Capítulo 1

PARTE PRIMERA:
IOBHAR, NIAMH Y CEARA

Mandó llamar al druida en cuanto tuvo fuerzas suficientes; su hija dormía plácidamente a su lado. No había sido un parto complicado, pero ya no era una chiquilla y estaba más cansada de lo que esperaba. El anciano entró despacio y saludó con solemnidad a la mujer. Sin duda la capa escondía a un hombre que un día fue fuerte y lleno de vida, esa misma vitalidad se escapaba en cada mirada que dirigía acompañada de una sonrisa. Pero en el fondo de sus ojos azules, casi color hielo, se atisbaba también una sabiduría fruto del paso de muchos años. Nadie recordaba de qué color había sido su pelo, parecía hacer siglos que era blanco, del mismo color que su ropa y su larguísima barba.
Ella se sorprendió al verle tan viejo; las arrugas de la cara eran muy profundas y, aunque mantenía aquel porte sereno y cargado de autoridad, la curvatura de su espalda era más obvia en la medida en que se apoyaba en su cayado; ese bastón que le llevaba acompañando tantos años que ya le resultaba imposible dar un paso sin apoyarse. Hasta él dudaba si se debía a la costumbre, a la edad o a ambas cosas.

Treasa despidió con un gesto a la muchacha que le había traído y se relajó, cogió el fardo en que habían envuelto a su pequeña y se lo mostró a su abuelo. A pesar de los cargos que ambos ostentaban, no podían evitar las emociones propias de aquella reunión familiar.
— ¿Cómo se llamará?— preguntó con la mirada llena de ternura.
—Aún no lo he decidido. ¿Se te ocurre algo?
Apartó la tela que cubría el pelo de la criatura, asomaba un brillo rojizo
—Es preciosa— susurró—. ¿Ceara?— a Treasa se le iluminaron los ojos, “rojo encendido”, sin duda sería una mujer de carácter. Aunque el color de su cabello cambiase, seguiría teniendo sentido—. Bueno, siempre puedes recurrir a sus hermanos, los niños son más intuitivos para estas cosas— percibió un punto de tristeza en la forma en que su nieta recogía a la pequeña—. ¿Qué te preocupa?
—Tuve sueños antes del alumbramiento.
Las ojeras de Treasa eran casi perpetuas, y su oscuridad enmarcaba unos ojos grises y brillantes. La palidez de su piel, junto con su pequeño tamaño, la hacían parecer una adolescente, aunque ya frisaba la treintena. La dedicación a aprender y enseñar habían hecho mella en su cabello, antes negro como las alas de un cuervo, que ahora se veteaba en blanco allí donde las canas resultaban visibles entre el pelo trenzado como si fuera una corona. Él la invitó a continuar con un gesto.
—Puede que sólo fueran esos miedos típicos de las madres— intentó relajar su preocupación.
—Me temo que hace tiempo que aprendiste a distinguir las visiones del resto de ensoñaciones. ¿Qué viste?
Él también había tenido premoniciones, pero no asustaría con ellas a su nieta, no justo después de dar a luz.
—Será feliz, muy feliz, pero por poco tiempo.
—La vida se compone de euforia y tristeza, y duros son los tiempos que tocará vivir a tus hijos. Nuestra magia pierde fuerza y a ellos corresponderá preservarla de manos insidiosas. Pero ahora— fue interrumpido por el llanto de la niña, su madre la acunó con un gesto despreocupado, casi mecánico—, pero ahora sólo debes pensar en presentársela a sus hermanos y hacer que sobreviva a este invierno —la besó en la frente y dedicó una caricia a la pequeña que se calmó al instante—. Y vosotros dos— se volvió hacia la puerta—, es de mala educación escuchar sin ser invitados.
La risa de los niños resonó, devolviendo la mirada maternal a Treasa.
—Entrad, ya va siendo hora de que saludéis a vuestra hermana. El viejo sujetó la puerta para dejarles pasar. El mayor de los dos hizo una reverencia casi imperceptible al anciano; la niña, en cambio, saltó a sus brazos y le besó en la mejilla.
—Luego volveré. Niños, cuidad de vuestra madre, ahora tendréis que ayudarla mucho.
—Yo sé qué hacer, abuelo— aseguró la pequeña con la media lengua de sus pocos años.
—Mamá ¿estás bien?— Iobhar se mostró solícito—. Tienes cara de cansada.
—Hijo mío, me encuentro perfectamente, pero gracias por preocuparte. Ahora necesitaré que me hagas un favor; corre a la lavandería y pide pañales limpios, nos harán falta— no tuvo que repetirlo, a él le encantaba ayudar, le hacía sentirse importante—. Niamh, nena, ven aquí— la niña corrió junto a su madre—. El abuelo y yo hemos decidido el nombre de tu hermana— hizo media mueca de disgusto, había pensado que le correspondería elegirlo como había hecho Iobhar cuando nació ella—. Se llamará Ceara ¿qué te parece?— sonrió ampliamente, le gustaba mucho; acercó su manita a la del bebé, que su madre sostenía en el regazo y éste le cogió un dedo con fuerza.
—Mira, mamá, le gusto.
—Claro, eres su hermana. Y ahora prométeme que siempre la querrás y que cuidarás de ella, es lo que hacen los hermanos mayores y tú ya eres una hermana mayor.
—Vale, te lo prometo. No dejaré que Iobhar la chinche como hace conmigo.
La simpleza de esta afirmación infantil hizo sonreír a su madre.

