Capítulo 4

el viento sobre las colinas de éire 4

El resto de los chicos siguieron jugando aunque mantenían un ojo en los recién llegados. El viejo caminaba por delante de un muchacho de aspecto enclenque. Él ni levantó la vista, fija en el borde de la capa de su bisabuelo, que rozaba el suelo arrastrando las pequeñas briznas de hierba.
Con paso firme y decidido cruzaron el patio central, alrededor del cual se disponían las casas, igual que en la isla de la que venían. El druida le indicó que esperara con un gesto y entró en la choza donde se distinguían voces de hombres. Fue entonces cuando todos los niños de la aldea, manteniendo la distancia, se dedicaron a observarle.
Iobhar decidió no prestarles atención; si no querían acercarse a él tanto mejor, no necesitaba contarle a nadie por qué estaba allí. Todavía le retumbaban en la cabeza las palabras de su padre antes de marcharse.

—Iobhar, entra— por el rabillo del ojo vio como los demás se dispersaban en cuanto se dirigió hacia la puerta—. Estos son los hombres que se ocuparán de ti de ahora en adelante.
Había tres ancianos y dos más que tendrían la edad de su padre. Sólo uno de ellos mostraba algo parecido a una sonrisa. Reconoció a uno de los escoltas que le llevaron a Dubh Linn; le costó darse cuenta, llevaba la cabeza afeitada por completo y su barba estaba trenzada en dos mechones claros que le llegaban hasta la clavícula.
—Aquí dejo de ser tu abuelo para convertirme en un maestro más. Si tienes algún conflicto, deberás resolverlo por ti mismo o tendrás que pedir consejo, exactamente igual que el resto. Ahora Eoghan— señaló al que sonreía— te acompañará fuera y te presentará a tus compañeros.

Eoghan le puso una mano en el hombro y llamó a los demás con un silbido profundo, usando el índice y el pulgar de la mano que tenía libre; al punto, todos estaban allí, algunos medio desnudos y otros llenos de barro. Hasta uno sostenía aún entre las manos una lagartija.
—Este es Iobhar, hijo de Breccan. A partir de hoy estará con nosotros— se oyeron murmullos—, espero que le acojáis como a un amigo más y le ayudéis con las normas. Conall— se adelantó un chico que sacaba casi una cabeza al resto—, dormirá contigo y tu hermano. Enséñale su catre y luego empezaremos el entrenamiento.

El chico llamado Conall se giró sobre sus talones y empezó a caminar hacia una de las cabañas, Iobhar le siguió en silencio.
—Es poco hablador— un muchacho rubio y lleno de pecas, con aspecto de duende, corría a su lado—. Yo me llamo Fiall y soy su hermano. ¿Vienes de muy lejos? Nosotros somos de Bré, está en aquella dirección— indicó el sur— ¿Qué te gustaría aprender? Yo prefiero la historia, la adivinación, estudiar las estrellas y la medicina. A mi hermano le gustan más las armas.
Hablaba tan deprisa que Iobhar no tenía tiempo de contestar antes de que siguiera.
—Aquí es— la voz de Conall sonó como un gruñido—. Este es mi sitio y estos son el tuyo y el de Fiall. Puedes dejar lo que traigas allí— señaló el fondo—, pero ten cuidado de tocar mis cosas.
Un brillo helado encendió su mirada, e Iobhar entendió que sería un hueso difícil de roer, aunque no imaginaba hasta qué punto.
Fiall esperó junto a la entrada hasta que volvieron a salir. No había perdido el semblante risueño. Su hermano le apartó de un empujón, y al chico no le importó.
—Hoy no ha tenido un buen día— explicó tratando de excusarle—; ha perdido un combate y no le gusta perder.
Siguieron unos pasos detrás de Conall.
Mirándole mejor, no sólo era muy alto, sino también corpulento. Iobhar no pudo evitar compararlo consigo mismo, sus dos muslos abultaban como uno solo del de Bré.

