Capítulo 7

el viento sobre las colinas de éire 7

Notaba la piel rígida debido a la pintura de cal con que le habían cubierto todo el cuerpo; sólo dos estelas solares de color azul en el vientre y el pecho rompían la palidez.
Tomó aire profundamente antes de internarse en el bosque, Torcan debía estar haciendo lo mismo no muy lejos de allí.
No miró atrás, no le estaba permitido; sería una semana dura, hasta que no hubiera cambiado la luna, no podría volver o seguiría siendo un niño, y debía hacerlo con una pieza cobrada de la que todos comerían.
No temía a las alimañas, ni al hambre, sabría proporcionarse comida; pero le imponía la posibilidad de un encuentro con los seres feéricos que habían poblado cada historia que le contaban de niño y, sobre todo, temía ofenderlos o no conseguir su favor.
Decidió olvidarse de todo aquello, tenía que concentrarse en cada paso que daba y encomendarse a los dioses para que le guiaran, pero de entre aquellos árboles que alzaban sus ramas hacia el cielo infinito llegaban sonidos que, por primera vez en su vida, inquietaron a Iobhar.
Pocos pasos por delante de él, el sol dejaba de penetrar entre las hojas hundiéndolo todo en una penumbra permanente y misteriosa. El suelo cubierto de helechos, bajo los que se escuchaban los ratones correr, proporcionaban aún más misticismo.
Siguió caminando cada vez más lejos de la aldea, de su familia, de su niñez. Se aferró al mango de su daga, la única cosa que le habían permitido llevar consigo aparte de un brazalete que su padre le había entregado esa misma mañana, todo lo demás debería conseguirlo del bosque.

Llevaba bastante tiempo caminando, no podía adivinar qué momento del día era, estaba tan ocupado con encontrar un cobijo seguro que no se había parado a pensar en cómo conseguir comida. Por suerte para él, antes de iniciar su viaje, les habían proporcionado un desayuno contundente, a base de pasta de harina mojada con leche y carne; podía permitirse el lujo de preocuparse del alimento más tarde.
Los robles silbaban con el viento en lo alto de sus ramas acariciadas por el suave sol de la mañana; por debajo otros pequeños arbustos crecían sin orden.
Entre la espesura hacía más frío del que imaginaba para un día de verano. Recogió varias ramas verdes; necesitaría un arco y flechas. El rugido lejano de un oso le hizo estremecer, buscaría una zona alta y fuerte en la que dormir; el suelo era un sitio demasiado peligroso.
Por fin halló un viejo árbol nudoso, observó con detenimiento si había rastro de uñas en su tronco, ya había tenido que descartar varios al ver sus cortezas señaladas por los osos a una altura que superaba con creces su propio tamaño. Trepó a la parte más alejada del suelo; no era gran cosa pero tenía anchura suficiente para no caer y, si se mantenía quieto, no llamaría la atención.
De todos modos comenzó a afilar uno de los extremos de los palos que había ido recogiendo por el camino y ató el tallo flexible de un junco en el más largo. Podía ser que nunca hubiera tenido que sobrevivir sólo en el bosque, pero sabía usar un arco y ahora tenía uno.

Pasó casi toda la noche despierto, había visto moverse un ciervo bajo él. La tentación de cazarlo se vio paralizada ante la idea de que pudiera atraer visitantes no deseados; los lobos habían estado aullando a lo lejos, pero juraría que, en algún momento, los había escuchado más cerca, demasiado cerca para su gusto, y sabía que cualquier quejido de su presa los atraería como moscas a la miel.
Sin embargo, la posibilidad de haberlo cazado le había mantenido soñando con lo maravilloso que habría sido usar su piel para cubrirse, aún sin curtir, y lo bien que le habrían venido sus tendones para el arco. Por no hablar de la tranquilidad que le habría proporcionado el mero hecho de tenerlo.
El canto de unos gorriones sobre su cabeza llamó su atención de inmediato, levantó la vista buscando el nido y pudo apreciar que algunos destellos de luz intentaban hacerse un hueco entre aquel verdor de aspecto impenetrable.
Huevos para el desayuno. No era una mala idea, aunque fueran crudos, pero primero tenía que hacerse con ellos, y eso resultaría más complicado de lo que podía parecer a simple vista.