****

Despertó sobresaltada por el berreo de la niña hambrienta, la tomó en su regazo y le dio de comer.
El último sueño había sido nítido: la visión de aquella joven pelirroja en lo alto del acantilado llevaba persiguiéndola varias semanas, pero no lograba encontrar el mensaje que encerraba. Se levantó con la niña todavía enganchada a su pecho izquierdo; tenía un apetito voraz, tendría que pedir que le trajeran leche de cabra.
Decidió salir de la choza. Nada más traspasar la puerta la envolvió la humedad de la niebla, a pesar de que el sol debía estar en lo más alto. Observó su hogar, aquella isla en la que llevaba tantos años que le costaba recordar cómo era la vida fuera. Sería capaz de recorrer cada palmo sin tropezar siquiera con una piedra. Fuera del círculo que formaban las construcciones de piedra y bálago donde habitaban, casi todo permanecía salvaje. Los árboles no existían, el suelo resultaba demasiado duro y, aparte de las campánulas, margaritas y otras flores que se doblaban con el viento, tan solo la hierba verde y mullida tenía estrato suficiente para arraigar.
En la parte más baja se encontraba el único banco de arena, aquel por el que los barcos podían atracar, justo frente a una caseta que ya estaba allí antes de que ellas llegaran, tan antigua como el círculo de piedra sagrado y el pozo del que sacaban el agua.
Habían sido sus ancestros los que construyeran aquella pequeña aldea en la que había sitio para sus casas y también para otras cabañas, que ahora ellas destinaban para reunir a las chicas llegadas de la gran isla y enseñarles todo aquello que se había transmitido de generación en generación.
Un pequeño huerto y los corrales para las cabras y las gallinas completaban todo su mundo, del que sólo se podía escapar por mar y que las mantenía seguras. Al otro lado del estrecho, su abuelo y otros druidas cumplían el mismo cometido con los varones. Pensó en que, si no fuera por ellos, con seguridad la vida en su pequeña roca habría resultado imposible. Eran aquellos hombres los que les proporcionaban gran parte de lo que no podían obtener por sí mismas. Por suerte, el halo de misterio que las envolvía era suficiente para evitar que nadie intentara hacerse por la fuerza con su oasis: Deilg Inis (1).

