Capítulo 2

Asomaban los primeros rayos de sol cuando la comitiva se dispuso a embarcar. Toda la isla se congregó a despedirlos. Se llevaban queso y ropa que cambiarían por lo que necesitaban. Niamh permanecía agarrada a la capa de su madre; esa misma mañana le había entregado una manta teñida del mismo color que su vestido y Treasa no había dudado en envolver a la pequeña Ceara con ella.
—Mamá— tironeó de la tela para llamar su atención—. Iobhar volverá ¿verdad?— en su corta vida había visto partir a varios chicos a casa de sus padres para no regresar, y el miedo a que con su hermano sucediera lo mismo la inquietaba.
—Claro, hija— la tranquilizó—, pero creí que te alegrarías de que no anduviera por aquí, metiéndote en líos.
—Sí, bueno, a veces también me defiende. En el fondo creo que le caigo bien; ayer me dio un beso antes de dormir. Pero no dejaría que se lo contara a nadie por nada del mundo, los chicos son así de tontos— ya subían hacia las cabañas desde el embarcadero—. Menos mal que a mi me da igual que todos sepan que quiero a Ceara ¿verdad?
Etaine la llamó desde el telar; había decidido acogerla como ayudante y hoy aprendería a hilar con el huso de mano.
—Me voy— con un salto se subió la saya y corrió hacia la chica.

Treasa dirigió sus pasos a la cabaña más grande; ahora que la bandrui estaba fuera, sería ella la encargada de todo y lo primero era asignar tareas a los ociosos niños. Quizá unos ejercicios de memoria con la historia de los dioses los mantendría entretenidos.

*****

Habían conseguido un pony y un carro para poder trasladar su carga. La anciana iba caminando junto al animal y dos hombres armados les acompañaban. Iobhar no podía evitar fijarse en cómo la mujer, de vez en cuando, susurraba unas palabras al pequeño caballo mientras le acariciaba el belfo. Prestó atención a los labios, pero no consiguió descifrar lo que decían. La inmensidad de sus ojos castaños, en los que uno podía perderse, sólo era comparable con la energía que irradiaba. Mantenía su pelo rubio; siempre había sido casi blanco y resultaba complicado saber si ya era cano. Tenía el mismo tamaño que él, pero eso no le restaba respeto.
A Iobhar le parecía imposible que aquella mujer tan pequeña fuera capaz de arrodillar a jefes con su sola presencia, pero era su magia lo que veían, y no la persona de carne y hueso que la contenía.
No había tenido hijos, aunque entre los niños no faltaban las historias que decían que se casó con un pescador y que éste murió en el mar durante una tempestad, que por eso ella permanecía en la isla, esperando a que volviera.
Otros decían, y esta era la favorita de Iobhar, que en la isla había encontrado la piel de un selkie(1) y que se casó con él, pero su esposo recuperó el pellejo y tuvo que volver al agua, desapareciendo entre las olas sin mirar atrás; no sin antes haberle revelado parte de sus hechizos, y que por eso su magia era tan poderosa.
Cambió el objetivo de su curiosidad a las espadas que portaban sus escoltas, largas y enfundadas en cuero. Se preguntó si su padre tendría una igual o más grande, y si él sería capaz de manejarlas con una destreza que hiciera sentirse orgulloso a éste.

(1) Ser mitológico. Eran focas con la capacidad de abandonar su piel convirtiéndose en humanos.

