Capítulo 14

el viento sobre las colinas de éire 14

El olor podía llegar a ser nauseabundo, sobre todo en la zona donde las pieles recién separadas de los cadáveres permanecían a remojo. Los tendones colgaban de varios palos como cordeles gruesos y flexibles de un color blancuzco y aspecto gomoso. Un montón de cráneos se apilaban en un rincón junto con enormes tinas llenas de orina y estiércol, amablemente proporcionados por los vecinos que con ello contribuían a un proceso tan necesario como desagradable para el olfato.

Todo estaba invadido por un halo de muerte y putrefacción, por eso vivían fuera de la ciudad.

A pesar de las advertencias, los hermanos de Echna estaban escondidos tras uno de los barriles esperando el momento más propicio para asustar a Ceara cubiertos con una piel negra de cabra. La jugada les habría salido bien de no ser porque sus risas nerviosas se oían desde el camino que conducía a la casa; pero su invitada decidió hacerse la despistada, como había visto hacer miles de veces a su madre y la bandrui cuando era ella la que se escondía con la misma ingenuidad.

— ¿Qué os he dicho?— la voz de Echna tronó tras ellos—. Dejad a Ceara en paz— les sacó de su escondite cogidos de las orejas—. Y no estropeéis las pieles del tío o me veré obligada a daros una buena tunda.

—Déjales, sólo trataban de divertirse.

—A tu costa.

—Les queda mucho por aprender antes de lograrlo— le guiñó el ojo.

—Claro, tú siempre fuiste la reina.

—Iobhar me enseñó.

—Siempre Iobhar. Empiezo a tener ganas de conocerle. ¿Irá a Tara?

—Con mi padre. Estaremos todos excepto Niamh. Mi bisabuelo dice que le queda poco para dar a luz, quizá sea después de la coronación.

El mismo chico que avisó de la llegada de Ceara, apareció para que volviera con él. Ultan la había mandado llamar.

La joven miró al caballo con desconfianza, tendría que galopar y no la emocionaba en absoluto.

*****

Fiall les esperaba en la empalizada y la ayudó a bajar del jamelgo. Ceara todavía traía la respiración agitada del trote, definitivamente no se sentía cómoda montando. El joven mantenía la misma sonrisa de siempre, lo que le dio una pista sobre el estado del .

—Está bien, pero quiere hablar contigo, a solas.

Entraron en la habitación en silencio. Ultan estaba sentado en el lecho, tenía buen aspecto y sus ojos brillaron al verla.

—Pequeña Ceara, que bien que hayas llegado— se levantó para saludarla.

—Me alegro de verte tan animado— mostró una sonrisa sincera—, y espero que Fiall esté cumpliendo con su trabajo exactamente como le indiqué— el joven asintió con cierto orgullo, su padre había empezado a confiar en su labor y conocimientos.

—Os dejo, vigilaré que madre no se acerque.

Una sombra de tristeza empañó su mirada alegre, Ceara se preguntó si Iona sabía que ella estaba allí.

Cuando por fin se quedaron solos la muchacha empezó con su trabajo de curandera. Observó con detenimiento la herida que comenzaba a cicatrizar satisfactoriamente; la rojez de alrededor había desaparecido y pronto podría retirar la costura que la cerraba.

El hombre se mantuvo callado durante el proceso, aunque estaba ansioso por hablar con ella; le había molestado profundamente que se viera obligada a marchar, pero el hecho de que su destino fuera la casa del curtidor había supuesto un alivio.

Ceara se sentó a su lado mirándole con expectación, consciente de que no la había requerido sólo para las curas.

— ¿Te tratan bien en esa casa?

—Claro, estoy muy contenta allí. Echaba de menos a Echna— admitió.

—Siento que Iona y tú no os hayáis entendido.

—Avisé a Conall y Fiall de que no te dijeran nada, se ve que no tengo autoridad.

—Puede que yo preguntara de una forma que resultara inevitable responder. Hubiera preferido que te quedaras aquí. Quizá a Iona no le gustes mucho, pero mis hijos te aprecian, incluso más que yo— guiñó un ojo que ruborizó a la joven sin poder evitarlo—. He preparado un par de cosas para que les lleves al curtidor y su familia en agradecimiento; son ellos los que están cumpliendo con mi promesa y no me sentiría a gusto si no les recompensara de algún modo. Un muchacho te ayudará a llevarlo de vuelta.

