Capítulo 6

el viento sobre las colinas de éire 6

No había conseguido dormir en los últimos días, se despertaba en medio de la noche después de haber dado unas mil vueltas tratando de encontrarse cómodo. Estaba francamente nervioso, le sudaban las manos, tanto, que por tres veces había tenido que recoger la espada del suelo mientras practicaba porque se le había resbalado; Ceara y Niamh se habían reído de él «Sólo es papá, no el Rí supremo de Éire» bromeaba la pequeña.
Desde que había crecido lo suficiente, se venía produciendo una especie de venganza continua contra él por parte de sus hermanas; todo el valor que Niamh no había demostrado antes, había aflorado fortalecido por la complicidad de Ceara que, en la mayoría de las ocasiones, era la cabeza que ideaba las bromas que le gastaban.
Pero él no caía en provocaciones, ya vio retrasada su marcha una vez, no iba a dejar que sucediera de nuevo; además Ceara no hacía nada que él no hubiera hecho antes y esto le dejaba un poso de orgullo, una especie de confirmación de que compartían la misma sangre, a pesar de que físicamente no se parecieran en nada.

En lo que a Ceara respectaba, el tono cobrizo de su cabello rizado apagaba las pequeñas pecas que adornaban su nariz; como solía decir Iobhar, toda ella era del color del amanecer, incluidos sus labios que no conseguían destacar a pesar de ser gruesos.
Se parecía bastante a su padre y, comparada con la delgadez de su madre y su hermana, daba la impresión de ser más grande. Había una dulzura en su cara que invitaba a confiar en ella. Los que la conocían bien sabían que, por debajo de aquella sonrisa, subyacía el carácter decidido de Treasa y la fiereza que Breccan mostraba en la batalla. No era alguien a quien uno deseara enfrentarse cuando montaba en cólera.
Iobhar, en cambio, había heredado el pelo negro y los ojos grises de su madre, pero los suyos siempre brillaban traviesos; también la estatura procedía de su rama materna “pequeño y oscuro como los hijos de las hadas”, aunque hacía ya tiempo que nadie se burlaba de él con aquello. Su nariz torcida tras la pelea con Conall no favorecía una sensación amable; tanto mejor, él quería ser un guerrero, un guerrero tan temible como su padre.

Su madre llevaba tiempo dejándole a su aire, casi no le encargaba trabajos y controlaba muy poco o nada dónde iba o lo que hacía; esto no ayudaba a calmar la sensación interna de profundo cambio que le invadía desde que recibió la noticia de que su padre volvería pronto a Deilg Inis con la intención de llevárselo a Dubh Linn de una vez por todas. En cierto modo se sentía un tanto huérfano de madre y, como aún no se había marchado con Breccan, en lo que a su padre respectaba estaba igual de huérfano que siempre.
El único que mostraba interés por él era su bisabuelo, pero se cuidó mucho de manifestarle lo que sentía; tenía miedo de que lo tomara como una muestra de debilidad o, peor aún, como si fuera un niño enmadrado de esos que, incluso después de casados, necesitaban la aprobación de su progenitora para cada decisión a tomar.

*****

Salió de la cabaña cuando el sol estaba despuntando detrás de él, ni una sola nube amenazaba en el horizonte y el calor pronto se haría notar, pues el verano estaba todavía allí aunque tocara a su fin.
A pesar de que últimamente se había sentido en ella como en una roca árida de la que nada podía sacar, en ese preciso momento, se dio cuenta de la vida que albergaba.
El musgo cubría de verde tanto las techumbres de bálago como los huecos entre las piedras que sostenían las casas; un reguero de hormigas trepaba por una de aquellas grietas creando una senda negra y roja, y un par de abejorros pasaban de un lirio a otro rozando las margaritas y las campanillas con su sombra.
Las gaviotas se lanzaban frenéticas en picado, con sus inconfundibles graznidos, sobre los bancos de peces formando un alboroto histérico, y los delfines delataban su presencia asomando las aletas cuando salían para respirar, acosando desde abajo aquellos mismos peces.
Las cabras, masticando sin cesar todo lo que encontraban a su paso, permanecían tranquilas junto a los mástiles que servían de tendedero; por suerte ninguna de las chicas había dejado secándose ninguna pieza recién teñida, o habría desaparecido en un momento entre el movimiento circular de las mandíbulas rumiantes.
Recordó todas las carreras que había echado tras ellas para conducirlas al corral, hasta le pareció entreoír los gritos de una Niamh, aún niña, tumbada en el suelo para ver las focas sin asustarlas y sintió nostalgia; había sido muy feliz allí pero era un capítulo a cerrar, ya casi era un hombre; en aquel pedazo de tierra en medio del mar no había sitio permanente para los hombres adultos.
Con este pensamiento, regresó a recoger sus pertenencias más preciadas, sin olvidar el primer regalo que recibió de su padre.

