Capítulo 9

el viento sobre las colinas de éire 9

El curragh estaba engalanado con flores, como correspondía a la barca que llevaba a la prometida camino de su boda. La ceremonia se celebraba coincidiendo con Beltane. Muchas otras parejas harían lo mismo ese día pero ellos tenían la suerte de disponer de sus propios oficiantes, así que no tendrían que hacerlo con todos los demás.
Breccan se había encargado de reunir carne y pescado suficientes para dar de comer a las dos familias y ya había encendido el fuego y enterrado los salmones sobre él, para que estuvieran listos a la hora de comer; además había conseguido que un fulatch fiadh(1) cercano preparara la ternera y dos cabritos.

(1) Cocedero de carne

Ceara aprovechó la travesía para terminar de trenzar el pelo de su hermana.
—Déjalo ya, me estás tirando— se quejó Niamh.
—Si no te movieras tanto— sujetó la última trenza con un cordel.
—No soy yo, es el barco.
—Vale ya, las dos.
Treasa veía imposible poner paz entre sus hijas; había confiado en que se comportarían en un día tan especial, parecía ser que estaba equivocada.

La última semana había sido terrible para ella, cada vez tenía más tareas debido a la avanzada edad de la bandrui y, para colmo, Ceara estaba especialmente picajosa con su hermana.
Por otro lado, Niamh no hacía más que molestarla para quejarse de que le había hecho esto o aquello; hasta Etaine y Orna, que ayudaban a Treasa con todo, manifestaron su descontento con el comportamiento de la pequeña y se habían visto obligadas a castigarla en un par de ocasiones. Las únicas que tenían paciencia suficiente eran Echna y la anciana sacerdotisa, que se dedicaba a entretenerlas con viejas leyendas y a encomendarles tareas con un toque de complicidad, evitando que se metieran en más problemas.

A decir verdad, tampoco su hija mayor se comportaba debidamente; aprovechaba la más mínima ocasión para restregarle a su hermana que ella se casaba y que se quedaría sola en Deilg Inis, insinuando muchas veces que tendría suerte si algún hombre la quería siendo tan salvaje.
A Ceara no le dolía tanto la posibilidad de quedarse soltera como el hecho de perder una compañera de juegos más. Desde que Iobhar se marchara, las únicas que pasaban tiempo con ella eran su hermana y Echna, que era casi tan terca como ella, lo que a veces provocaba enfrentamientos; entonces buscaba el refugio en Niamh, siempre serena y paciente con todos.

Ahora, en medio del mar, avistando su destino, Treasa pensaba en cómo cambiaría la vida de sus hijas de repente, y se movió dentro de la barca buscando una respuesta en las olas que acariciaban el casco de cuero.
Las chicas habían dejado de pelear y posaban sus ojos en la orilla cada vez más cercana, intentando distinguir entre los puntos que se movían en la playa a sus familiares.

Desembarcaron cerca del lugar de la ceremonia, la madre de Torcan las estaba esperando y acogió a Niamh en un abrazo tierno, llevándosela consigo mientras Ceara y su madre buscaban a la bandrui.

*****

La silueta de las dos mujeres cruzó la playa en dirección a unas telas extendidas sobre postes de madera sirviendo de techo y cobijo frente a los escasos rayos de sol y la más que probable lluvia; las nubes no eran muy oscuras, todavía, pero en aquella época del año el clima era tan cambiante que era imposible pronosticar más allá de los cinco minutos siguientes.
Iobhar las contemplaba dubitativo, ¿debía ir a saludarlas o tenía que esperar a su padre? Odiaba los momentos en que la bandrui y toda la parafernalia se anteponían a sus deseos; eran sus hermanas y su madre, si alguien tenía derecho a verlas antes que nadie era él.
Torcan se puso a su lado, tampoco sabía qué hacer. Su madre le había prohibido expresamente acercarse a Niamh hasta que no fuera llamado y ya no sabía con qué entretenerse para esperar el momento.
— ¿Qué crees que harán allí?
—Magia, algún tipo de ceremonia oculta para garantizar que tendréis montones de hijos.
—No creo que eso vaya a ser problema.
Le golpeó la espalda, pero a Iobhar no le resultó gracioso. A sus ojos, Niamh volvía a ser una mocosa inocente que tenía por toda aspiración ver unas focas echadas en la playa; no podía pensar en ella bajo el cuerpo de su amigo, le producía asco, o celos, o algo parecido, como un instinto protector que emergía de lo más hondo de su ser.
—Oye, Torcan. Cuídala bien, porque yo no estaré lejos y sabes cómo me las gasto.
—No te preocupes, lo haré, amigo. Pretendo que me dure toda la vida.
—Pues procura que eso signifique muchos años.
Ahora Iobhar sonreía, debía ser la única vez que actuaba como hermano para Niamh, y pensó que Treasa estaría orgullosa de ello.

