Capítulo 3

A Ceara le encantaba correr tras su hermano por los alrededores. Su madre le prohibía ir más allá de las casas y llegar hasta el círculo de piedra sola, pues la isla se recortaba en pequeños acantilados de rocas resbaladizas que podían dar con la niña en el mar; pero a Iobhar no parecía molestarle ver reducido su espacio si se trataba de ella.
Solía esconderse detrás de cualquier cosa y esperar a que le encontrase, sola o con la ayuda de Niamh, que siempre estaba sentada en la entrada del telar y participaba orientando a su hermana sobre los últimos pasos de Iobhar.
El interés del chico por los juegos de la menor había crecido desde que el último de los compañeros de su edad había abandonado Deilg Inis. De pronto se vio solo con Niamh, que pasaba cada vez más tiempo con Etaine, un par de bebés y Ceara, así que tuvo que aprovechar su tiempo con ella en lo que llegaba el momento de que su padre viniera a por él. Treasa estaba encantada. Por fin sus hijos estaban de acuerdo en algo: proteger a la pequeña; y eso les restaba tiempo para sus continuas disputas.
—Te veo la nariz— comenzaba gritando y, conforme se acercaba más, seguía relatando—. Ahora veo un brazo y un pie— a su hermano le costaba no romper a reír, había sido él quien empezó a jugar así un día que la niña intentaba esconderse tras Niamh—. Las orejas, veo las orejas. ¡Y tu culo!
En el momento en que se pronunciaba aquella palabra se daba por sentado que le veía entero y tenía que salir corriendo o Ceara tenía derecho a hacerle cosquillas hasta que le entrase hipo.

Por las tardes, Treasa cogía a las dos niñas y se las llevaba al pequeño huerto que crecía al abrigo de las chozas y una enorme roca; tras años de duro esfuerzo habían logrado mantener una variedad aceptable de plantas medicinales y verduras con las que abastecerse. Era todo un orgullo para ellas pues, en un suelo tan duro y con unas condiciones tan extremas, siempre regadas por la sal que el viento traía y las tormentas que azotaban aquel reducto con demasiada frecuencia, casi se podía tachar de milagro haber conseguido que más de una especie saliera adelante.
Allí les señalaba cada una de las hierbas y sus propiedades, con la misma paciencia infinita con la que, años atrás, empezó la educación de Etaine y Orna.
Aunque Ceara perdía el interés con facilidad después de tres o cuatro plantas, no cejaba en su empeño de convertir a sus hijas en unas curanderas tan buenas como lo eran sus discípulas. Sabía a lo que se enfrentaba, nadie aprendía de la noche a la mañana, pero no podía permitir que su sangre desaprovechara una magia que llevaba transmitiendo desde el principio de los tiempos; algún día, cuando ella faltara, una de ellas debería seguir con su cometido.

A veces, Iobhar las acompañaba y Niamh aprovechaba para demostrar los conocimientos que había ido memorizando, tratando de demostrarle que había algo en lo que era mejor, algo importante y sagrado que él no podía ni soñar.
Aunque a Treasa no le agradaba aquella competición que mantenían sus hijos mayores, no podía hacer otra cosa más que sonreír para sus adentros, recordando que también fue un tanto prepotente cuando tenía su edad y le habría encantado tener un hermano al que someter a tan inocente tortura.
Niamh sí se aplicaba y, cuando tenía un rato libre, lo empleaba en repasar lo que su madre les había explicado el día anterior. Su hermana solía sentarse junto a ella, escuchando, y puede que fuera así como adquirió los conocimientos de los que haría gala más tarde.
El chico no mostraba gran interés en la medicina y prefería cruzar la manga de mar para espiar a su bisabuelo mientras compartía las historias de héroes y dioses. También así aprendió a manejar el arco y la espada, siempre atento a unos movimientos que luego reproducía a solas cerca del pozo, cuando no había nadie cerca que pudiera descubrir su secreto.

—Crecen demasiado rápido— la mirada de Treasa se dirigía a sus tres hijos a través de la entrada.
—Es ley de vida, y aún falta para que tus hijas dejen este lugar. Sobre Iobhar no puedo decir lo mismo. Breccan dejó claro que no tardaría en llevárselo, y tu abuelo elogia constantemente sus avances, aunque no sea capaz de explicar cómo lo hace. Le irá bien en la gran isla.
—Supongo; pero ¿y ellas?— la visión de la joven del acantilado se posó en sus pupilas.
—No podrás protegerlas de su sino como tú no pudiste escapar del tuyo; fíjate, tampoco te ha ido tan mal.
—Sí, aunque a veces me habría gustado quedarme en Dubh Linn con Breccan y quizá haber sido simplemente una esposa.
— ¿No pretenderás controlar a estas alturas con quién duerme?— rió.
—Claro que no, ni viviendo allí habría podido evitarlo. No me preocupa en absoluto mientras tenga claro quiénes son sus hijos, pero no me gusta que Iobhar le haya visto sólo un par de veces. Le ha idealizado y temo que se encuentre con un padre distinto al de sus sueños.
—Breccan es un buen hombre.
—Lo sé, pero no es el dios que mi hijo parece haber hecho de él.
—Tú tampoco eres la reina de las hadas que él se imagina; es normal que ensalce las virtudes de sus padres, pero es lo bastante inteligente para saberos de carne y hueso.

