Capítulo 15

el viento sobre las colinas de éire 15

Mirara adonde mirara todo estaba lleno de gente. Los niños correteaban entre las lonas persiguiéndose y riendo; los rebaños de cabras se mezclaban con enormes toros que algunos habían traído como ofrenda, sumergiéndolo todo en un caos de sonidos y cuerpos que tropezaban entre sí.
Decidió no alejarse de donde estaba, Fiall se había reunido con otros druidas jóvenes y Conall había ido a buscar a Iobhar que, a buen seguro, ya estaría allí.
Estaba un poco molesta porque, cuando se ofreció a ir con él, se negó en redondo alegando que no dejaría que anduviera por ahí sin antes saber lo que Treasa disponía, pero ¿cómo iban a averiguarlo si no la dejaba buscar a su madre?
Se entretuvo observando los distintivos de los clanes que la rodeaban. No reconocía ninguno, aunque tampoco es que conociera muchos; de hecho sólo conseguía recordar el de Bré: en colores morado y ocre; y el de su padre: azul y amarillo.
Su bisabuelo la asustó cuando se situó frente a ella; no le había visto llegar, tan absorta como estaba contemplando la vida bullir a su alrededor.
—Tu madre te espera— inició el movimiento en la dirección en que había venido—. No sufras, Conall ya sabe que estás conmigo— no le quedó más remedio que seguirle.

Los dos círculos que rodeaban el Rath na Righ(1) se elevaban imponentes; de verdad parecía que hubieran sido levantados por dioses y no por hombres. Al norte, un montículo sobresalía con una suerte de entrada de piedra casi oculta por la hierba que techaba la estructura. Ella sabía que, durante el Imbolc y el Samhain(2), el sol entraba inundando sus pasillos de una luz que el resto del año eludía aquella prisión de musgo y roca.

(1) Montículo principal de Tara.
(2) Año nuevo celta, que dio lugar a lo que hoy se conoce como Halloween. Su peligro radicaba en la fragilidad de la frontera entre el mundo real y el mágico.

Pero su interés se centró en la piedra que se encontraba junto a él, la Lia Fail, la que manifestaría la voluntad de los Tuatha sobre el nuevo Ard Rí.
Le habría encantado quedarse contemplando aquellas construcciones, pero su bisabuelo tiró de ella por entre las tiendas y se vio obligada a prestar más atención a dónde ponía los pies si no quería tropezar.

Treasa envolvió a su hija en un cálido abrazo y le besó la frente como si fuera una bendición.
—Mírate, pareces más mayor. Cuéntame ¿qué tal en Bré?
Se sentaron dentro de la tienda.
—La reina es una mujer extraña, pero el Rí es un hombre amable, al menos cuando está convaleciente.
— ¿Le curaste?
—Sí, no fue gran cosa. Si hubiéramos tardado un poco más, habría perdido la pierna. Echna ya se había hecho cargo.
Esperó a que su madre mostrara sorpresa, pero, como cabía esperar de una mujer que parecía saberlo todo, este hecho no la inmutó.
—Mamá— carraspeó ganando tiempo para formular la pregunta que la remordía por dentro desde hacía días— ¿quién es el padre de Echna?
—Creo que ya sabes la respuesta.
La complicidad que iluminó su cara dio valor a Ceara para exponer sus conjeturas.
—Fue él quien te pidió que la acogieras en la escuela y quien pagó los dos bueyes y las tres cabras ¿verdad?— la sonrisa de su madre le confirmó que iba por buen camino—. Claro, un curtidor, por bueno que sea, no podría permitírselo. ¿Cómo lo hizo sin que la reina se enterase?
Hubo un silencio largo, como si las dos sopesaran sus experiencias con la señora de Bré. Ceara decidió evitar que su madre se enterara del episodio detrás de la puerta del Rí; Treasa, por su parte, prefirió ignorar la desconfianza que le inspiraba su futura consuegra, con suerte podrían manejarla y el marido de Ceara sabría mantenerla a raya.
— ¿Cómo está Niamh?
—Enorme, no creo que tarde en dar a luz; quizá sea bueno que pasemos a verla de vuelta a Deilg Inis, puede que lleguemos a tiempo para ayudarla con el alumbramiento.

