Capítulo 11

el viento sobre las colinas de éire 11

El cielo era completamente blanco, había una calma en todo lo que les rodeaba que lo convertía en algo casi irreal. Desde la última ventisca, hasta el más pequeño hueco había sido cubierto por la nieve.

Deilg Inis emergía como una gran montaña albina de entre el gris del mar. Ya casi en el embarcadero, se veía cómo las focas habían logrado derretir la densa capa que llegaba hasta la mitad de la pantorrilla, pero allí donde los animales no se habían tumbado todavía resultaba difícil dar un paso. Hasta las cabras preferían quedarse cerca de su corral en vez de triscar a placer por cualquier parte.

Los techos de bálago se intuían por el testigo que representaba el hueco de la chimenea, el calor que salía por ella había derretido la nieve dejando ver lo que había debajo.

Pero, sobre todo, había algo más mágico en el círculo de piedra, ofreciendo sus alargadas sombras sobre el manto de nieve; en su costado oriental las piedras estaban totalmente cubiertas, el viento las había azotado desde ese lado dejando intacto el opuesto, que se mantenía gris y negro creando un bonito contraste.

Se apresuró en llegar hasta donde le esperaba su nieta, no tenía tiempo que perder. Durante la última semana las visiones habían sido cada vez más claras; el ciclo se estaba poniendo en marcha y él no podía fallar aunque sus viejas piernas se empeñaran en hacerle cada vez más difícil cumplir rápido con su función.

*****

No había visto a nadie acercarse a la isla, y eso que desde el secadero podía controlar, no sólo la isla en sí misma, sino también el estrecho por el que cualquier embarcación que quisiera llegar hasta ella tenía que cruzar; pero al pasar junto a la cabaña en la que estaba Treasa había escuchado voces y vio al viejo druida con ella.

No se atrevió a quedarse, seguramente sabrían que andaba por allí, así que regresó a sus quehaceres y no comentó una sola palabra con su amiga; si su madre no había avisado de la llegada del anciano sus motivos tendría y no sería ella quien se inmiscuyera.

—Parece que en verano vendrán algunas muchachas más— en los últimos meses había echado especialmente de menos el hecho de tener a su cargo algo más que las cinco cabras y las diez o doce gallinas que guardaban en el corral—. Etaine y Orna ya han sido avisadas.

—Quizá deberías pedirles que adelanten su regreso— la nube que cubría el ojo derecho del anciano parecía más opaca—. Se avecinan grandes cambios.

Treasa esperó una explicación más amplia, pero no obtuvo una palabra.

— ¿Cuánto más?

—Crimthann(1) durará poco en el trono, pronto habrá una nueva coronación en Tara(2). Echna y Ceara deben empezar sus caminos.

A Treasa aquella revelación la inquietó; sabía que el destino de su hija se acercaba inexorablemente y no podía hacer nada para impedirlo, pero también crecía la angustia por sus otros dos hijos.

(1) Ard Rí entre el 365 y 378 d.C

(2) Colina sagrada del valle del Boyne donde se localizaba el trono de los Reyes Supremos.

— ¿Qué hay de Niamh e Iobhar, abuelo?— casi tenía miedo de preguntar.

—Niamh es feliz en Dubh Linn. Por lo que sé, Torcan es cariñoso con ella y muy apreciado por el jefe. Me recuerda al joven Breccan cuando se casó contigo. Son muy queridos en el clan, y ella se ha hecho un hueco con esa facilidad que tiene para resultar encantadora y útil. Creo que no ha habido un solo parto en los últimos meses que no haya atendido personalmente, y su estado de salud es estupendo; quizá haya engordado un poco. Era de esperar en su estado.

—Esperemos que su embarazo llegue a buen fin. Quizá pase unos días con ella antes de ir a Tara; recuerdo lo que es ser primeriza y nunca vienen mal un par de consejos de otra mujer, sobre todo si esa mujer es tu propia madre.

El anciano asintió con ternura, era consciente de lo duro que había resultado para Treasa enfrentarse a todas aquellas experiencias sin su progenitora al lado.

El druida recordaba la muerte de su hija durante un parto especialmente difícil del que no sobrevivieron ni ella ni el niño. Aquellos fantasmas le habían rondado sin piedad con cada embarazo de Treasa; por suerte su nieta había logrado superar todas y cada una de las pruebas con una fortaleza inusitada, recuperándose rápido.

Quizá aquella decisión era lo más necesario para que todo saliera bien, y pedía a los dioses por que las hijas de ésta hubieran heredado esa cualidad de su madre.

— ¿Qué hay de Iobhar?— preguntó, interrumpiendo los devaneos de su abuelo que cambió su aire melancólico por una sonrisa abierta y plena.

—Sigue tan zalamero y escurridizo como siempre. Libre, sabes que le gusta la libertad. Se hará un nombre en las leyendas y los bardos le cantarán por mucho tiempo— esto despertó el orgullo de la mujer, pero su más temido momento se acercaba—. En cuanto a Ceara… de Britania están llegando unas ideas traídas por esos romanos— casi escupió la palabra— que ponen en peligro nuestro modo de vida. Ya en el Gwynedd hay aldeas enteras convertidas al cristianismo, dejando de lado a los viejos dioses. Si logran cruzar hasta aquí y quedarse, será nuestro fin.

— ¿Y qué tiene que ver mi hija en todo esto?

—Necesitamos mantenernos vivos, y es nuestra única oportunidad. Ella seguirá tus pasos aunque no dentro de esta isla; es un lugar demasiado recóndito para recuperar el terreno perdido. Tenemos que fortalecer tu estirpe, la nuestra. Debe casarse con un jefe, un Rí; uno que nos proporcione un lugar desde el que continuar con nuestro legado.

