Capítulo 19

el viento sobre las colinas de éire 19

Indudablemente aquel era el momento y, contra todo pronóstico, Ceara se sentía como si fuera a saltar al vacío desde lo más alto de un enorme precipicio; el estómago no había dejado de darle vueltas durante el día y apenas había conseguido tragar un par de infusiones que le habían llevado.

No estuvo sola ni un momento, Echna había invertido cada segundo libre para ayudarla a preparar su equipaje y su hermana, después de dar de comer a sus sobrinos, estaba allí tratando de relajarla.

—Nada va a cambiar, ya lo verás— le decía Niamh, mientras terminaba de colocarle el pelo—. Se le nota en la forma en que te mira, él te quiere; no todo el mundo tiene esa suerte.

Ató la última de las largas trenzas con la tira de cuero, igual que había hecho ella cuando la novia era Niamh.

Desde ese día tendría que llevar el pelo trenzado como señal de su matrimonio; le encantaba, pero la simple idea de verse obligada a rehacerlo de cuando en cuando le suponía un atisbo de ansiedad, como si tan pequeño detalle implicara una renuncia a su libertad de por vida.

—Debes ser la novia más hermosa que jamás pisó esta isla— Treasa apareció con los ojos iluminados ante su hija, que ya llevaba el vestido que con tanto esmero había tejido durante el verano—. Todo Bré debería celebrar tener una reina como tú, en todos los sentidos.

—Claro— se levantó del escaño—, y yo ¿debería celebrar convertirme en esa reina?

—Tienes miedo y es lógico, pero se te pasará en un rato. Conall hará lo imposible por verte feliz

La cortina se entreabrió y asomó la cabeza de Breccan, el padre se acercó lentamente como si temiera romper algún rito prenupcial entre mujeres.

—Gracias por venir.

Le notaba muy anciano, más de lo que recordaba.

—No me iba a perder la boda de mi hija y el de mi amigo por nada del mundo. Estás preciosa, mi niña.

Su ternura hizo aparecer la sombra de una lágrima en los ojos de la joven, pero logró retenerla hasta que se consumió sola.

—Está bien. Vámonos, Niamh— Breccan la besó en la frente y siguió a su esposa.

—No tardes— dijo cerrando la cortina tras de sí.

Ceara se quedó un segundo mirando todas sus cosas dentro de la bolsa; resultaba minúscula en comparación con lo que suponía toda una vida en Deilg Inis. Metió su carcaj en el saco, el carcaj que Iobhar había decorado con metal para ella como regalo de bodas, un pequeño guiño a su niñez que terminaba en ese momento de forma definitiva.

Estiró el lino azulado de su vestido intentando que las arrugas desaparecieran sin mancharlo, le sudaban las manos a pesar de que el gemido del viento se colaba por la puerta.

Dejó caer un par de rizos sueltos sobre sus hombros y salió dispuesta a comenzar su nueva vida junto al hombre que ella había elegido.

*****

Iobhar y Fiall la esperaban cubiertos con pieles y armados, las leves sonrisas que le dirigieron no consiguieron calmar el nudo que se le estaba formando en la garganta. Caminaron a su lado hacia el círculo de piedra, Ceara notó cómo su pulso se aceleraba mientras los pétalos caían delante de ella.

Apenas distinguía las caras sonrientes de sus compañeras a los lados, sólo miraba al frente viendo cómo se acercaba a aquel lugar sagrado entre cuyas piedras había jugado tantas veces; estaban todos esperándola preparados: su madre en el centro con su padre y el padre de Conall junto a ella; su bisabuelo detrás, sentado en un tronco que habían llevado especialmente, era muy viejo y a sus vetustas piernas les costaba sostenerlo en pie durante mucho tiempo.

Al pasar entre las piedras exteriores del círculo no pudo evitarlo y extendió sus dedos para rozarlas, necesitaba algo de su fuerza para dar los últimos pasos. Levantó la vista y encontró la sonrisa de Niamh; la luz de sus ojos azules, como siempre, la tranquilizó.

Por fin llegó al centro, Iobhar y Fiall se colocaron junto a Conall. ¿Eran imaginaciones suyas o parecía más corpulento?

El cuero de su coraza brillaba a la escasa luz del fuego; sin duda lo habían engrasado, también apreció el breve destello de los adornos metálicos que llevaba en el pelo, pequeñas piezas cuidadosamente entretejidas.

Por un segundo notó que él estaba casi tan nervioso como ella, pero la sonrisa que le acababa de dedicar disipó todas sus dudas y miedos. A partir de ese momento sólo ellos serían dueños de su destino y, aunque la idea de regresar a Bré para convertirlo en su nuevo hogar le atenazaba el pecho, supo sin dudarlo que, mientras Conall estuviera con ella, cualquier lugar de la tierra sería perfecto.

*****

Le costó concentrarse en la ceremonia; tiempo después aseguraría recordar únicamente el rostro emocionado de su padre, la serenidad en los ojos de su madre y el brillo eterno en la mirada de Conall mientras giraban alrededor del mayo dispuesto con cintas para la celebración. En aquel momento poco le importaba dejar Deilg Inis para siempre o lo que los dioses le depararan en su camino.

Encontraron un momento de intimidad para sentarse juntos, a solas, cerca del pozo. Todo el mundo estaba bailando y comiendo, lo suficiente como para olvidarse de los protagonistas.

— ¿Recuerdas el camino a Tara?— la sentó sobre sus rodillas, ella asintió mientras jugaba con el pliegue de su falda—. Fiall intentó asustarme con que fueras un hada salida del sidh para arrastrarme a tu mundo mágico y no dejarme volver nunca— Ceara sonrió divertida con la idea—. Hoy me lo habría creído— confesó antes de besarla.

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