El camino era bastante ancho, como si todos los días fuera cruzado por decenas de carros, aunque ellos no se habían encontrado con ninguno. La arboleda estaba teñida del marrón característico para aquella época del año.
Algunos árboles carecían ya de hojas, y los que las conservaban parecían iluminados de forma perenne por un sol de atardecer. Un manto rojizo y dorado cubría el suelo y, cuando el aire lograba abrirse un hueco, la tierra golpeaba la cara del chico, arrastrando también parte de la hojarasca.
Sólo los musgos y las enredaderas que trepaban por los troncos de aspecto quebradizo, mantenían un verde que tardaría en volver a cubrirlo todo.
El ulular de un búho en medio de aquel mar de ramas sonaba como el recuerdo de que el círculo tocaba a su fin, a su parte más oscura: el invierno, en el que la nieve lo cubriría todo y el aire gélido sonaría como un llanto entre los abedules.
La bandrui observaba las mismas señales, complacida. En los dos últimos años los ciclos habían sido más largos que de costumbre, y el frío había tardado en llegar más implacable que nunca, así como el calor de unos veranos como nadie recordaba, agostando cosechas y abrasando el ganado. Ella misma había visto arder parte del robledal tras una tormenta terrible y, tan negra, que había parecido la llegada de los mismísimos Fomore.(2)
Este año todo seguiría su ritmo habitual y, con suerte, la bendición del matrimonio entre el Ard Rí (3) y Eriu (4) traería buenas cosechas y ahuyentaría las enfermedades que afectaban a las reses.

(2) Una de las invasiones que sufrió Irlanda. Son considerados dioses de la oscuridad, se dice que fueron expulsados a las islas del oeste, allí donde van las almas tras la muerte.
(3) Título que recibía el Gran Rey de Irlanda, aquel que gobernaba sobre toda la isla. Su coronación simulaba un matrimonio con la propia tierra.
(4) Uno de los nombres recibidos por Irlanda, aquí se refleja claramente un concepto animista de la propia isla.

Doblaron una curva todavía dentro del bosque y poco después vieron el valle en el que se ubicaba la aldea a la que se dirigían. Una niña poco mayor que él les salió al paso, se inclinó ante la sacerdotisa y le entregó una corona de flores destartalada. En silencio, les llevó hasta una de las casas; allí la anciana le indicó que entrara con ella, dejando el carro al cuidado de los hombres.
Dentro había un olor nauseabundo; en un rincón, sobre un montón de paja, yacía un bulto casi tan grande como él. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver claramente que se trataba de un hombre que le doblaba en tamaño, pero que estaba encogido en posición fetal, lo que le restaba corpulencia.
La anciana se acercó, observó el vómito junto al lecho y pidió al niño que trajera la caja en la que llevaba las medicinas. Al salir intentó coger todo el aire que pudo; no entendía cómo su acompañante soportaba aquel hedor, ni siquiera había advertido una mueca de asco.
—Busca algo en que echar agua, caliéntalo y me lo traes— la voz de la mujer era sosegada, casi como un arrullo, pero llena de autoridad.
Iobhar sabía que el tono sólo pretendía tranquilizar al enfermo. Encontró un cuenco de cerámica y se apresuró a cumplir las órdenes recibidas; luego ayudó a verter las hierbas molidas dentro y removió paciente hasta que el líquido se espesó un poco.
Decidió apartarse del enfermo cuando le obligaron a beber, no quería que le vomitara encima, pero, para su sorpresa, no sucedió nada. La cabaña se llenó de una especie de música que salía de lo más profundo de la hechicera. Aunque ésta permanecía inmóvil salvo el par de veces que tocó al hombre, momentos en los que el sonido se hacía aún más vibrante e intenso.
El niño aguardó; nunca había visto nada igual. Como se suponía que sería un guerrero, sus conocimientos no iban más allá de los remedios básicos. La admiración que sentía por la bandrui se vio reforzada en cuanto el enfermo pudo incorporarse. El color de su cara había mejorado algo y ya no parecía estar retorciéndose por dentro.
—Ha faltado muy poco, amigo— por fin la mujer emitía palabras normales—. Deberás tener cuidado con esos frutos, pueden matarte. Tendrás que tomar esta pócima dos veces al día durante una semana. Sí, creo que con eso bastará— el hombre inclinó la cabeza más como un niño al que acaban de reprender severamente que como alguien agradecido por una curación a todas luces milagrosa—. Descansa, será el mejor complemento a la medicina— la mujer se levantó y salió seguida de Iobhar.
A la puerta, la esposa del enfermo agradeció la intervención de su magia entregándoles un saco con harina.