A la joven le encantó la idea. Tenía unas ganas locas de ver a su hermana y, a pesar de que los partos no eran muy de su agrado, el de Niamh tomaba un aspecto diferente; estaba deseando ver la cara de su sobrino.
Le costaba hacerse a la idea de su hermana como madre. ¿Tanto habría cambiado desde que se fue a Dubh Linn?
Se alarmó con el sentimiento que esto le provocaba, una mezcla de celos e incertidumbre, como si de repente Niamh fuera una extraña y el vínculo que las unía se fuera deshilachando poco a poco ante sus ojos.

Fiall entró dirigiendo una reverencia a Treasa y una amplia sonrisa a Ceara.
—Buenas noches, señora— se sentó junto a ellas—. Iobhar y mi hermano no tardarán en llegar.
—Ceara me contaba cómo se encuentran tus padres. Gracias por traerla sana y salva.
—No teníamos alternativa— dirigió una mirada cómplice a la chica—. Iobhar nos mataría.
Treasa se alegró de que los dos destilaran aquella armonía.
La visión de una Ceara y un Fiall casi ancianos, celebrando algo con un joven que se parecía a ambos, ocupó un pequeño lugar en su mente, y el recuerdo borroso del hombre que desposaría a su hija fue diluyéndose en la medida en que Fiall mostraba sus encantos, que no eran pocos. Un druida prometedor como yerno era la mejor baza.
— ¿Volverás a la escuela pronto?— se interesó.
—No lo creo. Todavía tengo mucho que hacer en Bré, pero me encantaría ser convocado para seguir aprendiendo. Guardo gratos recuerdos de allí, y así podría cruzar a Deilg Inis.
Ceara le golpeó el brazo; adoraba la forma en que el chico intentaba convertirlo todo en una situación comprometida, y a ella le encantaba seguirle el juego.
Se emocionó con la posibilidad de contar con un amigo en la aldea de los druidas, y sabía que Echna también estaría contenta. Entre los tres existía ahora una especie de pacto no pronunciado, pero más que evidente. Mejor que el que la había unido a Niamh o Iobhar; éste lo habían elegido ellos, y deseaba profundamente tener la oportunidad de aprovecharlo.
*****
Breccan se adelantó a los dos jóvenes, le gustó saber que su buen amigo se encontraba a salvo tras la intervención de su hija. Si todo seguía su curso, Ceara sería tan buena como su madre, y no podía evitar sentirse cada vez más orgulloso de sus hijos; por fin las duras decisiones tomadas cuando eran niños, sobre todo la de dejarles en la isla, daban sus frutos.

Le sorprendió encontrarse frente a unos ojos verdes y brillantes perdidos en un mar de rizos cobrizos al entrar en la tienda. Ceara se le echó encima como si aún fuera una chiquilla, aunque su cabeza alcanzaba a apoyarse sobre su hombro; la estrechó fuerte y le costó soltarla para saludar a su esposa, que aguardaba su turno con impaciencia.
Todavía abrazado a Treasa, reparó en el muchacho que permanecía de pie junto al escabel, vestido con una túnica de color parduzco y una incipiente barba creciendo en su rostro aniñado.
—Señor, soy Fiall, hijo de Ultan.
—Claro, ¿cómo no? Eres igualito a tu padre. Quizá menos oscuro— bromeó.

