Capítulo 5

el viento sobre las colinas de éire 5

Esperaba un recibimiento más entusiasta por parte de sus hermanas, pero ambas estaban tan ocupadas que apenas prestaron atención a su llegada. Su abuelo le condujo directamente a ver a su madre. Una punzada de nostalgia le atravesó cuando cruzó los muros de la choza; en el tiempo que había pasado fuera no se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos corretear por allí. Todo estaba cambiando, empezando por él, que ahora tenía una voz grave que hacía juego con el aspecto adusto que el proporcionaba la nariz deformada.

La bandrui elogió la fuerza que, a juzgar por los músculos definidos de sus brazos, estaba adquiriendo con sus nuevas tareas. Ya había alcanzado su estatura máxima, poco más alto que su madre como vaticinó Breccan, pero eso era algo que ya no le importaba, había sabido sacarle partido y, en comunión con la fuerza de Conall y la picardía de Fiall, se convertían casi en invencibles, o eso creía. Tras los saludos de rigor, Treasa le envió a buscar a sus hermanas mientras ellos se quedaban tratando temas importantes que nada tendrían que ver con él, le dijo. Las encontró ordeñando las cabras en el corral; al principio ninguna pareció darse cuenta, pero, cuando Ceara levantó la vista por segunda vez, salió corriendo hacia él tirando de una patada el cubo de la leche. Niamh detuvo el gesto de reproche al reconocerle, se levantó despacio, manteniéndose serena, y recogió los enseres antes de acercarse.

A Iobhar le parecía imposible que aquella joven fuera su hermana, aquella a la que había intentado sin éxito embarcar en un curragh a la deriva tantas veces; había en ella un porte confiado y digno que le recordó a su madre. La chica le abrazó con ternura, escondiendo algunas lágrimas entre el largo pelo de su hermano; en el fondo no había pasado un sólo día de aquellos cinco meses en que no se hubiera sentido culpable por su marcha. Juntos se dirigieron al círculo de piedra; mientras cruzaban la isla de sur a norte, Iobhar tuvo la sensación de que todavía estaba en su hogar, como si todo lo vivido en la aldea: su amistad con Conall y Fiall, los entrenamientos con Eoghan o las lecciones de su bisabuelo, fueran sólo parte de un sueño largo y profundo del que acababa de despertar.

Cuando llegaron al lugar sagrado, pudo sentir su fuerza, un magnetismo que permanecía inmutable; aquellas piedras llevaban siglos ancladas en la roca, observando cómo todo lo demás a su alrededor cambiaba y esto devolvió al chico a la realidad: no sólo aquella isla no era ya su casa, si no que sus mejores amigos pronto estarían en Bré mientras él seguía en la aldea día tras día, por un tiempo indefinido que ahora se le antojaba eterno.

— ¿Manejas la espada?— a Ceara le interesaban mucho las armas, demasiado para el gusto de Niamh. Él asintió condescendiente, a sabiendas de lo impresionable que era todavía su hermana menor—. Yo ya puedo con los canastos grandes— y le enseñó los brazos, apretándolos para demostrar su fuerza.

—Te hemos echado de menos— admitió Niamh finalmente—. Esto quedó muy silencioso sin ti.

— ¿A pesar de Ceara?

—Sí, a pesar de Ceara, aunque se ha esforzado en dar guerra por dos— la niña le hizo burla.

*****

—No creo que esté preparado aún— insistió la bandrui.

—Pero Conall y Fiall ya van a pasar por el rito de transición— intentó convencerles Treasa.

—No son los únicos chicos de la aldea, tendrá que acostumbrarse a que no estén; quizá así logremos que saque todas sus cualidades a flote. Se ha apoyado demasiado en los dos hermanos y creo que ha desaprovechado oportunidades de demostrarse a sí mismo de lo que es capaz.

Aunque su abuelo tenía razón, a Treasa le costaba admitirlo. Había visto lo especial que era la relación entre los tres jóvenes y recordó lo doloroso que resultaba despedirse de los que fueron tus compañeros; ella también había tenido que decir adiós a chicas con las que había crecido.

—Esto le dará tiempo para sernos útil y comenzar a ayudar a Eoghan con la herrería. Breccan agradecerá todo lo que haya aprendido en una fragua antes de llevárselo con él a Dubh Linn.