Conall entró sigilosamente, por lo visto todo el mundo intentaba evitar ser descubierto cerca de ella y eso no hacía más que incomodarla cada segundo que permanecía en la habitación

La actitud del hijo mayor del la sorprendió, había un velo de compasión en sus ojos verdes, imposible determinar si se debía a la situación con la reina o al hecho de que ella fuera una “hechicera”.

—Está todo listo, nos tenemos que ir ya.

—Dile a Fiall que siga como hasta ahora. En un par de días volveré. Si hay algún problema, avisadme.

Ultan se despidió de ella con un abrazo generoso antes de que Conall y la joven salieran furtivamente.

Su compañero no volvió a hablar hasta que salieron del rath con el carretón que llevaba los presentes para la familia de Echna.

— ¿Se recuperará del todo?

—Puede que le quede una pequeña cojera, algo inapreciable si está sobre un caballo— Conall rió la broma—. ¿Cuándo nos iremos a Tara?

—Supongo que en cuatro o cinco días. La familia del curtidor se marchará antes ¿qué harás entonces?

—Me temo que tendré que volver a tu casa le guste o no a la reina. Prometieron a mi padre que me cuidarían, tendrá que aguantarse conmigo durante el tiempo que haga falta.

La determinación de Ceara resultó del agrado del joven. Era una mujer fuerte y decidida, quizá fuera lo único que le recordaba a Treasa en ella y, de repente, sintió miedo de que se pareciera más a su madre de lo que dejaba entrever.

*****

A Echna no le gustaba la idea de dejar a su amiga allí, le preocupaba que la reina le hiciera la vida imposible, más si tenían en cuenta que, a la aversión inicial, había que sumarle el hecho de que hubiera pasado los últimos días con ellos; a Iona tampoco le gustaban y eso era un secreto a voces, aunque la sobrina del curtidor no entendiera los motivos.

Fiall había acudido a despedirles y a recoger a su invitada. Si los hijos del eran lo que parecían, a su amiga le iría bien durante el camino, a pesar de que siguiera prefiriendo que lo hubieran hecho juntas.

Los hermanos de Echna estaban formando un alboroto tremendo y empezaban a minar la paciencia de su tío. Era imposible no tropezar con ellos, correteando alrededor del carro en el que cargaban las pieles; aprovecharían para vender algunas de camino a Tara y el viaje resultaría doblemente provechoso. En realidad muchos artesanos iban a hacer lo mismo, convirtiendo los alrededores de la colina en un gran mercado.

Consiguió que pararan quietos colocando sobre sus brazos sendos montones de piezas ya cosidas.

La madre salió de la casa y se acercó a los jóvenes, besó a Ceara y se paró ante Fiall con un gesto de ternura en la mirada.

—Cuídala bien, se lo merece— le abrazó—. Y saluda a tu padre.

El joven la ayudó a subir al carretón.

—Nos vemos en Tara ¿te lo puedes creer? Tú y yo en la coronación del Ard Rí.

—Sí, será estupendo.

Echna corrió junto a su madre que la llamaba, ya en marcha.

Se mantuvieron junto a la cabaña hasta que la familia desapareció en un recodo del camino con el resto de gentes de Bré que peregrinaban a Tara para acudir a la ceremonia.

*****

La mueca con la que Iona les esperaba en la entrada dejó claro a Ceara que su paso por la casa era una mera cuestión de cortesía. Fiall apretó su brazo con delicadeza tratando de infundirle un ánimo que empezaba a faltarle.

«Sólo serán un par de días» se repetía buscando en su interior la fuerza suficiente para ignorar el gesto de la señora de Bré y concentrarse en su cometido.

La mirada verde de Conall le recordó que contaba con aliados, aunque no podían verse comprometidos; puestos a elegir entre ella y su madre estaba claro que la forastera tenía todas las de perder.