Poco más adelante un hombre les detuvo. Tenía la cara desencajada y hablaba con una voz tan aguda que, de no haber sido porque lo tenían delante, bien habrían pensado que se trataba de una vieja.
Sin explicarse del todo, les arrastró tras él hasta un cerrado donde una enorme vaca mugía con un tono casi igual al del hombre. Iobhar miró alrededor, buscando a la persona que necesitaba la atención de la anciana, pero vio cómo ella se acercaba con lentitud y entendió que, esta vez, ningún humano precisaba de sus servicios.
—No sé qué pasa, me ha despertado esta mañana mugiendo así. Es lo único que tenemos.
La bandrui asintió; era muy frecuente que algunas familias sólo contasen con un animal que resultaba valiosísimo para su supervivencia; más en un año tan devastador en lo que a cosechas se refería.
Rodeó al animal observando cada palmo con su ojo experto. Finalmente se detuvo en las ubres; estaban más inflamadas de lo que sería normal y, nada más tocarlas, la vaca soltó una coz que por poco no alcanza la cabeza de la mujer. Ésta se limitó a chasquear la lengua y levantarse.
—Un tábano.
— ¿Qué?
—Un tábano, le ha picado y se ha producido una reacción.
Se volvió a agachar, esta vez con el dueño. Iobhar hizo lo mismo por el otro lado. Apenas visible, junto a una de las tetas, había una picadura de color amarillento y muy roja alrededor.
— Necesitaremos extraer la infección.
Volvió a levantarse y cogió del carro un cuenco sellado que contenía arcilla. Echó también mano de un cuchillo pequeñísimo, y una delgada aguja de asta enhebrada con crin. Los cuatro hombres se mantuvieron expectantes mientras ella untaba primero las ubres con el barro y luego practicaba una pequeñísima incisión junto al grano.
La vaca, por su parte, ni siquiera se inmutó. El líquido que salió tenía un color tirando a verde y un aspecto viscoso que a Iobhar le resultó de lo más desagradable. Luego, limpió la herida con un mejunje que ninguno pudo asegurar de dónde había salido y se sentó junto al animal.
Esperaron durante más de diez minutos hasta que la bandrui se movió de nuevo. Cogió la aguja y cerró la herida que antes había hecho; por último, cubrió todo con el barro.
—Una semana más untando arcilla en la ubre y volverá a dar leche como si nada hubiera pasado. Y tenga más cuidado con dónde la lleva a pastar.
En el momento en que el hombre ofreció el pago, la mujer lo apartó de sí con un gesto.
–Tu familia necesitará más ese queso que nosotros.
Aquella benevolencia sólo contribuyó a acrecentar la estima en que todos tenían a la anciana.

Siguieron caminando durante toda la tarde, visitando aldeas que a Iobhar le parecían enormes y cabañas solitarias en las que la escena se repetía una y otra vez: alguien salía a su encuentro, la bandrui ejercía su magia sobre niños con brazos rotos, ancianos con dolor de muelas, mujeres enfermas tras dar a luz, hombres que habían sufrido todo tipo de accidentes, pastores cuyo animal más valioso había enfermado; y todos y cada uno de ellos entregaba algo a la hechicera a cambio de sus servicios con una reverencia que la hacía parecer la reina de las hadas a ojos de su pequeño e impresionable acompañante.

*****

Encontraron refugio en una vieja choza de pastor a pocos metros del camino. Estaba hecha toda de madera y pronto sería ocupada por alguien que bajara su ganado para pasar el invierno cerca de las aldeas, a salvo de lobos y otros depredadores. Recogió rápido unas ramas para poder hacer fuego y consiguió atrapar un conejo para la cena, que la mujer asó con unas hierbas aromáticas. A los hombres que les custodiaban pareció no gustarles el fuerte sabor de la carne, pero Iobhar estaba encantado.

