Capítulo 17

el viento sobre las colinas de éire 17

El flujo de peregrinos que regresaba de Tara era constante, llenando todos los caminos que se aproximaban a la ciudad. El curso del afluente serpeaba desde el norte hasta aquella laguna oscura en torno a la que crecía el asentamiento protegido de las fuertes mareas que invadían el Ruirthech.

Ceara lo esperaba de otra manera, más alegre, menos ruidoso y abarrotado. Quizá fuera la urgencia lo que provocaba aquel aspecto.

Dentro del río, en una zona sin corrientes, se levantaban varios crannogh(1). Desde lejos recordaban a grandes rocas que hubieran sido colocadas por gigantes sobre un andamio de troncos. Testigos inertes de cuando los hombres vivían en el agua.

 (1) Estructuras circulares construidas en lagos, que solían tener una parte techada en el centro.

Ya de cerca, las personas que vivían dentro las convertían en un bullidero de vida. Los niños jugaban en el pasaje que las unía a la tierra y, entonces, daba la impresión de que realmente flotaran como enormes flores de dedalera marchitas.

Fueron recibidas por los perros de Torcan; a Ceara le parecieron diferentes a los cachorros que jugueteaban a su alrededor un año antes. Uno de ellos se abalanzó cariñoso sobre Treasa y a punto estuvo de derribarla.

—Apuesto a que mide más que tú— bromeó.

—Eso no supone ninguna proeza— respondió su madre buscando con la mirada a Niamh, que no tardó en aparecer tras el muro de un corral, precedida por un enorme vientre.

Las invitó a entrar en la casa; sus movimientos eran lentos y se apoyaba las manos en los riñones en un intento de aliviar los calambres que comenzaban a recorrerla. Tenía la cara hinchada y habían aparecido algunas manchas oscuras en la piel, pero tanto Ceara como Treasa sabían que terminarían por desaparecer una vez hubiera dado a luz.

—Torcan no tardará en llegar, ha estado haciéndose cargo de la herrería mientras papá e Iobhar estaban en Tara— su rostro se contrajo un segundo acusando una punzada de dolor repentina— ¿Qué tal la coronación? Me habría encantado estar.

—Ha sido divertido— respondió Ceara.

—Vaya, parece que tenemos nueva bandrui— por fin se había fijado en la capa de color claro que ahora vestía su madre—. Perdona que no me incline— intentó sonreír, pero otro calambre convirtió el gesto en una mueca retorcida.

—En tu estado estás más que perdonada— Treasa observaba cada palmo de la choza buscando algo—, ¿dónde podemos conseguir paja limpia?

—Va a ser complicado, quizá pueda preguntarle a Graine. Es una buena vecina, me ha estado ayudando estos días; me cuesta mucho moverme.

—Ceara, deberías acompañarla. No tengáis prisa.

La voz de Treasa era serena, demasiado, y mantenía la mirada fija en la cara de Niamh, intentando averiguar cada cuánto apretaba la mandíbula.

Las dos hermanas salieron en busca de la mujer. Ceara aprovechó para poner al día a Niamh contándole con pelos y señales cada minuto de su viaje a Bré y de la coronación de Niall. Su hermana se limitaba a asentir distraída, concentrándose en controlar el dolor que se estaba volviendo cada vez más intenso y frecuente; Graine vivía tres cabañas más allá, lo suficientemente cerca para soportar el camino.

—Buenos días, preciosa— una mujer enorme y sonriente las recibió—. Veo que ya ha llegado tu madre, y tú debes de ser Ceara— la chica respondió con un leve «sí».

—Necesitamos paja limpia o algo parecido— la respiración de Niamh se entrecortaba con cada palabra.

—Claro, enseguida, vosotras volved que ya lo llevo yo— en cuanto la embarazada salió, la mujer sujetó el brazo de Ceara—. No corráis, pero tampoco dejes que se detenga. Está a punto de parir y me temo que será una noche larga. Yo mandaré a uno de mis chicos a avisar a Torcan.

A Ceara le extrañó recibir instrucciones de una mujer común cuando sabía de sobra cómo actuar, aún así se alegró de que Niamh contara con alguien tan pendiente de ella en Dubh Linn.

Le aseguró a la vecina que haría todo lo que le había pedido y corrió hasta Niamh, ofreciéndole el brazo para que siguiera caminando.

—Falta muy poco— resolló su hermana.