*****

El aroma del prado la invadió por completo. Unos meses antes se hubiera tumbado nada más llegar dejando que las libélulas la rodeasen, posándose de vez en cuando sobre sus piernas. Ceara habría estado riendo junto a ella por las cosquillas de una mariquita que le recorriera el brazo antes de romper a volar asustada por las carcajadas de la chica.
Todavía tenían toda la mañana hasta la celebración y, aunque un nudo le había cerrado el estómago, se obligó a comer un poco de pan negro.
No sabía dónde se había metido Torcan, la madre de éste había hecho todo lo posible por mantenerlos separados; ahora estaba sola, Ceara y Treasa se habían reunido con la bandrui y no conseguía encontrar a Iobhar a pesar de que tenía que estar allí.

*****

—Espero que sea feliz en Dubh Linn— suspiró con resignación.
—Tú sólo estás molesta porque ya no podrás hacerla rabiar— bromeó la bandrui—, y Echna es un hueso más duro de roer.
—Siempre me quedarán Etaine y Orna— sonrió con malicia.
Esperaba un gesto de reprobación de las mujeres, pero se limitaron a reírse antes de quedar en silencio, como si estuvieran meditando cómo continuar aquella reunión en la que Ceara no dejaba de sentirse fuera de lugar. Por suerte, Breccan apareció, seguido por dos jóvenes lebreles.
—Mi regalo de bodas— anunció, como si nadie lo hubiera supuesto ya.
—Con eso Torcan logrará pieles suficientes para mantener caliente a una familia muy numerosa.
—Y Niamh podrá azuzárselos si se porta mal con ella.
—Imagino que también servirán para eso, Ceara.
Su padre parecía divertido con la idea, pero su madre no estaba tan conforme a juzgar por el gesto con que la miraba.
—Si tienen hijos, les servirán de caballos— intentó arreglarlo, pero la broma no cuajó como esperaba.

Aunque tenían cuatro o cinco meses, lo perros ya alcanzaban una altura considerable. Conservaban parte de la suavidad de su pelaje de cachorros, entre el que ya se apreciaba, sobre todo al acariciarlos, un nuevo pelo más duro y áspero. Tenían unos ojos lobunos, anaranjados y fieros, sin embargo, eran todo docilidad y les gustaba corretear alrededor de las mujeres que tenían mucho cuidado de no tropezar con ellos al caminar.
Saltaban uno sobre el otro en un juego constante que sólo pararía cuando hubiera comida de por medio.
—Creo que ya es la hora.
La bandrui se levantó arrastrando tras de sí a sus acompañantes, incluidos los perros, que habían tomado a Treasa por una especie de líder o de madre, según se quisiera ver.

*****

Pudo salir de debajo de la tela cuando una prima de Torcan fue a buscarla; la estaban esperando. Se acercó al lugar de la ceremonia sola, conteniendo la respiración y observando cada rostro que la rodeaba.
Ceara ocupaba un sitio entre su madre y la bandrui, estaba sonriendo, y esto supuso un gran alivio para Niamh, parecía que por fin compartiría su alegría.
Breccan estaba frente a ellas, al lado de la madre de Torcan, que también sonreía; a Niamh le caía bien, era una mujer menuda y amable.

La finnscra (2) que aportaba a su matrimonio permanecía a un lado, junto a Iobhar. Así como la coibche(3) de Torcan, custodiada por su padre. Apenas sumaban doce de cabras, un ternero, cinco gallinas y algunos objetos de cierto valor forjados en la herrería por Breccan. No recordaba haber visto antes los dos perros, pero decidió no perder más tiempo con ellos, Torcan la esperaba impaciente, acompañado por Eoghan, y no veía el momento de llegar hasta él.