*****

Niamh estaba entretenida recogiendo flores; muy pocas veces tenía un espacio tan amplio en el que perderse y alejarse de Ceara, se preguntaba qué haría su hermana cuando Iobhar se fuera; ella no jugaría con la espada, no le gustaba a pesar de que sabía manejar una. A lo mejor, lejos de la influencia del chico, decidiera atemperarse, aunque lo veía improbable; durante el tiempo que Iobhar había pasado en la aldea de los druidas no había cejado en su empeño de mejorar sus habilidades bélicas. En ese momento estaba con Breccan, pidiéndole, de todas las formas que se le ocurrían, que la enseñara a manejar el hacha.

Treasa observaba desde la entrada de la empalizada, el espejo de su pequeña isla y el contacto con tierra firme, cómo en el borde de los abedules su hija mayor se agachaba de cuando en cuando.
«Estará recolectando medicinas» pensó «siempre tan ocupada y pendiente de las necesidades de todos.»
Escuchó un grito fuerte proveniente del otro lado, y vio a su pequeña cargando con todas sus ganas contra su padre, con una fuerza increíble para una niña de su edad. Definitivamente, Ceara era una mezcla del carácter de su hermano y la disposición de su hermana.

El viejo druida le tocó el brazo y caminaron juntos a una zona retirada donde nadie pudiera interrumpirles.
—Niamh ya ha crecido— comentó como si fuera una manera como cualquier otra de iniciar una conversación—, los chicos la miran y ella sabe lo que piensan, se pasea más altanera— Treasa volvió la mirada a la zona en la que su hija seguía recogiendo plantas—. Varios parecen realmente interesados, me pregunto si Niamh se habrá fijado ya en alguno.
— ¿Cómo quieres que lo sepa?
—Creí que las madres percibíais estas cosas.
—He estado demasiado ocupada con los preparativos para Iobhar y manteniendo a Ceara viva. Cada vez es más temeraria. Ahí la tienes, peleando contra un hombre más grande que ella y no se arredra— el druida sonrió.
—De Ceara ya hablaremos, pero Niamh… ya es una mujer ¿verdad?— Treasa recordó que hacía lo menos tres lunas que su periodo era regular—. Habla con ella.
El anciano la dejó sola, cavilando.
No sabía cómo abordarlo, en realidad le horrorizaba la idea de dejar marchar a dos de sus hijos justo cuando en su poblado empezaban a escasear los habitantes. Por otro lado, Niamh era una chica sensata y ella no era mucho mayor cuando se prometió con Breccan; algún día no muy lejano tenía que suceder.
Inició el camino, todavía pensando en qué decir, pero a la mitad se volvió hacia la aldea de nuevo, primero hablaría con Breccan, quizá juntos hallaran la manera.

Le encontró sentado junto a las armas, con los hombros derrotados y la frente perlada de sudor; su pecho desnudo no había perdido un gramo de atractivo, después de tantos años todavía lograba provocarle un deseo irrefrenable.
Trató de serenarse y buscó a Ceara con la mirada, la localizó en el agua, metida hasta la cintura.
— ¿Esa niña tiene la energía de cien caballos o es que yo me estoy haciendo viejo, mujer?
—Un poco de ambas cosas.

*****

Llevaba toda la mañana en silencio, concentrado con su lanza en cada movimiento que hacía el agua. Tenía hambre, los dos huevos que había conseguido sólo habían logrado que su estómago dejara de hacer ruido, pero la sensación de vacío seguía allí.
Un poco más arriba encontró otro remanso más propicio para la pesca; los peces eran más pequeños y más fáciles de coger; ni siquiera tuvo que atravesarlos, pudo recogerlos con las manos. Tampoco se molestó en cocinarlos, tenía tanta hambre que meterse algo en la barriga era lo más urgente, no había tiempo para andarse con remilgos. Se los comió crudos en cuanto les quitó las tripas; le aportarían más fuerza para seguir, pero necesitaba algún tipo de plan; no podía confiar en su buena suerte, la prueba no consistía en eso si no en demostrar su capacidad de valerse solo y la búsqueda de la sabiduría, aunque él no se notaba muy diferente en ese preciso momento salvo porque, por fin, su estómago había dejado de retorcerse.

