Capítulo 13

el viento sobre las colinas de éire 13

Encontró la tranquilidad que buscaba precisamente en los establos. La confidencia a medias que había recibido del la había dejado un tanto preocupada, ahora reconocía algunos rasgos de Echna en las pecas de Fiall.

Le habría encantado poder ver a su amiga, aunque apenas hacía un mes desde que Treasa había permitido a Echna que volviera a su casa para hacer el camino a Tara con ellos.

Claramente, Niall Noigiallach(1) pretendía convertirse en el nuevo Ard Rí tras regresar de sus incursiones en Britania y Alba(2), pero no bastaba con la mera voluntad para lograrlo; la Lia Fail(3) debía proclamar primero su legitimidad, y ese momento era el que todos estaban impacientes por presenciar en Tara, donde la piedra mágica emergía, como un gran falo, de la tierra bajo la que los Tuatha de Danann habitaban.

(1) Niall el de los Nueve Rehenes, uno de los reyes más famosos de la historia irlandesa.

(2) El nombre gaélico de Escocia.

(3) La piedra del destino, elegía a los reyes supremos.

En un principio el cargo de supremo de Éire había sido simplemente una especie de título honorífico, aunque acarreaba una gran responsabilidad con respecto al bienestar de la tierra y sus gentes. En realidad, el era el príncipe consorte de la isla en sí misma, pero también el garante de las cosechas y el ganado; con el tiempo, el poder asumido había ido creciendo y con él, la ambición de los aspirantes. Por esta razón nadie se había extrañado con la desaparición del padre de Niall: Eochaid. Eran muchos los que confiaban en que les proporcionaría tanto años de prosperidad como habían hecho sus ancestros. Aún así, no faltaban los que temían que los conflictos entre los reyes de Muma(5), de donde procedía el destronado Crimthann, y los del Connacht, a los que pertenecía Niall, trasladaran sus batallas a toda la isla, acabando con la paz que tanto había costado conseguir.

(5) Lo que hoy se conoce como Munster.

Se acordó de su hermana, las últimas noticias que había recibido de ella hablaban de un buen estado de salud durante la recta final del embarazo. Su abuelo sostenía que era un vientre demasiado abultado y que, o bien su hijo emularía el tamaño de Cu Chulain, o se trataba de dos niños, como los hijos de Macha.

Sea como fuere, lo seguro era que Niamh no podría acudir a la colina sagrada, pero intentaría pasar a verla en Dubh Linn a la vuelta salvo que su madre tuviera otros planes para ella.

Torció el gesto ante esta posibilidad; no era que estuviera molesta con Treasa, pero se estaba cansando de no saber qué le rondaba en la cabeza y cómo afectaría eso a su vida.

Conall apareció en la puerta tapando la poca luz que entraba

—Vaya, ¿aquí te has metido?

— ¿Otra vez pensando que me escapé?

—No, sólo venía a por un caballo— la miró azorado—. Esto… ¿quieres venir?

—No sé montar.

—Entonces debes venir, y yo te enseñaré— las facciones de su cara se relajaron por primera vez desde que le conocía.

Conall estaba intimidado por el poder mágico de Ceara y, saber que no lo dominaba todo y que podía enseñarle algo, la hacía más… mortal, más igual a él.

Escogió una yegua dócil, un poco más grande que el caballo con el que había llegado; Conall se negaba a utilizarlo, decía que era demasiado viejo.

La enseñó a colocar la cabezada y, antes de que se subiera, le indicó hacia dónde debía mover las riendas y pies dependiendo de la dirección que quisiera tomar.

—Te prometo que una vez arriba es mucho más sencillo y si no, siempre puedes confiarte a la diosa de los caballos y dejar que ella guíe tus pasos.

—Me temo que me supones una magia fuera de mi alcance— sonrió—, pero no puedo dejar que me tomes por cobarde, mi padre se sentiría defraudado.

—Tenlo por seguro.

Tiró de los dos animales fuera de la ciudad y, una vez que traspasaron la empalizada, sujetó la yegua para que Ceara pudiera subirse; cuando se hubo asegurado de que ella estaba bien sentada, montó él y puso rumbo al camino que bajaba hasta la playa.

