Capítulo 12

el viento sobre las colinas de éire 12

Treasa buscaba a Ceara y la encontró tejiendo; no dejaba de sorprenderle la habilidad de su hija con las tramas y que, aún así, se quejara de lo tedioso que le resultaba. La joven dejó el telar y observó el gesto indescifrable de su madre; no podía evitar preguntarse, con cierto temor, qué sería lo que tenía que decirle.

—Nena— hacía mucho tiempo que no la llamaba así y Ceara se puso en guardia—. Supongo que has oído que se acerca una nueva coronación en Tara. Antes de eso acudirás a Bré sin tardanza, su jefe nos necesita. Mañana te daré una bolsa y partirás con la primera marea.

Intentó adivinar qué parte de la información le estaban ocultando. Treasa se volvió hacia un arcón y sacó de él un fardo de tela.

—Por supuesto— siguió con un tono que a la joven le sonó excesivamente dulce—, dejarás aquí tus viejos trajes y llevarás nuevas ropas de viaje— le tendió el bulto.

— ¿Cuántos días estaré fuera?— se atrevió a preguntar.

—De Bré irás directamente a Tara, yo te esperaré allí. No te preocupes, te escoltarán hasta la colina sagrada.

—No me gusta que te quedes aquí sola, puede ser peligroso.

—Etaine y Orna llegarán pronto. Ellas se encargarán de todo. Ve a preparar tu equipaje.

*****

Por la mañana, cogió el pequeño petate y se montó en el curragh. El sol estaba en su punto más alto cuando atracaron en la costa.

Descubrió a un hombre menudo y moreno que cantaba una canción que ella conocía desde niña; cuando logró acercarse lo suficiente, reconoció en aquella nariz torcida a su hermano Iobhar, que la recogió en un enorme abrazo de oso.

—Bueno, bueno. Mira lo que trajo la marea, pero si es la pequeña Ceara convertida en una jovencita preciosa— la apartó de él para poder verla mejor.

— ¿Tú me llevarás a Tara?— se emocionó con la idea.

—No, padre me espera en Dubh Linn para hacer el viaje con él, dice que se siente viejo. Yo sólo te acompañaré hasta Bré, los hijos del jefe son amigos míos y pensamos que estarías más cómoda si empezabas el viaje conmigo. ¿Qué tal llevas lo de montar a caballo?

Le tendió las riendas del más pequeño; era oscuro y muy robusto, a Ceara le gustó que la alzada del animal no fuera gran cosa, si se caía, el suelo ya estaría cerca desde el principio y se haría menos daño.

—Niamh te manda recuerdos, está deseando verte.

—Espero que te portes mejor con ella.

—No empieces tú también; la última vez que vi a nuestra madre me insistió con lo mismo. Os alegrará saber que Torcan tiene claro lo que le sucederá si la trata mal.

Ceara apreció la picardía del niño que se fue de Deilg Inis en la sonrisa de su hermano, ahora convertido en un hombre adulto.

Pronto torcieron hacia el sur, dejando la aldea de los druidas a su espalda. Iobhar prefería utilizar un camino exterior pegado al mar, eludiendo así el peligro de internarse demasiado en los bosques llenos de lobos y, sobre todo, de osos que acababan de despertar de su letargo invernal y podían convertirles fácilmente en presas con las que saciar su hambre.

Desde lo alto de la primera colina contemplaron el borde de la costa, frente a ellos se extendía un valle separado del agua por una vasta playa de arena negruzca; los árboles, todavía sin hojas, casi llegaban hasta la orilla; al fondo los bosques tras los cuales se escondía su destino.

A Ceara le sorprendió ver que la nieve todavía blanqueaba la cara norte de algunas de las montañas más lejanas; instintivamente se aferró buscando refugio a su blanda y caliente capa que la envolvía casi por completo.

Unas nubes grises y compactas no presagiaban buen tiempo; si hubiera sido primera hora de la mañana les habría restado importancia, siempre se formaban enormes masas oscuras traídas de lo más profundo del mar a aquellas horas, pero, siendo mediodía, Ceara temió que la amenaza de descargar con su tono plomizo les pillara sin resguardo posible.