— ¿Cuándo llegaremos a Dubh Linn?— llevaba todo el día con ganas de hacer esa pregunta.
—Mañana, si no encontramos mucha gente que nos necesite por el camino.
—Espero que no, tengo ganas de ver a mi padre.
Cumpliendo con la costumbre, se estaba criando con su madre hasta que tuviera edad suficiente para empuñar un arma.
Apenas recordaba a su progenitor. Lo había visto por última vez cuando nació Brianna, tres o cuatro años atrás; por desgracia el bebé no superó el primer invierno. Breccan había sido muy amable con él, elogió su estatura y eso había hecho que Iobhar se pasara una semana caminando estirado como si estuviera atado a una rama enorme y recta.
Sabía que aquel encuentro sería bien distinto al del día siguiente; en la intimidad de Deilg Inis su padre se había permitido ciertas muestras de afecto hacia sus hijos, pero en Dubh Linn no repetiría ese trato con su hijo pequeño fuera de la casa o sería tomado como una muestra de debilidad, e Iobhar lo sabía de sobra, así que esperaba poder alojarse con él para contarle cosas y que le enseñara a levantar la espada.
Y en esto siguió pensando hasta que cayó dormido.

*****

Cuando la bandrui le señaló la última loma antes de llegar a su destino, el corazón se le aceleró y un nudo muy fuerte comenzó a cerrarle el estómago. La enorme llanura atravesada por el An Ruirthech (5) apareció ante él en cuanto salieron al camino más ancho. El río serpeaba regando cada palmo del valle y, en su desembocadura, se abría como un abanico anegando las zonas bajas y rocosas que encontraba a su paso. Se asemejaba más a una invasión del mar que a un curso que provenía de tierra adentro.
La ciudad crecía a ambos lados; primero con casas concentradas, y luego más dispersas a medida que se alejaban del agua. De estas últimas, tres se encontraban casi en el borde del bosque del que acababan de salir. Iobhar se fijó en los caminos que discurrían dentro de la amplia empalizada y pudo ver a la gente por ellos, moviéndose como hormigas en un incesante trasiego. Costaba saber quiénes aparecían y desaparecían en sus respectivos destinos.
Algunos pastores se dispersaban por los pastos con su ganado, formando manchas blancas o marrones aquí y allá, confiriendo a todo un aspecto más vivo y ruidoso de lo que el chico esperaba; nunca había imaginado que pudiera haber tanta gente junta en un mismo lugar.
Siguió el río hacia el primer punto visible desde tierra adentro; el reguero de viajeros que cubría el camino que discurría paralelo sólo podía significar una cosa: día de mercado.
Prestó más atención, absolutamente todas las sendas terrosas estaban abarrotadas por aquellos que llegaban o que se iban de la ciudad. Las aldeas más cercanas se veían con claridad, e Iobhar pudo contar al menos diez, separadas de la enorme fortaleza.

(5) Antiguo nombre del río Liffey, principal vena de la ciudad de Dublín.

Reemprendieron su marcha. La bandrui señaló entonces los barcos que flotaban en el An Ruirthech. Unos descansaban en las orillas sobre la arena que ya se había secado; otros, sin embargo, navegaban arriba y abajo. Un gran puente hecho de barcas atravesaba el río de un lado a otro. Tenía un aspecto bastante frágil y, aunque algunos ciudadanos caminaban sobre él, para trasladar cargas pesadas y animales no quedaba otra opción que no fuera una balsa.

—Primero tendremos que hacer otra visita— la mujer le acarició el pelo. Esto disgustó un poco al chico, que no sabía si sería capaz de mantener aquel estado de nerviosismo durante mucho más tiempo—. Será breve, te lo prometo.
Se acercaron a una casa al borde del camino donde fueron recibidos por un hombre casi tan viejo como la bandrui y que resultó ser su hermano. Permanecieron con él un rato.
Según dijo, sus hijos se habían ido a pastorear el ganado; él ya no tenía fuerzas para caminar tanto y se quedaba en la casa, reparando vallados para los vecinos a cambio de huevos y leche. Iobhar prestaba poca atención a su historia, toda su capacidad de concentración estaba unos metros más allá, junto a la entrada del rath (6), cada vez más cerca de su padre.

