Capítulo 16

el viento sobre las colinas de éire 16

Se había imaginado algo más emocionante que lo que estaba presenciando; pero desconocía si era por costumbre o por un intento claro de no eclipsar la coronación del Ard Rí con aquella ceremonia.

Para empezar se habían retirado más allá del Salón de los Banquetes. Sin adentrarse en el bosque, la comitiva de druidas había formado un círculo en torno a Treasa, su abuelo y Ceara, que se mantenía a una distancia prudencial de sus antecesores sosteniendo el cuenco con las pinturas que su madre había preparado a primera hora de la mañana.

El silencio se hizo en un instante, hasta las ardillas cesaron su corretear inquieto sorprendidas por la congregación. El druida retiró la raída capa verde que había acompañado a Treasa durante años dejando sus brazos blancos y lánguidos al descubierto. A un gesto del hombre, Ceara se acercó, e introdujo los dedos índice y corazón en el cuenco; durante la noche anterior había recibido claras instrucciones sobre los dibujos que debía plasmar en la cara, cuello y brazos de su madre; en qué orden había que trazarlos y las palabras que darían pie a cada uno de ellos.

Primero una serie de puntos sobre la frente imitando la constelación más visible durante el Samhain, después una rueda solar en la mejilla izquierda que se reproducía cuatro veces, disminuyendo su tamaño a medida que descendía por el cuello y, por último, unos símbolos Ogham (1) a lo largo de los brazos, de la muñeca al hombro, con el conjuro de su nombramiento.

(1) Es el alfabeto usado por los druidas, compuesto de líneas que atraviesan una vertical.

Treasa la sonreía durante el proceso, orgullosa de que fuera su hija quien cumpliera con aquella función.

Esperaron a que los tintes secaran sobre la piel caminando a su alrededor, repitiendo un salmo de investidura; tres vueltas en un sentido, otras tres en el otro.

Por fin su abuelo recogió, de manos de otra anciana, una capa de lana gris y la colocó sobre su nieta, sujetándola con una fíbula que había pertenecido a la bandrui anterior; dejando visibles tanto los brazos como el cuello.

La entrada de Treasa en el Rath na Righ, fue recibida con respeto y reverencias dirigidas a ella y a sus colegas, que formaban una larga procesión. Ceara sólo pudo atisbar una parte, pues ocupaba el último lugar, atendiendo a una jerarquía ancestral que la colocaba como simple aprendiz.

Su hermano y los hijos de Ultan estaban cerca; agachó la cabeza al pasar junto a ellos, más por la forma en que Conall la observaba que por una cuestión de humildad.

Al llegar a la tienda de Breccan, el grupo se disolvió rápidamente, dejando a las dos mujeres con el resto de su familia. Treasa era la nueva bandrui de Deilg Inis y sus funciones como tal comenzarían al día siguiente, durante la coronación de Niall.

*****

Un aire festivo se extendía allí donde uno posara su mirada. Fiall reía con Echna contemplando a Conall y Ceara que bailaban; hacía tiempo que no veía a su hermano tan feliz, tan tranquilo, con tantas ganas de hacer algo que no fuera suceder a su padre, y después estaba el hecho de que ella fuera una mujer de la isla y, concretamente, “aquella” mujer. A Iona le iba a dar algo.

Iobhar les interrumpió tratando de averiguar de dónde había salido la joven que acompañaba a su amigo.

—Soy el hermano de Ceara— se presentó.

—Vaya, vaya, vaya. El famoso Iobhar, hijo de Breccan. Esperaba otra cosa.

Rompió a reír acompañada por Fiall; lejos de mostrarse avergonzado, rió con ellos y, luego, la obligó a bailar con él mientras su amigo palmeaba sobre sus rodillas.

El bisabuelo de Iobhar observaba con nostalgia cada gesto entre los jóvenes; echaba de menos poder participar en los bailes y la agilidad que suponía la juventud que ellos disfrutaban. Se acercó a su nieta y le susurró «Ahí tienes la voluntad de Brigit.»

La mujer se estremeció. Ahora que se fijaba, recordaba algo parecido a aquella escena; sí, claro que lo recordaba, en medio de una visión, junto a la guía enviada por los dioses; todo era exactamente igual: el pelo cobrizo de su hija, tan brillante y claro en contraste con la oscuridad de él. Eran como el atardecer y la noche, imposibles de concebir por separado. ¿Cómo no se había dado cuenta? Fiall no podía ser; necesitaban un jefe, no un druida.

—Han de casarse antes de Samhain— siguió el viejo—, el tiempo se nos acaba.