*****

Ceara colocó el pequeño hacha en su cinturón, era una pieza a su medida que Breccan le había regalado, forjada en la herrería de la aldea.
Sin perder tiempo, corrió a buscar a su hermana para ayudarla a recoger cortezas con su nueva herramienta.
— ¿No me digas que papá te ha regalado esa cosa?
—No es una cosa, es un hacha, y verás cómo te alegras de que la tenga cuando haya que cortar troncos de acebo— la blandió delante de su hermana, que se apartó prudentemente.
— ¿Cómo crees que les irá a Iobhar y Torcan ahí dentro?
—A Torcan no sé, pero seguro que nuestro hermano trae el trofeo más grande, ya lo verás. Es el mejor.
Niamh estuvo a punto de replicar pero se abstuvo; ya recibía bastantes burlas como para añadir un motivo más a la lista, aunque dudaba que su hermana, tan inocente aún, fuera capaz de entender las connotaciones de su enojo, y se dedicó a guiar a Ceara en busca de las plantas más útiles; quizá la oportunidad de utilizar su hacha para obtenerlas permitiera que aprendiese algo de una vez por todas.

*****

La ligera brisa mecía suavemente algunas de las hojas que adornaban las copas de los árboles; había sido una primavera lluviosa y el verde era tan intenso que apenas parecía que el verano hubiera llegado aún, a pesar de que se acercaba a su final. El cielo permanecía sin ninguna nube y su color aparecía velado por un halo blanquecino que evidenciaba los altos niveles de humedad y la promesa de un día caluroso.
En aquel claro, Iobhar permanecía tumbado sobre un lecho de tréboles; estaba cansado y tenía sueño, casi no quedaba nada de aquella arcilla blanca en su cuerpo; tras cruzar el río el agua había ido llevándose poco a poco todo rastro, pero la pintura azul seguía allí, indeleble, y el chico se preguntaba si algún día desaparecería del todo.

Primero fue como un zumbido ligero, como si una abeja volara a su alrededor buscando alguna flor de la que extraer el precioso néctar; luego un cosquilleo le recorrió la pierna y pensó que, con toda seguridad, sería una mariquita como aquellas con las que jugaba junto a sus hermanas a ver quién aguantaba más sin reírse; pero, cuando abrió los ojos dispuesto a quitársela de encima, se encontró con algo muy diferente: un pequeñísimo ser estaba posado sobre su pecho y le miraba con unos ojos dorados y redondos, ladeando la cabeza.
El chico intentó respirar aún más despacio, tenía miedo de asustarlo, fuera lo que fuese; después, aquel ser salió volando y se perdió entre la hierba.