(6) Asentamientos circulares, normalmente rodeados de una empalizada y ubicados en un promontorio.

Cuando por fin se dirigieron hacia su última parada, le temblaban tanto las rodillas que le costaba seguir el ritmo de la comitiva y apenas escuchaba las instrucciones de la anciana sobre lo que debía hacer durante los días antes del regreso a la isla.
— ¡Iobhar!— se asustó—. Deja de asentir como si fuera tonta. Tu padre cenará hoy con nosotros, y tú le darás la noticia del nacimiento de tu hermana— eso le gustó, así tendría ocasión de explicarle un montón de cosas, en vez de quedarse a un lado como si fuera una silla—. Esa es— señaló una casa grande justo en el centro de una especie de patio.

Tenía la sensación de que el corazón se le iba a escapar por la boca, por la puerta emergió el hombre. Lo que más destacaba era su estatura, acompañada de una corpulencia que resultaba intimidatoria para aquellos que no conocían su carácter amable.
En el fondo era un gran amante de su trabajo como herrero y, a pesar de lo sufrido y fatigoso que podía resultar a veces, no podía evitar una sonrisa de satisfacción cuando terminaba un encargo y su cliente se marchaba contento, más aún cuando se trataba de pequeñas piezas delicadas como torques, fíbulas y brazaletes o pendientes.
La pobladísima barba y el bigote reforzaban su aspecto serio, pero en ese momento, los dientes asomaban amables entre la maraña de pelo, con una larga melena cuyo color le recordó al ámbar, sujeta por una cinta alrededor de la cabeza. Debió resultar temible en el campo de batalla. Sus amigos decían que peleaba como un oso, y tal parecía, sobre todo en invierno cuando se cubría con la piel de uno.
Contuvo las ganas de correr hacia él; ralentizó el paso y se estiró todo lo que pudo, dejando que la mujer fuera la primera en llegar hasta Breccan.
—Buenas tardes, amigo— ella también sonreía. El herrero hizo una leve inclinación de cabeza como muestra de respeto.
—Buenas tardes, Bandrui— movió la mirada hacia el chico—. Iobhar ¿eres demasiado mayor para dar un abrazo a tu padre?
—No, señor.
Se acercó despacio; no quería ser muy efusivo, pero tampoco frío, y le estaba costando un triunfo encontrar el punto intermedio. No tuvo que pensar mucho, la fuerza con la que su padre lo atrajo hacia sí y el modo en que le palmeó la espalda, lo dejaron sin respiración.
—Pero si estás crecidísimo— les indicó que entraran apartando con su enorme mano la puerta que daba acceso a la choza.

Ya dentro, se sentaron en torno a la zona en la que todavía quedaban restos de la hoguera que se había encendido la noche anterior.
Tras una serie de preguntas de cortesía, la bandrui hizo un gesto al chico. Había llegado la hora de darle la noticia.
El niño se aclaró la garganta y tomó aire; tenía la sensación de que era el momento más importante de sus ocho años de vida.
—Padre, Treasa dio a luz una niña hace una luna. La ha llamado Ceara— Breccan mostró toda su dentadura en la carcajada grave, llena de alegría.
—Las dos están perfectamente— continuó la mujer.
— ¿Cuándo irás a verlas? ¿Vendrás con nosotros?— a Iobhar se le atropellaban las preguntas en la garganta.
—Supongo que puedo acompañaros hasta allí y ver cómo están; últimamente no tengo muchos encargos y mi ayudante podrá arreglar un par de espadas solo— comprobó divertido cómo su hijo casi saltaba de alegría.
—Entonces habrás de prepararte para marcharnos pasado mañana. Yo tengo que ir al mercado, pero seguro que el niño se aburriría— guiñó un ojo al chico—. Espero que no le importe quedarse aquí, contigo.
Definitivamente tenía el corazón latiendo en la boca, pero procuró mantenerse sereno mientras la bandrui salía.
—Bien, ¿qué te parece si te enseño un sitio especial?— su padre se levantó y, a los ojos de su hijo, que permanecía sentado, tomó las dimensiones de un gigante—. Espero que sepas usar un arco. Creo que por aquí tengo uno que te iría bien.