*****

La tenue luz que asomaba por la puerta proyectó la sombra casi irreal de su hermana. «Ya llega» se limitó a decir y, acto seguido, se tiró sobre él abrazándole con toda su fuerza.
—Sólo voy a Dubh Linn, no al fin del mundo.
—Para mí como si lo fuera ¿quién me va a enseñar a usar un hacha? Te vas con la lección a medio enseñar y a Niamh no le gusta jugar con esas cosas.
—Cruza al otro lado— su voz denotaba la obviedad de la idea—. Yo lo hice.
—A ti mamá no te tenía bajo constante vigilancia— se estiró la falda y se puso en pie—. ¿Sabes? te voy a echar de menos.
—Y yo a ti.
La cogió de la mano y salieron juntos dispuestos a reunirse con el resto de su familia.

Niamh ya estaba junto al pozo, se había dado la vuelta cuando se percató de que ninguno de sus hermanos estaba en la playa con el resto.
Les observó venir: el brazo de Iobhar rodeaba los hombros de Ceara; hasta entonces no se había dado cuenta de que la chica sería más alta que su hermano mayor, ya casi le sobrepasaba en estatura. Agitó los brazos haciéndoles señas para que se dieran prisa.
— ¿No querréis que Breccan llegue y no nos vea allí?

*****

Nada más llegar a tierra, besó a su esposa y buscó con la mirada a su tres hijos; no pudo evitar un pellizco en el corazón cuando los vio venir corriendo: el chico flanqueado por sus hermanas que se habían cubierto el pelo con sendas coronas de campánulas, exactamente igual que cuando eran niños.
La imagen se tatuó en la retina de su padre; adoraba ver que sus hijos mantenían tan buena relación y le apenaba un tanto ser quien rompiera el terceto llevándose a Iobhar, aunque sabía que éste deseaba con toda su alma llegar a Dubh Linn y aprender con él a luchar y, sobre todo, a forjar espadas, bocados y piezas más delicadas, como aquella fíbula que, ahora que estaban más cerca, Breccan vio sobre el hombro de su hijo.

Niamh y Ceara abrazaron a su padre al mismo tiempo y después se hicieron a un lado para dejar paso a Iobhar.
El chico se mantuvo solemne, intentando no dejar entrever cómo su corazón latía cada vez más fuerte; por fin toda su preparación, todo el esfuerzo y toda la contención de los últimos meses habían desembocado en aquel instante. Sólo esperaba que no sucediera nada que le hiciera cambiar de opinión y que, de nuevo, decidiera aplazar su marcha; por eso pensó cada paso que daba y cada gesto que hacía.

*****

Iobhar esperó impaciente fuera de la cabaña donde sus padres estaban reunidos con la bandrui y el druida; sus hermanas mantenían la distancia acompañadas de Torcan, que había llegado en el mismo barco.
Se entretuvo observándoles: Ceara comenzaba a dejar de parecer una niña, pero era Niamh, que ya mostraba la hermosa mujer en que se convertiría muy pronto, la que le preocupaba; su carácter dulce y poco beligerante podía ser una bendición, pero también hacerle difíciles las cosas, y, aunque él había sido su peor pesadilla casi siempre, muchas veces fue, desde luego, el que le evitara complicaciones con otros chicos, a pesar de que ella no fuera consciente del todo.
Torcan la miraba embelesado, desatendiendo la batería de preguntas a la que Ceara intentaba someterle.
Ese chico seguía siendo poco hablador, pero a Iobhar le alegró saber que había algo capaz de impresionarle, aunque fuera el movimiento del cabello rubio de su hermana dejando al descubierto el cuello níveo y largo de Niamh.

