Capítulo 10

el viento sobre las colinas de éire 10

El invierno estaba siendo duro, las piedras se mantenían congeladas durante todo el día y parecía que las cubiertas de bálago no eran suficiente para evitar que el frío se instalase perpetuamente dentro de las casas. Se habían visto obligadas a llevar las cabras a pastar a la isla grande, y el moqueo y los estornudos se habían erigido en el eco del día a día. —Pronto nevará.

La mujer permanecía tendida en su jergón desde hacía días y eran pocos los momentos de lucidez.

—Ojalá sea cierto, al menos así lograríamos un respiro y el pozo se llenaría de agua fresca.

Ceara entró con un cuenco humeante.

—Tened, Bandrui, esto os calentará por dentro. Mamá, puedes irte a dormir, Echna y yo nos encargaremos de todo.

Llevaban dos semanas turnándose junto a la cama de la sacerdotisa; su tos había empeorado y se quejaba con demasiada frecuencia de que no sentía los dedos de los pies. Los hombres habían traído pieles de oso que la cubrían casi por completo, pero parecía no percibir el calor en absoluto.

La anciana se tomó la sopa y se hundió en un sueño profundo y tranquilo. Ceara se sentó frente al telar que habían llevado expresamente; la aburría muchísimo, pero no había mucho más que hacer dentro de la cabaña; mientras pasaba el entramado se entretenía recordando viejas historias.

—Airmed (1) tejió una a una las plantas en un enorme manto y las colocó por enfermedades. Su padre, Diancecht (2), se mostró envidioso y en un ataque de furia destruyó la capa esparciendo las semillas por el mundo.

—Y por eso no todas las enfermedades tienen cura— Echna llevaba un rato escuchando a su amiga—. Deberías dedicarte a ir de aldea en aldea recitando la genealogía de los dioses, pero hazme un favor: apréndete alguna más que esta la tienes muy manida.

—Cuéntaselo a mi madre y le dará un soponcio— rieron bajito—, ¿te quedas?

—Sí, terminé todas mis tareas y ahí fuera hace un frío espantoso— comprobó el estado de la enferma y acercó un taburete al telar—. Esta mañana llegó un curragh con harina y leña, espero que nos dé para toda la luna.

—No pongas esa cara de preocupación, te queda fatal.

Las pecas de Echna eran grandes y cubrían toda su piel, lo que la hacía parecer más oscura de lo que era realmente. Siguieron tejiendo las dos juntas hasta que la mujer despertó pidiendo agua y otra manta. Ceara salió a buscar a su madre, tenían poco tiempo y ella no sabía bien qué hacer cuando el alma de la bandrui decidiera marcharse a buscar su barca hacia el más allá.

(1) Diosa asociada a la medicina y la muerte

(2) Dios de la medicina, forma parte de los Tuatha de Danann

*****

Un grito horrible resonó en Deilg Inis mientras Ceara corría aún más deprisa; aquel lamento se le metió dentro hiriendo cada entraña, haciendo más notable, si cabía, la urgencia de su búsqueda. El tiempo se acababa, la banshee (3) ya estaba avisando a los habitantes de la aldea al otro lado del agua.

(3) Mujer mítica que acude a avisar con su lamento de la muerte de un ser querido, se dice que Airmed fue la primera. Su nombre deriva de las palabras: “bean” y “shee” (mujer del sidh)

Tenía los pies congelados y le dolían cuando tropezaba con alguna piedra ¿dónde se había metido su madre? La vio cerca del pozo y corrió lo más rápido que le permitían sus piernas entumecidas; casi había llegado hasta ella cuando se quedó paralizada; allí estaba, cruzando el estrecho cuyas olas parecían igualmente congeladas, no quedaba claro si por la temperatura o por aquella terrible visión: la de la sombra de una mujer que, llorando, sobrevolaba el agua con su larguísima melena blanca ondeando tras de sí, como si tuviera vida propia, y las ropas rotas que desafiaban el viento y emitían por sí solas un extraño plañido, como si todo el mundo se estuviera derrumbando entre las telas.

Treasa también la veía. Fue entonces cuando el espectro volvió su vacua mirada hacia ellas tratando de hacerlas conscientes de su propia mortalidad, haciéndolas saber, o eso le pareció a Ceara, que algún día vendría a por ellas. Desapareció entre el bosque, en el que se fundió como si fuese una rama más dejando tras de sí la nada, una sensación de que lo ocurrido no era real.

— ¿Era la banshee?— a Ceara le dio miedo hasta pronunciar su nombre.