Conscientes de que lo que presenciaban era el inicio de una batalla por el control de la situación, los hijos de Ultan no tardaron en convertirlo en motivo de una apuesta.

—Voto por Ceara— se aventuró Fiall.

—Qué pronto se te ha olvidado cómo es tu madre— bromeó Conall mientras las seguían al interior.

*****

Un caos verdoso emergía de los lados dando la impresión de que el sendero que utilizaban era una brecha gigantesca entre los troncos o el antiguo curso de un río seco.

El musgo tapaba totalmente el suelo hacia el que se inclinaban muchas de las ramas, como si en su búsqueda del sol se hubieran desorientado o errado el camino; pero hasta éstas estallaban en hojas enredándose con la hierba.

Un triste y solitario tejo hundía nuevas raíces en el suelo, visibles a través del tronco hueco, recordando el eterno retorno de la vida y cómo la muerte no supone más que un nuevo comienzo.

Los nudosos cuerpos de otros árboles semejaban figuras amorfas y pálidas y, de algunos de sus huecos, salían los reclamos de polluelos que esperaban a que sus progenitores volvieran con comida.

Las piedras permanecían ocultas entre el musgo, algunas casi atrapadas entre las raíces más superficiales, como si el árbol hubiera querido abrazarlas en el último gesto de un amor imposible.

Para consuelo de Ceara, Conall no había insistido en seguir a caballo, en parte porque resultaba imposible no chocar con las ramas desde una altura superior a la de un hombre mediano; hasta los dos hermanos tenían que inclinarse de vez en cuando para evitar sacarse un ojo.

La chica sonrió divertida siguiendo con la mirada una pareja de ardillas que se perseguían subiendo y bajando de los árboles.

Una zorra con dos crías cruzó la senda unos metros por delante, se paró a observarles y continuó su camino urgiendo a sus cachorros con un suave gruñido, para desaparecer enseguida entre la maleza.

—Si hubiéramos salido al tiempo que el resto, podríamos usar los mejores caminos.

—Padre necesitaba cuidados.

—Pues haberte quedado tú— protestó Conall.

No estaba muy contento, utilizar los senderos alternativos les ayudaba a evitar problemas con los salteadores, pero implicaba un retraso en la marcha, dando rodeos innecesarios por zonas espesas que obligaban a cuidar cada paso que daban.

—Lloverá pronto.

Ceara se había dado cuenta de que los caballos alzaban las cabezas ensanchando sus ollares en cuanto llegaban a zonas más abiertas, barruntando el origen de la humedad que se cernía sobre ellos. También ella la notaba y escuchaba el viento que anunciaba un cambio.

Las primeras gotas pasaron desapercibidas, pronto una cortina de agua se interpuso en su camino, era difícil ver más allá de tres pasos con la lluvia metiéndose en los ojos.

*****

La roca les serviría de refugio, la oquedad tenía profundidad suficiente para mantenerlos alejados de la entrada y el agua. Un aire violento manejaba las ramas de los árboles, incluso las más bajas, como si fueran una marea de olas verdes sacudidas en un canon que se movía desde arriba, empujadas hacia el suelo.

Seguía lloviendo, un millón de gotas finísimas difíciles de distinguir caía incesante; la luz también engañaba, por momentos parecía que el día iba naciendo en vez de apagarse. El cielo se iluminaba en un naranja cetrino, reflejando la luz del sol y ampliando su brillo. Las nubes más oscuras y bajas cruzaban deprisa arrastradas por el mismo viento que lamía las hojas pero en dirección contraria.

—La lluvia tiene algo de hipnótica, la manera en que cada gota forma círculos infinitos en el suelo mojado al tocarlo.

Ceara y Fiall tenían la mirada perdida en los dibujos que se creaban en los charcos.

— ¿No iréis a entrar en trance o algo así?

A Conall le asustaba un poco aquel aspecto mágico de su hermano y Ceara; siempre sentía escalofríos cuando se quedaba solo ante cualquier manifestación de aquello, le hacía sentirse pequeño e indefenso; él era bueno manejando la espada y el arco… cosas que de poco servían en el sidh.