*****

Niamh trataba de tranquilizar su respiración mientras dejaba caer el huso que giraba desenrollando la hebra que había tardado días en hacer. Esa mañana, cuando se levantó, buscó a su hermano por todas partes. Llegó, no sin trabajo, hasta la playa y contó varias veces los curraghs que guardaban, pero seguían siendo tres. Les dio la vuelta por si Iobhar se escondía bajo alguno de ellos, pero no halló rastro de él por ningún lado. Quería disculparse por ser la causa de la reprimenda de Breccan.
Finalmente se dio por vencida y regresó a las casas para informar de la desaparición. Fue entonces cuando Treasa le dijo dónde estaba y ella había roto a llorar porque no había tenido ocasión de hablar con él antes. Tenía miedo de que su hermano se hubiera llevado cierto rencor hasta su nuevo hogar.
Ni las caricias de Ceara, que no entendía a qué venía tanto alboroto, lograron calmarla, por lo que Etaine y Orna la habían encomendado tareas que pudieran entretenerla.

Ceara entró con un gran cesto de lino que habían estado espadillando durante los últimos días. Era un trabajo que le encantaba: requería fuerza para golpear los tallos contra la placa llena de púas y así separar las fibras y deshacerse de las más cortas.
—Esto es para hilar— soltó el capazo en el suelo con un golpe seco; era bastante más pequeño que el resto, pero la niña no podía con más— ¿Te ayudo?— se arrodilló junto a Niamh y fue girando en lo que su hermana madejaba— No sigue enfadado contigo— susurró al ver rojez en sus ojos—. Está en la aldea, lo que él quería. Me lo ha dicho Orna.
— ¿Cuándo volverá?
—No lo sé, creo que se quedará allí con el abuelo. Yo lo haría, y luego me iría con papá a Dubh Linn.
— ¿Aquí estás?— Orna entró de súbito, como si hubiera sido empujada dentro—. Vacía el serón y ven a por el resto— acompañó esta reprimenda con una sonrisa dirigida a Niamh—. ¿Qué tal tu pie?
—Mejor— se lo enseñó.
—En un par de días ya no te dolerá nada, ya lo verás. Ceara— la niña se había escurrido bajo ella y ya debía estar al otro lado del poblado.

*****

Iobhar estaba muy nervioso. Era la primera vez que tenía que enfrentarse a alguien y, el hecho de que fuera contra el chico más grande de la aldea, no le hacía demasiada ilusión, si había de ser sincero.
Primero intentó calmarse repasando cada movimiento que había ensayado, pero luego recordó que nunca lo había probado contra algo que se moviera, salvo que las cabras contaran como rivales dignos de mención.
A Conall le brillaban los ojos. Aquel chico moreno no le había hecho nada, pero debía mantenerse como líder, era lo que se esperaba de él; no obstante, algún día sucedería a su padre como Rí de Bré, y un buen jefe jamás debe ser derrotado.
Eoghan les entregó los palos y los escudos. El resto miraba fascinado; algunos recordaban el momento en que ellos ocuparon el lugar de Iobhar y les invadió una oleada de compasión. Sabían cómo se las gastaba su oponente.

Aprovechando su pequeña estatura, Iobhar atacó primero, impulsado hacia delante con una fuerza inimaginable en alguien tan menudo. Su lanza chocó con el escudo que protegía a Conall, derribando al atacante por la inercia. Se recompuso rápido, intentando protegerse con el escudo de un golpe, pero su rival le dejó tiempo, no pretendía terminar tan pronto.
—Peleas como un hada, hijo de las hadas— le provocó.
Hubo murmullos de asombro y risas. Fueron las risas las que le dieron fuerza para intentarlo de nuevo.
Inició un asalto, pero se frenó cuando Conall interpuso su escudo entre ellos, logró encontrar un hueco bajo él y le golpeó en las piernas, dando con su contrincante en el suelo. Entonces Conall levantó de nuevo el brazo y dio a Iobhar con la pala en la nariz. Se oyó un chasquido y notó un dolor que le nubló la vista; hizo un último intento y alcanzó al otro en la mejilla, con tanta fuerza que logró provocarle una herida.

Eoghan intervino rápidamente. Los chicos habían soltado las armas y se revolcaban en el suelo uno encima del otro, peleando con los puños. Estaban tan cegados que no hacían caso, y sólo consiguió separarles con un profundo silbido.
Iobhar tenía la nariz rota y le empezaba a costar respirar. La herida de Conall sangraba, y era más profunda de lo que habría sido de esperar.
—Fiall, lleva a tu hermano para que le curen, el otro se viene conmigo.