*****

Treasa llamó a su hija mayor, volvía de su recolección con un cesto lleno, Ceara la seguía arrastrando unos maderos que, a buen seguro, había cortado con su hacha; esa tarde, como todas, se dedicarían a clasificar y preparar las plantas y cortezas para su uso, pero dejó marchar a la pequeña a enseñarle a su padre lo que había conseguido con su regalo, reteniendo a la otra con un leve gesto de la cabeza.
Niamh permaneció delante de ella, esperando a que le dijera para qué la había convocado y, como no pronunciaba palabra, la chica empezó a ponerse nerviosa.
Treasa trataba de ordenar las frases en su cabeza, no quería ser muy directa, pero dar un rodeo demasiado largo podía provocar que la joven no tomara en serio la conversación.
—En fin— suspiró— ¿te he contado alguna vez cómo conocí a tu padre?— Niamh negó con la cabeza y tomó asiento frente a ella—. Fue en invierno, él venía con otros de su clan después de una emboscada para recuperar unos terneros. Llegaron a esta misma aldea con algunas heridas, buscando quien se las curase. La bandrui se encargó del más grave y a mi me encomendó la tarea de limpiar las heridas del resto. Breccan era el único que había salido sin un rasguño y se dedicó en cuerpo y alma a ayudarme. Al principio no le presté atención, todo mi mundo giraba, como el tuyo hoy, en torno a recoger las plantas y aprender; pero él se mostró interesado en algo más que mis conocimientos.
La joven no sabía dónde quería ir a parar con el relato, sólo intuía que no era casual y decidió seguir escuchando
—Permanecieron aquí dos semanas y, poco a poco, yo también fui interesándome en algo más que en las medicinas ¿entiendes?
—No mucho, la verdad.
Era una historia muy bonita, pero seguía sin comprender por qué la había llamado para contársela ahora.
—Me preguntaba si tú has encontrado alguien que despierte en ti ese tipo de interés.
Las mejillas de la chica se colorearon; no se había parado a pensarlo pero había algo en aquel joven que lograba hacerla perder la compostura y sentirse como una tonta.
Tenía miedo de abrir la boca delante de él por si decía algo inconveniente o que le creara una imagen distinta de la que ella quería que viera.
—Puede— admitió—. Es extraño— sintió un enorme alivio al ver la sonrisa de su madre.
—Sí, lo parece, pero no lo es en absoluto. Es una parte de la vida de la que no te he hablado creyendo que todavía eras muy pequeña— Treasa también estaba aliviada—. El abuelo opina que ya podrías elegir tu camino y con quién quieres hacerlo. Y, aunque siempre serás mi niña, he de admitir que tiene razón.

*****

Si tenía que comer una sola baya más, vomitaría; llevaba toda la tarde dando vueltas cerca del claro esperando encontrar algo, no sabía muy bien qué; quizá la puerta secreta al lugar donde habitaba el ser que vio por la mañana, seguro que tenían comida en abundancia; eso era lo que decían las historias que la bandrui le contaba de niño y una parte de él, una muy pequeña, deseaba que fueran ciertas y que le recibieran con un banquete de miel y carne asada y cerveza y…
La boca se le hacía agua, pero no había ni rastro de nada parecido a una entrada y, mucho menos, de seres como el que le despertó.
Se dio por vencido cuando el sol empezó a caer y buscó refugio en el bosque. Muy a su pesar, masticó los tendones del conejo que había matado por la mañana con la intención de mitigar el hambre.

Fue una noche inquieta, cualquier sonido conseguía sobresaltarle y hacerle consciente de sus inseguridades. Intentó en vano tranquilizarse contando los días que faltaban para volver a la aldea triunfante y convertido en un hombre.
Sólo una noche más, sólo un día más y regresaría arrastrando un enorme jabalí, o un ciervo, o ambas cosas. Pensar en ello sólo consiguió abrirle el apetito. Se concentró en pedir a los dioses su protección y guía una vez más, y de este modo le encontró el alba.

*****

La suave ladera permanecía cubierta por una cama densa de helechos y enredaderas que tapaban el suelo. Resultaba difícil evitar las raíces traicioneras que se escondían debajo. Los avellanos y castaños formaban la primera frontera hacia el cielo con sus ramas entrelazadas y casi horizontales, con las que había que tener cuidado para evitar golpearse. Por encima de ellas, los frondosos robles alcanzaban una altura invisible. El musgo cubría algunos de los troncos, especialmente en el lado norte, haciéndolos más resbaladizos.
De entre la espesura, a pocos pasos de él, apareció el ciervo; se trataba de un macho enorme, la cornamenta ni siquiera se distinguía entre el mar de ramas y sus pezuñas no provocaban ningún eco sobre la tierra blanda y húmeda.
Alzó su hocico olfateando el aire, estaba tan centrado en buscar hembras que no se dio cuenta de su presencia. Por suerte para Iobhar no le supondría gran esfuerzo abatirlo, la combinación de la falta de concentración y el desgaste físico del animal durante la época de celo le daban ventaja.
El bramido ronco y profundo le asustó y, después, se escucharon respuestas poco más abajo.
Esperó a ver el cuerpo entero del animal y montó la flecha muy despacio; tenía que acertar a la primera o se vería obligado a perseguir a su presa por el bosque.
Toda la tensión de su cuerpo se concentró en la cuerda, aguardó un par de segundos más y soltó los dedos.
Para cuando el ciervo escuchó el silbido de la saeta ya era tarde, se le había clavado en el corazón y se desplomó.
Iobhar se apresuró a practicar el tajo en el cuello y se pintó con la sangre del venado.
Arrastró el cuerpo hasta la estructura que había construido con ramas; le había llevado dos días hacerla lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de su objetivo.
Lo ató bien y empezó el camino de vuelta a la aldea, con sus amigos, con su familia; el camino que le llevaría a Dubh Linn.