Atravesaron la primera cala con un ojo puesto en la linde de la arboleda y el otro en el agua que, a pesar de tener el mismo tono grisáceo que el cielo que reflejaba, parecía no generar más que una pequeña banda de espuma blanca en el momento en que tocaba tierra. Iobhar mantenía la mano cerca del arco y aconsejó a su hermana que hiciera lo mismo, no sería la primera vez que un oso aparecía entre la espesura de repente derribando a un hombre de su caballo.

Ceara seguía controlando con desconfianza cada palmo de aquel ramaje tan denso que simulaba esconder todo un mundo tras él. Nunca había estado cerca de un oso vivo, pero sabía de lo que eran capaces; los había visto nadar alrededor de Deilg Inis antes del invierno, cuando la marea estaba baja, buscando qué comer, aunque no era demasiado frecuente; recordaba su enorme tamaño, su piel espesa y dura y aquellos terribles colmillos que asomaban cuando lanzaban un rugido al aire, desafiándolo, y eso bastó para que comenzara a encomendarse a Artio para que les protegiera.

Cuando llegaron a la base de la última colina se vieron obligados a adentrarse en una senda que cruzaba entre los helechos.

Era un camino bastante transitado, pues era el único que permitía cruzar de una ladera a otra, aunque implicaba alejarse de la seguridad de las playas abiertas y adentrarse en el principio del bosque de robles y avellanos.

Ceara se aferró aún más fuerte a las riendas y el arco con la flecha casi colocada, por si era necesario usarla.

Se cruzaron con otros viajeros, lo que contribuyó a que se sintiera más segura; ningún animal se acercaría a un lugar tan lleno de humanos haciendo ruido con sus pesados carros y el tintineo de las mercancías.

*****

El camino había resultado sencillo, aunque Ceara sospechaba que se debía más a la docilidad y edad de su jamelgo que a unas innatas dotes de amazona. A punto de finalizar el día, Iobhar le señaló su destino.

La ciudad no estaba amurallada, tan sólo una empalizada rodeaba la parte más baja, pero las puertas de acceso permanecían abiertas. Más de cerca, la valla de troncos resultaba imponente y pudo ver una reunión de gente en el camino de entrada.

Su hermano se bajó del caballo y le sugirió que hiciera lo mismo; ella quedó encantada, le dolía el trasero de ir montando y sintió miedo de no ser capaz de caminar normal; era como si sus piernas hubieran adoptado el arco del cuerpo del animal y le dio por pensar que no podría juntarlas hasta su posición original.

—Bienvenida, señora— un hombre mayor se acercó a ella apoyado en un bastón y la cogió de las manos con familiaridad—. Yo soy Ultan, Rí Tuaithe de Bré. Espero que hayáis tenido buen viaje.

Ceara se giró hacia su hermano, pero éste ya se había unido a dos jóvenes y bromeaba con ellos.

La esposa de su anfitrión se adelantó con una sonrisa cargada de calma, le tendió la mano y Ceara la siguió de camino a la ciudad.

—Primero te enseñaré tu cama, ya tendréis tiempo de charlas luego. Iobhar ¿te quedarás a cenar?

—Sí, claro, Iona. Creo que mi hermana lo agradecerá.

La casa del Rí no se parecía en nada a lo que Ceara había conocido antes. Su tejado era más elevado y se veían las paredes hasta una altura que ella no podía alcanzar ni de puntillas con los brazos estirados.

Se internaron en la primera sala presidida por un hogar que acababan de encender; tras ella, otra pequeña estancia con varias puertas de madera; por una de ellas se metió la mujer y ella la siguió, contenía una cama de paja y un arcón bastante grande.

—Aquí puedes dejar tus cosas— señaló el baúl— ¿es tu primer viaje fuera?

—No, señora, fuimos cerca de Dubh Linn para la boda de mi hermana. Pero es la primera vez que viajo sola y ni siquiera sé por qué estoy aquí.

—Bueno, querida, para ayudar al — se colocó junto a la puerta e hizo un gesto a una muchacha que esperaba fuera—. Te avisaré en un rato para la cena. Esta es mi sobrina Aoifa, te ayudará con el baño si quieres.

Y desapareció dejándola sola con una chica quizá unos meses mayor que ella, que la miraba con un gesto mezcla de agrado y cautela.

—Esto… sí, creo que me vendría bien lavarme ¿dónde puedo conseguir un cubo?