Ajeno a las decisiones que se estaban tomando, Iobhar le contaba a Ceara sus aventuras, algo adornadas. Se abstuvo de mencionar a sus compañeros, en parte para imprimir más valor a sus acciones, en parte para evitar que los celos se apoderaran de su hermana pequeña, a la que había estado tan unido. Niamh no parecía impresionada; para ella todo aquello eran bravuconadas y le costaba creer que su hermano, con su tamaño, hubiera sido capaz de reducir un jabalí con la única ayuda de un cuchillo, pero Ceara estaba encantada con la historia y no derrumbaría la admiración que iluminaba sus ojos verdes cuando se dirigían al mayor de los tres. En cualquier caso, apreciaba la madurez con que Iobhar recomendaba a la niña que obedeciera y prestara atención a las lecciones que recibía cada día. Para la pequeña esas palabras calaban más hondo que las que, tanto Etaine, como Orna, como la propia Niamh, estaban hartas de repetirle; y si tenía que venir alguien de fuera para que hiciera caso, poco importaba.

—Cuéntanos otra vez cómo te rompiste la nariz.

Si lo del jabalí llevaba fantasía, la pelea con Conall contenía tantas licencias poéticas que parecía más una batalla a muerte que un simple entrenamiento con una sobredosis de testosterona, pero el modo en que Ceara batía los pies tumbada bocabajo y miraba embelesada con su carita apoyada en las manos, le animaba a adornarla cada vez un poco más.

— ¿Cuánto crees que tardará en darse cuenta de tus exageraciones?— le preguntó Niamh cuando ya volvían hacia las casas.

—Espero que el tiempo suficiente para no sentirse decepcionada y entender que lo hice por una buena razón.

Niamh respondió con gesto preocupado, a Ceara le encantaban las historias de héroes, seguramente tardaría mucho en admitir que su hermano no era uno de ellos.

*****

Etaine estaba despellejando el cabrito cuando Orna entró en el corral; Treasa había sido muy clara: hacía tanto tiempo que no estaban todos juntos que bien merecía sacrificar un animal como ese.

—Quizá dé para un par de botas.

Cogió la piel con cuidado para no mancharse con la sangre que goteaba.

—Tardará horas en hacerse.

Se quejó su hermana, retirando las vísceras a un lado.

—Pero sobrará para mañana. Orna se relamía; hacía tanto que no comía carne que no fuera de pollo o conejo.

—No te engañes. Que Iobhar no abulte más que tú no significa que no coma por tres o cuatro como tú.

—Algo os dejaré, no sufras— la voz del chico todavía tenía momentos en que se volvía aguda, lo que provocaba risas, como acababa de ocurrir—. Deja, ya lo haré yo— intentó recuperar su orgullo despiezando la carne.

A Etaine le dio la sensación de que, los golpes que daba para partir los huesos, eran demasiado para la resistencia que podía ofrecer un animal de teta, pero le dejó hacer, cualquier cosa con tal de no tener que hacerlo ella.

— ¿Pasarás por la ceremonia esta vez?

—Puede.

Concentró la rabia en el cadáver, sabía que sobre eso discutían su abuelo, su madre y la bandrui en la cabaña. Ya no era un crío, se daba cuenta de las cosas, pero no habría ganado nada haciéndoselo notar cuando le enviaron con sus hermanas.

—Si no lo haces, siempre serás bien recibido para despiezar cabras.

Iobhar asintió mientras le entregaba la carne. De todas las discípulas de su madre, Etaine siempre fue su favorita, aunque se dedicara a proteger a Niamh de él.

*****

Iobhar había aceptado la decisión del druida y la bandrui sobre su ceremonia de transición y no quiso mostrar la pequeña decepción que suponía tener que esperar de nuevo para cumplir el objetivo de irse con su padre. Había una mezcla de sentimientos en su rostro y Conall decidió ignorarlos; le hubiera gustado que su amigo pudiera pasar el ritual con él y su hermano, aunque no les habría servido de mucho, teniendo en cuenta que debían permanecer solos durante una semana entera. Iobhar acompañó a Fiall hasta la entrada al bosque, le sorprendía que su amigo no demostrara ni un atisbo de inquietud o impaciencia y esto le hizo pensar en que quizá su educación como druida le proporcionaba una seguridad que otros no poseían.