*****

Los claros abiertos entre las nubes relajaban la amenaza de lluvia, hacía días que el tiempo se mantenía frío pero aquello suavizaría la sensación. La tormenta que persiguió a Ceara y su hermano durante su viaje quedó en una simple promesa y el sol, aunque sin fuerza, había lucido desde entonces.

Los más habían aprovechado para realizar sus trabajos fuera de las oscuras casas, recibiendo el poco calor que el astro proporcionaba.

Que los días se iban alargando era patente en las bandadas de pájaros que empezaban a llegar desde el sur; los primeros que, desafiando unas temperaturas todavía bajas, regresaban para anidar antes de la llegada oficial de la primavera.

El mar permanecía plateado salvo allí donde los haces de luz conseguían atravesar el suelo de nubes que se extendía interminable bajo el sol, tornándose entonces de un color verdoso y transparente. Las rocas lisas, que habían sido lamidas durante siglos por aquel mar a veces implacable, reflejaban en mil diminutos rayos cada gota de luz que recibían. Los tréboles cubrían todo hasta la playa, incluso el camino, que sólo se podía intuir porque la hierba era menos densa comparada con la de los prados que lo flanqueaban.

No se sentía incómoda, aunque notaba cómo Conall la observaba; era hombre parco en palabras, poco que ver con su hermano, quien siempre tenía algo en la punta de la lengua.

—Relaja los brazos o se te caerán antes de volver. Procura colocar el peso sobre la base de la espalda, te juro que no te caerás.

Cuando se volvió a mirarle, se vio sorprendida con su sonrisa; hacía que la cicatriz de la mejilla, enmarcada por su pelo oscuro, fuera menos siniestra.

Se cruzaron con dos niños a los que Ceara sonrió, corrían jugando y cargando con unas nasas en las que, seguramente, escondían unos cangrejos; sus risas se diluyeron poco a poco camino del rath mientras los dos jinetes continuaban en dirección al mar.

Esperaron un poco antes de llegar, Conall inspiró sonoramente dejando que sus pulmones se llenaran del aire impregnado de sal; hasta le pareció apreciar un olor familiar, ese aroma que tenían los árboles cuando empezaban a despertar del invierno, una extraña mezcla de humedad y calidez que le arrancaron una mueca de satisfacción.

Se volvió sobre la montura hacia el bosque que les separaba de la desembocadura del río; ya se intuían algunos brotes en las ramas oscuras y tristes; hacía sólo unos días estaban celebrando el Imbolc. Buscó el rastro de las hogueras ceremoniales, ya no había nada, el verde empezaba a invadirlo todo, como debía ser.

Cuando llegaron a la arena él dio un golpe en la grupa de la yegua y ésta respondió lanzándose a galope tendido.

— ¡No te eches hacia delante, carga el peso atrás y estira las piernas!

Algo en su subconsciente debió escucharle, porque se vio reproduciendo la postura a pesar de que todo su afán segundos antes era agarrarse al cuello del animal. Instintivamente tiró de las riendas hacia abajo y atrás y el caballo redujo la marcha a un trote que no resultaba nada cómodo, pues la chica se separaba de la silla de madera y volvía a caer en ella con una cadencia demasiado larga y violenta; tiró un poco más y se detuvo definitivamente; se bajó de un salto y esperó en el suelo a que Conall llegara hasta ella.

—Lo has hecho muy bien, ya sabes sujetarte y frenar.

—Y algo más— él arqueó una ceja—. Que no debo darte la espalda, nunca. Me podía haber matado.

—No es cierto, esperé a llegar a la arena para que cayeras sobre blando; si hubiera hecho lo mismo en el bosque, podrías acusarme de intentar asesinarte— él también descabalgó y caminó junto a ella; no la obligaría a subir de nuevo hasta que llegaran al camino de entrada—. No eres como yo esperaba— intentó mantener la mirada en el infinito, hacia el final de su camino, pero sin verlo.

— ¿Y cómo me esperabas?

—No sé: más fría, más imponente, seria, madura… como tu madre— ella le miró haciéndose la ofendida—. Quiero decir…

—Quieres decir que soy alegre pero también infantil y poca cosa.

—Me refiero a que te pareces más a otras chicas de lo que creía, eso es todo.