La luz había desaparecido casi por completo, entre la masa negra de nubes se percibía el blanco de otras que quedaban por encima y, de vez en cuando, un jirón azul marino atestiguaba la presencia de un cielo estrellado más allá.

Si la tormenta pasaba, la mañana siguiente luciría espléndida, con el sol acariciando las gotas retenidas en las rocas y la hierba que resbalaría con el roce de las patas de los caballos, liberando el olor de la tierra mojada y de los brotes que se servirían de ello para crecer más rápido anunciando la llegada de una primavera temprana.

La pequeña fogata que habían encendido no proporcionaba mucho calor, pero al menos dejaba que se vieran las caras y serviría para mantener alejadas a las alimañas.

La leve luz amarillenta se reflejaba en los ojos de Ceara.

Fiall se detuvo en la cara de su hermano, estaba como hechizado, con los ojos clavados en su joven acompañante. Había algo extraño en su forma de mirarla, una mezcla de temor y curiosidad que se tornó súbitamente en una ligera vergüenza cuando ella le descubrió.

Esperaba que aquella muchacha lograra cambiar el concepto que su hermano tenía de los druidas y ¿por qué no? de las mujeres; se guardó aquellos pensamientos e intentó comenzar una conversación para que Conall no se pusiera en evidencia de nuevo.

—Iobhar me dijo que Breccan y él estarán en Tara. Tengo ganas de llegar para saludar a tu padre.

—Yo también estoy ansiosa. Les echo de menos, no veo a mi padre desde la boda de mi hermana— suspiró con nostalgia.

—Creí que estabas acostumbrada a vivir en Deilg Inis, sin hombres alrededor.

—Eso no significa que no eche de menos a mis familiares. Iobhar y yo nos llevábamos muy bien y me apenó mucho que se marchara.

—Pero Niamh seguía contigo.

—Lo de ella fue bastante peor, aunque espero poder verla de regreso, si mi madre me deja.

—Es extraño— comentó Conall—, pensé que tomabas tus propias decisiones.

—El problema es que los dioses no suelen mandarme mensajes tan claros como a Treasa, así que es ella la que sabe exactamente qué hay que hacer. Pero no controla todo lo que hago, si es eso a lo que te refieres. No es esa clase de madre.

El joven agachó la cabeza, azorado, pues intuía una alusión a Iona en su discurso.

*****

Ultan se encontraba tan bien que había decidido salir de la casa acompañado por su esposa, que no quería dejarle solo. Sabía que la familia de Echna se había marchado a Tara, como muchos de los habitantes de Bré, pero eso no evitaría que su marido cogiera un caballo en cuanto se despistara.

Iona tenía frío, hacía días que comía lo justo y, aún así, el estómago no dejaba de moverse. Intentaba mantener la calma, seguramente se trataba de una nimiedad; Branwen le había preparado unas tisanas que la hacían sentir mejor, pero el efecto duraba poco.

El aire que llegaba del mar resultaba revitalizante, quizás aquel paseo por la playa fuera todo lo que necesitaba.

Habían pasado demasiados días encerrados y el calor del sol se estaba encargando de despertar sus músculos, como una inyección de energía.

Su marido sonreía recordando el tiempo en que ella aún era una joven asustada, extraña y, sin embargo, hermosa. Lejos habían quedado los nervios de la primera noche, el miedo a la hora de hacerse valer. Después de haberle dado dos hijos, el carácter de Iona se había ido afianzando y ahora no dudaba en dar órdenes que exigían un rápido cumplimiento.

— ¿Recuerdas las primera vez que hicimos este paseo?

—Claro que sí, fue el día en que perdí el miedo a lo que sería convertirme en tu esposa.

Se acercó a él y le acarició la mejilla, justo donde la barba dejaba libre y suave un cerco de piel surcado por arrugas provocadas por los años.

De repente se encogió, golpeada por una vara invisible que la obligó a doblarse. Los pinchazos eran aún más fuertes ahora, impidiéndole gritar; pero a Ultan no, su voz, como si tuviera que hacerse oír por encima del ruido de una batalla, sonó fuerte y poderosa pidiendo ayuda a cualquiera que pudiera escucharle.