Aoifa rió, lo que empujó sus mejillas rechonchas contra sus párpados inferiores casi cerrándole los ojos.

—No te hará falta un cubo, tenemos otra cosa. Sígueme.

La condujo hasta otra habitación a través de la estancia de las puertas y la dejó pasar a otra mucho más pequeña en cuyo centro había una gran cubeta que a Ceara le recordó a los abrevaderos que usaban los animales. Ya estaba llena de agua y, para sorpresa de la chica, su temperatura era agradable.

—Mi tía la mandó hacer, dice que tenían una en su aldea.

—Y ¿dónde está su aldea?

—En Gwynedd— volvió a reír—, la enviaron aquí debido a las guerras con los romanos y mi tío, para que se sintiera como en casa, construyó su hogar lo más parecido que pudo a lo que ella conocía.

A Ceara no le pareció un mal invento, pero hubiera preferido un agua más fría, acostumbrada como estaba a usar la nieve derretida durante todo el invierno.

*****

Durante la cena estuvo sentada entre su hermano y Fiall, el hijo menor del Rí de Bré; la conversación con el joven era muy agradable, al menos él tenía un punto de vista muy parecido al de ella en cuanto a cosas que Iobhar gustaba de solucionar por la fuerza bruta. Sin haber terminado la comida, Fiall se levantó y comenzó a cantar; tenía una voz de barítono suave que se fundía con las notas del arpa.

La primera tonada fue melancólica aunque, a ojos de Ceara, preciosa. Su padre le rogó que, por el bien de anímico de todos los presentes, el resto del repertorio fuera algo más animado y bailable.

Iobhar puso un boudhran delante de ella.

—Vamos, hermanita, ¿o ya no se te permite tocar?— la empujó hacia Fiall y no tuvo más remedio que acompañarle.

El Rí y su esposa insistieron en que su hijo dejara cantar a Ceara; un poco cohibida tomó el arpa, la colocó sobre las rodillas y empezó la canción con que Iobhar la había recibido esa mañana.

—Parece que te ha salido una firme competidora— Conall aplaudía al ritmo de la canción.

—Oh, no, tu hermano es mucho mejor bardo que yo.

—Bueno, tiempo tiene de enseñarte, Ce. Yo me marcho mañana— estaba desconcertada, había creído que se quedaría algo más, por lo menos en lo que conocía a sus anfitriones lo suficiente como para no sentirse como un conejillo asustado—. Ellos te llevarán a Tara, sé que te dejo en las mejores manos.

Estuvo a punto de preguntarle qué se suponía que haría en Bré hasta que llegara la hora de irse, pero intuyó que tampoco Iobhar diría nada.

*****

Pasó la mayor parte del tiempo observando a los chicos; pretendía averiguar todo lo que pudiera sobre ellos antes de iniciar el viaje de dos días a la colina sagrada; su madre la había enseñado a leer el interior de las personas, y en ello andaba cuando Iobhar tiró de su brazo arrastrándola para bailar con él.

—Deja ya de estudiarlo todo— la sorprendió—. Lo más divertido de la vida es ir encontrándose con los acontecimientos sin saber gran cosa de ellos. Tu magia no siempre te dará respuestas.

Se sintió un poco enfadada, recordó la disputa durante la boda de Niamh y la forma bien distinta que tenían de ver las cosas; pero era lógico, él era un guerrero, apenas le habían enseñado a ver más allá del día siguiente, sin embargo ella… ella sí podía mirar a través de tiempo, bueno, no siempre, pero a veces.

*****

El amanecer llegó demasiado pronto, se habían entretenido hasta bien entrada la noche y ella quiso aprovechar cada segundo con su hermano; se despidieron con un abrazo aún más fuerte que el del día anterior, con la promesa de verse en Tara.

En realidad seguía ignorando el motivo de su estancia allí, aunque intuía que el misterio se esclarecería pronto y así fue; de regreso a la casa, la mujer del Rí la llevó aparte, directamente hacia las cuadras.