—Vale, ahora soy corrientucha.

No pudo evitar la carcajada; le encantaba tenerle contra las cuerdas, era su pequeña venganza por el mal rato de la galopada y él decidió no dar réplica, pues no habría sabido cómo salir de aquella sin meter la pata una vez más.

Conall cumplió su promesa de un regreso al paso y sólo le dio un par de consejos.

—Esto te será muy útil de camino a Tara.

—Me temo que tengo que darte la razón, pero te ruego que no haya más lecciones como la de hace un rato, o Iobhar se verá obligado a vengarme.

—Necesitarías dos como tu hermano para tumbarme con la espada.

—Puede, pero sólo uno si dispone de arco y flecha.

—Llevas toda la razón, nunca vi un arquero mejor.

—Eso es porque no me habías conocido.

Le guiñó un ojo y arrancó un trote largo que la dejó con ventaja en la puerta de la ciudad. Entregó las riendas a un muchacho que había en el patio y subió corriendo a la casa.

—Gracias, Conall— gritó desde la entrada, donde Iona la esperaba para acompañarla a visitar a su marido.

El había despertado hacía un rato preguntando por ella.

*****

Fiall permanecía junto a él, sosteniendo una compresa helada sobre la frente del enfermo.

—Bueno, esto está muy bien— observó el color de la herida.

— ¿Bien? Está temblando, tan pronto tiene frío como tiene calor y, mientras, tú te dedicas a pasear a caballo.

Ceara se irguió en toda su estatura, parecía haber crecido unos centímetros; dirigió una sonrisa de calma hacia su paciente y, sin decir nada, empujó con delicadeza a la mujer fuera del cuarto, cerrando la puerta entre ellas.

Volvió junto a la cama y cogió un tazón vacío, sacó un pequeño mortero de su bolsa y comenzó a machacar la caléndula hasta convertirla en una pasta rojiza ayudada por un poco de agua.

Mientras extendía el ungüento sobre la zona afectada no paraba de sonreír.

—Señor, sé que está siendo duro pero lo peor ha pasado ya; esta misma noche tendremos que cerrar la herida y la fiebre desaparecerá en un par de días.

Ultan asintió con calma; tenía clara confianza en ella y Fiall, allí sentado ayudándola, se mostraba muy tranquilo, lo que contribuyó a que el enfermo se tomara esa fase como parte necesaria del proceso.

Desde fuera llegaba la voz claramente audible de la reina que gritaba ante un Conall incapaz de contenerla, en parte porque se sentía responsable de haber entretenido a la chica mientras su padre empeoraba, o al menos eso decía su madre.

—Esa hechicera nos hundirá la vida a todos. Nunca, hijo, nunca te fíes de esas mujeres, sólo sirven a sus propósitos y, aunque parezcan seres inofensivos y amables, no son mejores que las banshees que traen la desgracia allí donde pisan. Hasta Breccan, otrora poderoso e incontestable, agacha la cabeza y obedece cual perro cuando Treasa da una palmada. Su hija no puede ser mejor que ella.

Fiall inició un movimiento hacia la puerta que Ceara frenó en seco.

—No merece la pena. Ya cree que estoy matando a su marido, mejor que no piense que la estoy enfrentando a sus hijos.

Y continuó con las curas como si la perorata escuchada no la afectase en absoluto.

*****

Antes de cenar, Ceara y Fiall, ayudados por Conall, cerraron la herida; necesitaban un hombre fuerte que sujetara al .

Fiall no dejaba de observar a su hermano; conocía sus reticencias hacia druidas y druidesas, sin duda alimentadas por su madre. Ésta había llegado a montar en cólera cuando le confesó su intención de estudiar en la escuela druídica, por suerte contaba con el inestimable apoyo de su padre.

Conall llevaba rato pensando en decir algo sin atreverse.

—Siento que mi madre se comportara así esta mañana— arrancó por fin.

—Eso no es tu responsabilidad, no eres tú quien debe disculparse.

—Pero quiero que sepas lo avergonzado que estoy; estamos— se corrigió— mi hermano, mi padre y yo.

—Afortunadamente para él, tu padre no estaba en condiciones de prestar atención, pero sí os pediría que procuraseis que nada le sobresalte en los próximos días. Es fundamental para su recuperación— siguió machacando la corteza de abedul.