—Entretén a mi madre como puedas— le pidió antes de adentrarse en el robledal.

Eso no sería tarea fácil, la señora de Bré parecía una persona difícil de contentar; había mantenido un gesto de desconfianza mezclada con asco durante todo el día anterior, había hecho comentarios despectivos sobre el modo en que vivían allí, “tirados en el suelo” según ella, y no quedó muy conforme con las explicaciones de Eoghan sobre lo superfluos que les serían los bienes materiales durante los días que se avecinaban. Por el contrario, el padre estaba realmente contento, decía que estar allí le hacía recordar sus tiempos de niño, cuando cumplió con la misma tradición que hoy correspondía a sus hijos.

*****

Si para Treasa había resultado decepcionante que su hijo tuviera que esperar a otra ocasión para convertirse en adulto, no lo demostraba en absoluto. Su abuelo la había invitado a ayudar en la preparación de los jóvenes amigos de Iobhar y estaba encantada de salir de la isla durante unas horas, pero su parecer cambió tan pronto como se quedó con la madre de los muchachos. Había algo en aquella mujer que le resultaba irritante, como una sensación de estar siendo despreciada por su oficio.

—Iobhar parece un buen chico— intentó sonar conciliadora viendo que ambas deberían pasar un largo rato a solas mientras el Rí se reunía con los druidas—. Es una pena que no haya podido participar hoy— a Treasa le pareció notar un punto de orgullo que le incomodó aún más.

—Así podrá trabajar la paciencia. Muchas veces lo importante no es hacer las cosas, si no hacerlas en el momento adecuado.

Su interlocutora asintió ligeramente molesta por el tono de aleccionamiento que estaba tomando la conversación. Se vio invadida por el temor de que aquella mujer menuda fuera capaz de leer sus pensamientos y decidió mostrarse cortés y olvidarse de la desconfianza que le inspiraban todos los que dedicaban su vida a la magia.

No siempre había pensado así, pero en su memoria latía perenne la imagen de su hermano Gwyddyon; ofrecido como sacrificio voluntario a unos dioses que, sin embargo, no fueron capaces de evitar que los romanos invadieran su aldea y quemaran los campos que les servían de sustento en represalia por seis meses de resistencia que sólo habían supuesto una demora en su romanización. Le costaba estar más de acuerdo con la imagen de su hermano maniatado, muerto por un golpe seco en la nuca, luego degollado y, por último, sumergido bocabajo en la ciénaga de turba, que con la sensación de control sobre su propia vida que tuvo después gracias a aquellos extraños vestidos con faldas y la cara afeitada (1).

Los romanos colocaron a su padre en una posición preferente como jefe de la aldea, embajador y garante del cumplimiento de las leyes del César en un lugar tan alejado de Roma. Su dicha duró poco, bien era verdad, pues aquellos mismos salvadores se volvieron avariciosos y violentos, y su única salida fue huir a Éire para casarse con el Rí de Bré.

Todavía escuchaba al druida manifestando la voluntad de los mismos dioses que reclamaron la vida de su hermano y el modo en que, cuando a punto de partir hacia su boda con un desconocido, ella le encaró preguntándole para qué había servido el sacrificio de su adorado Gwyddyon, recibió por toda respuesta un «Iona, de no haberlo hecho, ahora tú no tendrías la oportunidad de huir.»

Fue en aquel momento cuando se juró a si misma que jamás confiaría en la palabra de los que tanto dolor le habían provocado a cambio de nada. Nunca había hablado de ello con nadie, ni con su esposo que, a decir verdad, había resultado mucho mejor de lo que esperaba, pero no había día en que no recordara con repugnancia y odio cómo su vida había cambiado por culpa del antojo de los que decían escuchar a los dioses. Y ahora su hijo menor iba a convertirse en uno de ellos. Intentó mantener la compostura, aquel ritual se le estaba haciendo muy cuesta arriba y, lejos de sentirse orgullosa, un pellizco le encogía el corazón.

(1) Se describe aquí el ritual de la triple muerte, es decir, matar a alguien de tres formas distintas. Varias momias en diferentes lugares de la Europa celta, sacadas de turberas, atestiguan esta práctica. Aunque aún hoy se desconocen los motivos, los estudios se inclinan por una finalidad ritual más que por un castigo, ya que los cadáveres se habían tratado de forma especial y, algunos de ellos, mostraban símbolos que indicaban una alta posición social.