Iobhar habría retrocedido en el tiempo de buena gana, si hubiera podido, con tal de evitar la mirada severa que su bisabuelo le dirigió cuando Eoghan terminó el relato.
—Esta vez no lo pagué con alguien más débil que yo.
Y le pareció que el druida trataba de esconder la risa, aunque le costaba verdadero trabajo discernir nada, pues la nariz se había hinchado casi cerrándole los párpados y el dolor le provocaba un constante lagrimeo, por lo que absolutamente todo estaba cubierto con un velo acuoso.

Aquella noche, todos estaban pendientes del momento en que los contendientes tuvieran que sentarse a comer. Para sorpresa de los presentes, Iobhar y Conall se colocaron uno junto al otro, con cierto aire de orgullo, exhibiendo sus lesiones.
A Conall le tuvieron que coser el corte y lucía el remiendo con media mueca, intentando no mover el lado derecho porque le dolía.
Abrazó a Iobhar y le susurró «buena pelea».
Desde entonces no habría momento en que ambos no compartieran bromas y juegos; sabían honrar la valentía de un rival digno.
Fiall era el que más satisfecho se mostraba, el recién llegado le había caído bien desde el primer momento y no habría estado a gusto contrariando a su hermano, menos teniendo que dormir entre ambos.
Eoghan y el viejo druida también estaban contentos; la comunión de ambos sería lo mejor para garantizar la victoria cuando se presentara un combate de verdad, y bien sabían que ese día llegaría.

*****

Niamh había cambiado ligeramente desde la marcha de su hermano. Trataba de pasar más tiempo con Ceara, incluso le concedía un rato para practicar con el arco todos los días. Etaine y Orna vieron en esto un pequeño motivo de preocupación pues, a veces, las dos hermanas utilizaban como blanco el remanso de las focas al norte de la isla, y los machos podían mostrarse agresivos.
Treasa le quitaba importancia. Mientras su hijo había estado con ellas, la mediana había quedado relegada a un segundo plano y no podía contener la alegría que suponía para ella que, por fin, ambas se comportaran como hermanas, algo que Etaine y Orna debían entender mejor que nadie.
Además estaba demasiado atareada con el ritual que iban a celebrar.
Después de confiar a la bandrui sus temores con respecto al futuro de sus hijas, ésta consideró conveniente realizar aquella ceremonia. La propia bandrui temía lo que pudiera ser revelado, pero era ella quien mantenía las visiones de la muchacha del acantilado y los dioses serían más propicios a enviar su mensaje con Treasa que con cualquier otra.

Ceara, ajena a todo lo que tenía que ver con ese momento, intentaba aprovechar su tiempo libre que cada vez era menos. Cada día contenía la tentación de coger una de las barcas, la más pequeña, y cruzar para espiar a su hermano, pero siempre aparecían Orna o Etaine para encargarle que recogiera las cabras, o que sacara los tejidos recién teñidos a secar, o cazar hadas si hacía falta con tal de fastidiarle la diversión. En cuanto sus ojos de diferente color (pues tenían uno verde y otro azul) asomaban, a Ceara le daban ganas de transformarse en un ser etéreo e invisible. Odiaba sus caras redondas y su pelo recogido en varias trenzas enrolladas en una más gruesa y, sobre todo, odiaba no saber nunca a cuál de las dos estaba hablando, tanto se parecían. Si dejaba a una atrás, la otra podía aparecer por el camino, como si se tratara de un espectro con el don de la ubicuidad y el único afán de torturarla con sus encargos.
Por suerte para ella, Niamh conseguía captar la atención de ambas con preguntas sobre el telar y los tintes, y esto solía darle la oportunidad de sentirse libre del todo y dedicarse a recorrer la isla a su antojo.
Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en sentarse en el centro del círculo de piedra y dejar que su fuerza la recorriera desde la punta de los pies, como le había enseñado su madre.
Cuando hacía esto, lograba traspasar los límites de su propio cuerpo rozando con la energía de todo lo que había a su alrededor.
Sus sentidos se agudizaban de tal forma que, por entre el ronquido sordo de las focas que descansaban cerca, conseguía oír el chapoteo que provocaban los delfines con sus saltos. El olor de las margaritas, mezclado con el salitre, le llenaba los pulmones.
Aquel aroma lograría transportarla a esos momentos durante toda su vida.

Terminaba siempre dándoles gracias a los dioses, despidiéndose hasta la siguiente vez.
No tenía ni idea de que Etaine y Orna lo sabían, así como su madre y la bandrui, y que la dejaban hacer porque aquello parecía ser lo único de todo su aprendizaje que realmente disfrutaba. La conexión íntima con el mundo era muy importante cuando una estaba llamada a ser bandrui algún día.

