Capítulo 21

el viento sobre las colinas de éire 21

El jinete cruzó la empalizada en silencio, la gruesa pieza de lana ocultaba un rostro taciturno, traía noticias y una petición. Nadie se atrevió a interponerse en su camino, el color verde de la capa denotaba su rango, y el señor del rath fue avisado de su presencia.

Conall recibió a su hermano en un abrazo fuerte que le fue devuelto con timidez.

—No la avises todavía— le pidió, intuyendo las intenciones del .

—Estará encantada de verte.

—En parte lo dudo, vengo a decirle que el maestro ha muerto.

A Conall le costó encajar el golpe; a pesar de la distancia, tras la muerte de Ultan dos años atrás, el viejo druida había sido lo más parecido a un padre para él y, aunque sabía que ningún hombre era eterno, debido a la edad y su calidad de druida supremo, muchos habían pensado que él sí podría escapar de las manos de la muerte.

—Treasa está destrozada y ha llamado a Ceara en su delirio, tendrá que volver conmigo a Deilg Inis; desconozco qué pasará después.

Este revés era demasiado fuerte, lo notaba en el estómago, temiendo por que su preciosa esposa se viera obligada a quedarse allí, lejos de él, como Treasa lo estaba de Breccan. ¿Era ese su maldito destino?

—Aoifa me ha dicho que estabas aquí— Ceara entró con una sonrisa radiante, un poco más gorda que antaño, con la felicidad desbordándole por cada poro—. Druida— le hizo una reverencia burlona, antes de colgarse de su cuello.

—Amor mío— Conall intentaba hallar una forma suave de decírselo—, Fiall viene a decirnos que tu abuelo ha muerto.

Para sorpresa de ambos, ella ni se inmutó.

—Lo sé, la banshee vino anoche— recompuso su vestido con calma—. Y los dioses le acogerán con gozo en su isla más allá del mar.

La joven siempre era una caja de sorpresas, y a su marido a veces se le olvidaba que, tras la fragilidad aparente de su rostro claro, salpicado de diminutas pecas, y el brillo mágico de sus ojos verdes, se escondía una mujer fuerte y una hija de la isla.

—Tu madre quiere que vayáis— informó su cuñado, visiblemente aliviado ante su actitud.

—Enseguida. Aoifa se quedará aquí con Branwen hasta que volvamos. Debemos partir pronto si queremos llegar a tiempo. Y, Conall, dale de comer a tu hermano; no es justo que deshaga el camino con el estómago vacío.

— ¿Cómo no la iba a hacer mi esposa?

Sonrió a Fiall cuando Ceara desapareció de nuevo.

—Si no lo hubieras hecho tú, yo me habría ofrecido voluntario.

—No habrías podido con ella, a veces ni yo mismo puedo.

*****

Echna les esperaba en la aldea de los druidas; ocultó su preocupación con la mejor de sus sonrisas. Ceara recordó una ceremonia parecida tanto tiempo atrás que le pareció que había pasado toda una vida.

—Esta vez será distinto— le susurró en medio de un abrazo—. Hermano— se acercó a Conall.

El Rí Tuaithe había dejado de sentirse incómodo cuando ella le llamaba así; las reticencias de los primeros días después de que su padre reconociera a la sobrina del curtidor como hija habían quedado atrás, influenciadas más por el vínculo entre su esposa y la joven que por la promesa hecha a su padre en su lecho de muerte. «Cuida de tu hermana» le había pedido entre sus últimos suspiros, que llegaron poco después de la coronación de Conall y Ceara, a decir de ésta porque echaba terriblemente de menos a Iona y se había abandonado al dolor.

— ¿Y mi madre?

—En la isla. Niamh llegará pronto con Iobhar. Pero Etaine y Orna están con ella, la han sedado tanto que no parece la misma. No te asustes cuando la veas.

Esto sólo agravó la ansiedad de Ceara por ver a la bandrui; le costaba hacerse a la idea de una Treasa tan destrozada que necesitara tales cuidados.

—Llévame a ver a mi abuelo— pidió con miedo. Fiall la acompañó a una de las cabañas.

Alrededor de un cuerpo tendido se sentaban tres hombres, Eoghan era uno de ellos y se levantó en cuanto la vio entrar.

Por entre el abrazo en que la mecía el que fuera mano derecha de su bisabuelo, pudo ver la mortaja; era extraño pensar que aquel bulto fuera el hombre que se dedicaba a sonreír con sus arrugas enmarcándole lo ojos, ausente de su categoría cuando jugaba con ella y sus hermanos de pequeños.

En cuanto se vio libre del herrero, se arrodilló ante el cadáver durante unos minutos, rogándole a Dana que le acogiera con cariño pues les había servido bien.

—Es hora de cruzar— le dijo Echna, ayudándola a levantarse.

A punto estaban de subir al curragh cuando aparecieron Niamh e Iobhar por el camino del norte. Los niños llegarían más tarde, con Torcan y Breccan.

Los saludos entre los hermanos y viejos amigos fueron el único momento de verdadera alegría; en cuanto pisaron la isla de su infancia, el dolor de Treasa se hizo palpable, erizando el vello del más valiente.