Cubrió mejor a su bebé con la capa y se dirigió al secadero. Ya había descansado bastante y tenía que asegurarse de que las nuevas estaban cumpliendo con su trabajo.
El alboroto frenó en el momento en que dio el primer paso dentro de la cabaña. Ni siquiera miró hacia las chicas que se habían dispuesto en fila tras la mesa central, observó con detenimiento los haces de plantas que colgaban del techo y hubo de reconocer que todo estaba en su sitio.
—Etaine, me encuentro cansada y mi hija come mucho ¿qué infusión debería tomar para que este pequeño ogro glotón crezca lo suficiente sin acabar conmigo?
A pesar de la divertida alusión a la niña calificándola como ogro, todas se apresuraron a meditar sus respuestas repasando mentalmente la utilidad de cada una de las hierbas que había en la botica.
—Con alcaravea, hinojo y anís mejoraríais la cantidad de leche.
—Muy bien— Treasa sonrió complacida—. Mi hijo es muy revoltoso, yo diría que demasiado; hace apenas dos semanas se cayó de lo alto de una roca y por poco no se mata ¿cómo podría hacer para que se relaje, Orna?
—Manzanilla romana— se repuso rápido—. Para los niños no es demasiado fuerte.
—Seguiré vuestros consejos— se giró para salir—. Etaine, quiero la infusión de alcaravea esta noche y, Orna, si consigues que Iobhar se tome la manzanilla sin rechistar, me veré gratamente sorprendida. Sólo espero que tus piernas sean tan veloces como las suyas ¿serás capaz?
—No sé, nunca me he parado a pensarlo.
—Entonces buena suerte.
Terminó de salir dejando a la joven con las mejillas coloradas entre las risas de sus compañeras.

(1) Es el nombre que recibía la isla de Dalkey, de hecho el nombre actual deriva directamente de aquél: Dalk / Deilg “espinoso” y Ey /Inis “isla”.
*****

Gracias a la cabra y las tisanas proporcionadas por sus discípulas, en pocos días se encontró muchísimo mejor y pudo retomar sus quehaceres, lo primero de lo que quería encargarse era del abastecimiento; la isla no era tan grande como para cubrir todas sus necesidades y se veían obligadas a traer productos de la costa. Se reunió con las otras sacerdotisas para ponerse de acuerdo sobre aquello cuya necesidad era más apremiante: carne seca, cuero y tintes; madera, carbón y lino; harina e hidromiel.
—Tu hijo me acompañará esta vez— dijo la más anciana—. Pronto será hora de dejarle marchar y conviene que conozca el mundo al que irá a parar cuando abandone la isla.
Treasa asintió con humildad, pero en el fondo le preocupaba que el revoltoso Iobhar provocara problemas. El trayecto en curragh (2) suponía poco más de media hora. Con eso no había que inquietarse, pero los dos días que permanecería en la gran isla sí podrían resultar conflictivos, y decidió advertir a su compañera.
—El niño tiende a ser disperso, Bandrui(3), y exasperante en ocasiones. Habrá que vigilarle muy de cerca.
—Bobadas, no es peor que cualquier chico de su edad, y es fuerte e inteligente, herencia de sus padres. Deberías confiar más en él. Estoy convencida de que me será de gran ayuda en este viaje.
A Treasa no le quedó otro remedio que aceptar la decisión de su mentora y rezarles a los dioses para que su hijo hiciera gala de esas virtudes y no se dejase llevar por su naturaleza inquieta; aún así decidió llamarlo para advertirle del comportamiento que se esperaba de él durante el viaje.

