero ninguno acude a ella esperando ser de los segundos.

El mensajero concedió esperar al día siguiente para recibir una respuesta que llevar al Rí Ruirech.

—Así podrás descansar— intervino Ceara— y emprenderás el regreso con mejor disposición. Agradeció el ofrecimiento de la reina y se retiró.

El silencio se impuso con la salida del joven y cada uno trató de ordenar sus pensamientos. Así que la irrupción del druida en la reunión pilló desprevenidos a todos.

Fiall lucía ahora una poblada barba que, sin embargo, sólo le daba aspecto de niño grande, nada más.

— ¿Qué opinas, hermano?— Conall ignoró los saludos.

—Que deberías darme de comer y luego hablaremos.

Ceara le acercó una bandeja con pescado. La mirada de Conall no se apartaba de las manos de su hermano desmenuzando la pieza de salmón con parsimonia, como si no tuviera prisa por terminarlo, y eso le resultaba irritante.

— ¿Qué ha dicho el consejo?— se sacudió las manos.

—No lo sé, aún no he tenido tiempo de reunirlos. Dime tú ¿qué debemos hacer?

—Hay motivos para acudir, pero también para mantenernos al margen— siguió con calma.

—Entonces consúltalo con tus dioses, druida, y dame una respuesta antes de que amanezca— Conall dio así por terminada la conversación y se marchó murmurando.

—La paciencia nunca fue su fuerte ¿verdad?— sonrió a su cuñada, la mirada reprobatoria de Iobhar se cruzó en su camino—. Está bien, veré lo que puedo hacer— se levantó—. Os necesitaré a las dos— señaló a su hermana y a Ceara—. En marcha, o saldrá el sol.

*****

Una humedad cálida envolvía el ambiente, el cielo estaba despejado, y una enorme luna llena se reflejaba en el mar lanzando sus destellos plateados por doquier. Los tres se internaron en el bosque que bordeaba el río en busca de un pequeño claro. Fiall portaba un carcaj sin flechas ni arco; dentro, unas varas de hierro tintineaban con cada paso. Detrás de él, Echna y Ceara se ajustaban las capas para protegerse de la ligera brisa que se colaba entre los árboles.

—Aquí valdrá.

Se paró entre cuatro troncos gruesos y secos desde hacía años, colonizados por las enredaderas. Soltó el carcaj y su capa invitando a las dos mujeres a hacer lo mismo. Luego se quitó la ropa, y ambas le imitaron; la sombra de Ceara proyectaba una ligera curvatura a la altura de su vientre y Fiall se detuvo un momento a observarla; si siempre le había parecido hermosa, ahora lo era aún más.

Con ayuda de unas ramas trazaron sendos círculos concéntricos en el suelo, cada una en un sentido empezando por el norte. Que nunca hubieran asistido en aquel ritual no significaba que no supieran cómo hacerlo. Se apartaron un par de pasos, dejando que Fiall entrara, antes de cerrar el dibujo.

Las varas de metal emitieron un ruido agudo al caer unas sobre otras en el centro del espacio sacralizado y, aunque la tentación por ver la posición en que habían caído era insoportable, las dos lograron mantenerse lejos dejando que fuera Fiall quien interpretara las señales.

Esperaron durante varios minutos a que el druida les indicara que el ritual había finalizado y, entonces, fueron borrando los trazos sobre el suelo en sentido inverso al que usaron para escribirlos.

Ceara observaba el rostro de su cuñado, intentado descubrir qué tipo de mensaje había recibido, algo de lo que fue incapaz; ni siquiera de camino al rath pronunció una palabra.

*****

Iobhar encontró a Fiall sentado en el salón del trono, en la misma posición en que Echna y Ceara le dejaron la noche anterior. No se atrevió a decirle nada, su mirada perdida en el infinito le inspiraba un respeto enorme y le hacía sentirse ante un extraño, un hombre que nada que tenía que ver con el muchacho parlanchín que le había recibido en la aldea tantos años atrás.

Fiall sólo despertó de su estado de meditación cuando el Rí Tuaithe apareció.

—Dime, druida, ¿qué mensaje tienes para mí?

A Fiall le molestaba cuando su hermano tomaba aquella actitud distante y un tanto socarrona; igual que cuando eran niños y él traía un mandando de sus padres.

Conall era un hombre orgulloso y detestaba aceptar que su hermano menor pudiera decirle lo que tenía que hacer; pero de sobra sabía que, debajo de aquella piel de lobo, se escondía un cordero tímido buscando la protección de un rebaño que había ido creciendo con el tiempo.

El joven se incorporó intentando parecer más poderoso y más respetable sin conseguirlo; su estatura no llegaba más allá del hombro del guerrero que tenía delante, aunque le consolaba que Iobhar fuera más menudo aún.