(2) dote de la novia
(3) dote del novio

*****

Ceara logró esbozar una sonrisa cuando su hermana estuvo casada. Lejos de sentir una pérdida, notaba cómo la alegría de Niamh se le contagiaba, aunque no podía evitar pensar en Dubh Linn como una ciudad que tenía por propósito arrebatarle lo que más quería, primero a Iobhar y ahora a Niamh.
El brazo de su padre la rodeó para estrecharla contra él. Hasta Breccan formaba parte de aquel lugar lejos de ella.
Iobhar la reclamó para bailar; resultaban una extraña pareja, pues Ceara le sacaba media cabeza a su hermano.
—Cuida de ella— le pidió en un susurro.
—No te preocupes, sabrá hacerlo sola— Ceara le miró seriamente, como si estuviera eludiendo su obligación como hermano mayor—. Estará bien, y papá y yo estaremos cerca.
Esto terminó de aliviar a la chica que había dejado de bailar para mirar embelesada a Niamh, agarrada a Torcan y con una sonrisa difícil de fingir.
— ¿Será feliz, verdad?
—Imagino— se encogió de hombros—. Al menos lo parece. Y tú, ¿cuándo piensas abandonar Deilg Inis?— se separó de él bruscamente.
—Nunca, no sé qué le veis de malo a vivir allí. Que yo sepa, estuviste tan contento mientras vivías con nosotras, y a Niamh le pasaría lo mismo si no hubiera conocido a Torcan. Pero de repente a todos os entran unas ganas locas de iros a Dubh Linn. ¿Qué tiene de especial?
—Algún día entenderás que el mundo es mucho más grande que tu minúscula roca, que fuera suceden millones de cosas que no imaginas y son mucho más emocionantes que cualquier ceremonia mágica que queráis celebrar en ese círculo de piedra enano.
La actitud de su hermana le había enfadado, no podía negar que había sido feliz allí, pero llegado el momento era un lugar demasiado pequeño para conformarse
—Si Treasa hubiera decidido quedarse con papá, tú pensarías lo mismo.
—Y tú serías un simple hijo de herrero, sin nada de especial. Hijo de las hadas— se burló de él dejándole solo para buscar a la bandrui.

Treasa lo había oído todo, era prácticamente imposible que se le escapara algo, y una discusión entre sus hijos no era fácil de ignorar. Se sintió cansada; lo último que hubiera querido era una brecha más entre ellos, como si la distancia entre sus hogares no fuera ya suficiente.
Una oleada de miedo la recorrió, ¿podía ser que el futuro de Ceara empezara exactamente con aquella disputa?
Los fantasmas de su destino la acosaron de nuevo; siempre se había consolado pensando en que Ceara no estaría sola, que Iobhar y Niamh permanecerían de algún modo a su lado para ayudarla; ahora recordaba que tanto la bandrui como ella estaban casi aisladas y que su hija podía seguir el mismo camino. Ese era el alto precio a pagar por tener la magia en la palma de la mano.
Sacudió la cabeza intentando salir de aquella espiral de pensamientos fatalistas. Breccan se acercaba a ella, esperándola para bailar, para olvidarse por un momento de las decisiones que habían tomado y comportarse como lo que eran: los padres de la novia.

*****

La tarde comenzaba su declive cuando llegó el momento de las despedidas. Afortunadamente, Iobhar y Ceara habían solucionado sus diferencias y estaban sentados junto con los recién casados y los perros en la playa, riendo sobre alguna anécdota que su hijo mayor estaba contando, levantándose para imitar el movimiento de un jorobado o algo parecido.
Breccan la acompañó a buscarles; había sido agradable poder dejar a un lado su vida cotidiana para disfrutar de la fiesta y los bailes, y hacer como si todos los días fuera posible una reunión como aquella. Quizá Iobhar tenía razón y su isla era demasiado pequeña para Ceara, y la estaba obligando a perderse un mundo entero que podía poner a sus pies.
Antes de llegar hasta los jóvenes, su marido la frenó con un suave tirón del brazo.
—Podrías enviarla a vernos, alguna vez. Dentro de unos meses, cuando Niamh ya esté adaptada.
— ¿Ahora lees el pensamiento?
—Aunque no lo creas, todavía eres una madre y una esposa, no siempre logras convertirte en una hechicera insondable.

*****

El silencio imperaba en la barca que las llevaba lentamente de vuelta a la isla.
Ni siquiera los peces que se movían a su alrededor consiguieron sacarla del estado de meditación en que se encontraba. La bandrui y Treasa permanecieron calladas, esperando que fuera la propia Ceara quien levantara el velo triste tras despedirse de Niamh.
Los gritos de Echna desde la orilla atrajeron la atención de su amiga, que enseguida se puso en pie y respondió agitando los brazos.
Podía ser que Iobhar y Niamh estuvieran en Dubh Linn, pero a ella todavía le quedaba algo a lo que aferrarse en su pequeña roca, una amiga que tardaría bastante tiempo en dejarla sola, y Treasa se consoló sabiendo que, después de todo, Echna podía suponer el apoyo que Ceara necesitaría para afrontar su destino, algo parecido a lo que la bandrui era para ella.

*****

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