*****

A falta de su propio padre, Iobhar aprovechó todo lo que pudo el tiempo con el Rí de Bré. El hecho de que éste hubiera sido amigo de Breccan en su juventud renovó las ansias del chico por marcharse a Dubh Linn. No pudo evitar notar paralelismos entre la relación que habían tenido sus padres y la que ahora tenían Conall, Fiall y él. Se preguntó si, tras quince o veinte años, ellos también serían una especie de extraños que vivían su hermanamiento a través de la memoria y la nostalgia por unos tiempos ya pasados.

De momento sus amigos abandonarían la aldea antes que él ¿y luego? Sus vidas parecían conducirles en sentidos opuestos, como si el que hoy era su hogar fuera el punto central del mundo y desde allí partieran todos los caminos posibles. Bré hacia al sur, Dubh Linn al norte. Esto le creó una inquietud, una sensación de apátrida, consciente de que el día que pasara por el rito de transición, absolutamente todo lo que ahora le era familiar y querido quedaría anclado allí e iría cambiando de modo que, si algún día regresaba, tampoco sería capaz de reconocerlo. Eoghan le tocó en la espalda, como si hubiera leído su pensamiento.

—Recuerda que todo es circular y suele empezar justo donde acaba.

Era un pilar fundamental en su filosofía, aunque a Iobhar le costaba entenderlo del todo.

*****

Niamh empezaba a estar harta, había tenido que salir en busca de su hermana por quinta vez a petición de Etaine. Ceara aprovechaba que su madre no estuviera para vaguear en cualquier rincón y, aunque los escondrijos no eran muchos, la pequeña se las ingeniaba para encontrarlos todos, a cual más retorcido. El último le había puesto los pelos de punta. No sabía muy bien cómo, pero había encontrado la manera de bajar al agua por una de las paredes rocosas del sur y estaba en cuclillas, emitiendo chasquidos con la lengua, como si quisiera comunicarse con los delfines que nadaban cerca. La arrastró cogida de la oreja en cuanto logró convencerla para que subiera.

-Mamá se va a enterar de esto— la amenazó, pero Ceara sólo pateaba intentando alcanzarle las piernas.

Orna las recibió con un gesto de impaciencia; aquella niña sólo obedecía a su madre, lo mismo daba lo que ella hiciera, sólo Treasa conseguiría que se centrara en ayudarlas y comenzaba a cansarse, pues la bandrui tampoco intentaba imponerse a aquella mocosa, y su hermana y ella no podían pasarse el día buscándola o mandando a Niamh a hacerlo. Desde luego recibiría un castigo ejemplar, quizá fuera la única forma de hacerle entender que tenía que obedecerlas, tanto si le gustaba como si no.

*****

El Rí de Bré se reunió con Treasa aprovechando que su esposa todavía descansaba. Las conversaciones con los druidas no habían sido del todo satisfactorias y le habían indicado que la única persona que podría ayudarle era ella.

—Buenos días, Rí Tuaithe (2)— se inclinó levemente.

—Buenos días, Treasa. Tu abuelo me recomendó que hablara contigo. Puede que estemos más cómodos fuera de la aldea— ella asintió, siguiéndole más allá de la empalizada.

(2) Recibían este distintivo los Rís de un clan o Tuatha.

Caminaron a lo largo de los guijarros de la playa, sin perder de vista la silueta de la isla hacia la que el hombre miraba con una ansiedad contagiosa que inquietó a la mujer, incapaz de adivinar qué se le pasaba por la mente.

—He traído una ofrenda para ti y tu aldea, pero Iona no debe saber nada.

El hecho de que quisiera ocultar aquella información a su propia esposa la intrigó aún más; entonces la mente del Rí se abrió ante ella con total claridad y entendió sus motivos, más conociendo a la reina. —Puedes estar tranquilo, Ultan, tu secreto está a salvo con nosotras.

—Lo sé— se detuvo unos segundos—. Por quien más lo lamento es por mis hijos. Puede que ellos nunca lleguen a saberlo. —Me temo que son demasiado inteligentes para ignorar las señales, aunque de momento no sean capaces de leerlas. Fiall tiene aptitudes para ser un gran druida y llegará el día en que no haya lugar donde encerrar tus secretos frente a él.