—Iremos a la batalla, y venceremos— dijo con cierto orgullo.

— ¿Has oído, hijo de las hadas? Podrás probar tu valor— la sonrisa de Conall se había serenado mostrando una confianza ausente minutos antes—. Me pregunto si las agallas te llegarán para decírselo a mi hermana.

—La temo a ella más que al más aguerrido valiente del Muma.

—Y razones no te faltan— se mofó—, es la hermana del lobo, puede morder sin que te enteres.

—No pienso morder a nadie— interrumpió Echna—, pero más te vale devolvérmelo entero o esta loba se hará con tu reino.

Fiall disfrutó de aquel momento de normalidad, y prefirió callarse la segunda parte del mensaje recibido. Sabía que tres guerreros saldrían de aquella casa hacia Dún Ailinne y la guerra, lo que no estaba tan claro era cuántos regresarían.

*****

Antes de salir el sol, las sombras encapuchadas de cuatro hombres y un niño atravesaron las puertas de la empalizada en dirección al río.

El silencio les precedía rompiendo el aire frío que parecía dar cuerpo a cada partícula que les rodeaba; los cisnes se hacían notar por la claridad de sus cuerpos encogidos contra la orilla oscura, ajenos a la solemnidad del acto del que serían testigos involuntarios.

A Anle le costaba seguir el ritmo de su padre y sus tíos, sus cortas piernas no le permitían ir más rápido, más aún cargado con su espada, que arañaba el suelo dejando un surco en la tierra húmeda de rocío.

Conall, Iobhar y Torcan se detuvieron a unos metros de la ribera, callados, dejando que el vaho cálido emergiera de sus bocas como único testimonio de su presencia, mientras Fiall se adentraba solo un poco más allá, entre las siluetas yermas de los árboles que conformaban la primera frontera hasta el agua.

Lugh(4), el de los mil oficios— inició su saludo solemne—, hoy tres guerreros te ofrecen sus armas, buscando ayuda en la batalla.

Se agachó hasta tocar con sus manos la tierra congelada cercana al agua que fluía espesa como la sangre, como si una película de hielo empezara a crearse sobre ella.

—Tú, que venciste a Balor(5), el del único ojo, inspírales con tu inteligencia y devuélvelos sanos a su hogar para que puedan honrarte tras la victoria.

El druida permaneció allí quieto un rato más, mirando al fondo de las aguas negras, esperando que el destello del primer rayo de sol brillara en su corriente.

Un salmón despistado cruzó frente a él asomando su joroba por la superficie del río. Luego Fiall se separó de sus visiones para ir a buscar a sus compañeros y les condujo hasta el lugar elegido.

(4) Uno de los dioses más conocidos y versátiles del panteón celta, medio Tuatha Dé y medio Fomore. La vía láctea recibió su nombre. También se le dedicaban los llamados “santuarios de Lugh” donde los guerreros sacrificaban armas ceremoniales.

(5) Rí de los Fomore, era el abuelo de Lugh por parte de madre, poseía un único ojo con el que fulminaba a quien miraba. Lugh se enfrentó a él en batalla; la historia cuenta que logró derrotarle sacándole el ojo con un golpe de su honda. Así los Tuatha lograron el control de Éire

Torcan miraba con orgullo las cuatro espadas, forjadas en menos de una semana; en sus hojas, inscritos a fuego, los ruegos por los valientes.

Anle había insistido tanto durante los días previos, que tuvieron que hacerle una, después de que Fiall hubiera aceptado que formara parte del ritual. Algún día sería tánaiste de Bré, Lugh debía protegerle también, aunque todavía fuera demasiado joven para ir a la batalla.

Se metieron en el agua hasta las rodillas; un par de metros más allá, el río ahondaba su lecho haciendo imposible saber qué había en el fondo. Era un punto mágico en el que estaba prohibido pescar bajo pena de muerte.

Las almas de los guerreros que posaron allí sus espadas contaban con la ayuda de las hadas del agua para protegerlas, seres implacables capaces de matar con tal de conservar intacto su santuario en honor a Lugh y sus valientes.

Tras unas palabras, Fiall les reclamó las armas y cada uno de ellos ató en su empuñadura un mechón de su pelo.

Las espadas fueron arrojadas al centro del río y se hundieron en apenas un segundo, su propio peso las arrastró al fondo creando unas ondas que crecían hacia ellos, luchando contra la corriente que bajaba embravecida camino del mar.

El frío del agua empezaba a dificultarles los movimientos, Anle tiritaba, aunque no emitió un sonido de protesta; tenía que ser fuerte, demostrarles a sus tíos y a su padre que era un valiente y que merecía el honor de haber participado.

Y se mantuvieron allí hasta que el último de aquellos círculos acarició la orilla.

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