Cruzaron la ciudad hacia el este. Iobhar no podía evitar sonreír de aquella forma, estaba realmente contento. Ni se dio cuenta del hedor que salía de algunos cerrados, donde los cerdos se revolcaban en el barro.
Cerca del río, poco antes de que éste se ensanchara invadiéndolo todo, había una explanada que utilizaban para practicar con las armas y para jugar.
Al ser día de mercado, muy pocos estaban allí a aquellas horas, lo que tranquilizó a Iobhar; normalmente tenía buena puntería, pero estaba tan nervioso que temía dispararse en un pie o la posibilidad de herir a alguien.
Recibió sinceras felicitaciones cuando acertó el centro del muñeco que Breccan había dispuesto; poco después dibujó un círculo en el suelo y se alejó con él más de treinta pasos.
—Ahora te enseñaré a darle efecto— tensó el arco, lo inclinó hacia arriba, la flecha describió una parábola en el cielo y se clavó casi en el centro del dibujo—. Es útil si el objetivo está más lejos de la cuenta, pero es más difícil calcular. Ahora tú.
Iobhar imitó los movimientos de su progenitor; había observado todo con detalle: la colocación de los pies, la tensión de la cuerda, la inclinación de la espalda, y se sorprendió cuando su saeta cayó justo al lado de la de Breccan, aunque sin llegar a clavarse en el suelo.
—Bueno, adquirirás la fuerza que te falta con la edad.

Aquella noche, Iobhar durmió de un tirón. Ni los ruidos extraños de la ciudad lograron deshacer su sueño. Estaba tan feliz que casi había vomitado la cena, pero estaba deseando llegar a su casa con Breccan a su lado, para que el resto de los chicos se murieran de envidia y dejaran, de una vez, de llamarle hijo de las hadas por su aspecto oscuro y pequeño.

*****

El camino de regreso a la isla lo harían por un medio más rápido, pero no por ello menos peligroso. Primero tendrían que cargar todas las cosas que la bandrui había adquirido, por eso decidieron utilizar para la travesía aquella embarcación formada por dos largos troncos ahuecados y unidos por una plataforma donde iría la mercancía.
A Iobhar correspondía mantener el gran fardo en su sitio; serían los hombres los que remaran, pero el chico sólo parecía tener ojos para la fíbula que su padre le había regalado y que lucía orgulloso sobre su hombro izquierdo.

La desembocadura del An Ruirthech era el primer gran reto. En ella las corrientes del río desaguando en el mar y éste intentando invadir la tierra, suponían un peligro para aquellos que desconocían los escasos vados por los que todo estaba en calma.
Iobhar tuvo que emplearse a fondo, no tanto para mantener la carga en su sitio como para evitar caer él mismo al agua. Una vez en mar abierto todo pareció más fácil, salvo por aquel vaivén tan brusco que, muchas veces, amenazaba con arrastrar al pequeño y lo que cuidaba.
El sol lucía en lo más alto dando al agua un brillo verdoso. Si prestaba atención, podía ver lo que había bajo la superficie, sobre todo algunos peces que nadaban curiosos a su alrededor.
Sólo miró una vez hacia atrás; Dubh Linn era enorme, pues ya estaban bastante lejos y todavía se apreciaba su oscura silueta rompiendo el verde del llano y, antes de lo que él hubiera esperado, vislumbraron Deilg Inis. Cerca de ellos, algunos delfines emergían de las ondas del agua con sus lomos plateados. Al chico le encantaban aquellos animales, eran tan libres de ir a donde quisieran, siempre alegres, hasta cuando el mar parecía querer tragarse el mundo.