*****

Breccan se levantó de golpe soltando su cuchillo cuando vio a su hija menor correr hacia él.
— ¡Ya vienen, ya vienen!— a punto estuvo de caer en la entrada de la empalizada—. Creo que es Torcan —dijo casi sin resuello.
Las cabezas de los pobladores surgieron de cada casa para comprobar que era cierto; a lo lejos se distinguía la silueta de uno de los chicos que cargaba sobre su espalda un jabalí.
Los ancianos se hicieron un hueco y se adelantaron a recibirle. Cuando llegó hasta ellos, soltó la presa y la depositó a sus pies.
—Bienvenido, Torcan, antes niño. Hoy celebraremos que has vuelto convertido en un hombre— uno de los druidas le estrechó entre sus brazos y le colocó la torques en el cuello. Por encima de ellos, el joven vio a Niamh que le miraba ilusionada conteniendo las ganas de correr a reunirse con él—. Ahora recibirás el baño para terminar de despojarte de tu niñez— con un gesto de su bisabuelo, la chica se acercó—. Niamh, lávale y prepárale para el banquete.
Pocos se dieron cuenta de que Treasa y su abuelo habían intercambiado miradas de aprobación cuando la joven cogió la mano de Torcan y tiró de él hacia la playa.

*****

No recordaba estar tan lejos de la aldea, sólo llevaba la mitad del camino; lamentó haber escogido un animal tan grande, le estaba costando mucho arrastrarlo y más teniendo en cuenta que se enganchaba en cada piedra que encontraba en el suelo.
— ¡Estúpido bicho infecto!— gritó al caer al suelo por tercera vez debido a un frenazo brusco de la carga—. Debería haberte atrapado vivo y haberte matado en la linde.
Los ojos opacos del animal parecían hacerle burla, con la lengua colgando y enseñando los dientes. Por fin apreció un incremento en la luz tras los árboles y supo que había llegado a su destino, sólo unos metros más y saldría a campo abierto donde sería más fácil tirar del ciervo.

El sol era una enorme esfera de color naranja tiñendo con el mismo tono todo lo que le rodeaba. Acariciaba los árboles tras los que se escondía, perfilando el contraste de las ramas que intentaban atrapar al astro como en una jaula, de esa misma jaula de la que él acababa de escapar.
Intentó sacar fuerzas de lo más profundo de su ser.
Cruzaban el cielo algunas nubes despistadas como puestas allí con un brochazo para el que hubieran utilizado diferentes pinturas. Algún niño habría visto en ellas la forma amenazante y mágica de un dragón con las fauces abiertas, y tal parecía, pues, el color rosado que reflejaba parte de la estela, se asemejaba a una bocanada de fuego.
Los campos de trigo ya segados y algunas cañas, testigos del paso del año, imitaban un atardecer como aquel en que vivían. Sólo los juncos mantenían el verde a la luz de aquel final.

La pequeña pendiente que le separaba del poblado se le hizo eterna; le faltaba muy poco, ya se veían los techos y parte de la empalizada que rodeaba las casas; había mucho alboroto y música que no era para él.
Niamh bailaba con Ceara alrededor de la hoguera y un hombre despiezaba un jabalí.
Por lo visto Torcan había vuelto antes, de hecho estaba allí, bebiendo cerveza con su padre; una punzada de envidia le atravesó el corazón, miró hacia su ciervo y sonrió con un toque de malicia; puede que llegara más tarde pero su presa era mucho mejor.