—Sí, hija. Estaba cumpliendo con su trabajo.

—Es horrible.

—No, sólo es triste. No debe ser bonito que tu cometido sea advertir de estas cosas.

A la chica la envolvió un sentimiento de compasión hacia aquella mujer mítica, realmente debía ser penoso dedicarse a avisar de la muerte de un ser querido.

Echna las esperaba dentro de la cabaña de la bandrui, no hizo ningún comentario, pero en sus ojos se apreciaba que ella también había oído los terribles lamentos. Treasa había llegado justo a tiempo. Su maestra, su mentora, su amiga, respiraba con dificultad y, sin embargo, aferraba su mano con timidez y dulzura. Su paso duró un par de minutos y entonces empezó una ceremonia que a Ceara se le quedaría grabada en la mente de por vida.

*****

Cogió dos cuencos y preparó en silencio los tintes: primero el rojo, machacando el polvo de arcilla y mezclando el agua con cuidado hasta que se convirtió en un líquido lo suficientemente denso; prosiguió con el amarillo, las flores de caléndula secas le darían un tono anaranjado. En cuanto hubo terminado, lo llevó allí donde reposaba el cuerpo sin vida de lo más parecido a una abuela que había conocido jamás.

Echna se encargó de pintarla; trazó primero la silueta con el rojo, una especie de antifaz que llegaba, describiendo una curva, hasta las sienes y luego cubrió el interior del dibujo con amarillo. Ceara la miraba sorprendida, ella no tenía esa destreza con la pintura, su pulso era poco firme. Recordó el propósito de aquel despliegue de color, una forma de que Dana, la diosa madre, le indicase el camino a la barca que llevaría el alma de la bandrui hasta una isla, donde aguardaría su próxima reencarnación.

—Llama a tu madre, tengo que arreglarla a ella también; nosotras seremos las últimas.

El patrón que llevaban las tres sacerdotisas era un tanto diferente, sólo les cubría un lateral de la cara a fin de que Dana las distinguiera y no se llevara sus almas. Utilizando los mismos tintes, Echna logró acabar con las tres; lo más sorprendente era su capacidad de reproducir el diseño sobre sí con la misma calidad que había en el resto, pero lo que más admiraba a su amiga era la serenidad que demostraba, parecía ser la única que tenía todo bajo control.

*****

Con sumo cuidado sacaron el cuerpo sin vida de la cama y lo condujeron a la playa. Echna la envolvió en la mejor capa del ajuar y lo depositaron en el mar congelado sobre una balsa; Treasa cantaba, con una voz aguda pero controlada, el himno que las dos jóvenes coreaban repitiéndolo una y otra vez, enganchando la última sílaba con la primera en un círculo sin fin. Enseguida se encendieron unas antorchas al otro lado y varias barcazas comenzaron a cruzar el estrecho que los separaba. En la primera de ellas, de pie sobre la proa, se recortaba la silueta del bisabuelo de Ceara.

No cruzaron una sola palabra, ellas continuaron con su cántico y los recién llegados cargaron el cuerpo y volvieron con éste a la otra orilla. Sólo cuando las antorchas se apagaron, Treasa dejó de cantar, se volvió hacia sus compañeras y rompió a llorar; para Ceara era la primera muestra de debilidad que su madre se había permitido desde que tenía uso de razón, ni siquiera se había emocionado en la boda de Niamh, y sintió compasión por ella; debía ser complicado controlar de esa forma los sentimientos y se juró a sí misma que, en la medida de lo posible, siempre dejaría un hueco del día para ser humana.

Echna se retiró la capa y cubrió con ella a Treasa, ayudándola a levantarse y guiándola hacia las casas; Ceara se quedó recogiendo los restos de la ceremonia y corrió a depositarlos en la piedra central del círculo sagrado, dejándolos allí, ardiendo. Aunque la tentación de permanecer junto a la pequeña fuente de calor era enorme, se obligó a volver a la parte alta de la isla. No sabía qué sucedería ahora, eran malos tiempos para su asentamiento; cada vez menos niñas venían a ser educadas, Etaine y Orna llevaban todo el invierno fuera y, con aquel frío que cubría todo de nostalgia por tiempos más prósperos, resultaba muy difícil mantener la esperanza. Pero su madre lograba mostrarse optimista, quizá cuando el sol recuperara su fuerza también resurgiría la vida en Deilg Inis con otras niñas que ayudarían a llenar los días de quehaceres y, así, Treasa tendría que concentrarse en educar y no en echar de menos a la bandrui.

*****

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