*****

Eoghan estaba orgulloso de los avances que hacía Iobhar. Tras la pelea con Conall, temió que hubieran juntado dos gallos en el mismo corral, pero nada más lejos de la realidad; los chicos se habían vuelto inseparables, seguidos siempre de Fiall, que se beneficiaba de la protección de ambos en una etapa en la que la mayoría de sus compañeros estaban allí para aprender a manejar las armas y a los que un aprendiz de druida no imponía respeto o miedo alguno.
Iobhar casi había olvidado el motivo por el que terminó allí, incluso su nariz rota. Tardó en curarse, pero durante el proceso no dio muestras de dolor salvo cuando su abuelo la tocaba para comprobar cómo iba soldando el hueso.
Aunque la curación fue satisfactoria en cuanto a que podía respirar sin problemas, no lo era tanto en aspecto, pues su tabique se tornó más ancho y aplastado; Conall aprovechaba cualquier ocasión para sugerirle que le debía un favor porque ahora parecía más fiero, pero tampoco es que a Iobhar le importase mucho cómo había quedado.

Su abuelo les llamó desde la linde del bosque.
—Venid conmigo, quiero enseñaros algo.
Los cuatro se adentraron en el robledal despacio, con solemnidad. Los chicos caminaban tras el druida, pendientes de cualquier movimiento a su alrededor, con los arcos preparados por si algún animal les atacaba.
El anciano paró y se agachó, señalando unas marcas en el suelo, como de algo que había sido arrastrado.
— ¿Qué buscamos?
—Una cabra.
—Pero eso son pisadas de lobo.
—No he dicho que la buscáramos viva— un escalofrío recorrió a Fiall—. Es la segunda en una semana y quiero asegurarme de cuántos lobos se trata. Si fuera una manada, podría suponer un verdadero problema que convirtieran nuestra aldea en su territorio de caza.
Continuaron siguiendo el rastro. De momento las pisadas del cánido se movían alrededor de la marca de arrastre. Definitivamente era un único animal, a lo sumo dos, pero ni de lejos se deducía una manada completa.
Poco más adelante encontraron los huesos casi pelados y la piel de la cabra, que todavía les miraba con los ojos vacíos y la lengua fuera.
—Mirad— levantó parte de la piel con un palo—. Ahí están— se veían unas mordeduras mucho más pequeñas—. Son de las crías. Habrá que tener cuidado por un tiempo, en lo que se vuelven a reunir con su familia, y vigilar el ganado.
Emprendió el camino de regreso.
— ¿Por qué no la buscamos y la matamos?
Conall se arrepintió al segundo, cuando un aire gélido envolvió al druida, que le dirigió una mirada severa.
—Ella cumple con su papel de madre y nosotros no podemos, no debemos, evitar que lo haga. Pero sí podemos hacer algo para que tenga que buscar comida en otro sitio.

Construir una valla más alta en el corral de las cabras les llevó toda la tarde. Los chicos estaban entusiasmados. A Conall, aquellos ojos amarillos atravesados por la pupila rectangular, le ponían nervioso.
Los cuernos largos y curvados se acercaban demasiado a él, y podía notar el aliento de los animales en las pantorrillas; incluso un par de veces tuvo que soltar una patada cuando una le tironeó con los dientes de los pantalones.
A Fiall le divertía la situación. A él le daba igual que merodeasen a su alrededor; sabía que, cuanta menos atención les prestase, mejor sería.
—Estúpidos bichos lanudos— Conall intentaba mantener la calma.
—Esos estúpidos bichos te dan de comer y abrigo— le riñó Eoghan, harto ya de las protestas.

*****

Ceara y Niamh se mantuvieron en los lugares que les habían indicado, junto a Etaine y Orna. Estaban un poco asustadas; todo permanecía envuelto en un ambiente de misterio y complicidad.
No habían comido nada desde por la mañana y ya era noche cerrada. La luna brillaba en lo más alto, redonda y blanca, acentuando las sombras de las caras del resto de las mujeres. Algunas de ellas portaban boudhrans (1) y flautas; a ellas les habían dado los primeros, tendrían que seguir un ritmo que no conocían de antemano.

(1) Pandero redondo hecho de piel que se toca con una sola pieza de madera entre los dedos, golpeando con los cabos esféricos.