—El compromiso con tu padre— dijo sin rodeos— es fuerte, y mi marido no se atrevería a romperlo. Tú ni habías nacido cuando sucedió, pero Breccan le salvó la vida y yo le estaré eternamente agradecida por ello, no me malinterpretes. Obviamente sabíamos que algún día deberíamos devolver el favor para no caer en la deshonra, lo que me sorprendió fue el precio— Ceara intentaba entrever a dónde llevaba aquella conversación, no notaba enfado en la mujer—. Gracias a tu padre he tenido dos hijos que son magníficos guerreros, y ahí es donde llegas tú; Breccan ha insistido en que sean ellos quienes te escolten hasta Tara no sé con qué pretensiones teniendo en cuenta que, desde esa pequeña isla en la que vives, el camino sería más corto. Figuro que Treasa anda detrás de todo esto con algún propósito que ninguno alcanzamos a conocer y, para serte sincera, temo el día en que se revele.

Ceara se ofendió por el modo en que había pronunciado el nombre de su madre, con un deje de desprecio, y a punto estuvo de protestar, pero la madre de Conall y Fiall siguió hablando sin darle tiempo.

—Sólo te pido que, si averiguas ese algo y pone en riesgo a alguno de mis chicos, me lo hagas saber— la joven asintió—. Estoy convencida de que tienes ese poder y que cumplirás con la promesa que me has hecho— le apartó una brizna de paja del pelo—. Yo te quiero bien, aprecio mucho a tu padre y a tu hermano, pero mis hijos son mi sangre, mi alma, y aunque sé que nadie puede escapar a su destino, temo todos los días por el de cada uno de ellos.

Asintió con una mirada cargada de comprensión y observó a la mujer mientras se marchaba dejándola sola.

Se acercó a uno de los animales y le acarició el cuello; entendía que una madre temiese por el futuro de sus hijos, pero ella estaba demasiado ocupada intentando adivinar el suyo propio.

Apretó los lazos de la capa para resguardarse del viento, aunque la primavera se acercaba, aún hacía frío. Escogió un camino que se adentraba en la arboleda, respiró hondo, y se dio cuenta de cuánto echaba de menos Deilg Inis y su soledad; su experiencia con habitantes externos se limitaba a la boda de su hermana y ahora empezaba a darse cuenta de que, lejos de las celebraciones, aquellos hombres y mujeres vivían en un mundo sórdido, lleno de desconfianza, que para ella suponía algo completamente nuevo. Todo resultaba más simple desde su fortaleza en medio del mar.

Una voz melodiosa la hizo volver al bosque por el que caminaba; justo en el brazo del río que lo cruzaba, sentado en una roca sobre la orilla, se encontró a Fiall, que calló al verla y le ofreció un lugar a su lado.

—Prefiero esta piedra al sillón más cómodo de Éire— dijo ella recordando sus pensamientos, tratando de romper un silencio que, a su parecer, estaba durando demasiado.

—A mi me sucede lo mismo, supongo que es porque tu abuelo me obligó a pasar más horas sentado en el suelo que en otro sitio— y rompió a reír dando un brillo extraño y encantador a sus ojos grises—. Deberíamos volver, no creo que a nadie le importe dónde me he metido yo, pero, en lo que a ti respecta, cundiría el pánico— la ayudó a levantarse.

— ¿Sabes? Estoy un poco harta de que todo el mundo me trate como algo delicado, fácil de romper.

—Suele pasar con las cosas prestadas.

—Entonces soy eso, algo prestado.

—En cierto modo— apartó una rama para que pasara—, cuando un amigo te pide que cuides a su hijo pones más esmero que con los tuyos. Pero, si te hace sentir mejor, durante el viaje me dará igual lo que suceda contigo— volvió a reír—. ¿Ves? Conall ya te anda buscando— señaló la sombra al inicio del camino.

— ¿Dónde os habíais metido? Madre se estaba volviendo loca, dice que te dejó en el establo y que habías desaparecido.

La cogió de la mano y tiró de ella hacia la ciudad; Ceara sólo pudo expresar su asombro a Fiall que los seguía en silencio con una expresión de «te lo dije.»

*****

Conall no la soltó hasta que entraron en el salón donde su madre daba vueltas junto a la chimenea vacía.

—Por fin, aquí estás —miró directamente a Conall por encima de la cabeza de la chica, como si ésta fuera transparente o no estuviera allí—. ¿Dónde?

—En el bosque, con Fiall.

—Gracias a los dioses que la encontraste— esta vez se dirigía a su hijo menor.