Etaine y Orna dejaron que las hijas de la bandrui entraran primero. A Niamh se le encogió el alma al ver a su madre, hecha un ovillo en un rincón, con el pelo enmarañado delante de la cara ocultando los surcos que las lágrimas habían hecho en su rostro durante dos días.

Parecía más pequeña e insignificante que nunca y el instinto maternal de Niamh la llevó a abrazarla y acunarla como si se tratara de uno de sus hijos.

Ceara permanecía petrificada en la puerta, no había imaginado que las advertencias de Echna fueran menos exageradas de lo que había supuesto.

—Mamá— la voz de Niamh era un susurro dulce—, Iobhar y Ceara también están aquí.

Treasa reaccionó levemente, levantando sus ojos grises hacia la puerta donde la silueta de su hija estaba ahora acompañada de la de su primogénito.

*****

—Lleváis ya tres años casados, y no tenéis hijos aún— Fiall intentó que no sonara a reproche, sabía que era el único punto que empañaba la felicidad de Conall y Ceara—. Deberías nombrar un tánaiste(1) de una vez.

(1) Se trata de la mano derecha de un gobernante. A día de hoy todavía se utiliza este título para el viceprimer ministro irlandés.

— ¿Y a quién han elegido los dioses para ese honor?

Eran demasiados años junto a su hermano para no saber cuándo callaba.

—Será de tu agrado, y del de Ceara— sonrió—. Iobhar es el elegido.

El alivio asomó en la cara de Conall, habría mentido si hubiera dicho que no se le había pasado por la cabeza en más de una ocasión.

—Él ya sabe cuál es su destino y Breccan, aunque un tanto apenado, acata la decisión.

Conall sólo podía pensar en lo contenta que se pondría Ceara cuando lo supiera, quizá aquella noticia fuera el mejor modo de que olvidara, al menos por un rato, la situación que estaban viviendo.

Torcan se esmeró en cuidar de Anle y Feenat en lo que Niamh se encargaba de su madre. No eran muy revoltosos, pero Deilg Inis tenía demasiados estímulos para dos niños que empezaban a moverse libremente, cada día un poquito más lejos de la sombra de sus padres.

Echna se prestó a ayudarle enseguida y se los llevó a ver las focas, contándoles que a su madre le había encantado verlas, lo que provocó en Feenat una impaciencia incontrolable.

Ceara dio gracias por que Breccan hubiera conseguido que Treasa se mostrara alegre. Seguía siendo extraño para ella el vínculo que unía a sus padres, a pesar de la distancia, y le reconfortaba pensar que había alguien en el mundo capaz de humanizar hasta ese punto a la bandrui.

*****

No celebraron una ceremonia, al menos nada que mereciera la pena denominar como tal. Se limitaron a despedirse del patriarca de su familia, e Iobhar se dio cuenta de que Anle y él eran los únicos hombres que quedaban de aquella estirpe. Nunca había sido tan consciente de lo que suponía el poder de su madre y hermanas hasta ese momento.

Él era un herrero, Anle no mostraba gran interés por las cuestiones mágicas y Mellan, su propio hijo, era demasiado pequeño para saber si algún día se convertiría en druida.

Puede que animado por estas reflexiones, su actitud fuera aún más solemne de lo que cabía esperar; no decían sólo adiós a su bisabuelo, decían adiós al último druida de su familia y eso le daba un poco de pena.

Al atardecer Eoghan y Fiall, con el resto de druidas de la aldea, se alejaron por la costa con el cadáver; ellos serían quienes ayudaran al anciano a encontrar el camino al lugar donde las almas esperan su reencarnación. Y el resto se quedó en la isla celebrando la vida de aquel hombre, contando las historias que le recordaban con cariño e inculcando, en la medida de lo posible, su sabiduría a sus más pequeños descendientes, que cayeron en un profundo sueño apenas se reunieron en torno a la hoguera.

—Iobhar será mi tánaiste— declaró Conall cuando se quedó a solas con Ceara—. Volverá con nosotros a Bré, y supongo que Echna querrá venir también, si sus tareas aquí se lo permiten.

—Sería una gran noticia, nada me haría más feliz que tener a mi hermano, mi mejor amiga y mi sobrino en casa.

Iobhar y Echna habían comenzado una relación que, aún sin tratarse de un matrimonio, se le parecía bastante. Fruto de esto había nacido Mellan, un pequeño que ahora sumaba un año y que era el vivo retrato de su padre salvo por la nariz.

—Yo también quiero tener a mis hermanos cerca, aunque dudo que Fiall pueda pasar tanto tiempo con nosotros ahora que tu abuelo ya no está.

Ambos sabían que el anciano había puesto todo su empeño en que el hijo menor de Ultan adquiriera los conocimientos necesarios para sucederle; era el único con capacidad suficiente y contaba con la aprobación del resto de ancianos.

Ceara se durmió aquella noche pensando en la forma de convencer a su madre para que dejara marchar a Echna; quizá tuviera que tirar de sus mejores dotes de persuasión y que necesitara la ayuda de sus hermanos; si los tres se unían, tenían más probabilidades de salirse con la suya. Sólo esperaba que, a cambio, no la hiciera quedarse a ella.

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