La entrada de Conall e Iobhar interrumpió las presentaciones. A Ceara le extrañó que el de Bré fuera capaz de sonreír más allá de una leve mueca, pero estaba claro que cambiaba cuando estaba junto a su hermano; Iobhar les conminó a salir fuera con un guiño.
—Dejad a los viejos solos y busquemos cerveza.
Ceara se vio arrastrada con ellos hacia otra tienda más grande donde un hombre sonrosado y alegre sacaba tazas y tazas de un enorme barril, colando el líquido antes de entregarlo.
—Bebe, hermanita, no te matará.
Aproximó el recipiente a su nariz; el olor no era desagradable, le recordaba a la madera recién cortada.
Dio un sorbo y, tras el primer toque amargo, detectó un poso diferente que no habría sabido definir.
Se detuvo a observar a los tres amigos intentando pasar desapercibida. Estaba claro que no eran los mismos que la habían acompañado por el camino, bromeaban sin cesar; hasta Conall había perdido el porte altivo y se mostraba alegre, y Fiall se dedicaba a reír sin quitarle el ojo de encima.
—No intentes huir ahora— le susurró—. No sabríamos encontrarte.
A la joven no le hizo gracia, pero a su hermano sí; por lo visto ya había recibido cumplido informe de los acontecimientos desde la mañana en que regresó a Dubh Linn.
—Deberíamos buscarnos unas mujeres— propuso Iobhar después de varias cervezas.
Ceara se movió incómoda, no pensaba acompañarles en eso; Conall le dirigió una mirada enigmática que hizo que se le erizara el vello de los brazos y le provocó un extraño cosquilleo en la nuca; pensó que había bebido más de lo que era capaz de soportar.
*****
Decididamente hubiera esperado cualquier cosa menos que Conall se ofreciera a quedarse con ella mientras Fiall y su hermano seguían bebiendo.
La cerveza, más fuerte de lo que estaba acostumbrada, le había provocado un ligero mareo; por eso Conall la estaba acompañando lejos de las tiendas, donde todo estaba quieto o al menos lo parecía.
Se tumbó en el suelo mirando hacia las mil estrellas que poblaban un cielo ausente de luna. Él la imitó dejando apenas un palmo entre ellos.
La poca luz que llegaba desde la zona acampada recortaba la silueta de la joven, y Conall no podía evitar mirarla embelesado.

— ¿Cómo crees que será el nuevo Ard Rí?
—Dicen que ha estado en Alba y en Britania y que ha traído rehenes de cada sitio. Desde luego, es un hombre de valor— a Ceara poco le interesaba el punto de vista bélico, si el Rí mantenía ansias de conquista podrían tener problemas—. Pero mientras ha reinado el Connacht se ha preocupado por mantener la paz entre sus tribus.
Eso le gustó más; después de todo, a lo mejor conseguía que las incursiones de un reino a otro se calmaran por un tiempo.
Connacht y Muma estaban en manos de sus hermanos, y eso podía suponer un periodo de calma en sus batallas constantes, o que aunaran fuerzas contra el Laigin.
—Sólo esperamos que Eriu le acepte. Dicen que es apuesto, aunque puede que no le guste— soltó una carcajada.
Ella se apoyó cobre un codo para mirarle; tenía ganas de decirle algo pero no se atrevía.

Todo él era oscuro, el pelo negro y la poblada barba que enmarcaba su boca. Pero sus ojos brillaban a la escasa luz; sintió el impulso de acercarse a él colocándose a escasos centímetros de su boca, sin saber del todo qué hacía.
Conall terminó de recorrer el camino entre ellos, besándola con fiereza, dando rienda suelta al deseo que llevaba invadiéndole desde que partieran de Bré.
Ella se manejaba guiada por el instinto, por un breve segundo pensó en Niamh y en que por fin entendía lo que había sentido cuando conoció a Torcan; sacudió la cabeza, no le parecía momento de ponerse a recordar a su hermana. La barba de Conall le hacía cosquillas en el cuello y se perdió en su espalda, enterrando sus manos en ella.
*****
Los gemidos se fueron apagando transmutados en susurros. Ceara dudaba de que alguien hubiera logrado oírles y, en cualquier caso, eso carecía de importancia; no serían los únicos. Rió para sus adentros recordando a la pobre Aine sorprendida con su amante el día que anunciaron la boda de Niamh. Ahora era ella la que se arriesgaba a ser víctima de otros bromistas, pero poco le importaba.
Contempló a Conall, que seguía a su lado, todavía con una sonrisa extraña y deliciosa en la cara, con su nariz perfecta recortada contra el horizonte, y el brillo de alguna perla de sudor resbalándole por el cuello.
Todo su atractivo estaba intacto y ella lo notaba en su vientre, donde un cosquilleo incesante palpitaba bajo la mano de él.
Empezó a sentir frío y se puso el vestido, a lo que Conall respondió con una caricia en su espalda antes de que la tela resbalase sobre ella; estaba áspera y dura en comparación con el cuerpo de su amante.