Niamh cruzó lloriqueando el gallinero en busca de refugio junto a las mujeres mayores que estaban en el telar, Etaine la frenó antes de que llegara a la puerta. Era encantadora con los niños, pero sentía especial debilidad por la hija de su maestra; le recordaba mucho a su propia hermana y aprovechaba cualquier oportunidad para ser permisiva con ella.
Sería más alta que su madre, eso seguro; había heredado el aspecto de su padre, tan rubia, y parte de su carácter, siempre dispuesta a cuidar de quien la necesitara, más pendiente de complacer que de ser complacida. Aquella falta de egoísmo y orgullo, junto con su delgadez y su dulzura, la convertían en algo adorable a ojos de los adultos, pero, para los niños, no hacía más que volverla blanco fácil para bromas y juegos; en especial para su hermano, que disfrutaba usándola como avanzadilla en sus más descabelladas ideas.
—Dime, pequeña, ¿qué sucede?— se agachó hasta colocarse a la altura de la niña.
—Los chicos son malos— gimoteó—. Me querían meter en un curragh a la deriva. Yo sólo quería ver las focas de la playa— rompió definitivamente en sollozos.
—Bueno, quizá puedas ir a verlas luego, cuando los chicos se hayan cansado de jugar.
Niamh esbozó una sonrisa complacida con la idea. Era la única niña, en los últimos cinco años apenas habían nacido tres o cuatro bebés y todos varones excepto ella.
— ¿Sabes qué haremos? Hoy vas a aprender a preparar tintes. Yo iba a hacerme una capa color azafrán , quizá tenga suficiente para teñir la tuya, ¿quieres?
Niamh cogió su mano y la siguió, le gustaba mucho hacer cosas de mayores y pensó en lo bonito que sería teñirle algo a su hermana pequeña ahora que se acercaba el invierno.

(2) Embarcación de mimbre cubierta con pieles untadas con resina para impermeabilizarla. Se impulsaba a remo o mediante una vela cuadrada.
(3) Mujer druida, aunque aquí se aplica como el cargo más alto entre ellas.

*****

Iobhar esperaba impaciente, sentado en el banco junto al fuego. Orna había ido a buscarle para que se reuniera con su madre justo cuando iba a meterse en el curragh en que poco antes había intentado embarcar a su hermana. Seguro que todo era culpa de Niamh; le habría delatado y su madre le buscaba para reñirle. No entendía por qué se enfadaba, ya tenía otra niña; si Niamh se perdía, seguía teniendo a Ceara que, por lo menos, no se empeñaba en ir con él a todas partes. Definitivamente le gustaba más el nuevo bebé, mucho más, y nadie esperaba que cuidara de él.
Su discurso mental se vio interrumpido por la entrada de su madre y la bandrui. El primer instinto de levantarse corriendo hacia Treasa e intentar camelarla se vio frenado por una mirada solemne dirigida por ésta a la anciana. Él se limitó a esperar a que le comunicaran en qué consistiría esta vez su castigo.

La primera en hablar fue la bandrui.
—Dime, Iobhar, ¿te gustaría ir a la isla grande?— precisó de mucho control para no presumir de haber ido varias veces a escondidas—. Me refiero a ir de verdad, no navegar hasta la orilla para coger un par de conejos— siguió la mujer con una sonrisa que Iobhar entendió cómplice—. Necesito ayuda y pensé que te podía interesar— aceptó con un gesto que pretendió no resultar ansioso—. Bien, pues zarparemos mañana al amanecer. Te dejo con tu madre— y se retiró.

—Prométeme que no darás problemas y no te separarás del grupo— había severidad en la voz, pero no en su mirada—. La bandrui ha depositado mucha confianza pidiéndote que vayas.
—No seré malo— se acercó a ella— ¿crees que podré ver a mi padre?— recostó la cabeza en las rodillas de la mujer con aire zalamero.
—Puede, pero si así fuera, recuerda que deberás ser respetuoso y hacer aquello que se te indique— le acarició el pelo—. Ve a prepararte y ayuda a cargar la barca. Tendrás que descansar bien, llevaréis muchas cosas y traeréis otras tantas, muy pesadas, pero ya eres muy fuerte, creo.
—Puedo tirar con arco por lo menos diez pasos y no se me cansan los brazos cuando cargo con Niamh desde el otro lado de la isla— afirmó orgulloso.
—Eso está muy bien. Pronto serás tan grande como Breccan y podrás irte a vivir con él para que te enseñe a luchar. Y estará tan orgulloso de ti como yo lo estoy ahora— Iobhar iba a salir por la puerta cuando su madre terminó de decir—. Y procura tratar mejor a tu hermana cuando vuelvas— esto hizo que le recorriera un escalofrío; si no llega a ser por su viaje con la bandrui habría tenido un severo castigo.

*****

capítulo 1

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