Capítulo 8

el viento sobre las colinas de éire 8

Poco le duró a Ceara la pena por la marcha de su hermano pues enseguida encontraría a alguien con quien compartir su tiempo. Había sido una mañana tranquila, logró evitar a Orna y Etaine, y ellas tampoco habían hecho mucho por encontrarla. Salió de su refugio tras el círculo de piedra cuando escuchó el chapoteo rítmico de unos remos; Eoghan traía provisiones y algo más, una chica llegaba con él. Ceara dudó entre correr hacia ellos, avisar a su madre o quedarse donde estaba, pero le pudo la curiosidad.

—Buenos días, Eoghan— el enorme cuerpo del hombre se agachó a recoger uno de los sacos mientras Ceara se balanceaba ansiosa con las manos en la espalda—. ¿Qué traes? Intentó disimular la mirada que dirigía a la niña que esperaba en el curragh.

—Comida y una nueva amiga para ti— a la chica le encantaba el herrero, era alegre y amable con ella; de vez en cuando le traía algún regalo que recibía con ilusión, por insignificante que fuera—. Se llama Echna.

Ceara levantó la mano para saludarla, pero la otra seguía mirando hacia las ramas que formaban el esqueleto de la barca y no levantó la vista hasta que Eoghan le tendió la mano para ayudarla a salir.

Ceara iba empujando la carreta cuesta arriba, en dirección a las casas, y señalando lo que había a su alrededor. Usaba un tono orgulloso, como si fuera la dueña; alabó el agua fresca del pozo, la calma que proporcionaban las piedras del círculo sagrado, la zona baja donde solían estar las focas, las chozas y los corrales; incluso exageró la cantidad de leche que daban las cabras en un intento de hacer que la otra se sintiera cómoda en la isla, pero Echna miraba hacia el frente con ansiedad, intimidada por lo que había oído sobre las mujeres que vivían allí.

Todavía no entendía por qué su madre la había enviado fuera de casa y, además, estaba aquella niña pelirroja volviéndola loca con tanta palabrería; deseó poder cerrar las orejas como podía cerrar los ojos. Por fortuna para ella, su destino estaba a pocos pasos; Eoghan la invitó a entrar en una de las cabañas y pudieron dejar a Ceara atrás.

Las dos mujeres que había dentro le dirigieron sendas sonrisas cargadas de amabilidad. Echna seguía asustada como un cervatillo, aunque la tranquilizó notar que no eran, en principio, muy diferentes de sus vecinas. La más anciana se acercó a ella.

—Bienvenida, Echna. La chica retuvo el impulso de apartar la cabeza cuando la mujer dirigió una mano para tocar su frente. Una sensación extraña, como un cosquilleo, se extendió desde donde la mano de la bandrui se había posado hasta la nuca, como un velo que resbalase poco a poco deteniéndose sobre sus hombros.

—Puede que Ceara encuentre en ti la amiga que busca. No sois muy diferentes— se giró hacia su compañera que, por primera vez, rompió el gesto serio con el que la había recibido haciendo patentes unas pequeñas arrugas junto a los ojos—.Yo soy Treasa, la madre de Ceara. Supongo que ya la has conocido— su mirada se perdió hacia la puerta donde algunos rizos de su hija asomaban, delatando su presencia curiosa—. Ceara, ven aquí.

— ¿Sí, mamá?

—Te he dicho mil veces que no se escucha a escondidas. Llévala a ver a Orna y Etaine, se alegrarán de tener dos manos más preparando tinturas.

La nueva obedeció sin rechistar, un poco inquieta, pensando en que aquel lugar no parecía tan terrible como lo había imaginado.

*****

Los primeros días siempre resultaban duros; tenía que acostumbrarse a las tareas, saber a quién obedecer en primer lugar y memorizar una cantidad ingente de plantas que no había visto hasta entonces. Se sorprendió de que Ceara desconociera muchas de las cosas, pensaba que las niñas que nacían en la isla tenían una capacidad innata para la medicina. Por lo visto estaba equivocada de nuevo.

— ¿Para qué usarías la corteza de abedul?

Orna no sonreía, pero a Echna le gustaba más que Etaine; si se equivocaba, no la reprendía con tanta severidad. Ceara se movía a su lado, ansiosa por dar a conocer su respuesta.

—Para la fiebre— respondió sin seguridad.

—Exacto. Ceara, ya que tienes tantas ganas de participar, deberías decirme cómo se prepara una herida para cauterizar. Pudo oír la saliva de su compañera pasando con dificultad por su garganta.

—Bueno— titubeó—, primero hay que lavar bien la herida, sí; la caléndula tiene propiedades calmantes, así que se puede usar— esperó a que Orna diera por finalizada la respuesta, pero seguía inmóvil, enarcando una ceja, esperando algo más—. Luego…hay que asegurarse de que la herida no es demasiado profunda porque, de ser así, convendría coserla— tosió, quería ganar tiempo—. Y por último tenemos que impregnar el instrumento con alcohol de salvia y quemarlo.

—Perfecto. Recuérdame que, si algún día me hace falta, llame a otra para que lo haga. Acabas de matar a tu paciente con un dolor innecesario.

—Las tisanas relajantes se las había dado ya— se excusó.

—Pero podrías haber aplicado un emplasto para insensibilizar la zona y no lo has hecho. Te habría resultado imposible que se quedara quieto mientras terminas.

A Echna le encantaban aquellas clases, siempre salía con la sensación de tener en sus manos un poder con el que evitar que su familia sufriera nunca más; por desgracia eso no evitaría que su madre siguiera recibiendo palizas del padre de sus hermanos.