—Así que ¿esto es lo que buscaban nuestros hermanos?— rió, intentando manejar los latidos acelerados de su corazón y el estremecimiento que la recorría aún.
—Me temo que buscaban algo menos…— no encontraba las palabras— menos de dentro.
Ceara le entendió, no era sólo el placer experimentado por las fuertes manos de Conall recorriendo su cuerpo, sorprendentemente tiernas y suaves para lo que había podido imaginar. Había algo más, lo había notado, aunque aquella fuera su primera vez.
—Dime que esto no es producto de un encantamiento o de la cerveza.
Su voz sonó asustada, como si todo hubiera sido un sueño del que se acababa de despertar.
—No tengo tales poderes, no controlamos la voluntad de las personas— se inquietó al ver cómo él se ponía a la defensiva—. Pero niégame que esto era lo que buscabas.
No podía escapar de su mirada que la recorría inquieta, como si esperara que se desvaneciera de pronto.
—Dime que tampoco ha sido esta colina encantada.
Sonaba a súplica, y a ella le resultó tierno, diferente de la imagen que Conall solía proyectar.
—Me temo que los Tuatha tienen cosas mejores que hacer.
Les pareció escuchar sus nombres a lo lejos.
—Entonces, dime que te casarás conmigo.
Ceara se sentó sobre sus rodillas, quería mirarle de frente, saber que no le estaba tomando el pelo, que no era un ardid para lograr que sucumbiera otra vez.
De nuevo se oyeron sus nombres, ahora un poco más cerca.
—Dime que te casarás conmigo— repitió, temeroso de una negativa.
Las voces de Fiall e Iobhar se hicieron reconocibles, llamándoles a gritos.
—Dime que te casarás conmigo.
Pidió por tercera vez con urgencia, consciente de que la llegada de sus compañeros daría al traste con su oportunidad. Las sombras de los chicos empezaban a distinguirse sobre ellos y a él se le acababa el tiempo para recibir una respuesta.
—Puede que, después de todo, lo haga, Conall, hijo de Ultan.
No tuvo tiempo de celebrarlo, su hermano y su amigo ya estaban allí, y Ceara le miraba divertida pero dulce, como si la demora en su respuesta fuera una especie de castigo suave por algo que él había hecho antes.
*****
Un grito desgarrador invadió el silencio del amanecer. Ultan encontró a Branwen y Aoifa en la puerta de la estancia donde dormía su mujer. La cara de la cocinera no presagiaba nada bueno y su sobrina estaba asustada.
Los gemidos ahogados se escuchaban claramente, pero ninguno se atrevía a entrar; finalmente Aoifa dio el primer paso accediendo al interior que asfixiaba con un penetrante olor a vómito y orín. Contuvo la arcada y se acercó a su tía, temblando ante la imagen que podía encontrarse; la reina sólo gimoteaba encogida, incapaz de emitir un sonido más.
La tocó suavemente y se dio cuenta de que estaba ardiendo.
— ¡Agua del pozo!— gritó, sobresaltando a la enferma.
Branwen tardó poco en aparecer con una cubeta.
—No será suficiente. La cuba— pensó rápido—, hay que meterla en agua fría.
Entre las dos la llevaron a la habitación con la bañera. Al mismo tiempo Ultan estaba buscando un mensajero que enviar a Tara, sus hijos tendrían que volver de inmediato.

Anuncios

Cuéntame...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s