—Para ser sincero, fue ella la que me encontró a mi— Fiall mantenía la cara sonriente, de hecho Ceara no recordaba haberle visto dejar de sonreír desde que le conocía.

La señora de Bré la arrastró a un rincón y se sentó frente a ella, con la mirada todavía asustada clavada en los ojos de Ceara.

—Siento lo que te dije, pequeña. Sólo soy una madre cuidando de sus cachorros, no pretendía hacerte responsable de su futuro, pero quizá logré que lo creyeras.

—No, de verdad, lo comprendo.

— ¿Prometes que no volverás a huir?

— ¿Huir?— y entonces entendió el miedo de la mujer, la determinación con que Conall había tirado de ella hacia la casa— No estaba huyendo, sólo paseaba pensando en cómo averiguar lo que me pediste.

Por toda respuesta recibió un abrazo eterno. Notó cómo la acariciaba el pelo, como si quisiera dejarlo liso, y la musculatura de su anfitriona relajándose cada vez más. Fiall ensanchó la mueca de su boca y salió del salón con su hermano.

—Nunca vuelvas a asustarnos así, niña— por fin se separó de ella—. Bueno ¿te apetece liebre para la comida? Conall trajo varias esta mañana.

*****

A pesar de la insistencia por parte de Fiall y Ceara para convencerles de que ella no se había escapado, Iona, empeñada en que su huida se debía a la conversación que habían mantenido en las cuadras, decidió que era el momento de que cumpliera con el propósito de su llegada, así que, en cuanto finalizó la comida, se reunieron en su habitación.

La mujer comenzó a hablar mientras su marido permanecía sentado junto a ella

—Ayer no te expliqué con exactitud lo que sucedía y, a fin de cuentas, tú has llegado para ejercer de curandera— no se sintió cómoda con el adjetivo, sonaba a broma en boca de Iona—. El está enfermo, pero no es una noticia que pueda extenderse, al menos no hasta que Conall adquiera más confianza y sea capaz de gobernar.

Lejos de tranquilizarla, estas palabras la inquietaron aún más, pues dejaba traslucir una gravedad que necesitaba de su actuación con urgencia.

Aquella mujer alta y rubia, envarada como una espiga justo antes de ser cortada, le enviaba mensajes contradictorios y Ceara no terminaba de saber a qué atenerse con ella; tan pronto se mostraba maternal como excesivamente cauta y recelosa.

No era que escondiera su verdadera cara, sólo que luchaba constantemente por ser reina y madre, y no terminaba de lograr un equilibrio entre ambas facetas. Ceara recordó lo que Aoifa le había dicho, quizá sólo se trataba de una mujer que intentaba encontrar su lugar en una tierra ajena donde había plantado una parte de sus raíces, aunque sus brazos seguían estirándose tercos en dirección al que había sido su hogar.

—De acuerdo y ¿qué os sucede, señor?

—Hace poco menos de un mes caí del caballo sobre unos zarzales. Aparte de unos rasguños salí bien parado, salvo por la herida de la pierna. No me di cuenta de que estaba sangrando hasta que intenté montar de nuevo. Supongo que entre las espinas habría algo cortante que logró penetrar el pantalón y no deja de supurar.

Con cada palabra que pronunciaba dirigía una mirada casi imperceptible hacia su esposa, buscando su aprobación.

Lo cierto era que, allí sentado, con su pelo oscuro y la capa parda que le cubría, creaba un profundo contraste con su mujer, como la noche y el día; pero él, lejos de inspirar temor y mantener una pose orgullosa, se mostraba nervioso.

—Lo hemos intentado todo— le interrumpió su esposa—, pero el dolor no cesa.

— ¿Fiebre o calambres en la zona afectada?

—Suele estar caliente. Pero no me impide caminar siempre que me apoye en algo. Es más una especie de dolor constante y grave.

— ¿Escuece y palpita?

Iba recuperando el aplomo, había hecho un diagnóstico cientos de veces y ahora aquellas personas no eran ni sus anfitriones ni reyes, eran sus pacientes y nada más.

—Sí, pero no siempre.

—Bien, dejadme verla.

El jefe se levantó la túnica y, con ayuda de su mujer, destapó la herida en la parte del muslo izquierdo más cercana a la rodilla.

Tenía aspecto feo, algo amoratada, pero sin signos de infección severa; detectó que había recibido prudentes curas, se trataba de unas técnicas que, a su parecer, sólo podían haber salido de un sitio.