—Los dioses te oigan. Nada me haría más feliz que ver a mis hijos convertidos en hombres útiles para nuestro clan.

Respiró profundamente, con gesto cansado pero cargado de alivio, y se marchó dejando a la druidesa con los ojos clavados en su pequeño reducto, la roca que recortaba las olas frente a ella y en la que sus hijas estarían comenzando el día, ignorantes de los cambios que llegarían más pronto que tarde.

*****

No estaba molesta, estaba furiosa, y lanzó el serón de una patada lo más lejos que pudo cuando lo hubo vaciado de pieles. Azuzó el fuego y, por un instante, le pareció que crecía sin control, arrasándolo todo, envolviéndola con un humo espeso y agobiante que le provocaba nauseas y unas ganas tremendas de toser, pero se contuvo. Odiaba tener que hacer las tareas ella sola, y odiaba aún más que creyeran que le estaban dando una lección.

Cuanto más se enfurecía, más removía los rescoldos, hasta que arrastró uno sobre su capa y ésta empezó a arder. Por suerte la bandrui pasaba por allí y corrió a apagarla antes de que alcanzara el tamaño de una mano.

—Ten cuidado con las visiones, niña— no sonó a reprimenda. Ceara salió del trance que le habían provocado las llamas y miró a la mujer con desconcierto –. Cuando regrese tu madre quiero que vengáis a verme. Mientras tanto, termina con lo que estabas haciendo, y procura no desconcentrarte.

La muchacha volvió a recoger el canasto y salió a buscar más pieles, intentando no pensar en lo que había sucedido ni en lo que la bandrui querría hablar con ellas.

*****

Al terminar el día estaba agotada, pero no pensaba hacerlo notar. Si Etaine y Orna habían decidido doblegarla a base de trabajos físicos, ella soportaría lo que hiciera falta y aún encontraría un rato para hacer lo que le viniera en gana.

Niamh se acostó a su lado sin mediar palabra. Percibía la energía frustrada de su hermana, pero no daría su brazo a torcer. Ceara dudó sobre si decir algo sobre la petición de la bandrui o no. Por un lado deseaba quedarse el secreto hasta que volviera su madre; por otro, le resultaba difícil no compartir lo que le había sucedido con ella.

La respiración de Niamh se había vuelto más pausada y la niña decidió que no valía la pena despertarla para contárselo, a lo mejor era una de esas cosas que consideraba chiquillerías y no quería tenerla en contra también. Con suerte, al día siguiente, conseguiría engañarla para que la ayudara con su castigo, mejor que descansara tranquila.

*****

Escuchó el crujido de unas ramas y se puso alerta. Retiró el cuchillo del cuerpo del animal y lo asió con fuerza, dispuesto a atacar si era necesario. Una sombra surgió junto al tronco retorcido de un avellano y pensó que sólo le faltaba tener que pelear con un oso para completar el día. Sin embargo había algo extraño en aquel bulto: caminaba erguido sin dificultad y su pelaje era verdoso, lo que le desconcertó aún más.

El gruñido de aquello sonó, era bajo, poco potente, nada temible, y le recordaba a algo, algo demasiado familiar.

— ¿Te he asustado?— tardó en asociar la voz de su hermano con lo que estaba viendo.

—Fiall, podría haberte matado— le observó detenidamente. Estaba cubierto de musgo, de ahí el color verde—. ¿Qué llevas encima?

—No quería morir de frío— se justificó—, y por lo que veo tú tampoco— señaló el cadáver a medio despellejar.

—Intentó robarme el jabalí. Ya sabes que no me gusta que toquen mis cosas— terminó de separar la piel mientras su hermano inspeccionaba el escuálido cuerpo del lobo—. En el fondo le he hecho un favor, era demasiado viejo y tenía tres colmillos rotos.

—Eso parece— miró hacia arriba, buscando una rendija entre las hojas para ver el sol—. Creo que ya es hora de volver, Conall, antes niño.

Rió al recitar la fórmula con la que les recibirían los druidas de la aldea. El otro rompió en carcajadas. Allí, envuelto en sangre, y cubierto con la piel gris del lobo, parecía más grande y más salvaje.