Enseguida aparecieron un pescador y su mujer, alertados y conmocionados al ver que el propio Rí Tuaithe necesitaba de su ayuda.

*****

Que Conall había cambiado su actitud ante la chica se hacía evidente en el modo en que le iba enseñando cómo mejorar su forma de guiar el caballo.

—Si no vas pendiente de él, mejor.

Hasta sonreía cuando ella tenía en cuenta sus recomendaciones.

A Fiall le alegraba aquel cambio; su hermano no era tan huraño como podía parecer, pero llevaba tantos años adoptando aquella pose para hacerse valer que sólo se permitía relajarla cuando se sentía muy cómodo.

El viento, inusualmente cálido, estaba terminando de secar las zonas en las que la tierra no había absorbido del todo los restos de lluvia de la noche anterior.

A medida que avanzaban se notaba que la terrible tormenta se había quedado cerca del mar y que, al interior, sólo habían llegado un par de nubes que apenas descargaron una llovizna.

El camino se prometía tranquilo, todo lo que tenían que hacer era continuar por los senderos más apartados. Se notaba que Ceara disfrutaba con ello, sorprendiéndose con cosas tan cotidianas que, a veces, parecía una niña pequeña que salía por primera vez de su aldea. Y no era una percepción tan desacertada; a fin de cuentas todo su mundo, hasta unas semanas antes, se había limitado a su isla y los alrededores de la aldea de los druidas, un espacio tan reducido que convertía cualquier cosa en algo nuevo y digno de observación.

*****

Ultan estaba nervioso, Branwen llevaba todo el día encerrada con Iona y el gesto con que salía de vez en cuando no presagiaba nada bueno.

Él sabía que, si alguien podía ayudarla, era la gente de la isla; pero la gran mayoría estaba ahora camino de Tara y su esposa se negaba en redondo a ser atendida por alguien que proviniera de allí.

Por la tarde el dolor había remitido y le dejaron entrar. Estaba pálida y demacrada, nada que ver con su aspecto de aquella mañana. Parecía más vieja y los ojos denotaban el cansancio tras un día duro.

La cocinera le había insistido en que no la dejara levantarse, aunque dudaba mucho que tuviera fuerzas para intentarlo siquiera.

A pesar de ello se esforzaba en esbozar una sonrisa llena de calma que, en aquel rostro macilento, se antojaba contradictoria.

Conforme la noche iba cayendo su estado mejoró bastante y logró comer algo caliente que devolvió el color a sus mejillas. Ultan decidió quedarse con ella, con los preparados de Branwen cerca por si hacían falta.

*****

Esperó a que Fiall se durmiera; llevaba un rato observando cómo Ceara, sentada junto a un árbol cercano con los ojos cerrados, murmuraba una y otra vez las mismas frases. A la luz de la hoguera, el cabello cobrizo de la joven parecía tener vida propia, como si danzara al ritmo del ensalmo avivado por el fuego del mismo color; ni siquiera se dio cuenta de que ella ya se había levantado y se acercaba a él con una sonrisa en los labios; era como si la sombra de la chica se hubiera demorado en seguir a su dueña y fuera a quedarse allí, bajo el árbol.

—Buenas noches, Conall— se tumbó entre los dos—. Avísame cuando llegue mi turno.

Aunque los caminos parecían seguros, no faltaban salteadores ni depredadores que pudieran sorprender a la pequeña expedición.

Ceara había insistido en compartir la carga de las guardias con sus acompañantes; a Conall le había parecido mala idea ¿cómo iba ella a protegerles salvo con algún tipo de encantamiento? Pero aquella tarde, cuando con su arco dio caza a una liebre en medio del espeso bosque, se convenció de que, al menos, lograría contener cualquier ataque en lo que su hermano y él se ponían en pie con sus espadas.

—Buenas noches— respondió, y se acomodó junto al fuego removiéndolo para entretenerse.

A pesar del humo, le llegaba el olor a madreselva que la chica despedía y pensó que quizá era el olor característico de aquellas mujeres que tanto respeto le daban.

