Capítulo 18

el viento sobre las colinas de éire 18

Los días siguientes a la muerte de Iona fueron un tormento para el mayor de sus hijos; albergaba en su corazón dos sentimientos encontrados, y tan distintos, que le obligaban a sentirse culpable. Fiall trató de ayudarle a reconciliarse consigo mismo, sobre todo después de anunciar su boda. Aoifa, todavía asimilando la muerte de su tía, no había sido capaz de contenerse al recibir la noticia.

—Enhorabuena, primo, no podía suceder en un momento mejor. Ahora que Iona no está, podrás casarte con tu hechicera. Es una casualidad intrigante ¿verdad?

Aquella acusación velada por el dolor le mantuvo despierto durante muchas noches, y le costaba evadirse de la dudas sobre si Ceara, como insinuaban algunos, había tenido algo que ver con la enfermedad de su madre.

Ultan, conocedor de las tribulaciones que asediaban a su heredero, le convocó junto a Fiall.

—Voy a reconocer que están siendo unos días difíciles para todos nosotros— las arrugas del Rí Tuaithe se habían vuelto más profundas debido a la falta de sueño—. Conall, has traído de Tara una gran noticia, y mentiría si dijera que eso no ha dado alegría a mi corazón. Sé que piensas que tu madre nunca habría aprobado ese enlace, pero Iona ya no está aquí y tienes mi bendición para casarte con Ceara. Ámala como yo amé a tu madre, sólo te voy a pedir eso.

El silencio invadió el salón durante unos minutos sin que ninguno se atreviera a decir nada más.

—Padre— Fiall se adelantó finalmente hacia el trono—, el anciano druida ha propuesto el Samhain como fecha para la boda; hemos acordado que, hasta entonces, mi hermano y yo nos quedaremos aquí contigo. Una vez estén casados yo no regresaré a Bré, allí me necesitan y sabes que llevo esperando esto toda la vida.

La voz del joven temblaba, quizá no fuera el mejor momento, pero no habría encontrado fuerzas más adelante para dar a conocer la totalidad de sus planes.

—Así que ¿no sólo acabo de perder a mi esposa sino que, además, en breve perderé también un hijo?— se le veía derrotado por la vida.

—Ganarás una hija— intervino Conall, que hasta entonces se había mantenido en un respetuoso segundo plano.

—No voy a decir que me parezca un trato justo, pero puede que ella sea la única capaz de traer de nuevo la alegría a esta casa— se levantó cojeando, y no rechazó la ayuda de su hijo menor—.Y, Conall— se volvió antes de salir—, Aoifa y Ceara se harán amigas, aunque ahora sea capaz de decir cosas tan terribles. Es su dolor por la pérdida de Iona la que habla, no deberías darle más importancia.

Pero al joven le remordía la conciencia y se sentía impotente ante las acusaciones vertidas sobre su prometida. ¿Y si era cierto que había envenenado a su madre?

Sacudió la cabeza; no, la mujer con la que iba a casarse no era capaz de semejante vileza, ella había intentado que Iona la apreciara, no tenía sentido que la hubiera quitado de en medio; no si ella no sabía de antemano que se casaría con él. Su compromiso había surgido del viaje y, antes de eso, nada habría hecho pensar a Ceara que él pudiera convertirse en su esposo algún día.

Sonrió para sí, cuán diferente era ahora a cuando ella llegó acompañada de Iobhar; si su madre hubiera vivido lo suficiente para ver en su futura mujer algo más que una hechicera… Su padre tenía razón, aunque, en el fondo, se alegraba de no tener que convencer a Iona de que Ceara era tan maravillosa como él la veía.

Un calor le invadió el estómago al pensar en ella y, por primera vez en cuatro días, se dio cuenta de que tenía motivos para ser feliz.

*****

Descargaba su enojo con el mortero en el que machacaba las flores de saúco. En vez de estar allí preparando drogas debería estar en Bré acompañando y consolando a Conall por la pérdida de su madre.

La pena la invadió en el momento en que el mensajero enviado por Ultan irrumpió en la celebración de su compromiso. Iona no había sido, en absoluto, amable con ella, pero una cosa era tener roces con alguien y otra bien distinta alegrarse de su muerte. Porque Ceara supo, en ese preciso instante, antes de que Fiall y Conall entraran para anunciar su marcha, que la reina de Bré se estaba muriendo y sintió lástima por ella; pidió a los dioses que su paso no fuera doloroso.

Aunque su abuelo había insistido en que sería más útil en la isla que en cualquier otro lugar, ella no lo sentía así.

—Te faltan muchas cosas por aprender y no nos queda mucho tiempo para enseñártelas— le había dicho su madre nada más volver de Dubh Linn.

Y debía ser verdad porque, desde entonces, Ceara tenía la sensación de que no había un sólo segundo en que no estuviera recibiendo información y lecciones, y estaba resultando agotador.