Niamh estaba en la orilla, contemplando las focas que aprovechaban la zona rocosa para descansar al escaso sol de la mañana. Nunca la isla le había parecido tan pequeña a Iobhar como en aquel momento en que su hermana ocupaba un pedazo de piedra que suponía una sexta parte de toda la playa. Agitó los brazos con fuerza y la niña salió corriendo ladera arriba en busca de su madre.
Al atracar, casi todos los habitantes estaban allí; habían bajado un par de carretas para llevar los víveres a la parte alta, Breccan saltó al agua antes de tocar tierra y tiró de la embarcación hacia la orilla, sumergido hasta medio muslo. Su hijo se vio tentado de hacer lo mismo y ayudarle, pero el cargamento se estaba soltando y tenía miedo de que se mojase. Pensaba cumplir con su cometido hasta el final, y eso significaba mantenerse allí hasta que lo hubieran descargado todo.
Treasa se adelantó para ayudar a la bandrui. Niamh sostenía al bebé en brazos; aunque demasiado grande para ella, la llevaba con cuidado, pero difícilmente sería capaz de dar dos pasos sin tropezar así que su hermano se apresuró a cogerla, no sin antes hacer lo imposible por que todo el mundo viera el regalo que le había hecho su padre prendido en su capa.

Breccan esperó paciente a que su esposa regresara del salón de la bandrui. Niamh le había llevado hidromiel y se había sentado frente a él, en silencio, manteniendo los ojos muy abiertos, un tanto intimidada por el tamaño de su padre; pero sin duda era éste el que estaba más nervioso. Siempre que pisaba aquella isla le sucedía lo mismo, se sentía pequeño y un tanto culpable por vivir tan alejado de su familia.
Luego, unos indicios de furia comenzaban a bullir bajo la piel; era Treasa la que había decidido seguir allí, sola, y no marcharse con él a Dubh Linn, y bien sabía que había sido algo inevitable, ¿o sí? Intentar convencerla de lo contrario habría significado contravenir el deseo del abuelo, y no sería él quien desafiara la decisión de un druida; no si quería evitar una maldición o algún tipo de geis (7) sobre sus hijos.
Lamentó mucho el último aborto de Treasa y había pedido a los dioses todos los días porque el embarazo de Ceara llegara a buen fin. Parecía que sus ruegos habían sido escuchados y estaba deseando ver a la niña.

(7) Eran profecías impuestas o vaticinadas por un druida, su cumplimiento desembocaba en la muerte. La mayoría de los héroes célticos tuvieron una, algunos incluso varias opuestas entre sí, de modo que les llevaba a una encrucijada en que su muerte resultaba inevitable.

Niamh no pudo evitar reírse cuando su padre, al levantarse, se golpeó la cabeza con un cesto que había colgado mientras Treasa entraba en la cabaña. Observó cómo Breccan seguía frotándose las manos, nervioso. Su madre avanzó hacia él y le tendió el bulto que formaba la pequeña Ceara.
—Está dormida— él continuó acunándola—, por fin— Treasa se derrumbó sobre la cama y Breccan se sentó junto a ella.
La escena, para Iobhar y Niamh, era extraña; existía una complicidad desconocida para ellos en la forma en que sus padres se miraban y conversaban. El día de su boda, Niamh recordaría este momento y desearía con todas sus fuerzas que su esposo y ella fueran capaces de mirarse así eternamente.

*****

el viento sobre las colinas de éire 2

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3 comentarios en “Capítulo 2

  1. Igual o mejor que el primero. Felicidades Aurora. (se volverán a hacer largos estos quince días…)

    Un abrazo.

    PD: Me ha parecido ver una errata. (luego he descubierto que es una palabra que desconocía). Dos lineas por encima de la segunda nota a pie, “..agostando las cosechas..” creí que se te había colado la “S”.

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