—Tranquila, ya estamos en casa— le tocó suavemente en la espalda, intentando emitir una energía que relajara la musculatura de la joven—. Mamá no te dejará sentarte, demos vueltas a la casa.

—Sé lo que va a pasar, Ceara, no soy tonta. He atendido más partos que años tengo.

Se sorprendió con aquel ataque de suficiencia, no le encajaba con Niamh; claro que, en aquella situación, las mujeres cambiaban.

Su hermana se dobló repentinamente; un instante después, el líquido viscoso formó un pequeño charco en el suelo que no tardó en ser absorbido por la tierra.

—Venga, tenemos que seguir andando.

La sujetó por la espalda colocando sus brazos bajo las axilas de Niamh, intentado mantenerla erguida y ayudarla a aliviar el peso y la presión.

*****

A Fiall el tiempo se le hacía eterno, ninguna de las curas proporcionadas por Branwen o por él mismo, estaban surtiendo efecto, y la negativa de Iona a ser tratada por alguno de los druidas de la aldea hacía imposible encontrar alternativas.

Conall llevaba días esperando lo peor, por eso no había contado nada de su boda con Ceara; en su fuero interno sabía que aquello podía acabar con su madre.

El mensajero que los encontró en Tara celebrando el compromiso, había sido advertido de tal extremo. Ni Ultan ni Iona debían saber nada por el momento; pero el tiempo corría en su contra, la reina se mantenía en un estado de enfermedad perenne que no se decidía por mejorar ni empeorar, ¿y si seguía así durante meses? Más pronto o más tarde tendría que hacerle saber que se casaba, y era lógico que quisiera saber con quién. Sólo esperaba que, para entonces, su madre estuviera lo suficientemente restablecida como para soportar la noticia; bien sabía que no sería de su agrado, pero poco podía hacer él. Ceara era encantadora, hermosa y firme, apenas podía pasar un segundo sin pensar en ella, y ahora que estaba de vuelta en Bré, su mirada se volvía hacia la playa recordando el día en que la hizo galopar por primera vez.

Su padre les había acribillado a preguntas sobre la coronación y había sido complicado ignorar la presencia de la joven en sus relatos. Fiall reaccionaba rápido, componiendo una historia verosímil en la que la chica aparecía con la frecuencia esperada, utilizando hábilmente las palabras para no dejar entrever la verdad. «Ya encontraremos el momento para anunciarlo» le decía cuando se quedaban a solas. Pero Conall no se consolaba, era feliz con la idea de casarse con la hermana de su mejor amigo, ¿por qué no podía compartirlo con su familia?

Quizá por este motivo había evitado deliberadamente a su madre, acudiendo junto a ella en contadas ocasiones para preocuparse por su estado.

*****

Las tres mujeres se congregaron alrededor de la parturienta, que seguía a gatas sobre el lecho de heno improvisado. Treasa masajeaba delicadamente la zona lumbar de su hija, que se encorvaba como un gato enfadado con cada contracción. Ceara permanecía frente a Niamh manteniendo toda la calma de la que era capaz, esperando un gesto que le indicara que había llegado el momento de empujar.

Tenía a mano la bolsa que su madre había preparado, con hierbas que ayudarían a frenar la hemorragia.

Torcan había recibido el aviso. No había entrado; sin embargo, entre los gruñidos intermitentes de su esposa, se le oía conversar con otro hombre, seguramente el marido de la vecina.

La llegada de una niña envuelta en sangre iluminó la cara de Treasa. Parecía estar sana, a juzgar por el llanto potente del que hacía gala; poco pudieron entretenerse, Niamh seguía empujando para expulsar la placenta. Graine se encargó de limpiar a la niña y cubrirla con una tela preparada a propósito.

Ceara observaba a su madre, sus ojos grises reflejaban una ligera preocupación. Ella acarició la cara de su hermana apartándole los mechones empapados de sudor.

—Vas genial, Niamh, ya no queda nada.

Intentaba infundirle ánimos; había logrado leer los labios de su madre, venía otro y la joven empezaba a dar muestras de cansancio, debían hacerlo rápido o el agotamiento pondría en peligro la vida de la madre.

El niño tardó poco, era más menudo que su hermana y Niamh pudo respirar tranquila al fin.

Ceara corrió a preparar la infusión, era urgente. Al salir se dio de bruces con la mirada ansiosa de su cuñado.

—Está todo controlado. Tenéis dos hijos preciosos y sanos; un niño y una niña.