Su bisabuelo salió a decirle que le estaban esperando. Iobhar tragó saliva con dificultad y deseó, por sólo un instante, poder correr hacia donde estaban los otros tres y marcharse con ellos a jugar, como habían hecho casi dos años antes.
Se sintió más tranquilo cuando vio la amplia sonrisa con la que le recibían los otros congregados; nunca creyó que el velo de tristeza que adornaba los ojos de Treasa no fuera a dolerle porque existía el contrapunto ansioso en los de su padre.
Tomó asiento frente a todos ellos y esperó a que alguien dijera algo.
—Iobhar— habló la bandrui—, tu padre ha venido para que sigas tu camino junto a él. Has cumplido con tu tiempo en la isla de tu madre, y tu bisabuelo considera que estás más que preparado para iniciar una vida de adulto, lejos de aquí, en Dubh Linn— carraspeó—. Recuerda siempre de dónde vienes y encontrarás el camino hacia donde vas— se acercó a él y le dibujó con el dedo un símbolo en la frente—. Te doy mi bendición.
Y, dicho esto, se fue en compañía del viejo druida.

El chico continuó sentado en silencio mirando a sus padres, sin saber si ahora le correspondía a él decir algo; sintió un enorme alivio al ver a Breccan levantarse y colocarse a su lado, posando la pesada mano sobre su hombro derecho.
—Esta tarde iremos todos a la aldea y allí pasarás por el rito. Después serás libre para irte a Dubh Linn con tu padre.
Treasa había sonado solemne, casi tanto como la bandrui un minuto antes y él inclinó la cabeza aceptando, preguntándose si, llegados a ese momento, le apetecía tanto dejar atrás todo lo que conocía; pero el apretón de su padre, que aún mantenía la mano sobre él, le ayudó a darse cuenta de que todo comienzo implica un temor razonable como el que le invadía en ese instante.

*****

Treasa obligó a sus hijas a ayudarla para preparar las pinturas ceremoniales, Ceara estaba más dispersa que de costumbre y Niamh intentaba mantenerla a su lado para evitar que su madre se diera cuenta.
—Entonces ¿podrá ir a los fuegos de Beltane(1)?
—Sí.
— ¿Cómo los mayores?
—Sí— la poca paciencia de Treasa se iba agotando con cada pregunta—. Remueve el tinte o se echará a perder. Etaine y Orna me ayudarán a pintarles, pero vosotras os encargaréis de preparar a Torcan e Iobhar antes, eso supone lavarles y custodiarles hasta que lleguemos.

(1) Festividad que suele coincidir con el 1 de mayo. Estaba consagrada a la fertilidad y se celebraba encendiendo hogueras y quemando unos enormes muñecos de madera y paja

*****

Ceara estaba encantada de ser quien acompañara a su hermano; intentó mantenerse seria y, sobre todo, no aprovechar la ocasión para hacerle cosquillas. Hasta ella se daba cuenta de que se trataba de algo crucial, no quería malgastar el poco tiempo que les quedaba juntos con chiquillerías, así que recogió agua con el cubo y la dejó caer sobre él, poco a poco, antes de aplicar el jabón.
— ¿Me harías un favor?— ella asintió— Me gustaría que me afeitaras la cabeza.
— ¿Toda?
Le parecía una locura, teniendo en cuenta que su hermano poseía una larga y brillante melena oscura, pero obedeció, dejando, como Iobhar le indicaba, un rectángulo desde la frente hasta la nuca que luego tuvo que trenzar en seis partes.

Por su parte, Niamh trataba de concentrarse en su cometido evitando mirar a Torcan a los ojos.
El joven aceptaba cada indicación para cambiar la postura mientras ella pasaba el jabón por todo el cuerpo. Era robusto y no mucho más alto que ella, se sorprendió con la musculatura de sus brazos y su espalda, que se contraían al contacto con el agua fría; él tampoco decía nada, pero, cuando Niamh pasaba cerca de su cara, se entretenía aspirando el olor de la chica; era bonita y agradable, callada, como él.
Ceara les interrumpió para decirles que ya había terminado y que el grupo formado por su madre y sus dos ayudantes aparecía entre los árboles, dispuestas a finalizar la preparación. Las dos hermanas no podían quedarse y, tanto Iobhar como Torcan, notaron crecer la ansiedad con cada paso que las chicas daban lejos de ellos.

*****

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