Nunca había estado tan cerca de una druidesa; su contacto con el sexo femenino se limitaba a las mozas de su ciudad que se dejaban sorprender en las lindes del bosque o que participaban en los fuegos de Beltane embadurnadas de grasa y, tan llenas de pinturas, que apenas podría definirlas con un olor propio.

Siguió observándola y pensó en que bien podría hacer lo que otros hombres cuando se les antojaba alguna chica y obligarla; a él nunca que había gustado aquello, era más divertido si los dos participaban voluntariamente, lo tenía comprobado. Se preguntó si ella sabría lo que era estar con un hombre, su cabello completamente suelto indicaba que aún era virgen, pero desconocía si estas reglas servían también para las mujeres de Deilg Inis.

Cuando despertó, encontró a Ceara y Fiall sentados bajo el árbol, uno frente al otro, murmurando con la melodía que ella repitió sin cesar la noche anterior; aguardó a que terminaran para empezar a moverse, tenía miedo de que cualquier ruido interrumpiera lo que fuera que hacían.

No tardaron mucho en levantarse y ayudarle a cargar los caballos para seguir el viaje; la neblina indicaba que aquel día sería caluroso.

Los delgados troncos se elevaban por encima de sus cabezas, algunas ramas más bajas crecían perpendiculares, pero solían ser finas y quebradizas, perfectas para hacer una pequeña hoguera con la que calentarse y ahuyentar a los animales.

La hierba alta se arremolinaba alrededor de los troncos como si quisiera trepar por ellos. Los primeros brotes adornaban los cabos y, en la parte más alta, las hojas completas se abrían empezando a dificultar la entrada de los tenues rayos de sol que iban ganando fuerza a medida que pasaban los días.

Ya no quedaba rastro de la nieve que había cubierto el suelo hacía apenas un mes, nada del fantasmagórico paisaje vertical de madera gris aparentemente muerta, como si sólo hubieran quedado las almas de los árboles recordando las leyendas que hablaban de los humanos transformados por las hadas.

Ahora todo eran promesas de verde y vida, de tardes cálidas y gorjeo de pájaros, de nuevas crías que renovarían las manadas. Hasta un sentimiento de energía invadía a los hombres, impelidos por la fuerza del sol, que había ganado su primera batalla del año.

*****

Se incorporaron al camino de Tara, a Ceara le sorprendió la cantidad de gente que se movía por él: había cabreros pastoreando sus lanudos rebaños, comerciantes arrastrando con viejos pencos sus mercaderías y, sobre todo, peregrinos, montones de peregrinos que se dirigían, como ellos, a la colina sagrada para conocer a su nuevo .

No faltaban los que hacían previsiones aciagas de lo que podría suceder tras la coronación, pero la mayoría recordaba a los antecesores del aspirante, especialmente a Eochaid Mugmedón, que dio prosperidad a la isla durante treinta y siete años, lo que invitaba a un optimismo que se respiraba desde hacía días, y más aún a medida que se acercaban a su destino, pues era el tema de conversación recurrente entre los grupos de caminantes que se encontraban tras una dura etapa de viaje.

En la primera aldea que cruzaron, Fiall reconoció al curtidor de Bré con su familia y decidieron unirse a ellos; esto les proporcionaría seguridad en el último tramo, los asaltos cerca de Tara se producían con más frecuencia y era una locura intentar seguir a solas, además Ceara estaba encantada de volver a reunirse con Echna, aunque sólo hiciera un par de días que se habían separado.

La madre de Echna abrazó con familiaridad a Fiall, hasta Conall se dejó acoger por sus rollizas extremidades, encantado de abandonar la soledad del primer trecho de camino y tener un motivo para evitar las miradas inquisitivas de su hermano y la cercanía peligrosa de Ceara.

Ahora que estaban todos juntos, el parecido entre Echna y Fiall era asombroso, como dos gotas de agua salvo por la corpulencia de la chica, rasgo claramente heredado de su madre. Incluso Conall tenía algo en la forma de su boca que le recodaba a su amiga, y eso sólo acrecentaba las sospechas de Ceara sobre la paternidad de la sobrina del curtidor.