Los murmullos se apagaron cuando la bandrui apareció precediendo a una figura pálida y desnuda, con el largo cabello suelto.
Era su madre.
Niamh abrió la boca con asombro, conteniendo una exclamación impronunciable.
Las dos mujeres se acercaron a la gran piedra central y la anciana depositó tres cuencos sobre ella: el primero de madera, el segundo de arcilla, el tercero de piedra.
Treasa se sentó frente a ellos sobre sus rodillas y cuando la bandrui llegó a su posición en torno al círculo, la música empezó.
Los tambores iniciaron un compás lento, como marcando los latidos de un corazón. Las niñas se apresuraron a imitarlo sin quitar la vista de su madre, que tomaba el primer cuenco y bebía de él, alzándolo primero hacia el cielo y murmurando algo.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve respiraciones profundas, perceptibles en el vientre que se hinchaba y contraía.
De nuevo al cielo el segundo cuenco; los golpes sobre la piel de los panderos se intensificaron: más fuertes, más rápidos.

Una, dos, tres, cuatro, cinco y seis inspiraciones de Treasa tras beber el líquido.
Por último, el cuenco de piedra: pesado, aún más en los delgados brazos de la sacerdotisa, humeaba; una pequeña columna de vaho se elevaba hacia una luna testigo de la ceremonia.
Los boudhrans aún más rápido. A Ceara le costaba seguir el ritmo.

Una, dos y tres veces se hinchó el diafragma de su madre antes de devolver el tazón a su sitio.

De repente las flautas, profundas, graves, invadiendo los periodos huecos entre golpe y golpe de los tambores. Niamh estaba fascinada y Ceara más asustada aún que al principio. Su madre le resultaba una extraña en ese instante.
Y entonces todo aquel barullo cesó. Una especie de zumbido comenzó a invadirlo todo desde el centro mismo de la tierra. Era Treasa quien lo emitía, y pronto el resto siguió con ella, como si fuera una abeja reina reclamando a su enjambre.

*****

Para Treasa todo se había vuelto borroso. Una densa niebla envolvió las piedras.
Lo último que vio con nitidez fue la cara de su hija pequeña, que se difuminó hasta convertirse en dos brillantes puntos verdes: sus ojos.
La figura de una mujer apareció frente a ella, ataviada con un vestido verde y su pelo ondeando a su alrededor, movido por un viento imperceptible, pero, tan denso, que amenazaba con ahogarla. Juntas caminaron con una joven de cabello cobrizo mientras reía y bailaba con un hombre alto y moreno, llenos de felicidad.
Luego la siguieron a una ciudad entre dos lomas, depositada en una amplia llanura cruzada por aguas negras, del color de la cerveza rojiza que hacían en otoño. Observaron la alegría de la chica al comunicar su estado de gravidez y la dulzura en los ojos de él y, sin previo aviso, todo se tornó oscuro.
Bandadas de cuervos volaban sobre ellas.
Se escuchaba el rumor de espadas y hachas chocando con la parte metálica de los escudos; después la nada, sólo la silueta que ella ya conocía: la joven en lo alto del acantilado.
Su guía la abandonó de nuevo en el centro del círculo de piedra, susurrando mientras se alejaba.

El zumbido cesó y Treasa se desplomó junto a los cuencos. La bandrui corrió con una capa, la tapó con ella y se quedó allí, abrazándola.
Niamh y Ceara no sabían qué hacer, pero la pequeña respondió a su instinto, soltó el pandero, y corrió hacia su madre seguida por su hermana.
—Está bien, no os preocupéis. A veces la magia puede agotarnos.
La anciana intentó calmarlas mientras seguía frotando a la mujer que parecía un guiñapo, aún más pálida con todo el cuerpo cubierto de cal.
Entre suspiros, emitía quejidos y repetía el último mensaje de los dioses: «Bré.»