*****

Niamh había hecho un collar de malvas e intentaba que Ceara lo llevara; la niña protestaba y se lo sacudía haciendo peligrar la fragilidad de las flores, así que optó por ponérselo ella misma. Automáticamente, Ceara empezó a lloriquear y hubo de hacer otro lo más rápido que pudo.
— ¡Un curragh, un curragh!— Iobhar subía corriendo desde la playa, Treasa salió a su encuentro— Creo que es papá.
La mujer intentó enfocar más allá de la isla; cada vez le costaba más ver a cierta distancia. Sólo consiguió atisbar un borrón difuminado y oscuro que flotaba en el agua calma, pero no habría podido precisar si se acercaba o se alejaba de ellos.
Aguardó un poco más y logró distinguir la vela cuadrada que se arqueaba en dirección a la isla, impulsada por un viento leve pero constante. Tardarían muy poco en tocar tierra, así que cogió a sus hijos y se apresuró a recibir a los visitantes.
Niamh no esperó a que su padre bajara de la embarcación para tenderle el collar que llevaba en la mano, lo que provocó el enfado de su hermana que vio cómo se quedaba sin su capricho del día.
Iobhar permaneció firme y solemne junto a su madre, deseando que Breccan se fijase en él; de momento toda la atención del corpulento hombre se centraba en la pequeña que jugaba con los mechones de su larga barba. No la había vuelto a ver desde poco después de su nacimiento, y ahora la niña ya contaba seis años.
Había una dulzura en el modo en que la llevaba, abrazada a él por delante, que sorprendió al muchacho.
—Tiene los ojos de mi madre— sonrió—. Oh, pequeño Iobhar— se acercó a él—, has crecido muchísimo— y el chico se estiró aún más—. Definitivamente serás tan alto como… tu madre — se mostró ofendido—. Pero eso es estupendo, un guerrero escurridizo es la seguridad de sus compañeros. Apuesto a que sabes esconderte en el bosque como nadie.
—Sí, hasta al abuelo le cuesta encontrarme— hinchó el pecho.
—Eso es aún mejor; es difícil engañar los ojos de un druida, por viejo que sea— el joven que venía con él se acercó—. Torcan, mira, estos son: mi esposa, mi hijo Iobhar y mis dos hijas, Niamh y Ceara. Subamos, os he traído regalos.
Señaló los paquetes que portaba su ayudante y a Niamh se le iluminó la mirada.

*****

Les dejaron fuera y eso era algo que creaba inquietud en su primogénito, tenía la certeza de que sus padres estaban hablando de su futuro y del momento en que se marcharía con Breccan a Dubh Linn.
Las niñas jugaban con las muñecas de paja que les habían regalado; a él no le había dado nada pero se abstuvo de protestar, aunque le hubiera encantado recibir algo también.
No podía dejar de preguntarse si Torcan sería hijo de su padre. Físicamente no se le parecía, tenía el pelo rubio, sí, pero bastante más oscuro que Breccan o que Niamh; además, allí donde era más largo, se ensortijaba convertido en una especie de masa mullida y densa. Tampoco resultaba muy alto y fornido y, con catorce años, ya debería parecerlo si esa fuera su naturaleza.

Como la reunión de sus padres estaba volviéndose eterna y no podía soportar un minuto más, se acercó al muchacho.
—Las niñas se conforman con cualquier cosa— el otro sólo encogió los hombros— ¿vives en Dubh Linn?— por toda respuesta recibió un leve asentimiento— ¿Con mi padre?— le salió un gallo.
—No, con los míos. Soy aprendiz de herrero con Breccan.
Esto relajó a Iobhar.
—Yo voy a la escuela— estaba tan pendiente de impresionarle que olvidó su actitud furtiva en lo que a la aldea de los druidas se refería, y señaló la otra orilla, orgulloso—. Una vez estuve en Dubh Linn, con la bandrui— Torcan esbozó una sonrisa desprovista de interés— ¿quieres venir a practicar con el arco?
Aquello sí provocó reacción en el chico y se fueron juntos a la zona más alta, donde Iobhar preparó un pelele al que lanzar las flechas.
Enseguida Niamh y Ceara se unieron a ellos. La pequeña arrastraba un arco que apenas podía disparar más lejos de sus propios pies, pero le encantaba imitar todo lo que su hermano mayor hiciera, e Iobhar disfrutaba mucho enseñándola cualquier cosa.