Se abrazó a él descargando la tensión que había acumulado durante las horas que había durado el parto. La incipiente luz del sol la hizo consciente de que la noche más larga de su vida había terminado.

— ¿Y Niamh?— temía que su mujer corriera peligro tras un parto inusual y extenuante.

—Ella también está perfecta, pero tengo que llevarle esto si queremos que siga así.

Torcan se hizo a un lado dejando a las mujeres cumplir con su trabajo y pidiéndoles a los dioses que cuidaran de los tres.

*****

La llegada de Aoifa con la respiración acelerada y los ojos desencajados le puso en pie. Sus temores se confirmaron cuando la sombra de su padre, envuelto en una capa raída, asomó por la puerta de la casa.

—Iona ha muerto— sollozó la chica, echándose a llorar sobre su pecho.

La sujetó contra él durante unos instantes y luego entró en la habitación, despacio, como con miedo de despertarla con el simple ruido de sus pasos.

La imagen de su madre envuelta en lino no sería fácil de olvidar. Todavía era hermosa incluso con los labios amoratados y fríos. Sus delicadas manos reposaban sobre su pecho, cruzadas; aquellas manos que, de niño, le acariciaban el pelo con dulzura cuando tenía miedo. Aquellos días quedaban tan lejos; encontró el recuerdo más cercano en la mirada de Fiall, sentado junto a ella, pero hasta su gesto alegre estaba ahora enturbiado por unos ojos llorosos deseando no tener que estar allí.

*****

—Hola— sonrió al ver que por fin abría los ojos—. Mira lo que tienes aquí.

Niamh no hubiera necesitado que su hermana le diera indicaciones, llevaba un rato notando los tirones de sus hijos en ambos pezones, pero había sido incapaz de moverse; aún le dolían el vientre y la espalda.

—Has dormido un par de horas, nada más.

Cuando Treasa encargó a Ceara que cuidara del descanso de Niamh, la chica se lo había tomado al pie de la letra.

—Puedo llevármelos cuando acaben, si quieres— su hermana no la estaba escuchando, sólo oía los gemidos glotones de Feenat, la niña, intentando sacar más leche de la que su madre podía proporcionarle.

— ¿Os quedaréis?

—No depende de mí, mamá quiere que yo vuelva a Deilg Inis cuanto antes, aunque yo quiero ir a Bré, ya sabes, por la madre de Conall.

—Ah, sí, Conall…

En el fondo de su memoria apareció aquel nombre; Ceara le había contado algo sobre él, pero ella estaba tan centrada en traer dos niños al mundo que no le había prestado atención.

—Mi prometido.

El respingo de Niamh pilló desprevenidos a los bebés, que enseguida se pusieron a llorar.

—Tu prometido— susurró con cara de incredulidad—, ¿cuándo ha sido eso?

—En Tara. Te lo conté.

Su voz sonaba decepcionada. Ahora que Feenat y Anle estaban allí, ella pasaba a un segundo plano en la vida de Niamh; no pudo evitar dirigir una mirada celosa a sus sobrinos.

—Puede que recuerde algo— ahora se burlaba de ella—, hijo de Ultan ¿verdad? Y dime, ¿es guapo?

—Tiene una cicatriz en la cara. Se la hizo Iobhar.

— ¿Ese Conall? ¿El que le rompió la nariz?

—El mismo.

—Pues bueno se habrá puesto el hijo de las hadas— rieron como niñas.

A Ceara le gustó tener un rato a solas con su hermana, aunque tuviera que ahogar sus carcajadas para no despertar a los recién nacidos que, después del sobresalto, seguían durmiendo plácidamente.

—Te gustará, es un poco estirado, como tú— la mueca de la joven madre la devolvió a los días en la isla—. Algún día será Tuaithe de Bré— presumió.

—Puede que así tú te pongas en tu sitio y dejes de correr detrás de los conejos con tu arco.

—Siendo reina de Bré podré correr con mi arco detrás de ciervos y jabalíes, y dejaré los conejos para tu pequeña Feenat — le sacó la lengua—. Y ahora a dormir, que si no Treasa me reñirá por no cuidar de vosotros como debo.

— ¿Ves?, ya vas madurando.

—No te equivoques, sólo sé lo que me conviene.

Y se fue, dejando a Niamh abrazada a sus pequeños, a punto de ser vencida ella también por el sueño.

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