Permanecieron junto a la cama media hora más; después, la chica empezó a recoger sus cosas con delicadeza, una por una, tal como su madre y la bandrui le habían enseñado

—Necesitaré el caballo con el que vine.

— ¿Cuándo?

—Ahora. No conviene que me quede, por el bien de vuestros padres.

— ¿Dónde irás?

—Tengo una amiga aquí cerca y ya está todo arreglado. Me reuniré con vosotros al salir para Tara, no haré que faltéis a la promesa que hicisteis a mi padre— Fiall estuvo tentado de retenerla, pero consideró que era una sabia decisión y la ayudó a llevarse sus cosas—. Si me necesitáis estaré con la sobrina del curtidor.

*****

A Echna no le había sorprendido la llegada de un chiquillo que decía venir de la casa del enviado por su amiga para pedirle que la dejara quedarse un par de días allí.

No le habían dicho la causa, pero todo apuntaba a algún tipo de desavenencia con la reina.

Estaba muy ilusionada, aunque sería raro compartir el espacio con su familia, y llevaba toda la tarde dando instrucciones sobre cómo comportarse con Ceara; sobre todo a sus dos hermanos pequeños, que últimamente habían cogido por costumbre hacer la vida imposible a todo ser que caía cerca, en especial a los de sexo femenino.

El silencio les envolvía; Ceara meditaba sobre Echna, Conall y Fiall, aquellos hermanos que no se conocían, aunque dudaba que eso significara que no supieran de sus respectivas existencias. Le constaba que la reina hacía todo lo posible por evitar el contacto de sus hijos con la chica, bueno, y del propio Ultan.

Lo lamentaba sinceramente, no podía imaginar un mundo sin Iobhar y Niamh; aunque a veces resultaran insoportables, les echaba muchísimo de menos, sobre todo a su hermana, aquella con la que daba la sensación de no tener nada en común.

Intentó concentrarse en colocar bien su cuerpo sobre la montura, se hacía muy difícil sin poder apoyar los pies en ninguna parte, sujetándose con una ligera presión de las rodillas contra el animal. Conall la observaba dispuesto a hacer cualquier corrección, y Fiall iba canturreando, dando muestras una vez más de su carácter alegre.

*****

Estaba terminando de colocar el catre en el que dormirían cuando su hermano más pequeño entró corriendo.

— ¡Vienen jinetes!

Echna dejó lo que estaba haciendo y salió tras él. Se extrañó al reconocer a los hijos del y no supo cómo reaccionar, pero Ceara se había adelantado y la estaba abrazando con fuerza.

—Mira, estos son Conall y Fiall.

Le costó esconder el escrutinio al que sometía a los tres, buscando más parecidos que confirmaran la insinuación que le había hecho Ultan.

Por lo que sabía, Echna no tenía padre, vivían con un tío, y el padre de sus hermanos había muerto un par de años antes; no había sido un buen hombre y Echna no lo había lamentado en absoluto.

—Señores— inició un gesto de profundo respeto que Fiall frenó antes de que terminara.

—Salvaste la vida de nuestro padre, no debes hacer eso.

A Echna la descolocó ¿cómo se habían enterado? y vio la sonrisa de Ceara, la misma que ponía cuando había desobedecido a su madre y esperaba su complicidad.

—Cuídala bien, o nosotros tendremos que responder ante Breccan.

Conall parecía otro fuera del ambiente de su casa, más joven y menos serio. Casi se comportaba como uno más.

—Yo temería más a Treasa— bromeó Echna.

Declinaron la invitación a quedarse, debían regresar lo antes posible a casa o su madre montaría en cólera, algo que querían evitar para cumplir con las recomendaciones que Ceara les había hecho por la tarde; cuanto más tranquila estuviera la reina, más rápido se repondría el .

La chica tuvo que prometerles que pasaría al día siguiente a visitar al enfermo y que no intentaría escapar; esto último lo hizo con un tono demasiado irónico hasta para el gusto de Fiall.

—Bueno y ¿qué tal todo por aquí?— preguntó alegre cuando los jóvenes ya habían desaparecido en la noche.

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