*****

El bote llegó en silencio, los hombres habían recogido los remos dejando que el movimiento de las olas terminara de llevarlo a la orilla. Desembarcaron envueltos en la tenue bruma que rodeaba la parte baja de la isla como si fueran seres mágicos salidos de las profundidades. Torcan miró hacia el círculo de piedra, le resultaba imponente e irreal con la humedad resbalando por los monolitos, encerrando una niebla aún más densa en su interior. Eoghan le llamó para que no se retrasara ignorando los cuatro ojos que les observaban desde dentro del círculo.

— ¿Quién es ese?

—El futuro marido de mi hermana— respondió distraída—. Está deseando llevársela de aquí. Vamos, que se te escapa.

Tiró de las patas traseras del cabritillo que habían adoptado esa mañana con la intención de salvarlo de convertirse en la comida.

—Se van a dar cuenta— susurró Echna intentando acallar los quejidos del animal llamando a su madre.

—Calla, bicho tonto, o te desollarán para que el feo de Torcan se te coma.

Las palabras de la chica surtieron efecto, de inmediato cesó el balido desesperado. Pero su alegría duró poco, la bandrui apareció de la nada con una mirada severa que logró asustar a Echna, no así a Ceara que ya estaba acostumbrada a ser la causante y víctima de sus reprimendas.

—Su madre se volverá loca si no lo encuentra y luego no le querrá— recogió al animal y se lo llevó hacia los corrales—. Ceara, deberías venir conmigo, Torcan ha llegado y tienes que saludarle.

No se atrevió a rechistar. La bandrui sabía que el muchacho no era de su agrado aunque no le había hecho nada, salvo ser el motivo por el que Niamh la dejaría allí, como había hecho Iobhar, y eso le resultaba algo difícil de perdonar.

*****

Niamh estaba exultante, había cepillado su larga melena unas cien veces poniendo con cuidado algunas flores intercaladas con las trenzas que coronaban su cabeza. Torcan no se había separado de ella y ahora estaban sentados en el suelo alrededor de la hoguera que ardía en el centro del gran patio entre las casas. Los habitantes de las dos aldeas, la de Deilg Inis y la de los druidas, se habían congregado para compartir las noticias. Etaine había reunido a las muchachas más jóvenes, incluidas Echna y Ceara, junto a ella. Trataba por todos los medios que reinara el orden y no estaba siendo fácil; algunas, las más mayores, miraban a los chicos recién llegados con claras intenciones y no faltaban los que correspondían con sonrisas pícaras y muestras de arrogancia.

—En dos días— anunció Treasa— mi hija Niamh, y Torcan, se casarán— hubo aplausos y golpeteo en el suelo con los pies—. La celebración será motivo de alegría para nuestras aldeas, aunque también de tristeza, pues dos de nuestros miembros más queridos nos dejarán. Brindamos porque su camino siempre esté iluminado y sereno.

Alzó su cuerno y derramó un poco de su contenido frente a los pies de los novios. Ceara se abstuvo de imitar el gesto de brindis de los demás, la noticia no le alegraba en absoluto. Había albergado la esperanza de que Niamh se arrepintiera o que Torcan encontrara a otra, pero el día en que su futuro cuñado llegó a la aldea de los druidas para ayudar a Eoghan con las tareas de herrería, supo que no había marcha atrás. Lo más desesperante para ella era su incapacidad para explicar por qué le incomodaba tanto que Niamh se mostrara feliz; debería alegrarse, sin embargo se le hacía un nudo en la garganta lleno de lágrimas y saliva imposibles de tragar cada vez que pensaba en que su hermana se iría también.

*****

La fiesta se alargó durante toda la noche; por primera vez en su vida, Ceara dedicó parte del tiempo a quejarse de las tareas que quedarían por hacer al día siguiente si no se acostaban pronto. Orna entendía a medias a la chica, no podía imaginarse qué habría pasado si Etaine hubiera ido a la isla sola, o se hubiera casado. A pesar de sus diferencias, Niamh y Ceara seguían siendo dos hermanas, ese era un vínculo complicado, sobre todo en ciertas etapas de la vida. También ella había pasado por momentos en los que Etaine era un estorbo, o más bien al revés, pero había llegado el día en que se le hacía difícil pensar qué pasaría si una de las dos eligiera un camino distinto del de la otra.

El cansancio arrastraba los pies de los hombres hasta los curraghs, de regreso a su aldea; Echna había intentado animar a Ceara buscando, con las primeras luces del nuevo día, a los amantes que lograron escapar de la vigilancia de sus tutores.

Encontraron a una pareja tras el círculo sagrado y ambas se divirtieron imitando voces que pusieron en huida al muchacho. La joven que yacía con él las miró con odio profundo, seguramente encontraría la manera de vengarse, pero, para las dos amigas, aquellas carcajadas eran pago suficiente a cambio de lo que la sorprendida tuviera en mente.

—Yo haré de Niamh si lo necesitas.

—A ti no puedo gastarte bromas, sabes lo que estoy pensando antes de que lo haga.

—Intentaré sorprenderme.

—O podemos usar a otra y fastidiarla juntas.

—Puede, pero tendrá que ser alguien distinto de Aine, esa ya nos las tiene juradas.

Observaron a la chica marcharse hacia la playa todavía con el ceño fruncido y mascullando maldiciones dirigidas a las dos.

Se reunieron con el resto junto al pozo. Niamh se acercó a su hermana y la abrazó mientras despedía con la mano a Torcan. «Sabes que tú siempre serás más que él» le dijo, tan bajito al oído que le costó entenderlo, y eso desató el nudo que volvía a invadirla, dejando que algunas lágrimas se confundieran con la llovizna que, suavemente, descendía de las nubes, tan fina que no se veía pero empapaba todo lo que tocaba.

*****

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