Breccan encontró a los cuatro tirados en el suelo, rodeados de las entrañas del muñeco. Por lo visto, de las flechas habían pasado a las espadas de madera y los palos, provocando aquel destrozo. Iobhar señalaba de vez en cuando una nube y Niamh intentaba adivinar a qué se parecía. Torcan sólo emitía sonidos dando o no la razón sobre el parecido.
Ceara se había quedado dormida; la tomó en brazos y volvió con ella al resguardo de las casas, la observó y lamentó su futuro, ese que a Treasa inquietaba tanto aunque aún no supieran con exactitud en qué consistía.
Su mujer le había confesado que intentó por todos los medios encontrar una respuesta diferente. Incluso lo consultó con su abuelo, pero éste no hizo más que confirmar sus temores; en su destino habría dolor profundo.
Por suerte quedaba mucho tiempo por delante, suficiente para que fuera feliz durante años y ¿quién sabía? A lo mejor los dioses cambiaban de parecer. O su esposa, a pesar de su gran poder, estaba equivocada.

*****

Iobhar contempló enfadado cómo su padre regresaba a la gran isla sin él. Había albergado la esperanza de irse a Dubh Linn y la decisión de que siguiera allí un año más, había caído como un jarro de agua fría. Por desgracia para Niamh, ella era la persona más cercana cuando su hermano decidió desatar su frustración y la había apartado de un empujón tan fuerte, que la chica se había lastimado un pie al tropezar.
Su orgullo se vio aún más herido cuando su padre utilizó ese acto para justificar la demora de su marcha y le reprendió delante de todos.
—Nunca— dijo sujetándole por la muñeca—, nunca jamás vuelvas a cargar tus enfados sobre tus hermanas o cualquiera más débil o pequeño que tú. Eso sólo lo hacen los cobardes y los desagradecidos, aquellos destinados a ser unos parias. Y ningún hijo mío nació para eso.
A pesar de la presión que ejercía su padre sobre el brazo, lo más doloroso para Iobhar era la mirada gélida de su madre; la temía más a ella que al mayor ejército del mundo.

*****

Cenaron en silencio, un silencio que a Iobhar le costaba soportar, pues significaba que Treasa aún estaba pensando cuál sería su castigo.
Niamh levantaba la vista hacia él de vez en cuando, con una mirada de disculpa y rabia a partes iguales que nunca había visto. Ceara se limitaba a comer; no entendía muy bien porqué estaban todos tan callados, pero no sería ella la que acaparara la atención, por si las moscas.
Cuando terminaron, Treasa habló por primera vez desde que Breccan se marchó; obligó a su hijo a ayudar a Niamh a llegar hasta su catre y acostó a Ceara; luego le indicó con un gesto que la siguiera y se encaminó al círculo de piedra.
La luna brillaba redonda y amarilla en lo alto, iluminando todo con un tono azulado, recortando contra el cielo casi negro cada cambio en el terreno; ni siquiera un conejo habría podido cruzar a unos pasos de ellos sin ser visto.
El aspecto del círculo sagrado bajo aquella luz resultaba imponente, pues sus piedras se alargaban sobre Iobhar como si fueran jueces a punto de dictar una sentencia.
No llegaron a entrar; su madre se quedó justo al borde, sentada en una piedra plana desgastada por todos los que la habían usado antes. El muchacho se mantuvo de pie, frente a ella, con las manos cruzadas por delante y la cabeza baja.
—Dime, ¿qué sucede?— había una condescendencia en la pregunta que le asustó aún más.
—Quería irme con papá— confesó.
— ¿Y era Niamh la culpable de que no sucediera?
—No, pero siempre está alrededor, molestando— pateó una piedrecilla que tenía junto al pie.
—Tu padre ha sido claro y coincido con él. No puedes pagar tus frustraciones con otros, y menos con tu hermana; ella siempre está alrededor, como dices, pero porque te admira. Y tú le devuelves golpes y bromas pesadas, ¿es eso justo?
Negó con la cabeza, se sentía realmente mal, y la angustia le encogía el estómago. No por la reprimenda, sino porque, de repente, se dio cuenta de que podía haber herido seriamente a la niña y nunca se lo habría perdonado.

La sombra de un encapuchado cruzó el círculo, se mantuvo alerta hasta que reconoció al druida. Treasa se levantó, hizo un gesto con la cabeza a su abuelo y se marchó sin mediar palabra.
—Te has metido en problemas, por lo que veo— había un aire jovial que contrastaba con las arrugas de su cara—. Te he dicho muchas veces que tenías que aprender a controlarte, pero parece que no las suficientes. Venga, recoge tus cosas, mañana nos vamos.
Iobhar entendió que era imposible averiguar a dónde, así que se limitó a obedecer. Ya había defraudado a sus padres, no le convenía terminar el día enfadando también a su bisabuelo.

*****

el viento sobre las colinas de éire 3

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