Fiall se dio cuenta enseguida de que Ceara andaba buscando algo por el modo en que recorría las facciones de cada uno de los presentes. Aprovechando que los hermanos de Echna se habían sentado con ellos, decidió encontrar lo que fuera que su amiga buscaba.

No tardó en asimilar que los dos niños se parecían bien poco a la joven; sin embargo algo había en Conall, algo que… pero no podía ser, tampoco era muy evidente.

Se paró en las pecas de Echna y en sus ojos grisáceos, le eran más familiares de lo que esperaba, demasiado, se parecía a… a él mismo; hasta la separación de sus dientes coincidía, y apartó la mirada en dirección a la mujer que asintió con complicidad y ternura.

Ahora sólo le preocupaba una cosa ¿qué pasaría si Iona se enteraba? ¿Y Conall?

*****

No paraba de contemplar cómo se divertían cuchicheando; de vez en cuando ambas giraban la cabeza hacia él y rompían a reír con aquel sonido nervioso que le hacía sonrojar. Fiall aprovechó esto para meterse con su hermano.

—Si sigues mirándola así, lograrás que se esfume en el sidh en el primer cruce.

— ¿Crees que es un hada?

—Puede, hay quien dice que las de su estirpe lo son, ¿quién sabe? Tú ten cuidado por si acaso.

A Fiall le encantaba aprovechar la superstición de su hermano para meterle el miedo en el cuerpo; Conall era más robusto y mejor luchador, la única superioridad con la que él contaba eran sus conocimientos.

Ceara se acercó despacio a ellos en ese preciso instante y señaló unas piedras junto al camino.

—Ya falta poco, tened mucho cuidado por aquí, o los Tuatha os pueden jugar una mala pasada— y se alejó corriendo hacia su amiga.

Conall miró desconfiado hacia los bordes del sendero; había oído muchas historias sobre guerreros que eran atraídos por las mujeres al sidh y les convertían en sus esclavos durante dos días; cuando por fin eran liberados y se les permitía regresar al mundo real, habían transcurrido cien años y se convertían en polvo nada más pisar el camino.

Las enormes piedras clavadas en la linde avisaban del peligro; un escalofrío le recorrió la espalda justo cuando Ceara se plantó ante él con aquellos ojos de un verde imposible.

— ¿Miedo de los duendes?— sonreía.

—No— se irguió estirando la espalda todo lo que pudo—. Un futuro jefe no le teme a nada.

—Claro— respondió ella con cansancio.

Empezaba a estar un poco harta de que Conall se mostrara tan altivo, le habría encantado que se relajara y dejara salir a aquel hombre alegre que sabía que se escondía debajo.

—Echna dice que se alojarán con un primo lejano, puede que tenga sitio para nosotros también ¿no sería maravilloso?

—Primero deberíamos buscar a tu madre, querrá saber que te hemos traído sana y salva.

En momentos como ese, en que parecía su guardián, Conall sentía un clavo ardiendo en el estómago.

—Sí, por supuesto.

Aunque Ceara estaba agradecida por la oportunidad del viaje sola, no terminaba de comprender porqué su madre se había empeñado hacer el camino por separado para luego encontrarse allí.

*****

El alba le sorprendió durmiendo, no recordaba en qué momento el sueño le había vencido, pero sí sabia que la respiración de Iona era tranquila y que ella llevaba dormida un rato largo cuando dejó de ser consciente de lo que le rodeaba.

Ahora su esposa tenía un aspecto más normal, las ojeras habían desaparecido y la mueca de su rostro se parecía más a su gesto habitual que la noche anterior. Incluso se había atrevido a incorporarse un rato.

— ¿Cómo te encuentras?

—Mejor, creo que Branwen tiene unas manos mejores que las de cualquiera de tus curanderas.

Lejos de sentirse ofendido le alegró saber que ella seguía siendo la de siempre, y esto le animó a salir un momento para recoger algunas flores que llevarle, como en los primeros días que Iona había pasado allí.

Aoifa se cruzó con él, llevaba algo de pan y miel para su tía.

—Tendrá hambre después de vomitar todo ayer.

—Seguramente, parece que hoy está mucho mejor. Quédate con ella en lo que vuelvo— la chica asintió y, con una cara alegre, entró en la habitación.

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