Aunque todavía faltaba casi medio año, a Treasa le pareció demasiado pronto ¿qué haría ella sin su Ceara? El destino de su hija empezaba a acelerar su carrera como un caballo desbocado y ella no podía pararlo.

*****

Aún no había luz, algunas nubes se recortaban intermitentes en el horizonte tiñéndose poco a poco de un morado que se iba tornando más claro dando paso al naranja, como unas excéntricas ovejas. Conforme la claridad iba llegando, el suelo que pisaba dejaba su tono apagado para sembrarse de verde y algunos vecinos iniciaban su actividad, deseando que llegara el momento de la coronación de un nuevo para Éire

Esperó fuera de la tienda, no podía controlar sus nervios y Echna, que había pasado la noche con ella, se frotaba las manos intentando calentarlas y mantenerse ocupada con algo que la ayudara a calmarse.

—Hoy no haréis falta— les dijo el abuelo ocultando todo lo que pudiera verse tras él—. Id con Breccan.

Dieron por buena la sugerencia, Echna tenía ganas de hacer cosas con la familia de Ceara, eran gente interesante y, por lo menos, había alguien de su edad; quedarse con los suyos hubiera implicado estar continuamente pendiente de sus hermanos pequeños y no era lo que tenía pensado para celebrar la coronación del Ard Rí.

—Dicen que su madre logró ocultarle de la otra esposa de Eochaid— aseveró el hombre que pelaba una rama con su daga, sentado con otros alrededor de las cenizas frías de una hoguera.

—Está claro que tiene el favor de los dioses, salió airoso de la prueba del druida de Mongfind, y consiguió liberar a aquella doncella del hechizo que la había vuelto tan horrible.

—No era una doncella, era un hada, y se comenta que le ha prometido la corona de Tara para él y veintisiete generaciones de su linaje.

Los rumores sobre la leyenda del aspirante al trono se escuchaban por todas partes; había mucho que contar y a todos les gustaba hacerse eco de las singularidades de aquel hombre que era tan igual a ellos en otros aspectos.

En la tienda de Breccan fueron recibidas por un Iobhar atareado que intentaba conseguir lo que le iban pidiendo con la mayor celeridad.

A falta de su propio padre, Breccan estaba preparando a los enviados de Bré, que tendrían que rendir honores al coronado en nombre de su tuath.

Fiall las saludó sin moverse de su sitio; las armas de Conall descansaban a un lado, brillantes y preparadas hábilmente por Iobhar; las estaba custodiando a la espera del momento en que fueran vestidas.

—Está demasiado nervioso y tu padre no logra colocarle la coraza— informó divertido—. Quizá debas entrar y ayudarles.

La mirada entre Echna y el aprendiz de druida no logró amedrentar a la joven, que adoptó una pose de seguridad y se internó en la tienda, dispuesta a cumplir con su deber.

Tras apretar los nudos de la pieza de cuero que le cubría el pecho, Breccan salió.

«Puede que ya sea un viejo, pero sé leer el brillo enamorado en cómo se miran. Hay cosas que nunca cambian.»

Sería Ceara quien le ayudara a ponerse la torques y los brazaletes. También quien le peinara como correspondía a una ceremonia tan solemne, y Conall temblaba nervioso. Le costaba concentrarse en su papel de embajador de Bré cuando todo lo que deseaba hacer era huir al bosque con ella.

—Conall, hijo de Ultan— se puso frente a él con su cara de hada mirándole directamente a los ojos—. Me casaré contigo— y le besó deliberadamente en la cicatriz de la mejilla antes de marcharse con una risa traviesa.

Iobhar entró con la espada en ese momento, dispuesto a ceñírsela a su futuro cuñado.

—Trátala mal y la furia de los dioses no será nada comparada conmigo— le espetó, pero era difícil tomarle en serio con su tamaño—. Y ahora representa a Bré como lo haría un legítimo Rí Tuaithe.

*****

Cada Rí Ruirech(2) con su caballo ataviado con todas sus joyas ascendió la colina; tras ellos los representantes de cada Tuaithe debían ocupar su sitio, de acuerdo con los puntos cardinales del los que provenían.

(2) Nombre que se daba al Rí de cada una de los reinos más grandes: Muma, Connacht, Laigin y Ulaid.

Echna y Ceara contemplaban la escena con el resto de peregrinos desde el exterior que delimitaba el segundo círculo de piedra. Les costaba ver lo que sucedía en torno a la Lia Fail, pero sí distinguieron el sendero que formaban los mismos druidas que el día anterior habían participado en el nombramiento de Treasa.

Componían una masa en degradado; primero las capas blancas, luego las verdes y, por último, las marrones.