*****

Iobhar siguió a hurtadillas a su bisabuelo y se quedó tras una piedra, agazapado. El zumbido que despedía Deilg Inis le había despertado y vio al anciano encaminarse hacia la playa. Ninguno había movido un solo músculo hasta que el único ruido que quedó fue el de las olas acariciando la arena y el de los búhos y las lechuzas dentro del bosque.
Fiall le asustó al ponerle la mano en la espalda, pero el viejo no hizo ningún movimiento que delatara si se había dado cuenta de que no estaba solo.
— ¿Qué hace?
—Ni idea, algo pasaba en la isla— respondió en tono muy bajo.
—Parece todo normal, vayámonos a la cama; mañana Eoghan nos llevará al bosque y necesitaremos haber dormido como marmotas, de eso puedes estar seguro.
Casi arrastrándose regresaron a su cabaña, dejando al druida solo en la orilla, preguntándose qué mensaje habrían enviado los dioses y cuánto tardaría Treasa en recuperarse.
Bien sabía lo que había sucedido e intuía su propósito, pero, aunque estaba más que acostumbrado a aquella magia, también conocía de sobra las consecuencias.
Físicamente, su nieta, que era fuerte, sólo necesitaría dos o tres días para volver a la normalidad, pero lo profundo que pudiera herirla la revelación que había recibido, sólo el tiempo sería capaz de curarlo, o eso esperaba.

*****

Ceara seguía dando vueltas en el lecho de paja. El ruido despertó a Niamh.
—Mamá está bien ¿verdad?
No podía quitarse de la mente la imagen de su madre desmayada en brazos de la bandrui y tiritando.
—Etaine me ha dicho que sólo necesita descansar. La magia que ha usado hoy es tan poderosa que te desgasta.
Eso no serenaba en absoluto a su hija. Ni siquiera les habían explicado qué buscaban exactamente con aquello y eso resultaba aún más inquietante, se suponía que debían aprender los rituales y sus propósitos; entonces ¿por qué nadie quería enseñarles eso? ¿A qué venían tanto silencio y evasivas?

*****

Eoghan les señalaba las zonas por donde era más seguro alcanzar el objetivo sin ser vistos. Conall tiraba de él cuando se rezagaba, pero estaba empezando a hartarse.
— ¿Qué te pasa?— se giró violentamente.
—No he dormido bien— se disculpó.
—Ya me dijo Fiall que estuviste de excursión anoche; sólo espero que, si un día mi vida depende de ti, hayas descansado antes.
—No te preocupes, procuraré haberlo hecho— le golpeó el hombro.
Siguieron avanzando divididos en tres secciones, abarcando el mayor tramo posible de bosque.
Estaban cerca del claro marcado como meta. Iobhar se tumbó en el suelo, esperando una señal desde el lado opuesto.
Veía a Fiall y a otro par de chicos sentados en la hierba, charlando y riendo, supuestamente desprevenidos, pero con las armas al alcance de la mano.
Un brazo emergió ante los helechos cercanos, indicando el ataque, y saltaron sobre sus compañeros.
Conall le sobrepasó en su carrera y chocó contra su hermano con violencia, pero el joven conseguía esquivar cada envite como por arte de magia; Iobhar se quedó mirándoles emocionado, no sabía que Fiall fuera tan ágil y, entonces, recibió un golpe en la espalda.
—Estás muerto— le dijo su compañero, y siguió corriendo para atacar a otro que se acercaba a ellos de frente.
Eoghan se colocó junto a él y esperó a que el asalto terminara.
—Un guerrero despistado es una oveja entre lobos. Recuérdalo cuando la espada que pueda golpearte sea de hierro y no de madera.
El grupo de Fiall había vencido. Algunos se quejaban porque, a buen seguro, habían utilizado su magia, pero lo cierto era que, simplemente, se habían anticipado a sus movimientos.
—Ahora tendré que quemar tu cadáver en una balsa y estaré ocupado toda la tarde, hijo de las hadas— Conall sonreía mientras bromeaba—. Después tendré que darle Bré a mi hermano y admitir la derrota. Suerte que conservamos la cabeza.
Pero Iobhar seguía abstraído, pensando en qué clase de ceremonia se había celebrado en la isla la noche anterior y sabía que, para averiguarlo, no podía recurrir a su bisabuelo.