La primera en darse cuenta fue Treasa, que hizo parar la música con un gesto.
Se sintió extraño, estaba sucio, lleno de sangre y barro, tenía un par de magulladuras en los hombros de apoyar el camastro en ellos y se notaba cansado. Su bisabuelo se acercó, le recibió con un abrazo y le colocó la torques en el cuello, luego su madre se lo llevó para lavarle.
—He llegado tarde.
—No digas bobadas. Has traído un gran ciervo, podrás colocar sus astas en la entrada de la casa de tu padre para que todo el mundo sepa cómo te convertiste en hombre— frotó con fuerza al muchacho.

*****

Un gran bullicio les recibió junto al fuego; los que todavía no habían pasado por el rito de transición le dirigían miradas cargadas de admiración, incluida Ceara, que mantenía una distancia prudencial, como si su regreso implicara que ya no podían jugar juntos.
Su padre alzó su taza, estaba borracho a juzgar por su manera de moverse, y decidió que él haría lo mismo; tenía motivos suficientes para celebrar.
Ahora sí, ahora cumpliría con su anhelo de vivir en Dubh Linn.

Era casi media noche cuando los ancianos mandaron callar a todo el mundo.
—Hoy recibimos a dos hombres que salieron de aquí como niños; dos hombres que serán feroces guerreros en el campo de batalla. Torcan, hijo de Finn, e Iobhar, hijo de Breccan— hubo gritos que se acallaron con un gesto del druida—. Pero también celebraremos otra cosa. Ten, Niamh.
Se giró hacia la joven, que se acercó temerosa, y le dio un cuenco de madera con agua.
Iobhar no entendía qué estaba sucediendo, los chicos contemplaban la escena con expectación, ella caminó por delante de cada uno dejando atrás las caras de decepción; finalmente se detuvo ante Torcan y le ofreció el tazón; él lo recogió con dulzura y bebió de él devolviéndoselo para que ella bebiera también.
Entonces Breccan se levantó, emitiendo una carcajada, y abrazó al joven.
—Serás mi yerno, Torcan, hijo de Finn.
Aquel compromiso adquirido frente a toda la comunidad suponía el inicio de una nueva vida para Niamh.
Iobhar fue el siguiente en felicitarles despojándose de cualquier resto de rivalidad que quedara en su corazón; Torcan había demostrado ser hábil y fuerte, su hermana no merecía menos.

Ceara sintió vértigo, ya le había costado hacerse a la idea de que su hermano se fuera, pero lo de Niamh le cayó como un jarro de agua fría y no podía evitar dirigir a su hermana una mirada de reproche.

*****

La noche se alargó hasta que el sol acabó con ella iluminando con timidez por detrás de Deilg Inis. En el gran patio yacían los hombres y mujeres que habían sucumbido al sueño y el alcohol hacía pocas horas.
Treasa permanecía despierta, acunando a Ceara sobre su vientre, invadida por un sentimiento de pérdida. Ahora que sus hijos mayores emprenderían su vida adulta, todo lo que le quedaba era su pequeña y algún día la perdería a ella también.
La contempló en silencio, aún era muy niña, y deseó encontrar un encantamiento para mantenerla así para siempre.

La despedida resultó más dura de lo esperado, hasta Eoghan se mostró taciturno tras decir adiós a Iobhar, aunque, sin duda, las emociones más intensas las protagonizaban Torcan y Niamh envueltos en una punzada de tristeza por separarse y el anhelo por volver a verse pronto.
Ceara se acercó a su hermano y le entregó su cuchillo.
—Para que me recuerdes— le dijo, y salió corriendo entre sollozos hacia las faldas de su madre, dejando a Iobhar con la palabra en la boca. Sólo separó la cabeza de Treasa cuando los tres hombres eran ya unos puntitos lejanos y oscuros en el norte.

Niamh intentó consolarla en el barco de vuelta a la isla, la niña la rechazó de inmediato.
—No tienes derecho a decirme nada, tú también me abandonas por ese chico feo, feo, feo, feo— sintió el impulso de darle una bofetada, su madre la frenó.
—Dale tiempo, ahora está dolida y ha dormido poco. Mañana volverá a ser ella y hasta se alegrará por ti.
Ceara les sacó la lengua con determinación.

*****

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