Aquellos druidas eran el único punto en común de los hombres y mujeres que se arremolinaban alrededor de los dólmenes infinitos que circundaban el lugar de la ceremonia, pues no existía el concepto de Estado, ni de vasallaje.

Los Reyes habían acudido a Tara, no para rendir pleitesía al nuevo Ard , sino más bien para saber el tipo de hombre que podría convocarles o podía intentar invadir su territorio en compañía de otros, lo que suponía más una medida de fuerzas, como si de machos en celo se tratara, que de un acto de reconocimiento y sumisión.

Pero los druidas eran harina de otro costal; ellos estaban muy por encima de los límites de la sangre o los pactos; ellos pertenecían a todos los reinos y a ninguno, y era a su poder a lo que más temía un , pues nadie más podía saber qué les deparaban los dioses.

El carro de Niall hizo su aparición desde el Salón de los Banquetes. Desnudo, todavía se apreciaba el rojo del vello que poblaba su pecho entre la pintura blanca que le cubría por entero a excepción de las manos y los pies.

El sonido grave y profundo de los cuernos y las flautas de hueso le acompañó en cada tranco de sus fornidos caballos.

Ceara quedó impresionada con la alzada y fortaleza de aquellos animales y la forma en que el sol del mediodía brillaba sobre sus grupas castañas.

Dio tres vueltas entre las filas que demarcaban la colina sagrada y luego se lanzó al galope en dirección al pasillo de monolitos que se erigía en el norte.

Todo el mundo contuvo el aliento mientras lo atravesaba; realmente daba la sensación de que las enormes rocas se retiraban a su paso, y este sólo era el inicio del ritual.

Acto seguido volvió a rodear la colina y ascendió por ella a paso lento, todavía sobre su carro, manteniendo la mirada fija en la “Piedra del Destino”, la verdadera prueba de su coronación.

Descendió de la plataforma envuelto en silencio y se aproximó a la piedra. Cualquiera que estuviera lo suficientemente cerca de él se habría dado cuenta de cómo le temblaba la garganta a pesar de que aparentaba una serenidad tremenda. El resoplido de los animales se hacía eco de las pisadas firmes de Niall, que acariciaba la hierba con las plantas de sus pies, demorando cada paso, temeroso de ser rechazado por la colina.

Apenas le separaban tres pasos de su destino cuando un rugido estremecedor resonó por todo el valle espantando a los pájaros y haciendo huir a los ciervos; Ceara se agarró con fuerza al brazo de Breccan.

Entre vítores y golpeteo de puños contra el pecho, regresó Niall Noigiallach a su carro, dirigiéndose esta vez al lugar conocido como “Trono de los Reyes”, donde le sería impuesta la corona.

—Ahora la veo— gritó Iobhar intentando ser oído.

La corona era portada por dos ancianos que cerraban el grupo de capas blancas, toda ella de oro; grabados en su contorno, había símbolos que protegerían a su dueño y, dentro, un juramento de fidelidad a Eriu, su nueva esposa y la más exigente de todas, pues era la única que podría llegar a reclamarle la vida.

Éire tenía un nuevo Ard Rí.

*****

Mientras toda la colina celebraba la coronación de Niall, un jinete la atravesó al galope buscando con la mirada los colores distintivos de Bré entre las tiendas sembradas a su alrededor. Cuando por fin lo encontró, maldijo para sí, pues ni Fiall ni Conall estaban allí. Escuchó una voz familiar cerca de él, era Iobhar; seguro que él sabía dónde encontrarles.

Sin dar más explicaciones de las estrictamente necesarias, consiguió que el joven le llevara hasta ellos. Se habían reunido con la familia de Treasa para celebrar todo lo que había acontecido en apenas dos días.

—Brindo por una pareja tan hermosa y fuerte, y celebro que nuestras familias se vean unidas con tan alegre noticia— la voz de Breccan más parecía un rugido que el discurso orgulloso de un padre—. Sé que Ultan se mostrará tan contento como yo en cuanto reciba la noticia.

Las miradas de Treasa y Ceara se encontraron; podía ser que el Rí Tuaithe de Bré se alegrara, pero había serias dudas sobre lo que esto mismo provocaría en Iona. Cualquiera que conociera a la reina sabía que, en cuanto supiera que su adorado Conall había sucumbido a los encantos de una mujer de Deilg Inis, montaría en cólera. El propio heredero de Bré llevaba todo el día buscando la forma de hacérselo saber evitando la furia de su madre y confiando en que tenía todo el camino de regreso para pensarlo.

La llegada de Iobhar detuvo en seco la algarabía; el gesto de Fiall cambió de súbito y salió con su hermano para recibir el mensaje.

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