—Perfecto, no voy a mentir, Ultan No es poca cosa, pero tampoco hará falta cortar la pierna. Si no os importa, me gustaría ir a por mis medicinas, y agradecería que Fiall me ayudase. Harán falta compresas nuevas y limpias, agua y… quizá el herrero pueda dejarme unas tenazas pequeñas.

—Lo que necesites— la mujer salió en busca de las cosas y de su hijo menor, dejando solos a Ceara y el .

—Y ahora, ¿quién puso los primeros emplastos?— él se mostró sorprendido— ¿no querréis que crea que nadie os vio nada más caer?

Necesitaba saber qué atenciones había recibido para dispensarle el mejor tratamiento y, sobre todo, para adelantarse a cualquier complicación.

Se mantuvo en silencio, observando la costra con detenimiento y levantando la vista de vez en cuando hacia el hombre. Era una forma muy vieja de hacer que alguien confesara lo que una quería saber; la gente soltaba todo si su vida podía correr peligro, sólo había que darles tiempo y presionar haciéndoles creer que su curación dependía exclusivamente de la información que pretendían callar.

—Fue Echna— se derrumbó al fin—. Quizá la conozcas, ha estado en Deilg Inis, pero no le digas nada a mi mujer. Si descubre que andaba cerca de esa casa, me castrará y exhibirá mis testículos en la puerta de la ciudad. Sabe que no es la única con la que duermo, pero espera fidelidad, o al menos que mis únicos hijos sean los suyos

—Seré una tumba. Os alegrará saber que Echna y yo somos grandes amigas y que los cuidados que ha proporcionado os han salvado la vida; impidió que la infección pudiera extenderse, pero lamento decir que eso no evitará que el proceso de curación sea doloroso— el miedo dilató las pupilas del hombre—. Afortunadamente, Diancecht no logró esconder todas las hierbas del mundo y aquí tengo unas que ayudarán a mitigarlos.

—No creo que a mi padre le interese ahora la historia de los dioses— la voz de Fiall tras ella la sobresaltó—. Aquí traigo lo que has pedido.

Prepararon una infusión calmante y esperaron a que hiciera efecto.

— ¿Cómo no le has atendido tú?

Ceara había esperado que la respuesta a la pregunta que había hecho al jefe hubiera apuntado en dirección a su propio hijo, nunca imaginó que la responsable pudiera ser su mejor amiga y ahora su mente no dejaba de pensar en el motivo de la inconveniencia de su intervención en todo aquello.

—No me deja, dice que aún soy un aprendiz de magia y no se fía, supongo.

— ¿Y de mi sí? Curioso.

—Es por el halo que envuelve a Deilg Inis. Ya le salvó la vida una vez y pretende que lo haga de nuevo. Cree que tú naciste sabiendo ¿no es divertido?

—Debería presentarle a mi madre, a ver si la convence de eso y me deja de pruebas por un rato. Bien, habrá que sujetarle fuerte, no creo que aguante sin moverse.

— ¿Piensas cauterizarlo?

—No de momento. Primero tenemos que limpiarlo bien, luego ya veremos. Por buena que sea la droga que le hemos dado, no creo que esté cómodo mientras yo le hurgo dentro de la pierna.

Recogió un par de hojas y un manojo de paja después de haberlo lavado, colocando todo sobre sus rodillas. Fiall la miraba intrigado y atento, intentando absorber todo el conocimiento que pudiera de la lección que estaba recibiendo en directo.

Ceara le pidió que machacara una mezcla que ya traía preparada, impregnó la paja en ella y la extendió sobre la herida; finalmente, usó otra medicina para cubrirla con las hojas y lo ató todo a la pierna con un par de jirones de tela.

Fue rápida y el Rí no se quejó mucho, le dieron otra tisana para que durmiera y le dejaron descansar. Su esposa aguardaba al otro lado de la puerta

—Se salvará, mañana cerraremos la herida y, en un par de días, podrá volver a la normalidad, incluso montará a caballo— esta afirmación no pareció emocionar a la mujer—. Pero tranquila, no se lo permitiremos hasta dentro de una luna o dos.

—Preferiría que fueran dos.

—Preferirías que fuera para siempre, madre.

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