— ¿Me estás pidiendo que escoja por ella?— se alarmó.

—No, no será necesario. Brigit(3), en su infinita sabiduría, ya ha marcado ese camino y será de su agrado, pero tendrás que darle un pequeño empujón.

(3) Diosa asociada a la fertilidad y la sabiduría.

— ¿Cómo?

—Enviándola a Bré antes de la coronación—el corazón de Treasa se paró al escuchar la palabra—. Su Rí ha mandado un emisario pidiendo ayuda. Además los hijos del jefe estuvieron en la escuela, Fiall y Conall se llaman; acudiste a su transición, quizá recuerdes a su madre: Iona.

En ese momento hubiera preferido no hacerlo, no guardaba una buena impresión de aquella mujer rubia y altiva.

—El mayor, Conall, está llamado a suceder a su padre; Fiall será un gran druida algún día. No se me ocurre mejor unión, ambos son amigos de Iobhar, y el padre le debe un gran favor a Breccan. De momento, tu esposo puede pedirle que sus hijos acompañen a Ceara hasta la colina sagrada cuando llegue el momento— la mujer le miró con escepticismo—. Aceptará, está obligado por las leyes Brehon(4), o caerá en la vergüenza.

— ¿De cuánto tiempo disponemos?

—Aún no lo sé con exactitud, he consultado a los dioses y no han precisado, pero imagino que después del Imbolc(5).

La mujer miró a través de la cortina de agua que regaba de manera casi incesante su hogar desde que la bandrui muriese. Eso no les daba mucho margen, apenas un par de lunas antes de que el sol retomara sus fuerzas.

Le estaba resultando un invierno demasiado largo, en gran parte debido a la falta de su mentora, y Treasa se notaba agotada, como si toda la energía de la que había hecho gala hasta entonces se le estuviera escapando con cada gota de agua que golpeaba el suelo.

(4) Era una especie de código civil que regía las relaciones y compensaciones.

(5) Festividad que coincide más o menos con el de febrero, dedicado a Brigit.

Se avecinaba otro temporal, el viejo debía aprovechar para marcharse enseguida o quedaría atrapado allí con ellas durante varios días, lo que provocaría unas preguntas por parte de Ceara que no se veía con fuerzas de responder.

Tras asegurarse de que la chica seguía con sus tareas y no podían ser vistos, bajaron hasta la playa; el acompañante del druida se había resguardado en la cabaña cercana y comenzaba a impacientarse, observando las nubes cada vez más oscuras que se cernían sobre ellos.

—Piensa en lo que hemos hablado— le recordó al besarla antes de marcharse.

*****

El rugido del agua chocando contra las rocas era ensordecedor y el silbido del viento, insoportable. Ni siquiera las focas o los delfines daban señales de vida ante aquellas condiciones. En la parte baja el agua saltaba por encima de la tierra, lo que la había obligado a arrastrar los curraghs dentro de la choza para evitar que el mar se los llevara.

La neblina de espuma era tan densa que no se veía la otra orilla, como si Deilg Inis fuera el único lugar existente en el mundo.

En el cielo, una enorme masa negra daba la sensación de intentar tragarse la tierra, redonda e implacable.

Se alegró de que el anciano ya estuviera a salvo en la aldea cuando la tormenta arreció, sobre todo cuando los chasquidos de algunas pequeñas piedras desmoronándose de los cortantes incrementaban la sensación de inseguridad.

De regreso desde el embarcadero cogió un par de cubos; harían falta y suponían una excusa perfecta si su hija la sorprendía volviendo de allí en medio de la lluvia.

Que ellas tres fueran las únicas habitantes de la isla en aquellos momentos suponía un alivio; a causa del temporal anterior no habían recibido nada desde la aldea, su abuelo había llegado con las manos vacías debido al carácter secreto de su visita y, de haber tenido más bocas que alimentar, no estaba segura de tener suficiente para todos, pero así podrían aguantar al menos dos semanas más y esperaba que aquellas tormentas no durasen tanto.

Cuando cruzó el muro de la primera cabaña ya había decidido que Echna tendría permiso para volver a su casa en cuanto el mar diera una tregua duradera. Sobre cómo enviar a Ceara a Bré no tenía nada claro, pero jugaba con ventaja, conocía a su hija lo suficiente como para utilizar su sentido del deber a su favor; se extrañaría ante la decisión, pero no la cuestionaría, limitándose a acatar las órdenes.

Siguió hasta su choza, las risas de Echna y Ceara se escuchaban por encima de la lluvia que iba cesando. Sería duro para su hija quedarse allí sin su amiga, pero por poco tiempo, y quizá esto la animara a marcharse a Bré sin protestas.

Las nubes se habían ido aclarando, adquiriendo tonos más amarillos que contrastaban fuertemente con aquellas que todavía descargaban su furia en tierra.

Las olas desaparecieron y sólo alguna onda muy leve sobresalía iluminada por los rayos de sol que habían encontrado una brecha.

Una zona más iluminada al fondo evidenciaba la alternancia de claros que indicaban el final de la tempestad, aunque, seguramente cuando desapareciera del todo, sólo dejaría tras de ella un cielo salpicado de estrellas y negro, sin una luna que ofreciera cobijo a los despistados.

A Treasa le costaría dormir, tenía demasiado en qué pensar, pero se abandonó en su lecho y el sueño la venció.

Al despertar estaba convencida de que lo mejor era poner sobre aviso a ambas muchachas sobre lo que había decidido. Echna se pondría muy contenta y Ceara, bueno, Ceara siempre había sabido que algún día se quedaría sola con ella, si conseguía mantenerla expectante ante la vuelta de Etaine y Orna, evitaría tener que contarle demasiado pronto lo de Bré y dar más explicaciones de las necesarias.

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