Etaine aprovechó un momento en que ambas estaban solas para relajar el ritmo, en el fondo la joven le daba cierta lástima; desde luego que mantenerla ocupada era una buena forma de evitar que pensara demasiado en Conall; en su opinión, Treasa se había excedido.

En los tres días que habían transcurrido desde la reunión de la bandrui, el anciano y Ceara, había visto a la chica cruzar de una choza a otra frenéticamente intentando cumplir con todas las tareas que le eran encomendadas; también la había visto sollozar junto al cortante más alejado de las casas dirigiendo su mirada en dirección a Bré, y se le había encogido el corazón.

—Ven conmigo, hoy me vas a ayudar con los niños.

Tras la coronación del Ard , algunas familias habían enviado de nuevo a sus hijas a la isla; no eran tantas como antaño, pero sí las suficientes para mantener ocupadas a las mujeres en algo más que esperar a que el tiempo pasara.

La idea era utilizar el ejemplo de la Ceara revoltosa e indomable para ilustrar a sus nuevas alumnas sobre la conexión con el mundo que las rodeaba.

Etaine se encargó de situar a sus alumnas en el interior del círculo separadas entre sí, y lo suficientemente lejos de Ceara como para que sus energías no chocaran con ella; sería difícil, aquella joven lograba expandirse con el aire y alcanzar unos límites fuera de lo común y, debido a su estado de ánimo, podría ser que en esta ocasión lograra llegar hasta el límite de Bré por mar, apenas seis kilómetros más al sur.

Si llegaba a ese punto, se le complicaría hacerla regresar, y allí residía su miedo. Ceara tenía la capacidad de permanecer en trance durante horas, inmutable a cualquier sonido a su alrededor. Quizá por eso colocó a las niñas más revoltosas y enérgicas en medio del camino hacia Conall; con suerte, sus almas inquietas podrían retener la de la joven dentro del espacio mágico.

La muchacha dejó su capa en el suelo y se sentó sobre la gran losa central, respiró profundamente y cerró los ojos.

Tomar conciencia de la energía de la piedra sobre la que se encontraba era sencillo, lograr olvidarse de su respiración y del latir de su corazón era otra cosa. No conseguía vaciar su mente y eso la irritaba, acelerando su pulso y convirtiendo el ejercicio en algo más complejo de lo que habría sido normalmente.

Pronto consiguió rozar el borde de las rocas del norte e, inconscientemente, sonrió; allí estaba su hermana con los pequeños Anle y Feenat en su regazo, acunándolos a un tiempo; nada malo ni doloroso podía provenir de una imagen así, y se demoró más de la cuenta en aquellas sensaciones.

Del oeste vinieron recuerdos amables: un Conall desnudo sobre ella y la humedad de la hierba en su espalda, contrastando con el calor que la recorría por dentro. Intentó mantenerse en aquel punto, con la ceremonia de coronación, el nombramiento de Treasa como nueva bandrui, y el bullicio de los peregrinos que poblaban la colina.

Su mente estaba vacía y aún tenía miedo de dirigirse al sur, no podría evitar la punzada de dolor y no se sentía con fuerzas para afrontarlo.

Respiró profundamente, casi con resignación; no quedaba más remedio, el camino no podía desandarse y continuar hacia adelante implicaba, necesariamente, pasar por allí. En aquel ritual no existían los atajos.

Tuvo que concentrarse mucho para poder ignorar a las niñas que Etaine había dispuesto en aquella dirección; eran fuertes y su inquietud chocaba con sus ansias por esquivarlas, como si las energías enfrentadas se retroalimentasen.

Y entonces apareció: un niño menudo y oscuro extendiendo su mano hacia ella, invitándola a acompañarle; y lo hizo, no pudo resistirse a su sonrisa tímida y sincera ni al brillo de sus ojos color violeta.

El misterioso guía la condujo al gran salón de Bré; se confundieron entre una muchedumbre que se agolpaba a los lados de un pasillo cubierto de hojas de helecho por el que una joven pareja coronada se dirigía al exterior entre gritos de júbilo y el golpeteo ensordecedor de pies en el suelo. No alcanzó a distinguir sus rostros, pero era una imagen más feliz de lo que hubiera esperado.

Súbitamente, todo se volvió oscuro y el salón perdió su luz; una figura encapuchada se sentaba en la silla del Rí Tuaithe, no podía adivinar si era hombre o mujer, sólo sabía que lloraba amargamente y su dolor la traspasó, sintió el impulso de acercarse y darle consuelo, pero su guía se lo impidió arrastrándola de nuevo al círculo de piedra y dejándola de cara al este, de donde sintió el desasosiego de una amenaza aún mayor que le erizó el vello de todo el cuerpo.

Antes de marcharse definitivamente, el niño le susurró un nombre que fue incapaz de identificar, quedando en su memoria como un sonido: «LAYreh.»

Y luego una profecía: «Será el último, y no vencerá.»

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