—Hoy será un día memorable para nuestros padres. Aunque madre seguirá decepcionada contigo, druida.

Emprendieron juntos el camino de regreso triunfal a la aldea. Hasta entonces, Conall no se había dado cuenta de que su hermano portaba una malla de juncos con algo dentro, y un báculo modelado toscamente con su cuchillo. Sintió curiosidad por la prueba que había pasado Fiall. Estaba claro que no era igual que la suya, pues no llevaba ninguna gran presa con la que alimentar a los que les estaban esperando.

Al llegar al sendero que los sacaría definitivamente del bosque, Fiall se despojó de su cubierta de musgo pronunciando unas palabras ininteligibles. Ahora Conall empezaba a sentirse incómodo; él no notaba nada diferente, se suponía que algo en ellos tenía que haber cambiado, pero ¿qué?

No tardó mucho en averiguarlo. El druida más viejo de todos les recibió a pocos pasos de la empalizada.

—Bienvenido, Conall, antes niño. Hoy celebraremos que has vuelto convertido en un hombre.

Le estrechó entre sus brazos y le colocó una torques en el cuello. Mientras la madre de Iobhar se le llevaba para el baño de purificación, Conall vio cómo todos los druidas rodeaban a Fiall y éste les entregaba la malla.

Iona prefirió no mirar, pero Ultan estaba emocionado y no se molestaba en esconderlo; dirigía la mirada alternativamente a sus dos hijos, henchido de orgullo.

—Es el momento, Fiall.

El abuelo de Treasa le señaló el camino a seguir, de nuevo adentrándose en la arboleda. Él precedería la comitiva formada por sus maestros, dejando atrás a su familia. Lo que estaba a punto de suceder en el bosque nunca les sería revelado.

*****

Depositó sobre la piedra el contenido de la malla: la corteza de abedul, una roca recogida del fondo del río y las ramas de acebo. Por último, posó la vara con que se había ayudado para caminar y un poco del musgo que le había cubierto. Era su ofrenda final, junto con el pelo que Eoghan le había cortado minutos antes. Inició un sonido suave, como si fuera el murmullo de las olas rompiendo en el mar. Durante unos segundos, ése fue el único ruido que se escuchó en el claro; hasta los pájaros habían cesado su trino otorgando al joven todo el protagonismo. Acto seguido, un coro de voces graves se unió a la suya adquiriendo un volumen cada vez más alto y, tal resonancia, que parecía que los propios árboles les acompañaban. Fiall apagó su voz y uno de los druidas se le acercó con una capa verde pardo. Le cubrió con ella dibujando en su frente un símbolo circular con el dedo índice.

—Tu aprendizaje sólo acaba de empezar. Recuerda honrar a los dioses, pedir su consejo y respetar sus decisiones. Aunque a veces te parezcan cuestionables.

Con estas palabras fue investido druida Fiall, hijo de Ultan, Rí Tuaithe de Bré.

*****

Conall e Iobhar eran los primeros en el pasillo humano que se había formado en la entrada del poblado. Ambos le dirigieron miradas de respeto y admiración. Fiall las agradeció, sabía que no encontraría el mismo sentimiento en los ojos de su madre, que le esperaba en el gran patio. Pero se vio sorprendido por una sonrisa afectuosa, como habría cabido esperar de una madre que ve cómo su hijo cumple su deseo aunque no esté de acuerdo con ello.

Iona albergaba la esperanza de que, una vez en Bré, Fiall reconsiderase el camino a seguir, ignorante de que no dependía de él sino de lo que los dioses habían predispuesto incluso antes de que le depositaran por primera vez entre sus brazos.

*****

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2 comentarios en “Capítulo 5

  1. Quizás soy yo, pero no consigo encontrar a que hace referencia la nota a pie de pagina número uno. Por lo demás, continua igual de interesante que el primer día. Me ha costado horrores tener tiempo para leerme el cuarto y quinto capitulo, pero tras conseguirlo, espero con ansia el sexto. ¡Nos leemos!

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    • Gracias por pasarte, Wolfdux, y por hacerme el apunte; esta vez el editor me jugó una mala pasada y por lo visto se comió la conexión con la nota, me apresuro a corregirlo. Y, como siempre, agradezco cada anotación que hacéis y vuestro interés por seguir esta historia. Un besazo.

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