*****

El sonido era como un arrullo constante terminando con un chasquido que se reflejaba en el cerco blanco de espuma que acariciaba la arena suavemente, sin violencia. La luna, en lo alto, y a medio camino entre vacía y completa, iluminaba en plata parte de la noche. Miles de destellos desaparecían con la elevación de las pequeñas olas para volver a aparecer en la siguiente bajada. Todo lo demás era oscuro; las estrellas apenas tenían fuerza, compitiendo su tenue brillo con la potencia menguante de la luna. Sus cráteres se veían con total claridad, oscureciendo aquí y allí su pálida cara.
Treasa se acercó despacio a ellas, el sonido de sus respiraciones se acompasaba con los latidos de su propio corazón. Apartó un mechón de la cara de Niamh y arropó a Ceara.
«Ojala fueras niña siempre» le susurró y el bulto se movió inquieto. Notó la presencia de su mentora tras ella y salió con cuidado de no despertar a sus hijas.
—No puedes martirizarte así— le aconsejó—. Todo llegará y no deberías perderte el camino porque sabes cuál es el final, o desperdiciarás lo bueno.
Inició un movimiento de protesta que contuvo rápidamente, la bandrui tenía razón, pero era tan complicado.
—Iré a ver a mi abuelo, he de contarle lo que he visto— la mujer asintió—. Él sabrá qué hacer.

El horizonte atestiguaba la llegada de un nuevo día cuando Treasa cogió el pequeño curragh y cruzó el estrecho. Eoghan la vio llegar desde donde estaba pescando y corrió a ayudarla.
Era raro que viniera sola y temió que algo malo sucediera en la isla, pero la serenidad con que le saludó disipó ese temor.
La acompañó a ver al anciano y trató de evitar que Iobhar anduviera cerca. Ella le había dejado claro que la reunión con el druida era importante y no quería que fueran interrumpidos. Ya habría tiempo de saludar a su hijo y comprobar cómo le iba, aunque quedó complacida cuando Eoghan le dijo que aprendía rápido.

—No puedes pretender mayor claridad en el mensaje. No se trata de evitar lo que viste, sólo es un aviso— tenía la voz cansada, consciente de que no podría dar a su nieta el consuelo que iba buscando.
—Lo sé, pero tengo miedo de que llegue el momento demasiado pronto y no haya tenido tiempo de prepararla.
—No creo que sea eso lo que pretenden los dioses. Poner a Ceara sobre aviso de su futuro lejano sólo la convertiría en una especie de cordero que espera su holocausto cuando acaba de salir del vientre de su madre. Bajo ningún concepto debe conocer estas revelaciones; tú dedícate a educarla, también en su futuro está el ocupar tu lugar y eso es lo que debes conseguir a toda costa. Lo demás son sacrificios por un objetivo final.
A Treasa le costaba aceptar las palabras del druida. Como madre, todo aquello que pudiera herir a sus hijos le resultaba doloroso, pero, como sacerdotisa, no tenía más opción que cumplir con los designios, y maldijo su capacidad para escucharlos.

Al término de la reunión, Iobhar les esperaba en el patio, jugando con Fiall al fidchell (2).
Tuvo miedo de ser demasiado cariñosa con él y avergonzarlo ante su amigo, así que le dirigió una mirada tranquila y afectuosa que desconcertó a su hijo. El otro chico se retiró con una especie de reverencia.
— ¿Qué te ha pasado?— la mujer se percató de la nariz deformada.
—Nada, fue en un entrenamiento; pero el otro también se llevó su parte— sonrió con orgullo. Ella se volvió hacia el druida.
—Suele pasar, los dos son muy impulsivos y fieros. Ahora cuesta separarlos. Son sus propias sombras.
—Y Fiall la de los dos— Eoghan intervino, traía una nasa con pescado—. Hay suficiente para que lleves algo a la isla, avísame antes de irte.
—Si aquí eres más feliz que en Deilg Inis…
—Mucho más, y aprendo cosas que me servirán cuando me marche con papá— se calló cuando observó una nube de tristeza en los ojos de su madre—, pero también os hecho de menos, a las tres— recibió un gesto de aprobación del anciano.
—Nosotras también a ti. Le diré a Ceara que te va bien, le alegrará saberlo.
—Dile a Niamh que no estoy enfadado. Venir aquí es lo que quería, aunque quizá en otras circunstancias— Treasa se sorprendió ante la madurez de aquellas palabras, definitivamente lo había retenido demasiado tiempo junto a ella, ahora lo sabía—. Iré a buscar el pescado que Eoghan te ha prometido o se te hará tarde.
—Es ley de vida— afirmó su abuelo cuando el muchacho ya había desaparecido.
—Pero me cuesta dejarle ir. Es mi pequeño hombrecito y con esa estatura todavía me lo parece.
—Bueno, es un hijo de las hadas.

*****
(2)Juego de mesa parecido al ajedrez

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